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22 noviembre, 2007
orla

Pura carne

Es mujer de acción y no de reflexión. Gladys González Núñez, la Cuca, se crió en la pobreza y se graduó con honores en la famosa “universidad de la vida”. Dueña de cinco parrilladas, otras tantas discoteques, una empresa constructora y varios colegios, ella habla de lo que sabe y lo que sabe es hacer dinero, querer a los suyos y ayudar a los esforzados.

Por Guillermo Hidalgo / Fotografía: Sebastián Utreras


Dos de sus negocios –parrilladas y colegios– están tan ligados al hambre y la falta de educación que sufrió cuando niña. Pero eso no significa nada para la Cuca. Porque aunque sabe que su historia da para novela, no le interesa revolcarse en su drama. Ella es, ni más ni menos, que una máquina de trabajo. Cree en Dios, pero no va a la iglesia. El esfuerzo es su único mandamiento y encuentra que lo que sale gratis no tiene ningún valor. Y punto.

Lo demás es pura acción. Se crió en la absoluta precariedad y hoy es una de las mujeres más ricas de Chile. Hace poco, dio a conocer su biografía La Cuca, vida y vicisitudes de Gladys González, escrita por la periodista Malú Lobo. El asunto fue en la discoteque Luxor. Hubo carne, comida, baile y pocos discursos. Muy diferente a los lanzamientos de libros, donde sobran las palabras y escasea el alimento.

Porque a la Cuca le gusta la generosidad y la abundancia. Pero su infancia de niña pobre y friolenta sigue colándose en su vida. Ahora, para escribir su biografía, Malú Lobo se pasó prácticamente dos años al lado de la Cuca. Una noche, en una de sus casas, la de Reñaca, se fue a dormir, aburrida de esperar a su entrevistada. A la mañana siguiente la fue a buscar a su pieza, pero la cama estaba hecha, igual que la noche anterior. “¿No durmió aquí la Cuca?”, preguntó. Ismenia, su hermana, le dijo que sí, pero que se había acostado con ella. Cuesta pensar que pueda hacer frío en la casa de una mujer ahora millonaria. Pero la Cuca explica: “Las sábanas estaban heladas. Ni loca. Prefiero acostarme con mi hermana, ahí estaba calentito”.

La historia épica de la Cuca dice que su padre, el ferrocarrilero comunista Gonzalo González, se pasó una temporada preso en Pisagua a causa de la llamada “Ley Maldita” en 1948 y, luego de eso, su madre, Rebeca González, quedó sola y arruinada. La mujer tenía tres hijos y tuvo un cuarto con otro ferrocarrilero, que era cliente de una especie de emporio en la calle San Eugenio donde la señora ofrecía almuerzo. El hombre no quiso reconocer a la nueva hija ni hacerse cargo de la mujer. El negocio consistía en un cuarto en que atendían al público y en el otro dormían. La mayoría de las veces las niñas no tenían qué comer y un vecino, el señor Schenone, simplemente las llamaba a almorzar junto a su familia. No preguntaba nada. Sólo les daba la comida que su madre no les podía dar.

Pero aún así, la miseria seguía siendo mucha. Tanta, que bastaron apenas los pocos días que la madre pasó en el hospital teniendo a su cuarta hija para que se pudrieran los víveres que guardaban. El negocio se fue a las pailas. Entonces, Rebeca agarró a sus hijos y se fue a Talca donde uno de sus hermanos, pero éste sólo aceptó recibirla con la guagua, la Juanita.
Gladys, la mayor, tenía 7 años; Ismenia, 6, y Gonzalo, 4. El padre ya había rearmado su vida con una mujer veinte años mayor que él –en la misma Talca–, se dedicaba al periodismo y no había vuelto a tener hijos. Rebeca le dijo a Gladys y a sus dos hermanos menores que se fueran a vivir con su padre. Los sacó a la puerta de la casa de su hermano, les indicó el camino con el dedo y los tres niños partieron resignados. Fueron recibidos, pero a los dos días, Gonzalo González decidió quedarse sólo con el menor y llevar a las mayores a un orfanato, donde pasaron todo un año.

Gladys e Ismenia dormían abrazadas para no pasar frío y a veces robaban comida, porque ellas no eran de las favoritas y tampoco tenían visitas que les llevaran algo, como sucedía con el resto de las internas. Robaban a sus compañeras pan y frutas pero en pequeñas cantidades, para que nadie se diera cuenta. Más de un año después, cuando Rebeca supo que el padre las había llevado allí, fue a buscarlas. Las monjas le pusieron problemas, la acusaron de abandonar a sus hijos, pero finalmente logró sacarlas. También recuperó al menor desde la casa de Gonzalo González, quien murió diez años después. Ismenia tuvo contactos con él y hasta hoy lo llora, pero Gladys nunca aceptó sus acercamientos y los regalos que les hacía tiempo después de haberlas abandonado. Jamás lo perdonó. Dice que si hubiese sido pobre entonces, lo habría perdonado, pero no era pobre, era director de un diario en Talca y tenía recursos para mantenerlas.

Rebeca volvió a Santiago y montó un negocio miserable. Gladys ya comenzaba a hacer lo suyo. Le subía el precio a los huevos y con lo que ganaba con esa pequeña pillería se compraba helados. Al poco tiempo comenzó a repartir carne y a los dieciocho años puso su primera fonda. Con lo que ganó abrió nuevos negocios, entre ellos una compra venta de automóviles y un supermercado.

Dibujos y loganizas

Así comenzó la vida de Gladys González Núñez, dueña de varios negocios y experta compradora en remates. Diariamente gana entre quince y veinte millones de pesos. “Si sólo se dedicara a los remates ganaría hasta treinta”, dice una de sus amigas. Pero no puede dejar por mucho tiempo sus empresas, demasiada gente depende de ella y le cuesta renunciar al control, a tal punto que cuando se toma unos días de descanso, le salen ronchas. “Alergia nerviosa”, dice el doctor.

Es gerente general de todas sus inversiones y bajo ella hay decenas de administradoras. Está separada de un profesor normalista, Jaime Aceval, con quien estuvo 31 años. Tiene dos hijos, Paola y Jaime. Ambos viven de los negocios de su madre. Pero la Cuca es la que lleva el peso de todo y cuando los hijos se le suben por el chorro con los gastos, les para el carro.

“Hijos de madre trabajadora, nacen cansados”, dice el dicho, aunque la Cuca lo niega rotundamente. Pero lo cierto es que les ha dado todo. Es como una presidenta de la República, una verdadera autoridad. Pero también es como una prófuga muy buscada por la policía, los oportunistas o los paparazzi. Nunca sabe dónde va a dormir. A veces lo hace en su casa de Reñaca, –a donde se trasladó hace seis años–, otras, en las viviendas que tiene atrás de sus parrilladas de Buin y Macul, o en la casa de alguno de sus hijos y hasta en la de una ex de su hijo que le dio un nieto. Es la única manera que tiene de ver a su familiares, porque el resto del tiempo se lo pasa produciendo. Pero lo suyo no es ambición, ni siquiera es buscar un lugar en el mundo. No le interesa. Es simplemente echarle para adelante.

Donde la Cuca pone el ojo, encuentra un negocio. Cuando está de viaje y mira algo que le gusta, hace un dibujo en una servilleta y después pide que se lo manden a hacer. Así tiene una réplica de la esfinge de Las Vegas (su ciudad favorita) en su discoteque Luxor. Hace poco vio un portal en una iglesia, cuando asistió a un bautizo, y mientras el cura hablaba de fe y futuro, ella dibujaba. ¿Dónde pondrá esa cúpula que ya piensa construir? No lo sabe aún.

Fue a China hace unos meses. Pensaba exportar longanizas congeladas a ese país, pero se dio cuenta que los chinos tienen otros gustos y decidió abortar el negocio.

La Cuca no lee libros ni diarios porque al poco rato se queda dormida, pero cuando le leen es otra cosa y ella misma se sorprende de su capacidad para captar todos los detalles de lo que escucha. Se ha dado el lujo de llamarles la atención a sus abogados que han dejado pasar un par de cláusulas que la perjudicaban en algún contrato de un nuevo negocio y a ella sólo le bastó escuchar una vez para darse cuenta que la estaban jodiendo.

–“Es que lo leí así nomás doña Gladys”, le dijo un abogado en una de esas ocasiones.
–“Es que yo no te pago para que leái las cosas así nomás, poh compadre”, le respondió Gladys con popular ironía.

Una mujer sin educación hablándole así a un abogado. Debe ser porque es brillante. Malú Lobo, la autora de su biografía le ha leído el libro varias veces para solaz y emoción de Gladys, a quien no se le escapa nada. Dice que además tiene un sexto sentido. Un día se le vino a la cabeza que le iban a entrar a robar y así fue. En esa ocasión estaba jugando al póker con un amigo. La Cuca iba ganando, hasta que le vino el presentimiento. El hombre le dijo “te querí amañar”, que quiere decir algo así como “te querí ir con la plata y no seguir”. Pero a ella la plata le daba lo mismo. Sacó las ganancias del día, unos dólares y unas joyas y las tiró a la ropa sucia, para que nadie las viera. A la mañana siguiente la despertaron con la noticia de que habían entrado ladrones. La Cuca le dijo al marido, que es bastante esmirriado, que se escondiera con el hijo en la piscina y ella salió a enfrentar a los ladrones. Gracias a Dios se habían ido. A juzgar por la braveza de la Cuca, nunca podremos saber si ella o los ladrones deben estar agradecidos de haberse salvado del encontrón.

Carne de perro

Pero la Cuca tiene su corazoncito. Hace poco le dio rabia que en un diario dijeran que como estaba sin pareja se dedicaba sólo a comprar. Dice que no es así, que siempre está rodeada de gente y que le gusta la fiesta. Pero se nota que le duele estar sola, sin un hombre, digamos, y se defiende: “No es así como lo pusieron” dice, “lo que pasa es que yo vivo de mi plata y mi trabajo, pero eso no tiene nada que ver con la soledad. Si estuviera acompañada, sería igual”.

Así ocurrió con su marido, a quien reconoce que dejó bastante botado por ocuparse de sus negocios. Pero lo hizo socio en un diez por ciento de todas sus empresas. Y decidió poner colegios no sólo porque fuera un buen proyecto sino para que Jaime se realizara en lo que había estudiado. Acostumbrado a que ella llevara la batuta, el hombre nunca se hizo cargo y cuando decidieron separarse, él le pidió su parte. “Yo consideré que no correspondía porque si bien él me había ayudado a trabajar, la que siempre apechugó y puso el hombro fui yo”, dice la Cuca.

Así es que acordaron que la mujer le pagaría una generosa pensión, cuyo monto Gladys se niega a revelar. Gracias a ella, Jaime vive cómoda y tranquilamente junto a su nueva mujer, bastante menor que él, con quien comenzó a tener relaciones estando aún casado. A esa mujer la Cuca se refiere como “la Joyita”. Y la Joyita no la sacó barata. Cuando Gladys se enteró que andaba con su marido, fue hasta su casa y le hizo saltar las babas de un puñetazo. Como resultado de eso la Cuca fue presa, pero salió pronto.

–¿Qué siente una mujer que, al contrario de muchas, paga al marido una pensión?
–Que nadie sabe para quién trabaja

–Pero no es común lo que usted hace.
–Peor hubiera sido haber soltado el diez por ciento, pero él entendió. Además, el hecho que yo le dedicara tanto tiempo al trabajo seguramente hizo que lo dejara mucho de lado. Porque, por ejemplo, cuando yo estuve construyendo casas en Viña, de la semana, pasaba sólo un día en Santiago. Entonces, lo que hice fue darle una pensión para que viva tranquilo con su mujer nueva, la Joyita. ¡Con lo que me aguantó se ganó la plata también!

–¿Y qué piensa de las mujeres en general?
–Yo creo que la mayoría de las mujeres están sólo en las buenas con el marido. Cuando las cosas se ponen malas, miran para otro lado. Yo no soy así.

–Además de no leer, tampoco ve televisión. ¿Qué hace entonces cuando está sola en su casa de Reñaca?
–Allí tengo dos karaokes.

–¿Y quién es su público?
–Yo –dice y larga una risotada.

La Cuca es de esas personas que, como buena trabajólica, se desespera durante los feriados, pero en cuanto le dicen que ése es un síntoma de soledad, salta para decir que siempre está rodeada de familiares y amigos.

Dice que jamás tuvo ese pensamiento de tantos, que ansían cambiar su fortuna de la noche a la mañana y esperan un golpe de suerte para no trabajar más.

Desde chica, aferrada a su hermana, supo que tendría autos, casas y buen pasar. No aceptaba invitaciones para fiestas. Todo lo ahorraba, todo estaba destinado a salir de la pobreza. “Lo que pasa es que la gente que no hace nada y se dedica a puro pasarlo bien, es gente que no tiene vida. Muchas veces he tratado de darme un relax, pero me cuesta. Una vez me programé para irme por unos meses a Estados Unidos y a los quince días estaba de vuelta. Me da alergia no hacer nada”.

–¿Qué aprendió usted, entonces, del ejemplo del señor Schenone, ese caballero que sin pedir nada a cambio, las llamaba a almorzar todos los días a usted y su hermana cuando eran niñas y no tenían qué comer?
–Que era una persona buena y generosa. Muchas personas me tendieron la mano y ahora que yo tengo la posibilidad de hacerlo también, tiendo la mano. No siempre se tiene la suerte de devolver la mano, como me pasó a mí con el Schenone. Lo que yo hago es hacer el bien sin mirar a quién.

Lo que pasó con Schenone, es que hace un año un bisnieto de él se acercó a Gladys para decirle que había perdido el trabajo y que a su hija la habían echado de uno de los colegios de la Cuca y que sólo quería que la reintegraran. Bastó un llamado al director del establecimiento para que así ocurriera. Y como el hombre mostró gran dignidad, la mujer fue clara: “Si puede pagar, que pague, sino cóbrale el cincuenta por ciento”. Dura, “pero nada es gratis”, dice ella.

–Usted tiene mucho poder económico y aunque es amiga de mucha gente importante, no tiene mucho roce social. Cómo ve esa otra realidad de la adinerada y educada.
–Yo no lo he sentido nunca así. Nunca he tratado de ser otra persona. Ni me preocupa que el del frente tenga más que yo o menos que yo: yo vivo mi vida y trato de ser lo más correcta posible, y trato de inculcarles a mis hijos también que sean de la misma forma. Y siempre les digo a mis hijos que no hagan con otros lo que no les gustaría que hicieran con ellos. Y cuando ellos se suben por el chorro los aterrizo. Ellos no conocen la pobreza, entonces les cuesta. Yo, desde chicos les decía que no podían comprar, que la plata no se podía gastar. Les decía que nos íbamos a quedar sin plata para el azúcar o el aceite, para que no se agrandaran. Una vez recuerdo que en la parrillada de Viña un gallo me dijo “¿creí que no sé que fuiste carnicera?”. El mozo lo tomó de la camisa y yo le dije que lo soltara porque yo me siento orgullosa de haber sido carnicera.

–¿Qué hay de cierto en las acusaciones que le han hecho en cuanto a que en una época usted vendió carne de perro?
–La gente es muy envidiosa y al principio, cuando la parrillada pasaba llena, dijeron que yo vendía carne de perro, una estupidez del porte de un buque. Si decían que era carne de caballo quizás la gente lo hubiera creído, pero imagínate si fuera de perro, ¿cuántos perros necesitaría? ¡No quedaría ningún perro en Santiago, sería mucho más caro! Más encima el diario lo tomó para la chacota y ponían “los comensales donde La Cuca bailan aperrados”, eso fue en el 87 cuando abrimos la parrillada en Viña. También decían “están tan ricas las parrillas donde La Cuca que los clientes salen moviendo la colita”. La gente se mataba de la risa, le decían a los garzones, “a mí me trae fox terrier”. Nunca afectó mi negocio. Inventaron cualquier cahuín. Nunca quise meterle ni cordero a la parrilla porque se podía mal interpretar. También me han inventado que le he trabajado a la droga, que soy curá, que soy prestamista. Yo encuentro que son tan pobres diablos los que inventan estas cosas, porque su incapacidad es tan extrema, que lo único que les cabe en la cabeza es que he hecho algún malabar para llegar donde he llegado. Yo he trabajado dieciocho horas diarias toda mi vida y ellos a las seis horas están cansados y a las ocho horas están muertos y tienen que dormir 10 ó 12 horas para reponerse.

–Usted es una persona que sobre sí carga un imperio. ¿Qué se siente?
–De repente cansa un poco. Pero cuando me canso, yo corto las comunicaciones y punto. Por ejemplo, ahora quería conversar contigo, así que apagué todos los teléfonos, porque si no, no puedo conversar. ¡Seguro cuando lo prenda va a haber 74 llamadas!

–¿Ha pensado alguna vez que pudo haber tenido una vida distinta? Tomando en cuenta que hay gente que nace con recursos y tiene su vida más asegurada.
–Es que ¿sabes qué?, ¡yo me tengo tanta fe! Aunque me dejen en pelota, de alguna manera me vuelvo a vestir.

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