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13 septiembre, 2017
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La fuerza de Érika Olivera

En 1998, cuando Érika Olivera estaba en los inicios de lo que sería una exitosa carrera en el atletismo, fue parte del reportaje de revista Paula, La fuerza, que destacaba a mujeres que habían superado pérdidas, derrotas y, como en el caso de la deportista, un doloroso pasado.

Por Carolina Díaz / Fotografía: Nancy Coste


Paula 786. Año 1998.

Su padre, un inspector de la locomoción colectiva de firmes convicciones evangélicas, la obligaba a correr ininterrumpidamente por el pasillo de la casa. “Fue muy estricto conmigo y con mi hermano mayor. Cuando nos castigaba nos hacía correr sin parar por el pasillo y nos obligaba a hacer flexiones de piernas. A veces yo le pedía que por favor me dejara parar un poco, unos minutos para reponerme, pero tenía que seguir corriendo. Él se quedaba mirándonos y era imposible hacer trampa. Una vez, me acuerdo, yo era chica, me tuvo haciendo cientos de flexiones de piernas y después me hizo correr como una hora, las rodillas se me doblaban solas, me caía, me resbalaba, las fuerzas no me daban, pero yo sabía que él me estaba mirando y tenía que seguir corriendo”.

Érika tenía lava adentro, pero nunca la escupió. Hacía lo que su padre le mandaba. Eran las reglas de una casa que no era la de ella: “Para ir al baño, tenía que avisar. Para salir al jardín, tenía que preguntar. En vez de ventilar su rabia, se convirtió en un molusco cerrado. “No miraba a los ojos y, si me preguntaban algo, decía sí o no. También decía gracias. Tenía fama de cara de palo”.

Recién a los 13, Érika se dio cuenta de que, si dedicaba la tarde entera a entrenar, podría lograr dos objetivos: distraerse del espeso ambiente de su casa y librarse para siempre de los castigos. “Mi papá no pudo seguir castigándome, porque me dedicaba a correr. Me salvé a los 13”, dice. Dos horas de micro desde Puente Alto hasta el Parque O’Higgins, dos horas de entrenamiento, dos horas de micro para volver a la casa. No le gustaba entrenar, no le gustaba correr, no le gustaba mucho estar en este mundo, bajó drásticamente sus notas en el liceo, los profesores no le perdonaban las ausencias obligadas por las competencias. Fue la primera vez que Leonor, su madre, una mujer robusta y bien plantada, le preguntó qué le pasaba. “Yo le dije ‘usted no entiende lo que me pasa, nunca me ha preguntado cómo estoy’ y seguí llorando en mi pieza”. Leonor armó un revuelo en el colegio, enfrentó a todos los profesores y, finalmente, la directora del liceo autorizó a Erika a aflojar un poco el estudio para favorecer sus entrenamientos. Total, le quedaban cuatro meses para terminar cuarto medio.

Poco después, el entrenador de Érika, Ricardo Opazo, quien la conoció como atleta a los 14 años, le abrió los ojos: “Si te dedicas en serio, vas a ganar plata”, le dijo. Y lo decidió: mientras su padre pasaba meses sin trabajo, su mamá vendía sopaipillas y sus hermanos aseaban micros, Érika empezó a quemar las pistas como una profesional y a pergeñar sus primeros pesos con sus triunfos juveniles. Hoy tiene las mejores marcas del continente en cinco mil y 10 mil metros y en maratón. “A veces voy reventada en la pista, con el sol aforrándome en la cabeza, pero sigo no más. Como cuando mi papá me miraba en el pasillo. Nunca me he salido de una carrera y sé que nunca lo voy a hacer. Mi papá hizo que me naciera una energía rara, como si hubiera adivinado que después la iba a necesitar”.

No solo en los estadios Érika es fuerte. Necesitó megatones de fuerza para atreverse a enfrentar a su marido -se casó libremente a los 19 años- y comunicarle, a los cuatro meses de casada, que estaba enamorada de otro hombre: Ricardo, su entrenador. Al día siguiente sacó su ropa y se fue. Se instaló en la casa de una amiga a esperar a que Ricardo volviera de un viaje a Argentina. “Durante muchos años lo vi como el papá bueno que yo quería tener, aunque al principio ni siquiera le tenía cariño. Después, sí. Él representaba la posibilidad de entrenar, de estar lejos de mi casa. Y no sé cómo, un día, me di cuenta de que estaba enamorada de él y no de mi marido. El año que decidimos vivir juntos, el 95, no entrenamos casi nada, pero yo me hice conocida, gané todos los campeonatos y él también se fue para arriba profesionalmente”. Ricardo tiene 44 años y tres hijos de su primer matrimonio.

Hoy viven en El Salvador, porque está situado a 2.400 metros y eso favorece su resistencia física, tienen una hija de nueve meses y se preparan a fondo para ganar los Juegos Olímpicos del 2000. Cuando Érika le contó a su padre que se había enamorado de Ricardo, le dijo que él sabía que eso iba a pasar. Después le preguntó si lo perdonaría y Érika le contestó que le iba a costar hacerlo. “Creo que, sin tener idea, mi papá me dio las herramientas para que yo me liberara de él. Después de que yo me fui de la casa, él cambió. Mis hermanas chicas no lo tuvieron que soportar como yo. Le he perdonado muchas cosas, pero hay algo que nunca se me va a borrar: el otro castigo. Si se aburría de hacernos correr, nos obligaba a ponernos de rodillas, mirando la pared, para rezar. Una hora, dos horas, tres horas. Sin parar. Si alguien se atreviera hoy a decirme que vaya a la iglesia, te juro por mi hija que soy capaz de patearlo”.

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