“Éramos niños Ritalín y también muy buenos alumnos”. La casa en que crecí: Polett Body

Reportajes y Entrevistas

“Éramos niños Ritalín y también muy buenos alumnos”. La casa en que crecí: Polett Body

Por Constanza Gutiérrez

Mi mamá y sus hermanas tuvieron hijas en la misma época y todas se fueron a vivir
cerca de la casa de sus papás, que está en una villa muy pequeñita llamada René
Escauriaza, detrás de la autopista Libertadores. Yo viví en dos casas ahí, donde
hicimos la mudanza a pie, llevando las cosas en la mano. Pero la importante siempre
fue la casa de mis abuelos, no las nuestras: la casa original era de cemento, grande, de
un piso, pero ellos mismos le hicieron ampliaciones de madera. Tenía un antejardín
con un limonero y un gran patio trasero en el que había un parrón.

Mis primas, primos, mi hermana y yo jugábamos mucho en el pasaje. Al tombo, a las
escondidas, a la pinta, lo que fuese. Siempre estábamos nosotros cinco, pero si
llegaban otros niños los sumábamos. También salíamos a comprar con nuestros
papás, quienes nos llevaban a hacer una ruta en bicicleta que consistía en pasear por
todos los pasajes de la villa hasta llegar a una plaza. Por eso nunca he entendido a la
gente que no salía cuando chica y solo veía tele. A mis papás les gustaba que
jugáramos afuera o adentro con juegos de mesa. No nos dejaban quedarnos pegados
en la televisión.

Para mí el pasaje era muy grande, libre y seguro, excepto por un potrero con choclos
que estaba a un costado de la villa. Ahí no podíamos ir, porque era como El Infierno.
Era el lugar donde nos podía pasar algo, donde te podían robar la bici o donde iban las
parejas que no tenían un lugar donde estar. Pero por el pasaje sí podíamos andar
tranquilos, hasta que llegó una redada: el hijo de uno de nuestros vecinos era
drogadicto y al parecer vendía droga, la que tenía escondía en el potrero, detrás de la
pandereta. Recuerdo haber visto a un PDI detrás de un arbusto, con pistola, ¡y al lado
todos los niños andando en bicicleta!

Después de esa redada, mi mamá nos coartó las salidas. Y no pudimos volver a jugar a
la calle. Un furgón nos iba a buscar y a dejar del colegio a la casa de mi abuelita, y ahí
pasábamos la tarde. Teníamos de todo: un Nintendo 64, una piscina tiburoncito, un
columpio de neumático, bicicletas y mucha ropa de muñecas. Todos los días a qué
jugar. Una vez fuimos con mi papá al Sodimac y llevamos, caminando, maderas para
que nos hiciera una casa de muñecas rosada. Como vivíamos cerca del outlet de
Mattel, mi papá también nos llevaba a comprar autos a control remoto y pistas. Nos
decía “esto lo compré para mí, pero lo podemos usar todos”.

Éramos niños ritalín, muy activos. También muy buenos alumnos, los que tenían los
mejores lugares de su curso. En esas tardes en la casa de mis abuelos inventábamos
coreografías y canciones, nos tirábamos piqueros. El patio siempre estaba lleno de
cosas: mi abuelo es chef y trabaja haciendo eventos, por lo que atrás había muchas
sillas. Mi abuela, por su lado, cose, entonces tiene telas. También tienen un mueble con
miles de herramientas que nunca usan, pero ellos dicen que “un día” las pueden
necesitar. A veces ayudábamos a mi abuelo con su trabajo: nos poníamos delantal y
gorros y preparábamos juntos unos canapés gourmet. A todos nos gustaba trabajar, y
él nos pagaba luca o dos lucas por nuestra ayuda.

Nos fuimos de esa villa cuando yo tenía doce años. Pero antes de irnos, vivimos un año
con mis abuelos, en el departamento interior. Lo primero que pasó fue que, un día,
llegando a la casa con mi tío, vimos que venían saliendo unos ladrones con el calefont.
No teníamos nada de valor, no había nada más que sacar que las bicis y un calefont, y
al parecer alguien ya se había llevado las bicis. Al poco tiempo pasó otra cosa: salimos
de vacaciones y volvimos antes de lo previsto. Cuando llegamos, nos dimos cuenta de
que alguien había corrido una plancha de zinc del techo. Ahí sentimos que la casa era
insegura, y mis papás decidieron cambiarse inmediatamente al departamento de atrás
de mis abuelos, para que mi hermana y yo no estuviéramos solas nunca. Después,
justo al otro año, les salió la casa en Quilicura.

Mi infancia fue una muy bonita, muy compartida. De grande me ha dado pena
enterarme de amigos que no tuvieron personas con las que jugar cuando chicos. Yo lo
pasaba muy bien. La villa de mis abuelos no ha cambiado en cuarenta años. Hasta el
potrero sigue siendo potrero. Pronto van a abrir cerca el metro Los Libertadores, y no
sabemos qué va a pasar, si van a subir los precios o si van a expropiar. A mí me
gustaría quedarme con esa casa. Creo que falta mucho para que lleguen los edificios a
ese barrio.

Polett Body tiene 25 años y estudia Licenciatura en Letras.

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