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14 julio, 2017
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Florencia Grisanti: una taxidermista en París

Es la única extranjera que trabaja en el centro de taxidermia del Museo Nacional de Historia Natural de París. Artista de formación, navega entre la ciencia y la creación estableciendo vasos comunicantes tan permanentes como innovadores. Junto al cineasta Tito González –su marido- produjo, además, “Mapuche, viaje a tierra Lafkenche”, una mega exposición fotográfica y etnográfica que se exhibió en el Museo del Hombre de París y que piensa traer a Chile.

Por Constanza López G., desde París. Fotografía: ©Estudio Mentha


Paula 1230. Sábado 15 de julio de 2017.

Fue encuentro epifánico, cree ella hoy, cuando mira hacia atrás, mientras sus largos dedos enrollan un cigarrillo de tabaco de verdad.

Cae la tarde, está sentada en el taller donde trabaja y sus compañeros ya se van a su casa. Florencia da cuenta de un plato de frambuesas, una a una, con la misma serenidad con que se mueve y habla, con la que gesticula y recuerda:

“Durante el verano de 2005, en el último año de Arte, toqué las puertas de Museo de Historia Natural. No lo conocía, a pesar de que vivía a pocas cuadras de la Quinta Normal”.  Necesitaba hacer una pequeña pieza formada por pájaros para su proyecto de título. El problema es que debía conservarlos, lo que requería aprender algunas técnicas básicas.

La recibió Ricardo Vergara, el taxidermista del museo. “Yo llevaba el primer pajarito que había hecho, de forma autodidacta, claro. Lo había rellenado con algodón y alcohol y le había puesto ojos de muñeca… Ricardo lo vio y se mató de la risa, pero se dio cuenta de que para que alguien intente hacer eso solo, hay que tener una convicción y sensibilidad especial”. Pasaron la tarde conversando: “Del oficio, de la vida, de su manera de ver la muerte, de los animales”.  La aceptó como aprendiz.

Muchas cosas comenzaron a adquirir sentido para Florencia Grisanti a partir de ese día: “Me di cuenta de que yo sí tenía una relación con la taxidermia. Había sido una coleccionista empedernida desde niña, una vida de coleccionista me habitaba”.

¿Qué coleccionabas?
Pasé por muchas cosas. Las colecciones van transmutando con el espíritu de quien las reúne. Zapatos viejos, frasquitos que encontraba en el lago, huevos de pájaros que me robaba de los nidos… Colecciones siempre conectadas a la naturalia. Cuando me vine a Paris desarmé una casa de tres pisos llena de cosas. Pero cuando entré a ese taller de taxidermia en el Museo de Historia Natural de Santiago, me encontré con el lugar más parecido a mi pieza de mis 15 años que cualquier otro que hubiese visto en mi vida. Hubo una suerte de reconocimiento al llegar ahí. Ahí empezó todo.

En estado vegetal

Alta, flaca, pelo castaño largo hasta la cintura,  Florencia tiene 34 años y es la penúltima hermana de ocho, de una familia “patchwork”,  bien avenida y achoclonada.  Fue alumna del colegio La Maisonnette y de Universidad Finis Terrae.

Tenías una carrera artística bien encaminada en Chile. ¿Te viniste a París siguiendo un amor, no?
Sí. Pero yo creo que sobre todo, y no es por desacreditar el amor porque ese fue el detonador, estaba justo en el momento en que necesita desordenar mi vida; necesitaba entrar en crisis para redescubrirme, reinventarme.

Bien temeraria tú.
Hablaba algo de francés, pero cuando llegué aquí sentí que no entendía nada. No era solamente la lengua, eran el clima, las personas, las caras, los lugares.

¿Lo pasaste muy mal?
Nada fue fácil. Erraba. Llegar a una ciudad como esta sin un proyecto académico, sin trabajo, sin casa y solamente con un amor intenso, no es idílico. Intuía que no lo sería antes de venirme, pero prefiero no reflexionar mucho sobre las posibilidades del futuro; prefiero que la vida me ponga en problemas y resolverlos. Volver a Chile no era tema. Sabía que debía entrenarme como samurái.

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Errando fue que un día, caminando por la calle Saint Germain, tuvo un nuevo encuentro definitorio en su vida. Se topó con una boutique de taxidermia, Claude Nature, llena de animales naturalizados. Entró. El vendedor hablaba español, se pusieron a conversar. Ella le contó que había hecho taxidermia en Chile; él le dio el teléfono de uno de los especialistas del Museo Nacional de Historia Natural. Dudó. Se tomó un tiempo. Finalmente llamó. Concertó una cita.

Ese fue el tercer encuentro clave de su peculiar carrera. El director Christophe Gottini no sólo la hizo parte de su equipo, sino que se convertiría en un nuevo maestro para ella. Era fines de 2012.

El taller donde trabaja desde entonces Florencia Grisanti es uno de los dos ateliers de taxidermia del Museo Nacional de Historia Natural de París. En el suyo se preparan las especies medianas y pequeñas. Al costado de ese espacio, está la Gran Galería de la Evolución, esa impresionante sala de cuatro niveles habitada por todos los animales, aves, insectos y peces imaginables, que fue restaurada y rediseñada por los arquitectos chilenos Borja Huidobro y Roberto Benavente a principios de los 90, en el edificio principal del museo, que data de 1800 y que enfrenta el Jardin des Plantes, el parque botánico más antiguo y grande de la ciudad.

Florencia muestra los animales que ya están listos –un loro del Amazonas y una serpiente pequeña que hizo ella–, otros que están a medio camino, y decenas de herramientas, mascarillas, plumas, atados de pelo, agujas, pegamentos, rellenos de fibra, frascos, pinceles, un acuario gigante, mesas de fierro.

¿Cuál fue el primer trabajo que te asignaron aquí?
Un proyecto en el que sigo involucrada como su naturalista: la creación del Museo de Historia Natural de Martinica. Voy una vez al año y me instalo a trabajar allá. También traemos a París aquellos animales que no están protegidos por la ley y que, por lo tanto, no necesitan una documentación especial para viajar, y los trabajo acá. Es un desafío bonito porque es la continuación de las investigaciones que llevó a cabo en las primeras décadas del siglo pasado un monje jesuita que, siguiendo esa tradición religiosa vinculada a las ciencias que ya casi no existe, hizo un catastro de todas las especies de flora y fauna de la isla.

¿Juega algún papel la conservación en tu pasión por la taxidermia?
Más que la conservación en sí misma, a mí me mueve el proceso de trabajo, el ritual. Creo que ahí mi lado artista manipula bastante mi práctica científica. Encuentro interesante que piezas mías –animales que no me pertenecen pero que son de mi autoría– pasen a ser parte de una colección que va a durar siglos, así como han durado en este museo otras colecciones que han hecho los taxidermistas acá desde el año 1700.

Mientras batalla con la preparación de otro cigarrillo, sigue su relato, entusiasmada: “Este museo es la meca de la historia natural del mundo. Acá Lamarck y Buffon elaboraron las primeras teorías relativas a la evolución, caminaban por ese mismo jardín que cruzo todos los días, así es que por supuesto que me siento orgullosa de colaborar con una institución como esta”.

¿Qué sentido tiene para ti la taxidermia?
Es una herramienta que me permite, en primer lugar, cumplir un sueño que he tenido desde que tengo recuerdo y que es sentirme cercana a otras formas de vida; a los animales, las plantas, los minerales. La taxidermia me ofrece la posibilidad de establecer puentes entre una especie y la otra, entre yo-ser-humano y un insecto, o entender mejor por qué pueden volar las aves o por qué caminan los mamíferos. Todo eso es un conocimiento tan enriquecedor, que me ayuda a entenderme mejor a mí misma y mi lugar en el mundo. La ciencia me ha dado un contexto en que el puedo tener un trabajo de investigación, que es la vez para mí un trabajo sensible, cercano a lo afectivo.

Es decir, lograste compatibilizar la taxidermia con el arte.
Para mí son una misma práctica. Mi camino de investigación está muy ligado a la naturaleza y la ciencia es una óptica desde la cual puedo trabajar. No seguí para nada la ruta artística convencional porque me involucré en este mundo científico. Pero creo que ser artista es justamente apropiarte de la libertad y seguir tu propio camino de investigación. Esa libertad, que no siempre ha sido sencilla de administrar, me ha permitido hacer todo lo que estoy haciendo. Todavía estoy en proceso de descubrir cómo crear vasos comunicantes entre el arte y la ciencia, pero encuentro interesante ser una representante de caminos híbridos, de cruces de conocimientos y de oficios y de alentar a otros a que lo hagan. Muchas veces mis proyectos son científicos, pero no los puedo disociar del todo de mi práctica artística.

Este oficio tuyo es bastante excepcional. Habrá quien lo vea desde el morbo.
Bueno, efectivamente, el morbo está siempre de lado de quien observa. A mí me importa la naturaleza, me importa que nos sintamos parte de ella, un todo. Tú misma eres un ecosistema para otras formas de vida; dentro de tu cuerpo hay millones de bacterias y de microorganismos que te consideran un paisaje.  Me interesa develar eso. Creo que también tengo una tendencia animista, porque desarrollo una relación casi espiritual con el animal; mis emociones van cambiando según la especie  que tengo al frente.

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“Mi lado artista manipula mi práctica científica, porque encuentro interesante que piezas mías –animales que no me pertenecen pero que son de mi autoría– pasen a ser parte de una colección que va a durar siglos”.

Te has ido especializando en animales pequeños. ¿Eso se debe a tu condición de artista, a una motricidad fina más aguda?
Creo que tiene más tiene que ver con mi empatía con lo minúsculo; desde siempre me han producido fascinación esas formas de vida que son casi imperceptibles pero extremadamente complejas y ejemplares. Me encantan los insectos, por ejemplo, cuya arquitectura es alucinante y suele pasar inadvertida.

Trabajaste también como taxidermista aquí en el museo con colibríes.
Sí, me tocó restaurar 238 colibríes, una colección de la baronesa Ariane de Rothschild que data de 1830. Estuve un año en eso. Fue muy singular, porque no es lo mismo trabajar con una serpiente que con un pajarito de ese tamaño; necesariamente tu cuerpo se modifica cada vez que estás frente a una escala distinta. Los colibríes implicaron que tenía que estar casi como en estado vegetal, casi sin respirar, pegando micro pluma por micro pluma durante horas.

Ritual inhabitual

Florencia toma el Metro cercano a su casa en la estación Lamarck Caulaincourt y media hora después se baja en Jussieu, a dos cuadras del museo. Quiere comprarse una moto, pero aún no se decide del todo.

Ella y su marido, el cineasta Tito González (mitad chileno, mitad francés, hijo de exiliados) viven en Montmartre, “en la punta del cerro”, en un sector que conserva su espíritu artístico y bohemio. También la vida de barrio y de amigos.

“París es como un laboratorio abierto. Te ofrece todas las posibilidades, pero también te las cierra porque hay una competitividad muy grande. Otra cosa que me motiva a quedarme es que las posibilidades de hacer cruces inesperados entre disciplinas son mucho más frecuentes; acá las instituciones están muy abiertas a acoger proyectos híbridos”.

A Tito lo conoció en 2012 en el mismo Jardin des Plantes, donde él filmaba una película. Se casaron en Valparaíso.

Juntos crearon el colectivo artístico Ritual Inhabitual. “Lo llamamos colectivo porque es un proyecto abierto a la colaboración, pero por ahora somos él y yo… Lo que hacemos gira alrededor de la noción del ritual como posibilidad de interacción y de resignificación de procesos”.

Parte de ello, ha sido la elaboración de un registro audiovisual del trabajo de Florencia como taxidermista, que comenzó cuando ella estaba trabajando en la colección de colibríes. “Aquí entra la noción de conservación, pero más bien respecto del oficio que de los animales mismos. Porque la pregunta ineludible sobre la taxidermia hoy es ¿qué sentido tiene naturalizar animales para seguir alimentando colecciones que en su momento sirvieron para conocer y describir especies, si hoy hay otras maneras de estudiarlas, apreciarlas y comprenderlas?”.

El proyecto más ambicioso que Florencia y Tito han sacado adelante hasta el momento es Mapuche, viaje a tierra lafkenche, una mega exposición fotográfica y etnográfica que estuvo abierta entre enero y abril pasado en el Museo del Hombre.

“Con Tito estábamos en ese momento muy interesados en el chamanismo y decidimos ir a Chile a buscar lo que nos era más cercano, es decir los chamanes del Wallmapu. Para la fase fotográfica aprendieron una técnica muy antigua y compleja, llamada colodión húmedo, que son fotografías en placas de vidrio y que se usó en los primeros trabajos etnográficos en Norteamérica en el siglo 18.

Hicieron maletas y partieron a fotografiar, pero sobre todo a convivir con las comunidades mapuches del lago Budi por varias semanas. Al año siguiente, en el veranos chileno de 2016, debido al interés que mostró el Museo del Hombre al ver las placas con que el trabajo realizado, se incorporó una botanista, que hizo un acabado registro del uso que la cultura mapuche lafkenche hace de la flora.

“El acto creativo tiene lugar cuando encuentras la manera de inscribir tu trabajo en el mundo, darle contextos, crear plataformas de difusión. En ese sentido, París es un lugar súper inspirador”.

La puesta en escena, también diseñada y producida por Florencia y Tito (más el comisario de la exposición, Sergio Valenzuela) fue especial y espectacular y les mereció varios artículos de prensa y elogios del mundo especializado.

“Montamos una escenografía que combinaba formatos gigantescos con las placas originales y medios formatos en tirajes fotográficos. Pero, además, hicimos una exposición viva porque no queríamos dar una lección sobre la cultura mapuche, sino hablar de la experiencia de nuestra interacción con ellos y darles la palabra a los fotografiados. Entonces, no había carteles explicativos, solo los testimonios de aquella gente que nos compartió saberes durante esos dos años. Algunos de ellos viajaron especialmente: una machi, el coordinador de medicina intercultural de Puerto Saavedra y un grupo de jóvenes raperos que están reivindicando su cultura y su lengua”.

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Para la exposición Mapuche, viaje a tierra lafkenche, Florencia y su marido convivieron durante varias semanas con una comunidad mapuche a orillas del lago Budi. El resultado fue una muestra de fotos y etnografía que recibió elogios cerrados por parte de la crítica especializada.

¿Cómo fue para ti esa experiencia?
No te voy a negar que casi se me cae el pelo en el proceso, porque, además de hacer un proyecto artístico de esta envergadura, para emprender de verdad un viaje iniciático hay algo de ti que tienes que dejar atrás. Ir a una tierra donde se vive una espiritualidad completamente diferente a la mía y estar confrontada a tratar de entenderla, implicó que tenía que borrar o transformar algo de mí. Fue doloroso y fascinante al mismo tiempo, porque creo que logramos –sin delirio de grandeza ni nada por el estilo– retratar un suerte de genealogía de los habitantes de ese territorio.

¿Y en lo personal, qué aprendiste?
La importancia que les otorgan a los sueños. Yo sueño mucho, para mí es un para-lenguaje que se me revela al despertar todas las mañanas. Hay cosas que descubro en los sueños y no en esta dimensión y eso es algo que nunca había podido compartir mucho con nadie. Allá convivimos un mes con una machi, que también se transformó en una maestra para mí, sobre todo del universo femenino, y ella me enseñó también cómo en la cultura mapuche todo se manifiesta a través del peuma, del sueño.

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La idea de Florencia y Tito es traer a Chile Mapuche, viaje a tierra lafkenche, y simultáneamente, editar un libro para lo cual ya están en conversaciones con el editor Xavier Barral. “Estoy cada día más segura de que el acto creativo tiene lugar cuando encuentras la manera de inscribir tu trabajo en el mundo; darle contextos, crear plataformas de difusión de tu trabajo, no solamente crear obra. En ese sentido, París es un lugar súper inspirador, porque el medio artístico se está revolucionando constantemente”.

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