Françoise Gilot: Su larga vida después de Picasso

Reportajes y Entrevistas

Françoise Gilot: Su larga vida después de Picasso

Por Florencia sañudo

Pablo Picasso amaba tener cerca a las mujeres a las que había amado y abandonado, disfrutando de sus celos y su dependencia. Pero Françoise Gilot, su compañera durante diez años, fue la única que dejó al maestro sin mirar atrás, rehízo su vida (se casó con Jonas Salk) y nunca renunció a su pasión por la pintura. Aún activa a los 97 años, recientemente publicó un libro con sus dibujos y acuarelas.

La editorial Taschen acaba de publicar, en una lujosa edición limitada de 5.000 ejemplares, tres cuadernos de dibujos y acuarelas que Françoise Gilot realizó durante sus viajes a Venecia, India y Senegal entre 1974 y 1981. Un bello homenaje a esta artista que a sus 97 años es el último testigo de uno de los períodos más fascinantes de la historia del arte contemporáneo y quien además de haber sido compañera de Pablo Picasso durante diez años (él la inmortalizó en decenas de retratos), fue amiga de Matisse, Braque, Juan Gris, Miró y Giacometti.

Personaje mítico en el mundo del arte, Gilot -pintora, grabadora y escritora- ha sido objeto de numerosas exposiciones internacionales en galerías y museos y recibió premios y honores, incluidas la Orden de las Artes y las Letras y la Legión de Honor en Francia, su país de origen. Sus libros de poesía y memorias sobre el arte del siglo XX incluyen el best-seller Vida con Picasso (1964), y Matisse y Picasso (1990). Pero es su propia vida la que es una novela.

Françoise Gilot vive en Nueva York, donde se instaló en los años 60 persuadida de que esa ciudad era el centro de las artes como lo había sido París hasta entonces. Unos años atrás tuve el privilegio de entrevistarla en su departamento y taller de la calle 67 West, en Manhattan, cuyas paredes estaban cubiertas de sus telas, evidencia de su gran actividad. “Es gracioso, la gente siempre me pregunta si sigo pintando -me dijo entonces-, para mí pintar es algo natural como respirar, y así como respiro cada día, pinto cada día”.

“Dibujo para olvidar”. Françoise Gilot luego de los viajes que hizo junto a Jonas Salk, ilustró tres cuadernos de bocetos: el primero durante un mes de vacaciones en Venecia (1974), el segundo en India (1979) -donde Salk fue a recibir el Premio Jawaharlal Nehru para el Entendimiento Internacional- y el tercero en Senegal (1981), donde el científico participó de una campaña de vacunación contra la polio. En ellos recopila las memorias y las atmósferas de esos sitios. Una vez que esas memorias encuentran su forma en el papel, las desechaba, dice. “En realidad, dibujo para olvidar”. Three travel sketchbooks: Venice, India, Senegal, por Françoise Gilot (Ed. TASCHEN)

Sus obras, a menudo exhibidas en museos y galerías y en las colecciones permanentes del Museo Picasso en Antibes, Museo de Arte Moderno de Nueva York, Museo de Tel Aviv, Museo de las Mujeres en Washington D.C. y Museo de Arte Moderno de París, pueden alcanzar actualmente 100.000 dólares y esa valuación nada tiene que ver con su filiación con Picasso o su amistad con Matisse (a quien considera su mayor influencia), sino a su reconocida calidad y trayectoria.

“Un paréntesis en mi vida”
Gilot conoció a Picasso en París, en 1943, en plena guerra. “Yo había ido a cenar con una amiga y Alain Cuny, un actor, bastante conocido en aquella época. Picasso estaba en una mesa, con amigos y Dora Maar, su amante de entonces. En seguida me di cuenta de que nos observaba. Luego se acercó a nosotros y nos ofreció cerezas. Al enterarse de que ambas éramos pintoras nos invitó a visitar su taller, cosa que hicimos a la semana siguiente”, recordaba.

En los primeros años de su relación se veían solamente un par de veces por mes. Él era “dominante e invasor” y Françoise, que tenía 21 años y acababa de dejar el hogar paternal, no estaba convencida de pasar bajo el yugo de otra persona, por más que se tratara del gran Picasso. Finalmente, una noche de 1946 se quedó a dormir en su casa y allí comenzó la verdadera convivencia.

Entonces Picasso había pasado de ser un pintor muy conocido a una megaestrella internacional. “Gracias a su temperamento, pues era ocurrente, tenía un gran sentido del humor, sabía seducir a la gente. Cuando quería conquistar a alguien podía y cuando su intención era fastidiar, también lo lograba. Esa es la razón por la que se convirtió en una estrella a diferencia de otros pintores como Georges Braque, su compañero en los años cubistas, o Juan Gris, que eran muy conocidos en el ambiente de la pintura pero no fuera de él”.

Gilot habló en numerosas ocasiones de su relación con el más grande genio de la pintura del siglo XX. “No fue amor a primera vista, no era mi tipo, me gustaban los hombres altos y él era más bajito que yo, pero éramos compatibles en otras cosas y lo empecé a amar a medida que lo fui conociendo. A pesar de la diferencia de edad, el diálogo con él era sensacional, pues era extremadamente inteligente. Los primeros años de nuestra relación fueron extraordinarios”. Todas las mañanas él recibía a artistas, pintores, escritores, críticos. París estaba en ebullición. “Pero aun así, lográbamos tener nuestros momentos para nosotros. Por ejemplo, trabajábamos a las mismas horas”.
Picasso apreciaba su trabajo. “Si no hubiera sido así, lo nuestro hubiera sido imposible”, afirma. “Pablo Picasso fue un paréntesis en mi vida como pintora, muy bueno para él, que estaba en la cima de su carrera, pero artísticamente para mí lo fue menos, pues a menudo sacrifiqué lo mío”.

Picasso era indudablemente un genio artístico pero en la vida privada era una persona inmadura. Françoise suele decir que a pesar de los cuarenta años que los separaban, a veces eran como una madre y un adolescente. Ella lo atribuye a su infancia de niño rey entre mujeres, mientras que en la familia Gilot se practicaba el culto de la exigencia y la discreción. Por ello vivir con un personaje público le resultaba difícil. Entonces, y aun ahora, ella es una convencida de que “es el arte que debe salir y mostrarse, no uno mismo”. Con Picasso, en cambio, no había frontera entre vida pública y vida privada, y poco a poco comenzó a rodearse de “yes people”.

Amor a tercera vista
En 1953 ella tenía 30 años y la situación era insostenible. “Cuando Picasso pasó los 70 años mi juventud le resultaba insoportable, era agresivo y desagradable. Yo también había cambiado, ya no era la niña que me plegaba sin chistar a sus caprichos”. Françoise tenía sed de libertad y además estaban los hijos: Claude, nacido en 1947, y Paloma, en 1949, a quienes ella quería criar de una manera normal, que fueran a la escuela adecuada, que recibieran ciertos valores. “Comencé a negarme a acompañarle de aquí para allá y no lo pudo soportar”.

Tampoco pudo soportar que tras dejarlo se uniera con otro artista, Luc Simon, más joven que ella (y obviamente mucho más joven que él), con quien tuvo una hija, Aurelie, en 1956. Y menos aun que publicara su libro Vida con Picasso, en 1964, traducido a veintidós idiomas, cuya salida trató infructuosamente de detener. Entonces Françoise fue objeto de los insultos de los miembros de su círculo, que la atacaron, según ella, “por haber mostrado a su dios en su forma más humana, y dijeron cosas horribles sobre mí, tratándome de mil nombres”. Irónicamente, cuando ella logró publicarlo, él la llamó para congratularla. “Fue muy inesperado pues no nos hablábamos desde hacía años y recibí su llamada felicitándome. ‘Yo amo a los vencedores’, me dijo. Típico de Pablo”. Sus hijos también debieron recurrir a los tribunales para obtener el reconocimiento de paternidad, pero sin éxito. Fue recién tras la muerte del artista, en 1973, que la justicia les reconoció todos sus derechos como hijos y herederos.

Entonces ella ya se había casado con Jonas Salk (en 1970), inventor de la primera vacuna contra la polio, con quien compartiría su vida hasta la muerte de este en 1995. Veinticinco años durante los cuales vivían seis meses separados (una condición que ella impuso al casarse para poder dedicarse plenamente a sus hijos y su trabajo en Nueva York y París) y seis meses juntos en California, donde se encuentra el Salk Institute. “Lo nuestro fue amor a tercera vista”, confiaba al semanario americano People, pues fue en su tercer encuentro en que descubrieron todo lo que tenían en común. Más recientemente, en una biografía sobre el científico (Jonas Salk: A Life, Oxford University Press) Gilot confesaba a la autora, Charlotte DeCroes Jacobs: “Cuando nos casamos no nos conocíamos tanto, teníamos cierta edad y el amor que compartíamos era un amor adulto, no una pasión de chicos de 18 años. La nuestra era la unión de dos personas muy ocupadas, completamente dedicadas a su trabajo, no era la típica relación marido-mujer”. Pero, según Gilot, la compatibilidad era total y la gran diferencia con Picasso, tal como decía a People, era que “Picasso el hombre no estaba a la altura de Picasso el artista, mientras que Jonas el hombre estaba a la altura de Salk, el científico”.

Cuando en 1998 el periodista americano Charlie Rose le preguntó cómo se había encontrado con dos hombres entre los más importantes de la historia, Gilot respondió no sin cierto desparpajo: “Los leones se aparean con leones”. Típico de Françoise Gilot.

Françoise Gilot en su estudio de arte alrededor de 1982, en La Jolla, California.
La foto que se usó en la portada de su libro autobiográfico Vida con Picasso (Editorial Elba).

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