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31 octubre, 2017
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Fragmentos de Ricardo Vivallo

Ganó el Concurso de Cuentos Paula el año pasado. Y ahora debuta con Cuaderno de Guayaquil (Saposcat), un libro hecho de pedacitos: textos tomados del diario de vida que escribe hace siete años, acompañados de los collages que confecciona.

Por Carola Solari / Fotografía: Carolina Vargas


Paula 1238. Sábado 4 de noviembre de 2017.

Año 1999. Ricardo Vivallo tiene 15 años. Estudia en el colegio San Ignacio El Bosque. Cree que el colegio es terrible. Sus compañeros son de otro estrato social. Se siente ajeno, fuera de lugar. Un profesor le hace leer Crimen y castigo y la experiencia es como un mazazo en la cabeza. Las cosas parecen alinearse: la adolescencia problemática, conocer un par de amigos que están en la misma sintonía, descubrir ese libro que le muestra una profundidad que andaba buscando.

A los 20 cree que el oficio del escritor es un oficio peligroso: que va contra lo establecido. Estudia Letras en la UC, pero no le gusta la academia. Se retira y vuelve varias veces. Logra terminar la carrera. Pero, a última hora, se larga. No se titula. No quiere ser profesor de Literatura. Solo quiere leer y escribir. Los padres observan con extrañeza pero lo dejan ser. Habrían preferido que, como los hijos mayores, fuera ingeniero.

Deja la casa familiar, se va a vivir solo al centro y comienza a hacer anotaciones en un diario de vida. El primer cuaderno –hoy acumula unos 20– está fechado en 2011. Es un periodo en que está medio perdido: quiere escribir y no puede. Ha intentado con cuentos; a los 18 años fue a un taller de Pablo Azócar pero dio bote. Con la poesía le va mejor. Pero, definitivamente, la escritura del diario es la que más le acomoda.

Recorre el barrio, el Santa Lucía, con su amigo Martín. Recogen cosas que están tiradas. Luego, adquiere esa manía y sale solo a buscar cosas. Una vez encuentra algo especial. Han desalojado un departamento y botado todo a la calle. Se lleva unos libros antiguos de urología y enfermedades venéreas.

Hace collages con revistas y materiales viejos. Parte como un pasatiempo con amigos, una noche de carrete para matar el ocio. Lo sigue practicando regularmente en solitario: en su casa, cuando escucha música y toma cerveza, recorta y pega. No tiene ni una pretensión con ellos, los considera un arte menor. Pero terapéutico.

Por las tardes llena planillas Excel. Es un oficinista más en la fábrica de detergentes de su padre. El sueldo le alcanza para pagar el arriendo y las cuentas. No tiene ambiciones materiales. Vive en un departamento chico, no tiene auto ni una familia que mantener. Por las mañanas lee, lee y lee.

Decide ser más sistemático: escribir, guardar en carpetas. Manda textos a concursos. En 2011, un día antes de que cierre la convocatoria al Concurso de Cuentos Paula, selecciona algunos textos de su diario, arma algo y lo manda. Queda finalista. Se da cuenta de que las anotaciones de su diario son un material en bruto que puede manipular literariamente.

En 2015 gana la beca de creación del Fondo del Libro y queda finalista en los Juegos Literarios Gabriela Mistral. En 2016 gana el concurso Stella Corvalán de poesía y el Concurso de Cuentos de Paula; con la plata del premio se va de vacaciones a Perú. En Machu Picchu piensa que la escritura lo ha llevado hasta ahí y eso lo alegra.

Publicar su primer libro, Cuaderno de Guayaquil, es para él algo fortuito. La editora de Saposcat le propone hacer algo después de que gana el concurso de cuentos. Él se pregunta si debería sentarse a escribir un libro; lo descarta. Coge su diario y selecciona fragmentos que hablan de un hombre joven, deprimido, a la deriva. A la editora le gustan y le propone sumarle algunos collages. La mezcla funciona. Tras el lanzamiento ha roto la inercia. Él, que es patológicamente tímido, ha logrado exponerse con un libro crudo y visceral. Y ha sido terapéutico,  dice, aunque repita mucho esa palabra.

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