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7 diciembre, 2007
orla

Cirujano cuántico

Christian Aylwin (55), sobrino del ex presidente Patricio Aylwin, dejó una vida cómoda y un lucrativo negocio para dedicarse a sanar dolores físicos y espirituales utilizando lo que él denomina terapia cuántica. Su único hermano encuentra que está loco, sus pacientes hablan de milagros y él dice que sólo es una víctima de la energía. Que juzgue el lector.

Por Catalina Mena / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Inés Picchetti / Ilustración: Alejandro Muñoz


Tras una entrevista que Christian Aylwin dio a Ángel Carcavilla el pasado 10 de abril en radio Zero, los teléfonos de la emisora se colapsaron. El terapeuta asombró a los radioescuchas con extraordinarias narraciones en las que pacientes postrados se levantaban y salían corriendo. Pero él asegura que el éxito de la emisión no se debió tanto a sus palabras, sino a que se preparó para que las ondas de transmisión radial fueran ondas de energía sanadora.

Christian dice que desde chico vivió en un mundo de sueños reveladores y energías poderosas. Cuenta que a los siete años, cuando le dolía una rodilla, veía que la zona estaba color rojo y mentalmente mandaba el color azul. El dolor desaparecía automáticamente. Cuando a sus compañeros del Instituto Nacional les dolía algo él les decía: “Píntate azul”. Pero los niños no entendían bien sus palabras y en vez de hacer uso de las energías sutiles, agarraban témpera y se pintaban los pantalones. Acto seguido, venía el castigo de los profesores y Christian era sindicado como el responsable.

Por culpa de las energías, asegura, lo pasó pésimo durante su infancia. “Era autista y nerd. Un desadaptado. Me quedaba pegado en mis vidas anteriores, en mis recuerdos y no podía enchufarme con mis pares. Además me daban duro, el típico cabro chico al que ahora drogan con ritalín”.

Después llegó la juventud y siguió siendo la oveja negra de la familia, como se define. Hijo de un primo hermano del ex presidente Patricio Aylwin, creció en un ambiente donde todos eran profesionales y se metían en la carrera política; él no quiso. “Me lo pidieron muchas veces, pero yo estaba acostumbrado a bañarme en pelota en la playa y eso no quería transarlo por nada”, afirma.

A pesar de su onda hippie, terminó siendo corredor de seguros. Se casó, tuvo un hijo, se separó y volvió a casarse con una mujer que tenía dos hijas de un matrimonio anterior. Con ella vivió 25 años, tuvo un hijo que hoy tiene 18 y un día salió disparado de la casa porque, según cuenta, sus sueños le dijeron repetidamente que tenía que consagrar su vida al servicio de los demás.

–¿Qué piensa tu familia de que te hayas convertido en terapeuta energético?
–Mi padre murió sin enterarse de lo que yo hacía y tengo un solo hermano, que es comerciante. Él piensa que estoy loco porque dejé un negocio exitoso para meterme en una volada y mi mamá piensa parecido.

–¿Cobras por tus servicios?
–Hace poco comencé a cobrarles a algunas personas, porque entendí que tenía que hacerlo para sobrevivir. De todas maneras no vivo con el estándar de antes y la verdad es que me da lo mismo.

–Dices que sólo hace tres años decidiste dedicarte totalmente a la sanación y hablas de una metamorfosis en tu vida. ¿Qué fue lo que pasó?
–Vivía con mi familia en Melipilla y ahí era corredor de seguros. Los domingo les enseñaba a los campesinos a defenderse del autoritarismo de las AFP. Llegaban los viejos con la chupalla en la mano y me contaban que fulano estaba enfermo. Ahí empecé a atender a gente utilizando la energía, incluso hice sanaciones a distancia, pero seguía con los seguros. Ganaba tres o cuatro millones al mes, pero me producía contradicción no dedicarme totalmente a ayudar a la gente. Y empecé a hacer cada vez más terapias y menos corretaje. Cuando faltaron las lucas, todo se vino guarda abajo, porque vivíamos con un estándar alto. Quedó la embarrada en mi familia, las relaciones se echaron a perder, no fui comprendido y tuve que salir de mi casa. Siempre digo que no elegí esto, que soy una víctima de la energía.

–¿Por qué?
–Porque he pagado un costo alto, lo he pasado como las pelotas. Pero no me quedó otra que dejar todo porque me estaba reventando. Además, yo sabía de mucho antes que eso iba a pasar. Los sueños me lo habían mostrado.

–¿Y cómo son esos mensajes que recibes en sueños?
–Son como brotes de conocimiento, como si mis propios genes me mandaran una información. Me despierto inmediatamente sabiendo lo que tengo que hacer. A veces también me veo flotando, veo colores, siento música y olores. Son sueños espectaculares. Viajo por ciudades, épocas. Hay seres que me comunican cosas y son divertidos y afables. Viven muertos de la risa y se agarran para el chuleteo entre ellos. Yo me río mucho, lo paso increíble.

–¿Fueron varios sueños los que te dieron la instrucción de irte de tu casa?
–Sí. Por eso me mandé cambiar sin nada. Fue inevitable. Hice todo lo que pude, fui un papá para mis hijos y para las dos hijas de mi mujer, tiré toda la carne a la parrilla y me fui con dignidad. Fue duro. Echo de menos a mis hijos y ellos no me quieren ver. Mi hijo menor no entiende lo que pasó. No es el momento todavía de que lo entienda. Quedé en la quiebra en todo sentido. Pero tengo una sonrisa que antes no tenía.

Pura energía

Poco después de su radical decisión, Christian llegó a la Fundación Arturo López Pérez y se ofreció para atender gratuitamente a los enfermos de cáncer. Allí lo conoció el abogado Álex Zúñiga, quien tuvo a su madre hospitalizada en dicha institución por un cáncer al hígado. “Mi mamá ya estaba desahuciada; de hecho, estuvo poco tiempo hospitalizada y luego de unos meses se fue a la casa, donde murió. Pero durante todo ese tiempo Christian la atendía y para nosotros fue maravilloso”, cuenta. “Él le hacía un reiki muy potente y a ella se le pasaban los dolores, era un alivio increíble. La veía todos los días y nunca cobró un peso. Mi mamá murió sin dolor gracias a su terapia. Yo soy abogado, súper racional, pero puedo decir que él es un sanador. Nunca prometió salvar a mi mamá; dijo que iba a hacer todo lo que pudiera, y lo hizo. Él me explicó que no podía intervenir en el destino de la gente y que si ella tenía que morir, así iba a suceder”.

A Pilar Parra, 25 años, le diagnosticaron cáncer de cuello uterino hace dos años. Su madre, Mónica, enfermera, conocía a Christian y le pidió que la viera. “Le hizo reiki varias veces y después le realizó una operación a distancia”, cuenta Mónica. “Es decir, él, desde su lugar, envió energía para disolver el cáncer de mi hija. A la semana siguiente fuimos al hospital para hacer radioterapia y el médico no encontró nada. Repitieron los exámenes y el cáncer había desaparecido. No sé si Christian le sacó el cáncer o si fue Dios a través de él. Yo quise retribuirle su trabajo, pero él no aceptó, porque sabe que somos una familia modesta”.

Christian no sólo atiende a pacientes con cáncer, sino a cualquier persona que tenga alguna molestia física o sufra estrés o depresión. Sus pacientes hablan de distintos tipos de mejorías. La ingeniera Alejandra Rudolphy escuchó a Christian en el programa de radio Zero y poco después su hija Valentina, de 23 años, tuvo una hemorragia en las cuerdas vocales. Como estudia Canto, el accidente la dejó deprimida, pues el médico le prohibió cantar durante seis semanas Alejandra decidió probar suerte con Christian. “Llevé a mi hija para ver si podía aliviarle la angustia. Entonces él le dijo ‘Valentina, tú te enfermaste y tú te vas a mejorar, yo sólo soy un canal. Voy a activar tu propia energía para que te sanes’. Le hizo reiki en la garganta y en el cuello y después dijo que le iba a aplicar energía láser. Apuntó su dedo índice hacia las cuerdas vocales y a mi hija le dolió. Se supone que es un láser invisible que él envía con su dedo. Yo no puedo demostrar nada, pero puedo afirmar que poco después volvimos a ir al médico y la lesión había desaparecido. A lo mejor fue porque la Valentina se cuidó mucho y siguió al pie de la letra las instrucciones del médico. Pero el doctor estaba impresionado”.

Margarita, otra paciente, opina: “Christian me ayudó a salir de una depresión, en un esfuerzo compartido: yo también estaba decidida a concentrar mis energías para estar bien. Christian siempre dice que es el paciente el que se sana y eso depende de su fe y su voluntad. Es uno el que hace el cambio gracias a su ayuda. Y resulta, porque él tiene mucha energía, cariño, disposición y, además, es súper alegre”.

Margarita conoció a Christian en la Asociación de Empleados del Ministerio de Relaciones Exteriores, un lugar que él visita frecuentemente. Cuenta que allí ha visto a funcionarios y diplomáticos, pero mantiene sus identidades en reserva, pues así se lo han solicitado ellos.

–¿Qué enfermedades tienen los diplomáticos?
–La mayoría de las personas que veo en ese lugar están estresadas. Tienen el cuello tieso, bruxismo, problemas en la espalda. Les hago la terapia y quedan impeques.

–¿En qué consiste, exactamente, la terapia que haces?
–Lo primero es emitir energía a través de las manos para sacar los dolores. La gente llega con dolores físicos así es que eso es lo primero. Después voy a los órganos, a las células y a los átomos. Ahí veo si las polaridades están cambiadas, voy a las partículas subatómicas y ordeno los electrones. La polaridad de nuestros órganos cambia; siguen funcionando igual, pero cada uno por su lado. Es el todo el que está mal, agotado, estresado, porque hay una falta de ajuste en la polaridad total. Y yo encuentro la polaridad que está cambiada.

–¿Por qué se llama terapia cuántica?
–No sé. Me han dicho que lo que hago es terapia cuántica, porque me meto con las partículas subatómicas.

–No cacho nada de lo que me estás hablando…
–Yo tampoco. Sólo lo siento y lo hago.

–¿Pero sabes de física cuántica?
–No, nada. En mis sueños, cuando se me fue enseñando lo que tenía que hacer, me pidieron drásticamente que no leyera ni estudiara nada. Ése fue el requisito absoluto para canalizar la energía que canalizo ahora. Que no tuviera ningún dogma, ninguna ideología ni religión, porque esos conocimientos obstaculizan la pureza de la energía.

–¿Y te has formado como terapeuta?
–No, si para esto no se necesita preparación. Hay que ser consciente de la energía y utilizarla. Todos tenemos ese poder, pero muchos no lo desarrollan. Hay gente que lo trabaja con mucha disciplina y logra cosas. Yo no, yo soy un indisciplinado.

–¿Cómo así?
–Soy irreverente. No pienso que sea tan necesario para mí meditar a las siete de la mañana y las siete de la tarde, hacer ayunos o sacrificios. Soy súper común y corriente. Si me dan ganas me tomo un trago con mis amigos y me río. La risa y el humor te curan todo. ¿Cachái que es súper simple? Para mí la salud es un juego y yo invito a mis pacientes a jugar. Mis pacientes me preguntan: “¿Qué me encontraste?”. Están asustados. Yo les digo: “¿Para qué querís saber? Te puedo inventar cualquier chamullo y decirte que tenías un cáncer hasta el último pelo de la cabeza y que te sané todo y quedaste el descueve. ¿Para qué?”. Además un paciente puede no tener nada y estar afectado porque está autolimitado. Después de las terapias, los que estaban con la columna para la corneta se ponen a hacer sapitos.

–Tus pacientes dicen que haces reiki.
–Yo digo eso porque es más sencillo de entender, pero lo que hago va más profundo, manejo energías muy específicas. Hago un orden completo, como si hiciera el aseo. Saco todo el cachureo. En algunos casos aplico láser y hago cirugías.

–¿Cirugías?
–Cuando tengo que apuntar a un lugar específico y difícil del organismo, activo un láser que sale desde mi dedo. Es como un rayo azul. Hay gente que dice que lo ha visto. Envío esa energía al órgano del paciente y con eso desinflamo, saco dolores, reparo daños. Pero a veces tengo que hacer cirugía y sacar el órgano dañado y cambiarlo por uno restituido. Yo me trasplanté el corazón utilizando sólo mi energía.

–Suena loco…
–Hace tiempo estaba con arritmia. Y el año pasado, una noche, me dolía el pecho, no podía respirar. Mi pareja me tomó el pulso y casi no se sentía. Me quiso llevar al hospital; yo me negué y ella se enojó mucho. Yo sabía que mi corazón estaba en las últimas y de repente sentí mucha paz, ya no tenía dolor en el pecho ni ahogos. Pero me acordé de mis pacientes y dije: “No puedo morirme. ¡Qué ordinariez!”.Entonces escuché voces que me preguntaron si quería quedarme y yo dije: “Sí, pero sin este corazón”. Sentí que mi corazón antiguo se salió, era como una gelatina asquerosa, y se me metió un corazón nuevo, impeque.

–¿Por qué estaba tan mal tu corazón viejo?
–Por mucha pena y sufrimiento acumulados. O sea, es uno mismo el que se hace las enfermedades y el que tiene que revertirlas. Cuando mis pacientes me hablan, yo sé lo que es no dormir porque tienes pánico, es una historia macabra que te creas tú mismo. Yo las viví todas. Sé lo que es la depresión y el estrés, pero fui capaz de salir de eso.

–O sea que junto con tratar a tus pacientes les enseñas a no volver a destruirse…
–Claro. Hay una conversación también en la que les cuento que yo lo he vivido y que todo está en el cambio de actitud. Cuando se mejoran les digo que yo no he hecho nada, que ellos son sus médicos. Al creer que pueden sanarse y proyectar su energía en eso, logran los resultados.

–¿Te ha pasado que no puedes sanar a alguien aun cuando la persona quiere mejorarse?
–Por supuesto. Hay veces que yo sé que no tengo nada que hacer, que el paciente se tiene que morir y que llegó al final de su camino. Y lo ayudo a disminuir el dolor y prepararlo para lo que viene.

–¿Hay gente que sigue enferma porque no tiene la voluntad de mejorarse?
–Absolutamente. Ahí tienes a la gente que lleva mil años deprimida. Uno le hace la terapia y se siente súper bien pero dice “No puede ser”, o sea, no quiere aceptar ese cambio, no tiene fe y, entonces, irremediablemente, vuelve a enfermarse. Para que la terapia funcione y sea duradera la persona tiene que hacer un cambio radical de actitud y aceptar ser feliz. Hay mucha gente que busca excusas para seguir enfermo, porque así se reconoce y logra la atención de los demás. Esas personas son vampiros, viven de chupar energía a los demás y los van deprimiendo. Cuando tomas conciencia de que todo lo que has vivido lo has elegido tú mismo, te matas de la risa por lo imbécil que has sido. Te das cuenta de que nadie tiene la culpa de tu infelicidad. Y pasas a ser un vehículo que va viajando y que tiene tres o cuatro autopistas para ir eligiendo, pero que tienes que llegar a un destino. Es tan simple como eso. Yo tomo ese auto, le cambio neumáticos, le pongo bencina, lo enchulo y lo echo a andar de nuevo.

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