La desesperanzadora larga esperanza de vida

Reportajes y Entrevistas

La desesperanzadora larga esperanza de vida

Por Ximena Torres Cautivo / Ilustración: Holly Jolley

Los chilenos tenemos la más alta esperanza de vida de toda América Latina, con 80,5 años en promedio, y estamos muy por encima de la media global, que es de 71,4. Sin embargo, una larga vida no es sinónimo de plenitud. Por el contrario, detrás de las cifras y en el ámbito de lo cotidiano cunden las historias de soledad y desamparo.

Usted, ¿obra con regularidad? ¿Quién gobierna Chile? ¿Se ha caído últimamente? ¿Qué fecha es hoy? ¿Cómo anda su presión arterial? Estas son preguntas típicas en la consulta de un geriatra, mezcla rara de actualidad local y mundial con intimidades biológicas, algunas profundamente coprolálicas. Cuando ríe, ¿se le escapa el pipí?

Y estas son las respuestas-tipo de mi mamá, mi papá, mi suegra y mi suegro, respectivamente, cuando hablamos por teléfono y describen con evidentes dosis de humor negro cómo están de salud: “Estable”, “Bien, dentro de lo mal”, “Esperando la carroza”, “No tal mal… si piensas en la alternativa”, una frase que el papá de mi marido le robó a Maurice Chevalier, un célebre cantante francés de comienzos del siglo pasado. Entre los cuatro suman 342 años y son una demostración flagrante de los altos índices de expectativa de vida que exhibe Chile, un ámbito donde sí merecemos pertenecer a la famosa OCDE, el club de las naciones que la llevan en materia de desarrollo económico y social. Cuando ellos nacieron, en los años 30, el promedio de vida femenino en Chile era de 42 años y el de los hombre rozaba los 40; ellos duplicaron la apuesta. El tema es en qué condiciones y para qué.

Como dice el muy dedicado geriatra chileno Eduardo Valenzuela: “La longevidad se ha convertido en una medida de inequidad. Ser viejo y pobre es un drama”. Pero ser viejo a secas también se va volviendo una desgracia. Y lo que es para todos un factor protector y cada vez más escaso, dada “la esperanza de vida” de los matrimonios, tampoco garantiza la prometida protección: me refiero a envejecer de a dos, emparejados, como hacen las tórtolas.

Nadie en Chile pudo dejar de estremecerse con una noticia que nos asaltó en julio pasado: Jorge le disparó a su esposa, que estaba postrada a causa de un cáncer ovárico con metástasis y además padecía demencia senil. Inmediatamente él, que presentaba problemas de movilidad a causa de una hernia y probablemente tenía depresión, se descerrajó un tiro en la cabeza. Murió de inmediato en su casa de Conchalí, en Santiago, ella un par de días después. La pareja vivía sola en una modesta vivienda. No tenían hijos. Entre ambos sumaban 400 mil pesos de ingresos al mes.

Dice el geriatra Eduardo Valenzuela, quien hace una suerte de diagnóstico ex post del caso: “Jorge y Elsa llevaban juntos más de 50 años y a él se le estaba proponiendo internar a su mujer en un hogar de ancianos. Él sintió con ello que su autonomía estaba siendo violentada; pasa mucho que los familiares, los cuidadores, los demás, buscan decidir por las personas mayores, lo que es un error, porque ellos son autónomos y hay que respetarlos. Separarse de Elsa, a la que evidentemente amaba, era algo tremendo para él, y por eso tomó la decisión que conocemos, y al hacerlo de alguna manera ejerció su autonomía. Ellos se fueron juntos. No aceptaron separarse”.

El famoso escritor húngaro Sándor Marai, que había nacido con el siglo XX, se suicidó en su casa de San Diego, Estados Unidos, en 1989, tres años después de la muerte de Lola Matzner, su mujer, en 1986. Estaba casi ciego, solo, aislado y, como Jorge de Conchalí, seguramente deprimido. La pérdida de Lola, tras largos padecimientos a causa de un cáncer, le había generado una verdadera aversión por las clínicas y los médicos, “el negocio de la enfermedad”, decía, e inspirado esta reflexión inconsolable y desoladora: “Soy viudo , algo extremadamente grotesco. Vivo la realidad como antes, en primera persona del singular. Hemos estado juntos durante sesenta y dos años y ocho meses, el tiempo que ha transcurrido desde que ‘firmamos’. Durante seis décadas hemos estado siempre juntos, despiertos y dormidos, físicamente y de otras maneras, en todo tipo de circunstancias, y en cada ocasión nos hemos apoyado mutuamente mientras pasábamos por situaciones miserables o prodigiosas: siempre juntos. Ahora me encuentro solo, en un vacío similar al que rodea al astronauta en el espacio, donde ya no actúa la gravedad que lo mantenía sujeto a la Tierra. Todo flota, él mismo, los objetos, el mundo”.

Volver a la primera persona singular convirtió a Marai en el escritor más antivejez que se conozca. Una muestra: “Quien sigue en este mundo después de cumplir los ochenta se limita a llevar una existencia vegetativa, no una auténtica vida; a estas edades ya no se vive por algo, simplemente se vive”. Y otra: “Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido… Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya solo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente”.

Nuevamente cito al doctor Valenzuela, quien dice: “Envejecer acompañado es ciertamente un factor protector. Cuando alguien enviuda se enciende una luz roja, sobre todo si el sobreviviente es el hombre. La mujer tiene muchos más recursos, los hombres somos uni-rol, nos cuesta más. Por eso los hombres se suicidan más que las mujeres. Para ayudar en estos casos lo fundamental es la empatía. Hay que entender, por ejemplo, que el self no envejece como la estructura exterior. Las personas mayores se sienten más jóvenes de lo que se ven. Y la vida parece muy distinta a los 80, a los 90. Te quedas sin proyecto, sin esperanza, sin un camino por delante. Hay allí un maltrato cultural”.

Efectivamente, entre los que tienen 70 años y más la tasa de suicidios en Chile es de 13,2 muertes por cien mil personas, mucho más alta que las 10 por 100 mil del resto de la población. Y en los hombres es mayor que en las mujeres, y mediante métodos más cruentos.

Otro caso profundamente dramático fue el producido en agosto en la localidad de Hijuelas, en la provincia de Quillota. Tres mujeres, de 30, 60 y 90, nieta, madre e hija, respectivamente, fueron encontradas muertas en su casa. Carabineros debió entrar al domicilio a pedido de los vecinos, a quienes les llamó la atención no haber visto a la madre en varios días seguidos. La nieta estaba postrada a causa de una enfermedad neurológica, la abuela era ciega y no valente, y la madre, que era la cuidadora de ambas, al parecer sufrió un infarto y murió en la cocina, donde la encontraron. La nieta y la abuela quedaron desatendidas y fallecieron por inanición en sus camas. Dramático, porque, como señala el doctor Valenzuela, en este trío femenino y ‘multirrol’, fuerte y empeñoso, existía la voluntad de sobrevivir, pero su conexión con la vida, con la comunidad, con el mundo, era solo un adulto fragilizado, la madre, quien, como bien saben los geriatras, probablemente padecía “el estrés del cuidador”, un mal de estos tiempos en que vivimos desesperanzadoramente una larga esperanza de vida con consecuencia de muerte.

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