*
5 marzo, 2008
orla

Horacio Croxatto y la píldora del día después

Lleva 50 años investigando la reproducción y la fertilidad. Ha pasado la vida en el laboratorio y es una eminencia mundial en anticoncepción. Desde esta tribuna defiende la libre venta de la píldora del día después y el derecho a disfrutar la vida en vez de torturarse con lo que considera una moral ultraconservadora.

Por Marcela Fuentealba / Producción: Inés Picchetti / Fotografía: Rodrigo Chodil.


El doctor Horacio Croxatto, firme defensor de la píldora del día después y uno de los inventores del implante subcutáneo que hoy usan millones de mujeres como método anticonceptivo, fue criado en una familia donde no se hablaba de sexo.
“El día que fui a donde mi padre, Héctor Croxatto, quien también es médico, a hablarle del tema, me dio unas píldoras para inhibir el deseo. Eso fue todo. Me educaron en los Padres Franceses y me enseñaron que el sexo era feo, sucio y malo. Indeseable. Si me masturbaba era un pecado mortal, me iría al infierno. Imagínese que a los 15 yo creía que solamente los hombres teníamos deseos sexuales, y las mujeres no. Mi educación en este tema fue atroz. Felizmente eso ha cambiado y seguirá cambiando, pero a la velocidad que va, vamos muy mal”.

¿A qué se refiere?
La revolución en la educación tiene que cortar este círculo vicioso maldito en que los padres no saben nada de sexualidad, salvo anécdotas de su experiencia personal, y no tienen nada que decir o tienen miedo de hablar del tema con sus hijos. Lo mismo pasa con los profesores. Se repite de generación en generación. No hay formación en sexualidad.

¿Cómo le iba a usted de joven?
Mucho años después de casado fui descubriendo otra interpretación de la sexualidad, sana, mucho más acorde con nuestra vocación de disfrutar la vida. No tiene sentido esa tortura que me enseñaron cuando estuve de joven un tiempo en el Opus Dei. Es insana e inútil. No conduce a ningún crecimiento espiritual. Ahora tengo muy claro que la vida es para disfrutarla y no para torturarse.
En su oficina del Instituto Chileno de Medicina Reproductiva (Icmer), en el centro de Santiago, Horacio Croxatto habla y explica serio, pausado, con voz profunda.

Al frente, en la misma calle Lastarria, está el consultorio de Icmer. Por un bono Fonasa de unos tres mil pesos, cualquier mujer se puede atender con un ginecólogo; incluso gratis si tiene pocos recursos o participa en alguno de los estudios del Instituto, que se inspira, al decir de Croxatto, en la necesidad de contar con medios que permitan a las personas reemplazar “todos los hijos que Dios quiera darles por todos los que responsablemente quiera y pueda tener”. Es un equipo multidisciplinario donde trabajan unas cuarenta personas que difunden y aplican la anticoncepción. En el consultorio también hacen exámenes y venden anticonceptivos a precio módico, incluida la píldora del día después: sólo hay que pedirla (la entregan o venden por unos $ 4 mil, según la situación económica de quien la solicite) y se recibe los consejos de una matrona o doctor. Croxatto ya dio por demostrado que la famosa píldora no es abortiva y entregó contundentes pruebas, aunque esto no ha aplacado la controversia nacional.

Es una autoridad mundial en el tema. En los 60 trabajó en universidades de Estados Unidos donde almorzaba al lado de premios Nobel. En Chile, desde 1954 hasta 2006, estudió e investigó en la Universidad Católica, donde lidió con el prejuicio conservador. En los 80 logró que un ministro, después de que se lo negara Mónica Madariaga, le diera personalidad jurídica a Icmer, que fundó junto a varios doctores, de los cuales Soledad Díaz y Fernando Zegers aún son miembros del directorio. Siguió trabajando paralelamente en su alma máter como profesor titular, hasta que en 1998 el Vaticano presionó para que le quitaran la cátedra: había escrito una carta contra un proyecto de ley que aumentaba las penas para la mujer que abortaba. Pero siguió hasta fines de 2006 como investigador asociado, escondido en su laboratorio, porque sus investigaciones ya estaban financiadas. Hoy, después de casi 50 años de trabajo, es profesor honorario de la Universidad de Chile, profesor titular de la Usach y está dedicado a Icmer: no logra retirarse de la investigación.

Pan y la píldora

Usted empezó a trabajar en anticonceptivos en los años 60, ¿fue una revolución?
Sin ninguna duda, ya lo había anticipado Sigmund Freud: si llegase a ser posible disociar la relación sexual de la función reproductiva, sería revolucionario. En estos momentos, más de la mitad de las mujeres en edad fértil del mundo usan anticonceptivos, lo cual es casi tan cotidiano como el consumo de pan.

¿Cómo empezó a investigar?
De estudiante me interesé por la endocrinología, especialmente entender cómo el cerebro controla al ovario. Me conseguí una beca en el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos para trabajar en la Universidad de California con un investigador cuyas publicaciones había estado leyendo por varios años. Allá me encontré con el doctor Sheldon Segal, quien me invitó a trabajar a la Universidad Rockefeller, en Nueva York. El año 66 por primera vez me interesé en los anticonceptivos, que eran muy nuevos. Años después se me ocurrió reemplazar la píldora que tomaba mi mujer todos los días por un depósito colocado en el cuerpo que liberara la hormona en forma permanente.

Inventó el pelet, como le dicen, que es muy usado en el mundo.
Uno inventa al unir cosas: había un material biocompatible (uno que se pone dentro del cuerpo y éste no lo reconoce como extraño, no lo expulsa) y hormonas que se podían difundir de a poquito durante un tiempo largo a través de ese material. Así la mujer se ahorra la preocupación de tomar la píldora todos los días.

¿Cómo explica que en 2008 siga la discusión de la píldora del día después?
En el tema de la píldora, la investigación es suficiente y está clarísimo que no es abortiva. Me da pena que no se venda en las farmacias. Eso es fruto de la ignorancia. Lo que pasó en Chile es que en el gobierno de Pinochet algunos grupos de derecha y movimientos religiosos muy conservadores adquirieron mucho poder. Lamentablemente, son fanáticos a la mala manera. Pueden estar convencidos de ciertos valores y manejar su conducta muy estrictamente de acuerdo a ellos. Lo que no está bien es que le impongan esos valores a toda la gente. Eso es una dictadura moral y es inaceptable.

¿Piensa que la píldora de emergencia debiera venderse sin receta?
La única razón de darla con receta es asegurarse de que la usuaria reciba información sobre su uso. Hoy la gente de menos recursos tiene más facilidad para conseguirla, porque el Servicio Nacional de Salud la provee. Pero los consultorios no funcionan sábado ni domingo, y eso puede ser crucial si la relación sexual fue un viernes en la noche. No consigues la píldora hasta el lunes, y si en esos días se produjo la ovulación, sonaste, porque la píldora ya no sirve. Sólo funciona cuando se toma antes de la ovulación e interfiere con la salida del óvulo desde el ovario. Por eso hay que usarla lo antes posible luego de la relación sexual.

¿O sea que no interviene en la implantación del embrión?
La píldora del día después no es ciento por ciento eficaz: por ejemplo, si tiene que prevenir 16 embarazos, sólo lo hace en 10 casos. Hay gente que todavía no incorpora eso a su razonamiento: si fuera ciento por ciento eficaz, necesariamente tendría que ser abortiva. La razón de que no previene todos los embarazos es porque sólo los previene cuando se toma antes de la ovulación.

Cuando no hay embrión. ¿Y si lo hubiera?
La píldora no sirve para nada si el embrión ya se formó. En todo caso, antes de la implantación, el embrión es un puñado de células que tiene un tremendo potencial de desarrollo, pero no sabe que existe: no tiene conciencia de sí mismo, no es persona. Si usted le saca el brazo izquierdo a su cuerpo, y usted sigue sentada en la silla, el brazo izquierdo en el suelo.

¿Dónde está usted? ¿En el suelo o en la silla?
En la silla.
Usted siempre va a estar donde queda el cerebro, y el embrión no tiene cerebro. Empieza a formarse de a poquito, pero recién parece un cerebro después de las 12 semanas, el tercer mes.

Usted lleva cincuenta años investigando. ¿Cree que la medicina de hoy está demasiado pendiente de la enfermedad?
Encuentro que tiene el foco demasiado pusto en la enfermedad, y es preocupante. Detrás está el tema del dinero, del negocio. No hay duda de que cualquiera de nosotros pagaría por estar sano, por mejorarse de una enfermedad. La industria farmacéutica aprovecha eso a fondo. La medicina también. Los médicos hoy piden una cantidad de exámenes y recetan una cantidad de remedios que encuentro atroz. Y la gente es muy paranoica, por cualquier dolorcito consulta. Cuando los médicos no recetan, los pacientes salen desilusionados, o los médicos tienen miedo de no hacer una batería de exámenes porque si algo anda mal después les meten juicio. La medicina no era así cuando yo era joven. Es lamentable, porque el costo se encarece inmensamente y se pierde el sentido de una profesión que es arte, ciencia y humanismo.

¿Qué hacemos? ¿Dejamos los remedios?
Yo casi nunca tomo remedios, incluso cuando me duele alguna articulación. La única vez que he ido al médico en los últimos años fue porque tenía muchas arritmias. Me recetaron cosas que no usé y no he vuelto a tener problemas. Tengo el colesterol alto, pero, al fin y al cabo, de algo hay que morirse. Les tengo prohibido a mis hijos que me lleven a la UTI. Si me da un ataque, que me dejen tranquilo. Total, ya viví muchos años y disfruté mi pasión por la ciencia.

Deja tu comentario