¿Qué esconde Camiroaga?

Reportajes y Entrevistas

¿Qué esconde Camiroaga?

Por Claudia Alamo / Fotografia: Renato del Valle / Maquillaje: Constanza Martínez

Tiene tres halcones a los que cuida como a niños salvajes y tres estados de ánimo por los que fluctúa a diario y a los que él llama “mi lado A, mi lado B y mi lado C”. Felipe Camiroaga no es lo que parece.

Julio de 2003.

En los días que duró esta entrevista Felipe Camiroaga fue cambiando sus plumas. “Cuando vengas a mi casa, ahí sí que vas a ver quien soy”, sentenció el segundo día en que conversamos en un restorán de Providencia y él llegó vestido de rostro de la televisión, peinado a la gomina y con una chaqueta negra de marca. “Éste es mi lado A, dijo mientras aspiraba un cigarrillo negro y desplegaba aires de seductor.

Cuatro días después, en su casa de Colina, donde vive solo con su ñandú, su liebre patagónica, dos ovejas, cuatro caballos, tres halcones, muchas palomas mensajeras y decenas de conejos, apareció con un chaleco de lana blanca. “Éste es mi lado B”, dijo como excusándose, con una risa tímida. Y no fue hasta el tercer encuentro, cuando Camiroaga mostró su impredecible lado C.

El lado A de Camiraoga tiene un departamento pequeño en el barrio El Golf, que usa para alojar cuando se le hace tarde en Santiago y no alcanza a encontrarse con su lado B, en Colina. Allí tiene pocas cosas: algo de ropa y una cama. No le gusta porque parece un apart hotel, pero le resulta funcional a su vida de rico y famoso. Para conversar, prefiere los restoranes. En su lado A, Camiroaga es receloso, desconfiado de los periodistas. “No gracias, no tengo nada nuevo que decir”, había dicho dos meses atrás cuando le planteamos la idea de una entrevista. Semanas más tarde nos juntamos en el café de su gimnasio. Luego almorzamos en el restorán Le Flaubert.

Llegó puntual y puso su cajetilla de Ducados sobre la mesa con un gesto enérgico, en señal de “OK, hablemos”.

Se dice que eres un coloso en baja. ¿Cómo estás viviendo esta etapa?
No tengo esa percepción. Antes he vivido el fracaso con todas sus letras, pero es eso lo que está pasando ahora. El momento más crítico de mi carrera fue con el programa Contigo en verano. Lo hicimos pésimo. Ahí sí que mis bonos habían bajado a cero.

¿Y eres angustiado con esas cosas?
No, pero en ese momento me angustié porque vi el fin muy cercano. Pensaba: “De esta cuestión, no me levanto”. Para peor, cuando terminé el programa fui a despedirme del gerente y él me dijo: “Ya, Felipe, cualquier cosa te llamamos”. ¡Imagínate! Estuve un mes en mi casa esperando ese llamado. Incluso perdí cierta dignidad porque igual iba al canal y me paseaba. De pronto, me dije: “No tengo nada que hacer en Santiago”, y partí a Europa a mochilear. Me fui solo con mi walkman escuchando a Illapu. Llegué al invierno europeo, que para muchos resulta medio depresivo en términos escenográficos, pero para mí era ideal para replantearme mi carrera después de haber sido el niño promesa, el cheque a fecha…

Suena bien nostálgico…
Absolutamente. Me muevo mucho por la nostalgia. Me encanta el invierno. Me pongo más creativo, más sensible. Entonces, para responder a tu pregunta: después de haber visto de frente la cara del fracaso, lo que está pasando hoy día conmigo no tiene ninguna importancia. Hoy me siento consolidado. Ya no soy un cheque a fecha.

Pero estás sin programa, ya no eres el niño bonito de TVN. ¿No has pensado dejar la televisión?
No. Estoy cada vez más enamorado de mi trabajo. Tengo una relación muy pasional con la tele, de amor-odio. Pero me gusta, no le tengo miedo. Soy valiente para enfrentar los malos momentos. Ser exitoso siempre, no existe. No puedo entrar en ansiedades ni en depresiones cuando la cosa no va tan bien. A veces, tienes que invernar.

Ya… te bancas bien los bajones.
Me los banco bien. Basta que mi próximo proyecto sea bueno para revertir la situación.

¿Y cómo es que te paguen por no hacer nada?
Súper desagradable. Pero también pasa que mucha gente cree que si no estás en pantalla, no estás en televisión. Es un concepto errado, porque igual funciono en el canal: tengo un equipo, estamos trabajando en un proyecto nuevo.

¿No te sientes un poco preso de tu imagen pública?
No. Literalmente vivo de esto. Soy Camiroaga las 24 horas del día. Es parte de mi cuento.

¡Qué horror!
Pero así no más es. Uno tiene que responder a una imagen, porque yo no puedo echarle un garabato a una vieja que se me cruza en un auto. No puedo agarrarme a combos o salir curado de un bar. Tampoco puedo decir todo lo que pienso.

Pero eso es como vivir asexuado, como anodino…
Son las reglas del juego. Yo, como rostro de TVN, no puedo opinar en un montón de temas porque represento al canal. Tengo que tener una postura neutra y no jugarme por ninguna causa muy potente.

¿Eso te hace ser políticamente correcto?
En parte sí.

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LA PASIÓN OCULTA

Cuando el lado B de Camiroaga abre la puerta de su casa en Colina, lo secundan tres perros y un gato gordo. Son los seres más expresivos que circulan ese día en medio de la fauna que lo rodea. Camiroaga dice que eso le gusta. Que puede pasar ocho horas sin hablar, que necesita el silencio y que así se ha tenido que bancar las mujeres que han estado a su lado. Jura que es “normal y súper llevable”, mientras acaricia a su halcón peregrino blanco, un ave que altivamente se posa en su mano izquierda. Camiroaga lo mira con devoción.

Ese halcón peregrino, junto a otros dos de su laya, vive en una pequeña terraza de madera, llena de plantas, junto a la habitación que el lado B de Camiroaga tiene en el primer piso de la casa. Cuando él abre las cortinas cada mañana, no mira la montaña, mira a sus halcones peregrinos: Alberta, Brava y Dalí.

Estas aves rapaces son la pasión escondida de Camiroaga. Cuida sus plumas, afila sus garras, les compra jaulas especiales, las sube a una balanza especialmente diseñada para medirles el peso y la grasa, les pone sensores en las patas para evitar que se pierdan. Cose con sus propias manos las capuchas de cuero con que les tapa los ojos antes de salir a cazar.

Sólo dos personas en Chile tienen halcones y se dedican en serio a la cetrería: Alberto Brunnel, su maestro, y el propio Camiroaga. Cada ave le costó cerca de 6 millones de pesos y, para conseguirlas, viajó personalmente a España, a fin de negociar directamente la compra con los criadores.

¡Qué obsesivo!
Sí, soy obsesivo; de personalidad obsesiva, me lo dijo mi siquiatra.

¿Te bajó una depresión?
¡Me comía la depresión! Fue hace como tres años. Un día llamé a un amigo y le dije: “Necesito un siquiatra hoy”. Él me dijo que estaba loco, pero al final me consiguió uno para ese mismo día a las 12 de la noche. Llegué destruido. Conversamos una hora, me habló de terapia, pero lo único que yo quería era saber el nombre de mi enfermedad. Entonces me dijo: “Podríamos hablar de una personalidad obsesiva. Pero no te preocupes, porque el mundo se ha hecho con personalidades así”. Ahí descansé un poco y me dio unas pastillas que me hicieron genial.

¿Qué te gatilló la depresión?
Creo que me eché a la espalda demasiados años de no llorar, de no patear, de no parar nunca. Siempre asimilaba las cosas intelectualmente, hasta que toqué fondo. Fue una de las cosas valiosas que me han pasado en la vida. Me estaba yendo el descueve en la pega, pero sentía un peso insoportable.

El cazador impenitente

Convengamos que criar halcones no es lo mismo que criar gallinas. Los halcones necesitan disciplina espartana y Camiroaga se las da. Dos o tres veces por semana los saca a cazar. Para que coman sano y fresco puso a su disposición un pequeño criadero de conejos y palomas, las que él mismo echa a volar para que las aves las atrapen al vuelo.

Acaso sin mucha conciencia, Camiroaga ha asimilado la impronta de los halcones sobre sí. Admira en ellos la misma ruda disciplina que se impone a sí mismo. Tal como va al gimnasio casi a diario, a sus aves les impone dietas especiales cuando deben fortalecer sus músculos con miras a la temporada de caza. Tal como admira los 180 kilómetros por hora que Alberta, Brava y Dalí alcanzan en picada, también ha tomado cursos de vuelo. Pilotea avionetas al menos una vez al mes y como los halcones, que vuelan para cazar, también él necesita tener objetivos. “Jamás he salido a volar por placer. No. Yo vuelo por que quiero llegar a alguna parte”, afirma. Su sueño es tener un helicóptero que lo lleve a las cumbres más altas para quedarse allí “toda la noche”. Solo, como un halcón peregrino.

¿Qué es lo que te engancha de los halcones?
Son una máquina perfecta: perfecta de vuelo, perfecta de matar. Eso debe tener, de todas maneras, una relación conmigo.

¿En qué?
En las ganas de vivir una vida muy autónoma, en el hecho de no haber tenido que depender de nadie desde muy chico y de autoabastecerme, no sé…

¿Y es posible entablar una relación de algún tipo con un halcón?
Mira, el halcón puede estar súper adiestrado, pero sigue siendo autónomo. Va a estar contigo en la medida que tenga hambre y tú lo alimentes. Si te descuidas y lo sacas a volar con el buche lleno, se va y no lo ves nunca más.

¿Cuál es la contraparte de esa actitud en ti?
Tal vez en que hay que tenerme siempre ahí, cortito… Mira: lo que pasa es que en el medioevo llamaban al halcón “el cazador impenitente”. Me encanta ese concepto.

¿Y cómo es un cazador impenitente?
Es no darle tregua a tu pieza de caza.

Ah…
Imagínate un halcón persiguiendo una pieza muy rápida, agotado, pero impenitente. Eso es muy bonito. Si lo leo en mí creo que he sido un cazador impenitente en términos de que siempre me he sentido un triunfador, pese a la adversidad.

Pero cuando niño tuviste momentos de mucho dolor. Tu madre se fue de la casa cuando eras muy chico, y creciste solo con tu papá y tus hermanos.
Sí, fue así. Pero cuando tienes 36 años y miras hacia atrás, pucha que es potente haber pasado por todo eso y ser una persona noble, no un drogadicto ni un alcohólico. Soy un gallo sano, trabajador y optimista dentro de lo nostálgico y melancólico que también soy. Entonces, me digo: “Bien Felipe, eres un sobreviviente potente. Un gallo que le ganó a la adversidad”.

Y que también tiene un lado B. ¿Qué hay detrás de ese personaje bucólico que vive solo rodeado de animales?
Es mi mundo. Necesito estar solo, escuchar a los pájaros, pero no soy depresivo ni hermético. Ese personaje tan solitario que han pintado de mí es un mito. Siempre he sido de relaciones sentimentales largas. A veces, estoy un año o dos solo, aunque en general he estado muy bien acompañado.

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EL SOLITARIO Y LAS MUJERES

¿Te pesa la presión de que todo el mundo te esté buscando pareja?
Es una lata. Pero me resbala. No estoy ni ahí con casarme para darle el gusto a la gente. Sobre todo, porque los que más insisten en que te cases están separados o pasándolo pésimo en su matrimonio. No me siento ni quiero ser el soltero codiciado. También me pasa en la calle, cuando se me acercan las señoras: “Felipito, ¿cuándo se va a casar?”. En vez de decirles ‘es problema mío’, les doy explicaciones: “No se preocupe, señora. Ya voy a encontrar a alguien”. En ese sentido, soy correctito.

¿Te importa mucho la belleza, las formas?
Soy súper estético hasta en lo antiestético. Muchas veces entro en unos estados como de autodestrucción. Empiezo a andar barbón, pelucón. Pero me gusta lo antiestético también.

¿Podrías enamorarte de una persona fea?
¿¡Fea, fea!? ¿Muy fea? No, muy fea no, para qué te voy a mentir. La fealdad tiene relación con que nos vestimos mal, estamos gordos… Una persona inteligente, que se quiere a sí misma, no va a andar mal físicamente. Yo resumiría todo en que la inteligencia es fundamental.

Para ti, estar en pareja, ¿significa renunciar a esos espacios de autonomía que tanto valoras?
No tiene tanto que ver con respetar mi silencio, sino con el temor a comprometerme. Ésa ha sido la piedra en el zapato. En general, mis pololas han sido súper respetuosas con mis espacios. Pero de repente puedo pasar siete horas callado.

¿Cuál es tu miedo con el compromiso? ¿El abandono?
Es un poco más complicado, tendríamos que entrar al tema de mi mamá… En el fondo, yo sabía que existe el abandono y que es muy doloroso. Que es muy castrador.

¿Por qué?
Porque cuando eres chico y te abandonan, porque tu mamá decide irse a vivir a otro lado y dejarte solo, ese niño de 5 años mete ese sentimiento en su disco duro. Pero ahora tengo 36 años: soy un adulto joven y no tengo nadie a quien echarle la culpa. El tema del abandono ya está superado en lo teórico y en lo práctico.

¿Le agarraste bronca a las mujeres?
¿A raíz de lo de mi mamá? ¡No! O sea, cuando chico tenía cierta bronca inconsciente porque no sabía lo que pasaba. Pero a través de una terapia, de mucha conversación con mi mamá y con amigos, me fui aclarando. Hoy encuentro que mi mamá es fantástica. Es una madre cariñosa, comunicativa y muy protectora, sobre todo con sus otros hijos.

¿Cuando estás en pareja, buscas mujeres protectoras?
No. Las mujeres se ponen protectoras conmigo.

Igual te encanta…
A todos nos gusta tener una pareja protectora. No hay nada mejor que sentirse acogido. Nada más rico que acurrucarse en la guatita de tu pareja. Es exquisito, ¿o no?

Entonces, hoy en día, ¿estar solo hoy es más una opción que un temor?
¿Sabes? Quizá me he sobreactuado en relación a mi libertad. Ha sido una libertad media romántica, me la he creído más de la cuenta. Porque, sinceramente, yo siento la necesidad de estar acompañado. Estar bien en pareja es lo que más se acerca a lo que quiero ahora.

¿Y la libertad?
No quiero mentirte: camino solo por el campo, con mi halcón en la mano, y no deja de fascinarme ese cuadro. Eso lo quiero hacer hasta que sea un viejito de 80 años.

Pero, ¿te sientes solo?
Sí, a veces sí. Por momentos, he pensado: “¿Para qué tanta soledad? Ya eres el huevón solo. ¡Lo eres! ¿Para qué más?”. De verdad, ya no es lo que quiero. Siempre defendí mucho la tesis –porque uno se va llenando de argumentos– de que la soledad, mientras fuera por opción, era bacán, okey, ganador. Pero cuando la soledad te pilla solo, es penca.

En todo caso aquí tienes un sistema montado en función de tu individualidad. Si te emparejas, probablemente, vas a tener que renunciar un poco…
Estoy dispuesto. Por primera vez siento ganas de compartir esta cuestión. Yo soy un gallo ordenado: me gusta que mis cosas estén en su lugar, que los animales tengan su alimento y su espacio, y me acuesto a las 10 de la noche: ni media hora antes, ni media después. Mis amigos se ríen de mí. “¿Felipe por qué te tienes que acostar a las 10?”. Y yo les digo: “Porque lo tengo ordenado así”. Soy estructurado para todo.

¿Y cómo opera esa lógica en el amor?
Es que no soy una persona maníatica. Sí soy de muchos y muy largos silencios. Vivo mi vida en estado de nostalgia permanente. Eso no lo veo como una cuestión negativa. Y nunca nadie me lo ha reprochado. Pero a diferencia de otras épocas de mi vida, ahora estoy totalmente dispuesto a ceder.

Has dicho que cuando más has querido, más te has escapado…
La lógica era ésta: “Cuánto más te quiero, más me comprometo y más me va a doler cuando me dejes solo. Entonces, te estoy queriendo tanto, que mejor te dejo, pero antes de dejarte te voy a hacer un poco de daño”.

¿La infidelidad es frecuente en ti?
No, para nada. Cometí el error –porque duele mucho– de ser infiel un par de veces. Fue súper penca.

¿Te pillaron?
En alguna oportunidad… Es que siempre está el amigo íntimo que está dispuesto a cagarte. Pero bueno, eso es pasado.

¿Y qué hiciste?
Ah… Evidentemente me fui de negativa, totalmente. Pero las pruebas me condenaban.

¿Fuiste perdonado o abandonado?
Fui abandonado y luego perdonado. Fue una gran lección de vida que me dio una mujer muy maravillosa. Pero, te guste o no, todos hemos sido infieles alguna vez. Yo no llevo el estandarte de los huevones infieles en Chile. No.

¿Mujeriego?
Me encantan las mujeres y he tenido acceso a mujeres maravillosas. Soy un hombre soltero, cercano al éxito.

¿Y usufructúas un poco de eso?
No, me arranco de esa imagen. Tiene una connotación de playboy que me carga. Además, es un rollo, porque la mujer que a mí me interesa no anda buscando al famoso Camiroaga.

¿Buscas una mujer que enganche con los halcones, con los conejos..?
¡Nooo..! Que enganche con el Felipe cotidiano, con el Felipe B, el que conversa, el que está en su casa. Y que tal vez puede llegar a ser mucho más adorable que el Felipe A.

¿Y cómo definirías a ese Felipe B?
Es el Felipe que tiene un cuento con sus amigos, que está en su casa. Y en este entorno de casa, porque la gente no se imagina que yo vivo así. Deben pensar que tengo una casa súper moderna. Y nada que ver.

Pero tienes una cabeza de alce sobre la chimenea, animales disecándose en el techo. Igual tu casa es bastante escenográfica…
Pero tiene una sensibilidad especial. Tiene detalles. Te juro que a veces me da un poco de vergüenza porque es como si la hubiese decorado una mujer…

¿Qué te avergüenza?
Cuando algunos amigos me dicen: “¿Quién te decoró la casa?”, yo pienso: “Si digo que la decoré yo, capaz que pase por muy fino, por muy miéchica…”.

Otro mito en torno a ti.
¿Que soy homosexual?

Sí.
No lo soy.

Igual, difícilmente lo dirías.
Te juro que lo diría. No tengo ni un rollo con la homosexualidad. Al contrario, soy súper respetuoso, sobre todo en este país que es súper castrador. Y estoy convencido de que los verdaderos maricones no son homosexuales. La mariconada pasa por la cabeza. Lo que una persona haga en su cama, me da lo mismo. Ahora: esa gente que va de loca por la vida me carga tanto como los machos que andan ostentando que lo son. Cualquiera sea tu opción, tienes que vivir con naturalidad tu sexualidad.

Días después me vuelvo a encontrar con Camiroaga en su casa de Colina. Se ha cortado el pelo y tiene los ojos opacos. Está serio, esquivo, casi huraño. Como un ermitaño al que hubiesen obligado a salir de su cueva. No se despega de su halcón. Pero no es el Felipe B. Tampoco el Felipe A. Apenas sonríe y contesta con monosílabos.

¿Te pasa algo hoy?
No.

Pero pareces enojado.
No. No estoy enojado. Estoy en mi lado C.

No hay modo de indagar cuál es ese lado. Pero es alto, como Camiroaga. Y frío. E impenetrable como un muro. O quizás rotundo como un halcón cuando vuela con el buche demasiado lleno a una soledad sin retorno.

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