Esta es mi historia: soy bipolar

Reportajes y Entrevistas

Esta es mi historia: soy bipolar

Por Rita Cox

Este testimonio, de la ingeniera civil de 36 años que aquí llamaremos Francisca, es parte de la sección Esta es mi Historia, que reúne relatos de chilenos comunes y corrientes que vale la pena leer.

Paula.cl

Francisca no es su nombre real, sino el que esta ingeniera civil y traider de una empresa de servicios financieros, casada hace dos años y madre de una niña de dos meses decidió usar como seudónimo para publicar su  testimonio. No tiene vergüenza ni pudor de lo que aquí relata como un resumen de sus casi 20 años de infernales altos y bajos antes de ser diagnosticada con un Trastorno Bipolar, en el que de manera crónica hay un estado anímico que va del polo eufórico al depresivo. En su caso, es del tipo 2, marcado por hipomanias y depresiones más largas y profundas. Pero sabe que es muy poco lo que se conoce sobre esta enfermedad mental que incluye episodios serios de manía y depresión, y que la falta de conocimientos puede conllevar prejuicios sobre quien sufre una enfermedad que es posible dominar una vez diagnosticada, tratada por el especialista correcto, con la combinación adecuada de fármacos, y un estilo de vida cuidadoso por parte del paciente. A pesar de contar con los recursos, Francisca demoró demasiados años en dar con un siquiatra experto en bipolaridad que, además de darle confianza y estabilizarla, la ha acompañado en su proceso de embarazo y post parto, etapas delicadas para una mujer bipolar. Este es su primera persona, cuando hoy 30 de marzo de celebra el Día Mundial del Trastorno Bipolar, y cuya fecha obedece al natalicio de Vincent van Gogh.   

Esta soy yo
“Me defino como una persona demasiado libre y desestructurada, aunque fui criada en la estructura. Esa ha sido mi lucha permanente. Soy la mayor de cinco hermanos, mis papás siguen casados hasta hoy y son lo máximo, demasiado generosos, pero a la vez muy rígidos, ya que son sumamente católicos. Mi mamá es de los Legionarios de Cristo. Con rígidos no me refiero a horarios o permisos, que siempre tuve. Me refiero a la diferencia entre lo que está bien o está mal. En el contexto en que crecí, si estaba mal, era pecado. Estuve en un colegio católico y siempre fui una excelente alumna, aunque no estudiaba nada. Siempre estuve condicional por conducta y, aunque vivía amenazada, no me echaron gracias a mis notas. Era, además, de las que hacía todas las actividades extra programáticas y fuera del colegio tampoco paraba: andaba en bicicleta, subía cerros, leía muchísimo”.

¿Primeras señales?
“Hasta octavo básico nunca me costó hacer amigas. Pero de repente comencé a sentir que esa forma de ser mía estaba cambiando. No sé si fue una depresión, pero mi autoestima bajó. De extrovertida pasé a introvertida. No me atrevía a acercarme a mis amigas de siempre. Me atormentaba imaginar que pensaran: ‘Qué lata, la Francisca que no tiene nada de qué hablar’. Me sentía fea. Usaba frenillos, mi pelo era horrible, mi cuerpo había cambiado y parecía un tubo. Iba a fiestas y nadie me sacaba a bailar. Coincidió con el viaje de estudios al norte. Nadie quería compartir pieza conmigo, entonces me quedaba con las rechazadas sociales. En mi casa hubo varios problemas que se centraban en una de mis hermanas cinco años menor, y estábamos todos en una terapia familiar. La sicóloga identificó que yo también estaba mal y comencé a ir a terapia individual. De un día para otro, la timidez y el malestar desaparecieron. Pero quedó un cambió en mi personalidad”.

10 piscolas por noche
“Salí del colegio y entré a estudiar Ingeniería Civil en la Católica. De un ambiente protegido, donde no fumaba ni tomaba, me puse a tomar y a fumar pitos como enferma. Me iba bien con las notas, funcionaba perfecto en el día a día, pero si salía a carretear, me tomaba 10 piscolas, andaba en piloto automático, manejaba hecha bolsa y amanecía no sé dónde ni con quién. Mis amigas me advertían que tenía un problema, mientras que en mi casa creían todas las excusas que daba por no llegar a dormir”.

Dos veces a punto de morir   
“Enero, entrando a segundo año de universidad, tenía todo listo para partir al norte con mis amigas. Fui a depilarme en scooter en vez de ir en auto. Agarré tal velocidad que una de las asas del manubrio se salió, me caí y me golpeé la cabeza contra el pavimento. Terminé internada una semana en la UCI con TEC cerrado y tengo pérdida de memoria de lo que ocurrió en la clínica. La conclusión de todos ese momento fue: “Ya, la Francisca decidió irse en scooter”. Con la experiencia e información de hoy, claramente estaba en una escalada hipomaniaca, acelerada, buscando emociones fuertes, en este caso la velocidad, sin medir consecuencias. Parte también del cuadro es que comencé una dinámica de terminar y volver por teléfono con mi pololo de entonces, que estaba en el norte. Al final del verano, yo estaba en Zapallar y él en Santo Domingo y decidí ir a verlo para arreglar la situación. Me subí al auto, puse un cassette que había grabado especialmente con música para manejar rápido, a 180 km/hr, y partí al campo de una amiga a Llolleo. Esa noche choqué y casi me mato. Llegando a una curva, una camioneta cruzó el bandejón y me chocó. Una vez que mi auto paró de dar vueltas y vueltas sentí que de mi cuerpo brotaba sangre y más sangre, y que un tipo gritaba: ‘La maté, la maté´. Yo imaginaba que era parte de la película Ghost, que estaba muerta, pero comencé a moverme y le dije: ‘¡Estoy viva!”. De ahí me llevaron al hospital más cercano. La alcoholemia salió negativa, pero claramente yo iba manejando a mil. Las cicatrices que tengo en los brazos, son de ese accidente”.

“Eres bipolar”
“A fin de segundo año de universidad me puse a salir con un compañero de por el que moría. Los dos éramos secos para tomar y carretear. Fueron dos años de relación durante los cuales mis notas se fueron a pique, no iba a dar las pruebas, entonces me sacaba puros 1, y no me daba ni la molestia de botar los ramos. La autoestima se me fue al suelo. Cuando terminé esa relación quedé tan mal que decidí que necesitaba ayuda sicológica para salir de lo que pensé que era solo una pena de amor. En medio de la terapia, la sicóloga me dijo que creía que yo era bipolar y me derivó a un siquiatra. Esa primera experiencia fue un fracaso. Tras la primera entrevista, vino una segunda reunión con mis papás, en que él me confirmó el diagnóstico y me dio una lista interminable de remedios. Yo me negué. Desconfié que con solo dos sesiones me medicaran de esa manera. Hasta ese momento solo tomaba un relajante muscular para dormir. Pasé a un segundo siquiatra, que me confirmó el diagnóstico. Ya estaba en cuarto año de universidad. A fin de ese año, en que estuve con su supervisión y yendo a sicoterapia dos veces por semana, me fui a pasar el Año Nuevo a Valparaíso con mi hermana, que tenía problemas con el copete. Se mandó un carrete a otro nivel, que me tuvo toda la noche y la mañana siguiente buscándola hasta en los hospitales, hasta que la encontré simplemente carreteada. Decidí por primera vez dejar de tomar. Por mí y por ella. Para que las dos pudiéramos salir esa dinámica. Fue dificilísimo. Me encanta bailar y sin copete no podía, hasta que descubrí que, si me ponía una cartera al hombro, me atrevía a hacerlo”.

Un año bueno
“Entré a quinto año decidida a subir mis notas y efectivamente me fue la raja, pero me sentía demasiado vulnerable. No sé si deprimida, pero sí sensible. Lloraba mucho, andaba cansada. Seguía con sicoterapia y le supliqué a mi siquiatra que me diera algo. Me dio Lamictal, un estabilizador anímico. Además, tomaba ya algo para dormir y un medicamento para controlar la impulsividad. La combinación de medicamentos me hizo bien. Salí con promedio 6 ese año, que en Ingeniería Civil  en la Católica es demasiado bueno. Fue un periodo como de meditación y de convento. Sentía que hasta me había revirginizado. El lado B es que el por un buen tiempo el Lamictal bajó la intensidad con que sentía las cosas que en general siempre me habían hecho disfrutar: irme manejando rajada a la playa escuchando música a todo chancho, por ejemplo, para mí era un éxtasis y ya no me pasaba nada con eso. Lloraba de desesperación por no vibrar”.

Fin de la estabilidad
“Después de más de un año medianamente estable y sin tomar, y de haber bajado 7 kilos de puro copete, partí con una amiga a Madrid para hacer una práctica profesional de un mes y luego viajar por España. En total fueron tres meses y en la última parte comencé a comer de manera compulsiva. Comía Kit-Kat todo el día. La última parada, antes de regresar a Santiago, fue en Islas Canarias, donde ya no pude más con la abstinencia. Una noche dejé a mi amiga durmiendo y salí sola, me lo tomé todo, me acosté con un alemán sin condón en la playa y regresé a Santiago con 10 kilos demás. Nuevamente comenzó la dinámica del carrete de lunes a lunes, de que me fuera pésimo en la universidad, de hacer puras estupideces, aunque seguía funcionando. Entre medio me fui a Isla de Pascua, y lo mismo: carrete, copete, me metí con un tipo de la isla con el que terminé ‘cazando’, como le dicen ellos a pescar, tomándonos una botella de pisco entre los dos y tirando sin condón en una cueva. Después estuve con otro tipo, también sin condón, de quien luego se rumoreaba tenía sida. Frente a esos episodios, no sentí jamás autocensura, tal vez sí miedo al sida, a quedar esperando guagua, pero jamás sentí arrepentimiento, porque lo había pasado demasiado bien. En ese contexto terminé la universidad. La carrera de seis años la saqué en ocho y uno de los ramos me lo eché tres veces. Hasta entonces, a pesar del diagnóstico, no entendía que todo todos esos episodios, o ese nivel de carrete, eran parte de los momentos hipomaniacos de la bipolaridad”.

La adrenalina de la plata
“Salí de la universidad a trabajar a la mesa de dinero de un banco. Un trabajo  increíble si eres bipolar, porque estás en una montaña rusa de las 8:30 a las 13:30 hrs, de lunes a viernes. Yo estaba en llamas. Tenía clientes corporativos que movían muchísima plata. Una vez me tocó mover 270 millones de dólares para una minera y cuando cerré el negocio fue sentir como si la plata hubiese pasado a través mío. En ese tiempo pololeaba con un tipo que terminó siendo un celópata. Terminé esa relación y entré en una etapa en que lo único que hacía era trabajar y estudiar durante los fines de semana. Me compré todos los libros y estudié todo sobre Ingeniería Financiera. En eso estaba cuando comencé a salir con otro tipo. La relación partió sin ningún compromiso, pero comenzó a hacerme mal. Decidí terminar, pero me lo encontré en una fiesta, donde me lo bailé todo, me lo tomé todo y no sé cómo desperté en su casa al día siguiente. Esa mañana tenía que ir al banco y en la tarde tenía libre para cambiarme a vivir sola. Terminé tan carreteada que tuve que llamar a mi jefe para decirle que no podía llegar a trabajar. Y tuve que contarle todo a mi mamá, que me dijo que teníamos que hacer algo. Para mí ese algo era parar el alcoholismo. Para mí aún no se trataba de un problema que era parte de la bipolaridad”.

Alcoholismo
“Con una siquiatra experta en adicciones, que trataba a mi hermana, comencé un tratamiento para dejar de tomar. Me sacó el Lamictal y me dio Topamax, estabilizador anímico que se usa para la adicción al copete. También dejé de tomar Lorazepam, que era para dormir. Después de meses sin tomar, de sentirme cansada, de cambios dentro del trabajo, de no poder concentrarme en las cosas más simples, de llegar agotada al fin del día, caí en una depresión. Me sentaba frente al computador y sentía que la yugular me latía. Mi departamento era una inmundicia. Solo comía cereales de chocolate y leche. Sentía angustia todo el día. Angustia de pensar en que me iba a morir. No dormía. Renuncié al trabajo”.

Otra ola de atracones
“Aunque sin trabajo, tenía un viaje programado a Los Angeles, Estados Unidos, que concreté. Iba a hacerlo sola, pero como estaba mal, me acompañaron mi mamá y mi hermano. Antes de partir, mi mamá me sacó del departamento en que vivía sola, porque ya era un asco y, como no estaba durmiendo nada, me medicaron Quetiapina, que se usa en el Trastorno Bipolar. Hay gente que duerme bien con 25 mg. Yo llegué a tomar 300 mg. Ya en Estados Unidos estuve como un zombie hasta que en Las Vegas me subí a una montaña rusa y volví a sentir adrenalina, emoción. Eso cambio mi ánimo. Me quedaba una semana más antes de partir a España y empecé a sentirme mejor. A disfrutar. La cuestión es que llegué a España y comencé a comérmelo todo. A la mitad de la noche arrasaba con chocolates, cereales con leche, pan con huevo, pan con palta. En tres semanas engordé siete kilos. Llegué a Santiago, partí a Máncora para un feriado, y engordé otros cuatro. Hasta ese momento no asociaba los atracones con los efectos de la Quetiapina”.

Voy a bailar con Madonna
“Después de esa etapa, me sacaron la Quetiapina, me metí a como tres clases en la academia de los Power Peralta y me obsesioné con el baile. Iba de lunes a viernes dos horas diarias. Bajé todos los kilos y estaba con una facha espectacular. Me sentía increíble, que bailaba la raja y decidí irme a Nueva York a estudiar baile. ‘Voy a formar parte del cuerpo de baile de la Madonna o de quien sea’, me dije. Antes de partir, celebré mi cumpleaños 31, en que me gasté la vida. Invité a 180 personas, con todos los tragos, el DJ más caro, todo desproporcionado. Señales de la hipomanía, al igual que un cambio en la forma de vestir. Estaba pegada con las tachas, las cruces, la ropa apretada. La gente me aplaudía el look y mi familia estaba feliz porque lo interpretaba como que estaba tirando para arriba. Partí a Nueva York y una amiga que vive allá me consiguió unas entradas ultra VIP para ver a Madonna en el estadio de los Yankees. Iba por 10 días y terminé un mes y medio, gastándome toda la plata de las tarjetas, comprándome zapatos con tachas de mil dólares y una chaqueta BCBG edición limitada de cuatro mil dólares. Volví arruinada económicamente y tuve que pedirle ayuda a mi papá. Busqué trabajo y entré a trabajar como traider en una corredora de bolsa”.

Me internan
“Al poco tiempo de entrar a trabajar, comencé a bajonearme y tuve que pedir una licencia por depresión. Fue una depresión muy fuerte, de no levantarme de la cama, de estar con el pelo hecho una maraña, de llorar todo el día, de no contestarle el teléfono a nadie. La siquiatra me diagnosticó distimia: un estado prolongado de depresión. Pensé en la idea de suicidarme. Rezaba para que fuera de noche, que era cuando me sentía menos angustiada. Despertar en la mañana era un horror. Es cuando mi sicóloga me dijo que lo mejor era internarme. No solo por las ideas suicidas. En un ambiente controlado íbamos a probar nuevas combinaciones de medicamentos. Después de superar lo que temía sería el estigma de estar internada, junto a mis papás decidimos que era lo mejor. Estuve 10 días en una clínica especializada, que hoy recuerdo como un paréntesis obligado para poder andar como el zombie que era. Me hice amiga de una niña bipolar, como yo, y otra con problemas de adicciones de todo tipo. A diferencia de ellas, yo andaba con chaperona que me acompañaba 24/7, incluso al baño. Cuando salí de la clínica, la siquiatra me contó que uno de los medicamentos que había incluido era la Quetiapina, que me provocaba las comilonas, y que habíamos pactado no incluir antes de internarme. Me sentí traicionada. Fuera de la clínica comencé nuevamente con los atracones. Llegué a comerme sola una torta tres leches y vomitar sobre la cama. Engordé 18 kilos”.

Un nuevo siquiatra
“En 2013 estaba en este nuevo hoyo cuando una amiga me dio el nombre del siquiatra que me salvó y que me ve hasta hoy. Especialista en depresión y trastorno bipolar. Después de las tres primeras sesiones me confirmó el diagnóstico, pero me advirtió que el tratamiento no estaba bien dirigido. Comenzó todo un proceso de sacar y agregar paulatinamente medicamentos. Dejé la Quetiapina, comencé a bajar de peso y no sé si a sentirme genial, pero sí bien para volver a trabajar. Volví después de seis meses de licencia. Ese mismo día me echaron. Vino un periodo largo en que nada de nada me motivaba y apareció la posibilidad de viajar al Sudeste Asiático con mi hermana. Ella compró los pasajes, planificó todo, me armó el bolso. Partí con autorización del siquiatra y su supervisión vía mail. Fueron tres meses en que me controlaba los remedios, me iba subiendo o bajando las dosis. Durante la primera parte del viaje mi hermana tenía que despertarme y hasta empujarme hasta la ducha. Terminé disfrutando, con curiosidad de conocer, de investigar qué lugares visitar. Volví a Santiago muy bien y el siquiatra me dice que ya es tiempo de quitarme el último antidepresivo. Como estaba bien, le rogué que no lo hiciera. Fue un error”.

Hipomanía en París
“Sin trabajo, sintiéndome bien, y con el antidepresivo, comencé una nueva etapa hipomaniaca que divido en dos etapas. En la primera, ya con miles de nuevas ideas en la cabeza –que es uno de los pródromos o síntomas típicos– acompañé a una tía que vende tapices, a unos remates en París. Mi idea era comprar un par para vender en Santiago. Antes de partir, mi siquiatra, que cachó que yo andaba  acelerada, la llamó para advertirle sobre los cuidados: acostarme y levantarme temprano, evitar los lugares con muchas luces y estímulos. Y tuve que entregarle todas mis tarjetas de crédito y débito. Regresé a Santiago y unas semanas después, volví a París, sola. Ya no para comprar dos tapices, sino 15. Pero también me gasté toda la plata en ropa. Me compré unos zapatos Balenciaga y me comencé a vestir entera de cuero y de piel, en tonos blanco, negro, café o gris. Me clonaron las tarjeras, tuve que pedir plata prestada, terminé carreteando con unos argelinos que vivían en unos guetos en las afueras de París. Terminé teniendo alucinaciones o, como dice mi siquiatra, seudopercepciones. Pensé que me había vuelto loca. El siquiatra me recomendó volver a Chile de inmediato, me advirtió que podía terminar internada allá. Partí al aeropuerto esa misma noche, sin plata en las tarjetas, hasta que pude habilitar una. Me compré un pasaje en primera clase. El error había sido no sacar el antidepresivo. Es muy delicado el tratamiento de un bipolar, porque sales de la fase depresiva, subes, pero no puedes subir mucho, o entras en hipomanía (que me han durado entre dos semanas a dos meses). Luego, para hacerte bajar, los remedios me tiran, te demuelen”.

Tomar litio
“Hasta fines de 2014, cuando se produce mi última crisis de depresión, nunca había tomado litio. Tenía un montón de objeciones. Pensaba que engordaba, que ponía la piel seca y que se me iba a caer el pelo. Lo relacionaba a la típica frase: ‘A esta mina le falta litio’. Pero después de una etapa buena, estable, durante dos o tres días empecé a dormir poco; un síntoma típico mío de cuando estoy entrando en una fase hipomaniaca, junto con manejar rápido, a tener un poco más de ideas y hablar rápido. Llamé a mi siquiatra muy asustada y me dijo que me iba a dar litio, el ´rey de los estabilizadores anímicos´. Me advirtió que no iba a engordar, pero que me podía salir acné. Tomo desde ese día. Solo lo interumpí durante los tres primeros meses de embarazo de mi hija. El litio me cambió la vida. He tenido episodios en los que me he dado cuenta de que quizás puedo estar entrando en una fase depresiva, maníaca o hipomaniaca, pero eso lo controlo con el estilo de vida de mi siquiatra me ha indicado”.

Casarme y ser madre
“A mi marido lo conocí en 2013 y nos fuimos reencontrando varias veces durante mi proceso de crisis depresivas y maniacas. Hasta que nos volvimos a encontrar en 2015 y me preguntó sobre qué era lo que me había pasado durante todos esos años. Le conté que era bipolar. Al principio se asustó, se alejó. Hasta que comenzamos a pololear y se produjeron episodios en que vi claramente que él entendía de qué se trata esta enfermedad y me cuidaba. A los pocos meses ya planificábamos nuestro matrimonio. Yo con 35 y él con 40 años, decidimos ser padres al poco tiempo de casarnos. Antes de embarazarme, con mi siquiatra hablamos harto de temas técnicos de la maternidad, de los medicamentos en el embarazo y la lactancia. Una persona cuyos padres no tienen antecedentes de trastorno bipolar, tiene un 4% de posibilidades de ser bipolar. Cuando hay un padre que tiene antecedentes, ese porcentaje aumenta a un 8% y si los dos tienen antecedentes sube a un 25% de posibilidad. Esos datos me aliviaron. Después de 7 meses de matrimonio, quedé embarazada. Por un asunto protocolar, dejé el Lamictal y el litio. Solo me quedé con 0.5 de Ravotril”.

El embarazo
“Sin medicamentos tuve susto de lo que pudiera pasar, porque la probabilidad de una recaída era muy alta. Me cuidé mucho: dormí bien, caminé harto, comí bien, bajé mis revoluciones en el trabajo. Pero andaba sensible a morir. Mi marido me aguantó en todo. Terminado el primer trimestre del embarazo comencé a ponerme media hipomaniaca. Llamé a mi siquiatra y, como estaba justo entrando en la semana 14, pude retomar el litio y subí el Ravotril. Logré bajar las revoluciones, empecé a dormir mejor, aunque de un control ginecológico a otro subí 10 kilos, entonces nuevamente tuve que subir la dosis de Ravotril y el doctor me advirtió que para el momento del parto lo ideal es que estuviera 48 horas sin haber tomado Ravotril y, como estaba estable, particularmente para el parto me suspendió el litio cinco días antes de la semana 40”.

El acompañamiento del siquiatra
“Durante mi embarazo empecé a hablar más con mi siquiatra de cómo iba a ser la maternidad. Me di cuenta de que él me había preparado para el peor escenario posible: el emocional de no poder amamantar. Existía la opción de dejar el litio y hacerlo, pero la descarté. Y ahí se abrió la puerta para que todo el mundo se metiera a opinar sobre lo que ‘es mejor para la guagua’, el apego, el coeficiente intelectual, etc. No di pecho para no traspasarle el litio a mi hija, también porque cuando eres bipolar debes cumplir con un horario como de escolar: te acuestas a una hora, duermes ocho horas, te levantas, haces actividades, vas a trabajar y luego te vas a acostar. Entonces, el sueño no puede ser interrumpido. Cuando nació mi hija, le di calostro y un par de días la amamanté. La última vez fue demasiado emocionante. Yo con ella, mirándola a los ojos, yo llorando no sé si de alegría o tristeza, pensando en ella. Fue un momento corto, pero súper power. Después de todo lo vivido, jamás pensé que yo podría tener una pareja estable y menos ser madre”.

En la página de la Sociedad Chilena de Trastornos Bipolares (www.sochitab.cl) se puede leer información al grano sobre la detección precoz de episodios maniacos e hipomaniacos, como también de episodios depresivos. Ambos, parte de un trastorno bipolar.

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