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4 abril, 2018
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Ernesto Rodríguez Serra: un profesor distraído

Durante más de 50 años, ha enseñado filosofía y literatura en universidades y colegios. No es un especialista: es un gozador, un convocador y, ante todo, un distraído. El distraído, de hecho, posiblemente sea el título de las memorias que está escribiendo por encargo de Ediciones UDP. Coordinador del ciclo Crítica y Celebración en el Centro de Estudios Públicos (CEP), conversó con su nieto, el editor y columnista Vicente Undurraga, sobre algunos hitos de su vida: su catolicismo poco ortodoxo, su amor por la navegación y la amistad.

Por Vicente Undurraga / Fotografía Rodrigo Chodil


Paula 1248. Sábado 7 de abril de 2018.

Este año, en el CEP, le hicieron un homenaje. Hablaron amigos como la filósofa Carla Cordua, la arquitecta Antonia Lehmann y el crítico Pedro Gandolfo. Por la familia, ya que soy su nieto y ahijado, me tocó hablar. Intenté retratarlo, como acá, a partir de algunos momentos de su vida. Uno de ellos, que con el tiempo me ha parecido muy formativo, fue cuando hace 30 años, en Viña, él iba manejando en su estilo kamikaze y en un cruce se le paró el auto. Su demora en echarlo a andar fue tanta que desde otro auto una especie temprana del nuevo chileno winner y avasallador bajó la ventana y lo empapeló en garabatos. Ernesto sacó la mano y lo saludó diciendo: “Felicidad, felicidad”. Y siguió feliz mientras el otro seguro quedó irritado.

–Hay cierta maldad en eso, lo estoy jodiendo. Le tomo el pelo.

Tomar el pelo

En política, ¿qué puntos calzas?
A mi padre le gustaba mucho seguir la política, era muy conservador, compraba todos los diarios de derecha. Yo lo acompañaba a votar. Así que de chico aprendí el hábito de la política. Ya en la universidad intervine algunas veces, pero siempre con esta vena que tengo de tomarle el pelo a la gente.

¿Por ejemplo?
Aunque era un alumno muy flojo, en la Escuela de Derecho de la Católica de Valparaíso se me acercó un día el presidente de la Juventud Conservadora y me dijo: “Ernesto, te hemos seguido la pista, eres muy buen orador y venimos a ofrecerte que entres al partido y en la siguiente elección eres candidato y sales diputado por Valparaíso”. Le dije ya, encantado. Nos fuimos conversando desde la universidad, que está en la entrada de Valparaíso, hasta la calle Condell, donde estaba el Club Conservador. Año 1949. Y en la puerta del club le digo que mejor no.

¿Por qué?
Porque ya estaba enganchado con la poesía. Y yo me quedo con eso. La vida de uno se define por algunos “no”. Después de eso, no me saludaron por un tiempo. Pero no habría podido pertenecer a un partido. Me habrían rajado a los tres meses. ¿Qué tenía que hacer yo ahí?

El no pertenecer, el entrar y salir, ha sido una constante en tu vida, ¿no?
Creo que sí. Me gusta contrariar. Otra vez armé un escándalo grande en la universidad. En el gobierno de González Videla había una gran disputa entre senadores de derecha e izquierda. Un día pongo un aviso en el fichero de la Escuela de Derecho que anuncia que el académico Ernesto Rodríguez va a hablar sobre la situación política en la Academia Jurídica. Lleno total. Comienzo a hablar con la voz más momia imaginable: “Estos tipos insolentes, irresponsables, que rompen las tradiciones del país…”. Sigo exagerando y exagerando hasta que el presidente de la Juventud Conservadora dice: “No estamos de acuerdo con lo que estás diciendo”. Le contesto: “Yo tampoco”. Esto produce una estampida general. Me subo a la mesa y digo: “Están impidiendo mi libertad de expresarme”. Perdí la confianza de los estudiantes políticos.

Después te echaron del colegio Patmos y te alejaste de la Escuela de Arquitectura de la UCV, ¿no?
En Viña fundé y fui rector del Patmos, que estaba basado en la poesía. Al cabo de un tiempo, mis socios me echaron. Entonces fui acogido por la Escuela de Arquitectura, por Godofredo Iommi, donde participé activamente del Movimiento Reforma a fines de los 60. Fui a la Universidad Santa María y a la Chile a promover el paro. La reforma ganó y se cambió el estatuto universitario: se estableció que la mayor instancia era el senado académico y no el rector y que las sesiones eran públicas. Cualquier persona de la calle podía entrar. Eso nunca se ha hecho de nuevo en Chile. Pero de ahí vino la elección y la Escuela de Arquitectura, con Alberto Cruz a la cabeza, dio orden de no votar por mí para senador de claustro.

¿Y?
Se me acercaron los gremialistas: “Ernesto, nosotros votaríamos por ti”. Con una condición, les dije: “Yo no soy gremialista y estaré generalmente contra ustedes”. Me apoyaron igual y en el senado estuve siempre en contra de ellos. Me tocó estar en varias tomas, una de ellas muy violenta, de la izquierda, que terminó a balazos.

¿Sí?
Cuando la izquierda activa se toma la universidad en 1972 algunos estudiantes gremiales se refugian en la cancha de básquetbol hasta que comienzan a dispararles. Me meto yo gritando: “Maricones, no disparen” y rescato a uno. Después, en reacción, vinieron las tomas gremiales y me opuse totalmente, a tal punto que un dirigente gremial que jugaba rugby me tiró un combo que me habría partido la cabeza si el padre del tenista Nicolás Massú no pone la mano y le para el golpe. Ahí tomé una cierta distancia con la Escuela de Arquitectura. Se me produjo un cambio potente y me pasé, por así decirlo, de Platón a Aristóteles.

¿Es decir?
Entendí el valor de la democracia y la república. Fue un momento muy culminante. Empecé a hacer una clase en la UC en Santiago sobre el discurso de Pericles y la democracia en Atenas. Después, a mediados de los 80, me fui al CEP, donde siempre me han dado mucha libertad, hago lo que quiero. El CEP es para mí como un hotel grande que tiene un restorán sencillo que da a la calle y lo atiende don Ernesto.

¿Has votado por la derecha alguna vez?
Por Jorge Alessandri, y hablé públicamente a su favor porque estaba seguro que si elegían a Allende el gobierno iba a durar dos años y sería reemplazado por una sangrienta dictadura militar de extrema derecha. Lo tuve siempre claro.

Y para el golpe, ¿qué?
Queda todo deshecho. El argumento mío contra Pinochet, y por el cual mandé en 1988, tres días antes del plebiscito, una carta a La Época, era que él ofrecía defendernos de los comunistas, y ese es el argumento de la mafia. La mafia vende que te defiende. Yo voto contra todo el que quiera defenderme. Y contra el horror, por supuesto. Me pareció necesario, dado que me ganaba la vida haciendo clases en el CEP, la UC y la UAI, expresar públicamente que estaba en contra de la dictadura y votaba No. No hacerlo me parecía indigno.

En esta foto de principios de los años 80, Ernesto Rodríguez aparece con su nieto Vicente Undurraga en Olmué.

Rap

En los años 80 y 90, en los veranos Ernesto nos recibía a los nietos con generosidad en Olmué. Nos pasaba la mitad de su casa, el jardín, todo. Pero había un lugar sagrado: el sofá donde se sentaba a oír música y a cantarla. Haydn, por ejemplo, o Fred Astaire o Agustín Lara. Una mañana lo vi sentarse con su campari para oír y cantar Don Giovanni o algo así, recuerdo su talante operático. Pero alguno de los nietos habían ocupado la casetera y cuando Ernesto le puso play comenzó a oírse, muy fuerte, Wilfred y La Ganga, un grupo portorriqueño que cantaba un rap que en el coro decía: “Mi mi mi abuela / arroz con habichuela”. Recuerdo desde la esquina ver el horror dibujándose en una cara tres segundos antes preparada para el goce. Del horror a la rabia hubo apenas unos segundos. Ernesto, entre gritos, sacó el casete y agarrándole la cinta con el dedo lo llevó al jardín y lo deshizo en el aire.

–Siempre he sentido un rechazo central por lo feo. Uno ve un cuadro de Lucian Freud y no es bonito, pero por supuesto no es eso lo que yo rechazo.

Sino…
La vulgaridad. La prepotencia. Los malos modos. Don Francisco. Conozco y entiendo toda una estética moderna que tiene que ver con la fealdad y la vulgaridad, pero en la vida misma no me la trago.

¿A qué chileno admiras?
A Raúl Ruiz. Un genio bondadoso, no fue rencoroso. Simplemente se reía de todo. Y sabía de todo. Una inteligencia suprema. Era un socialista duro y se enterró con misa cantada.

Lo católico

En el 2000 dijiste que eras cristiano pero que el que se cree el cuento de Cristo en serio es un huevón. Te costó la expulsión de la UCV.
En el cristianismo nací y ahí me moriré, como los comunistas. Ser comunista, judío o católico es muy fuerte, no lo puedes tirar por la ventana. La teología cristiana es muy rica y potente. El problema es que las instituciones, en este caso la Iglesia, se establecen para guardar una tradición y conservarla y al tiempo la traicionan. Y luego viene la corrupción eclesiástica, el abuso.

Tú haces una distinción entre tradicionalista y tradicionista.
El tradicionalista queda anclado a la tradición que sea, mientras que el tradicionista recibe la tradición y la transmite. Hay un comercio en eso: recibes y entregas. Y en esa entrega la cosa va distinta. Por ejemplo, el momento en que Pound hace las paces con Whitman en un poema famoso y le dice: “Tú tallaste esto, que haya ahora comercio entre nosotros”.

¿Y en materia religiosa?
Entre lo absoluto de Dios y los fieles, la Iglesia establece una serie de mediaciones: los santos, la virgen, los obispos, la confesión. De tal manera que la Iglesia se convierte en una administración que gestiona los pecados mortales, como la masturbación. Me rebelé contra eso muy temprano. Pero tiempo después escuché al cura Rafael Gandolfo. Un tipo extraordinario que había leído mucho, que dejó de usar sotana y andaba con sombrero. Cuando murió mi hija, hizo la misa de difuntos y se le olvidó cómo decirla. Sentí con él otra manera de hablar, un lenguaje y un enfoque que no era el de los curas.

¿Sino?
Hay una cosa clave en la figura de Jesucristo en la que creo y que básicamente es el amor a los demás, la idea de que te encuentras a ti no buscándote, como creen muchos, sino encontrándote con el otro, que es tu espejo. Pocos son los hombres capaces de prometer, de decir yo estoy aquí y aquí me quedo. En ese sentido sigo siendo totalmente católico. Y también por el perdón.

¿En qué sentido?
La cuenta está siempre abierta. No hay contabilidad, no hay amortización. Ya William Blake, que es un pensador religioso pero totalmente censurado por el catolicismo, dijo que la famosa prudencia católica es una vieja solterona, rica y fea cortejada por la incapacidad. Y que el deseo es central, que la lujuria y la belleza son el deseo de Dios. Da vuelta la cosa, está en las antípodas de estos sacerdotes babosos que predican la abstinencia y practican el abuso. Ese es el núcleo de mi pensamiento religioso: no rompo con el cristianismo, pero con el obispo no tengo nada que hablar.

Los amigos

Otro eje de tu vida ha sido la amistad.
Es central. Me gusta estar con los demás. La amistad es para mí un instinto.

¿Dura más que el amor?
El amor es lo más inestable que hay. El eros golpea por todos lados. La amistad resiste más. Hay una distinción muy potente en la tradición griega y cristiana que distingue el amor como eros, que es deseo, y el amor como ágape, que es cuidado. El amor por los hijos no es de deseo, es un amor que cuida. Y cuando muy raramente se junta el eros con el ágape, la pareja es una maravilla.

Entre la amistad y tu cristianismo, aparece el desprendimiento.
Hay que desprenderse de todo. En mis memorias estoy desarrollando la idea del “des”: descubrirse, desilusionarse, desesperanzarse, desencantarse, despojarse. El genio de esto sería Beckett: quedarse con el hueso. En ese momento estás frente a ti y frente a la muerte.

Pero ese hueso es un lugar al que llegar, no en el que vivir.
Hay que irse desprendiendo. Ahora nos cuesta mucho porque está todo tan disponible. Aunque, como yo no he tenido mucho, no me cuesta tanto.

Un hito en esto fue la venta de la casa que tenías en Olmué, una que hiciste de a poco durante medio siglo.
La extraño, pero ya está. Se acabó. La distancia mía en ese sentido frente al neoliberalismo es total. La acumulación y el crecimiento, el crecimiento… Para qué, para dónde. Pero eso tiene que ver con otro tema, porque al juego de la vida antes entraban unos pocos y ahora, gracias a la ciencia y al mercado, entran todos.

Bueno, casi todos.
Muchos. Ortega citaba a San Francisco, que decía que para vivir necesitaba poco, y de ese poco muy poco. Yo le hice un toque: Necesito poco, pero de ese poco muy bueno. Eso ha sido para mí una manera de vivir. No puedo oponerme totalmente al neoliberalismo, que es el gran error de la izquierda, por creer que la gente se pierde en el consumo. Al decir eso te conviertes en un cura. Lo que más calma al ser humano es tener bienes, especialmente a la gente que no tiene una vida espiritual o intelectual activa. Junto a eso, una revolución material gigantesca ha sido el acceso al sexo, que tenía lugar solo en el matrimonio, el concubinato o la prostitución y hoy está abierto a todos.

El deseo no se desprende nunca, ¿no?
Cuando un ser humano deja de desear deja de vivir. Tengo una imagen muy bonita de los años en que navegué en yate por el litoral central. Tú vas con la vela y a medida que te acercas a la bahía vas bajándola. Si navegas bien, con el puro vuelo el bote llega a puerto. Sin vela. Finito. Así habría que llegar.

Tenías una lancha sin tener ni un peso.
Compramos un yate viejo con un amigo que tenía un poco de plata. Estuve 10 años todos los fines de semana navegando de Papudo a Algarrobo. Llegábamos mojados. Entendí ahí el término medio de Aristóteles, que dice que la prudencia es una permanente deliberación sobre lo que puede ser bueno para la vida.

¿Por qué?
Navegar es eso: por aquí no, por acá sí. Una permanente deliberación. Es muy potente porque tú no te entregas, estás todo el tiempo decidiendo, eres libre y responsable. Le tomé el gusto a eso, me acostumbré a andar en la incertidumbre.

Una de las citas que más repites es una de Melville.
“Cada vez que puedas, al cuerpo, ostras y champagne, y al alma, luz y espacio, y así tendrás derecho a una gloriosa resurrección, si la hubiere”.

Podría ser tu epitafio.
Si algo me ponen, que sea eso. Pero no me interesa la resurrección ni que haya otra vida. Este que soy, con este cuerpo, cuando muera se terminó. Definitivamente. La muerte es el final. No estoy esperando irme al cielo. Ni condenarme. Y eso hace que sea finalmente un no cristiano. Tengo claro que la eternidad está en el tiempo, el cielo está en la tierra, el infierno también.

En la universidad te nombraron profesor visitante a los 87, después de 40 años dando un curso.
Es el último chiste de la vida. Yo en el fondo he sido un marginal.

¿Con respecto a qué?
A todo, incluso a mí mismo. Me definiría como me ponían en los buques cuando lograba meterme para viajar fuera de Chile: Agregado al rol. Hay un registro que consigna toda la planta, desde el capitán hasta el último fogonero. Y al final se señala al agregado al rol. El furgón de cola.

El colado.
Eso.