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24 junio, 2017
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Fernanda Ramírez íntima

En cuatro años ha pasado mucho en la vida de esta actriz: se fue de La Cisterna -donde nació y creció-, se casó, tuvo un hijo y actuó en cuatro exitosas teleseries. Con 26 años, hoy personifica a Augusta en la nocturna Perdona nuestros pecados (MEGA), y ensaya junto a la Compañía La Nacional la obra H.P. Hans Pozo, que se vuelve a presentar en octubre. “Todo ha sido como una bola de nieve”, dice.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula.cl

“Soy hija única de una mamá soltera, secretaria, que trabajó toda su vida para mantenerme. Fui criada por mis abuelos maternos, en una familia de clase media, seno conservador y con valores más cercanos a la derecha, en La Cisterna, donde viví hasta los 22 años.

Estudié en un colegio particular subvencionado muy malo, que tenía un ambiente similar al de El reemplazante (TVN). Tuve promedio 6,7 hasta quinto básico. Después me desordené. Viví de manera marginal: aprendí en la calle, me enfrenté a cosas brígidas, me rebelé y me empecé a juntar con compañeros muy cercanos a la delincuencia y al tráfico de drogas. El colegio dejó de interesarme, me aburría. Me sentaba al final de la fila a tirar papeles. Cuaderno vacío. Una líder negativa con seguidores. Nunca hice bullying. Siempre fui activa políticamente. Un dolor de cabeza para el colegio.

El bichito de actuar 

En octavo básico aparece Marcelo Balbontín, profesor de Lenguaje, y conocí el mundo de las artes. Maestro de esos que te dejan la inspiración. Quiso ser actor y tenía un rollo con los monólogos. Nos hizo escribir uno y actuarlo. Me picó el bichito. Me metí a un taller en la Universidad Católica y a otro en Balmaceda 1215 (Balmaceda Arte Joven). Tenía 15 años y una pugna interna con el pudor.

A esa edad me cambiaron a un colegio privado, facho y religioso. ‘¿Y tu papá?’, me preguntaban. Hasta entonces no había tenido curiosidad de conocerlo. Mi mamá concertó que nos juntáramos. Yo esperaba un ‘disculpa’, ‘fui un maricón’, ‘me comporte como un imbécil’. Él culpó a mi mamá. Nunca más volvimos a hablar. Doy esa relación por perdida. A veces me causa curiosidad la cantidad de información biológica que no conozco. Al año siguiente volví al particular subvencionado.

Postulé a Teatro en la Chile, pero no quedé. Me tomé un año sabático e hice un taller en Balmaceda 1215 (Balmaceda Arte Joven) y otro en Teatro Camino (creada por el actor Héctor Noguera). Empecé a ver cuatro obras semanales, a hacer comerciales (confiesa riendo). Nunca lo vi como un espacio artístico, pero caché que ganaba bien y empecé a juntar plata. Me fui a viajar un mes sola a Alemania, Francia e Italia.

 

FERNANDA REVISTA PAULA

El llamado de Moira

Volví y entré a Teatro en la Universidad Mayor. En segundo año empecé a trabajar en teatro político. Hice un reemplazo en Hans Pozo, dirigida por Isidora Stevenson, para la Muestra Nacional de Dramaturgia y actué para Teatro Niño Proletario.

Cuando me faltaban tres meses para egresar había trabajado en todos los frentes posibles: de actriz, iluminadora, utilera. Barriendo, vendiendo entradas, sirviendo cócteles. Me empecé a mover dentro de la elite del teatro. Actores conocidos, pelambre, mala onda. Pensé: ‘me quiero salir, esto es demasiado’. Me apestó la exposición y la lucha constante con el ego propio.

Nunca dejé de ir a castings, siempre iba a probar. En el de una película conocí a la Moira (Miller) y me invitó a participar a sus talleres en TVN. Fui a 3 clases y me salí. Un mes después me llamó y me dijo: ‘la Quena Rencoret te quiere conocer para un personaje’. Fui con el buzo de la escuela, la mitad de la cabeza rapada y con blondon, y la otra con el pelo macheteado porque había hecho una obra punky. Firmé el contrato. Eso fue para Vuelve Temprano (TVN).

Yo era de las que, de corazón, jamás quería trabajar en la tele. Lo miraba un poco en menos, tenía la sensación de que era muy fácil. Para sorpresa mía era sumamente difícil y me fascino. Se convirtió en una escuelaza y en el mejor training actoral. Desde entonces ha sido como una bola de nieve. En la tele hoy día estás súper bien posicionado y mañana no es tu momento, pero no es personal, así funciona.

Ángeles

Mi mejor virtud y mi peor defecto es ser competitiva. Si pierdo en un juego me pico y si parto arreglando una estufa no paro hasta lograrlo. Eso lo heredé de mi abuelo, mecánico y mi gran referente paterno, por quien conozco cada pieza de un auto. Me sentía más cómoda ahí que jugando a las muñecas.

A Francisco (Dañobeitia) lo conocí el 2011 en la fila de la boletería de un teatro. Era el mejor amigo de mi mejor amigo. Apenas lo vi quedé prendada. Él y yo estábamos pololeando con otras personas, pero si nos veíamos había una tensión. Cuando estaba grabando Pituca sin lucas (MEGA) nos pillamos solteros y desde ahí no nos separamos más. Amo su alma, es una persona bella, es como un ángel.

Cuando teníamos 24 años y llevábamos uno pololeando nos embalamos. Fue casi político, nos casamos porque eso era lo último que habríamos hecho en nuestras vidas y nuestro amor era tan loco, tan grande, tan efervescente, que ameritaba romper cualquier principio. Tres semanas antes de casarnos, supe que estaba embarazada. Solo le conté a mi mamá.

Antes de convertirme en mamá de Gael (1 año y 1 mes) yo había decidido no tener hijos. Fui criada para ser dura y poco sentimental. Tenía asociado jugar a las muñecas y a la mamá con debilidad.

La idea de verme en una camilla, con doctores, todo tan clínico, me inquietaba. Empecé a leer e investigar sobre parto natural, parto humanizado y crianza respetuosa, y me conecté con mi mamífera interna. Eso es todo lo que compartiré sobre este tema.

Hasta los 8 meses con Gael estuvimos pegados. La maternidad ha sido mi mejor aliada en la tarea de abuenarme con mi lado femenino y abrazarlo. Entre el Pancho y yo no existe la concepción de roles masculinos y femeninos, los dos somos papás y los dos somos mamás, y eso nos ha funcionado perfecto. Lo más difícil de ser mamá es renunciar al ego y posponerse, lo que, a la vez, es el mayor aprendizaje”.

 

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