Consuelo Valdés: “Fui baterista mucho antes que la Juanita Parra”

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Consuelo Valdés: “Fui baterista mucho antes que la Juanita Parra”

Por Ximena Torres Cautivo / Fotografías Nicolás Abalo / Maquillaje Paulina Pincheira

La flamante ministra de la Cultura es una rara avis. Birdwatcher, fotógrafa, arqueóloga, antropóloga, museóloga, baterista, aprendió a cantar la Canción Nacional en Buin, donde vivió sus veranos, gracias a una profesora rural, una suerte de Gabriela Mistral, su personaje entrañable. Tan querido y clave, como el valor de la diversidad que proclama.

“¿Y a usted, señora, qué le pasa?, me preguntó el joven médico en la consulta llena de pacientes. Pasa que me acaban de nombrar ministra de las Culturas y las Artes, le respondí”, cuenta muerta de la risa la flamante titular de un cargo altamente acontecido, quien debió hacerse el examen médico de rigor para asumirlo, a matacaballo, luego del fugaz paso del escritor Mauricio Rojas por la cartera que había dejado Alejandra Pérez, a pedido del presidente Piñera.

Cuando conversamos, la arquéologa y máster en antropología Consuelo Valdés Chadwick (69) lleva una semana como ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, y sigue sin tiempo para sacar sus cosas de la oficina de directora del Museo Interactivo Mirador, el MIM, donde estaba de vuelta, feliz, literalmente en las estrellas.

El verano de 2010, yendo en bus a Viña del Mar, recibió un llamado. “Era Cecilia Morel. Primero creí que era talla, pero no. Me dijo que mucha gente le había asegurado que yo podía ser la persona adecuada para dirigir el MIM, que depende de ella como Primera Dama. Ahí estuve hasta el 2014 y ahora, en febrero de 2018, volvió a llamarme. La considero una mujer increíble. Sencilla, de gran inteligencia y sensibilidad”.

Ahora te llamó el marido. ¿Cómo fue esa llamada presidencial? Realmente nunca imaginé ni ambicioné ser ministra. Te lo juro. Pero el Presidente insistió mucho. Yo le hice ver que no soy política ni tengo condiciones de comunicadora, pero él insistió. ‘¿Por qué se hace rogar tanto?’, me decía. ‘Porque donde estoy tengo una jefa maravillosa’, le respondí. Y él me dijo, bromeando: ‘Usted está hablando con el jefe de su jefa’. Finalmente acepté, dejándole claro que nunca una mujer debe dar el sí a la primera -confidencia en el tono sencillo y lleno de humor que la caracteriza.

Es de noche, hace frío, pero el departamento de la ministra, en el corazón de Providencia, donde vive sola, es pura calidez. Femenino, con buenas piezas de arte contemporáneo y muchos libros, donde destacan “cinco metros lineales de textos sobre ornitología”. Este es un hogar con alas: hay pájaros en óleos, acuarelas, grabados, fotos, en pequeñas figuras de los más diversos materiales, que cuelgan de un árbol en miniatura o se posan en el respaldo de un sofá. “A mí es muy fácil regalarme: cualquier pájaro sirve”.

En 2003, mientras recorría la quebrada de Santa Gracia, al norte de La Serena, para desarrollar un circuito pedagógico, la sorprendió el alboroto de unas aves. “Son loros tricahue”, le dijo el profesor de biología que la acompañaba. Ahí se le abrió un mundo. “Mi fascinación por los pájaros surgió por obligación; para hacer bien la descripción del circuito tuve que interiorizarme de las aves de la quebrada. Partí con un libro de introducción a la ornitología y desde entonces no he parado. Hoy formo parte de la Unorch (Unión de Ornitólogos de Chile), creé el Festival de Aves de Viña de Mar, hice un curso en la Universidad de Cornell y escribí el libro Secretos bajo las alas: Biografías, geografías y mitos en los nombres científicos de nuestras aves. Soy, definitivamente, una birdwatcher”.

Eso, y una amante de la vida silvestre.

El desierto florido la alucina. “Fui por primera vez hace años con Charlie Eastman, el segundo marido de mi mamá”, dice, mostrándonos una foto en medio de las calandrinas, tomada en 2017, cuando estuvo cuatro veces disfrutando de la desconcertante exuberancia del desierto. María Teresa Chadwick, su mamá, a sus 95 años, es una de las paisajistas más renombradas de Chile, pese a que estudió recién a los 50. “La mamá hizo estudios de paisajismo en España y se tituló acá. Ella me inspira el amor por las flores sencillas: las añañucas, amarilis, alstroemerias”.

Consuelo Valdés Chadwick se define como una birdwatcher, porque desde que descubrió la ornitología no ha parado de investigar sobre las aves.

POR QUÉ NO FUI MAMÁ

Y tu papá, ¿qué te inspira? El papá fue un gran viajero. Conoció a Nehru, Eisenhower, Nasser, Walt Disney… Fue un magnífico cronista, que escribía en El Diario Ilustrado, y un agricultor innovador. Antes fue seminarista, pero se enamoró de mi mamá y se casaron. Heredó el fundo del tata en Buin. Después mis papás se separaron, pero ahí, en Buin, donde también fue alcalde, pasamos todos los veranos con mis hermanos.

Aníbal Valdés, su padre, murió en 2004. A ese año corresponde una columna escrita por Consuelo, la cuarta de sus 5 hijos. Leemos: “El papá siempre nos hizo notar las ventajas de vivir cerca del mundo de la pobreza, para conocerla mejor. Para él era muy distinta la visión de un empresario que trabaja en un lugar y vive en otro. En Buin, ‘la fábrica’ y las residencias de todos eran vecinas; trabajadores y patrones vivíamos en el mismo lugar. Todos nos veíamos cara a cara y a diario, nos enterábamos de la guagua, del enfermo, del velorio, del chancho faenándose… Para el papá esta situación de transparente convivencia era sana y formativa y una maravillosa oportunidad para observar las diferencias sociales, desarrollar un espíritu solidario y meternos en la cabeza que tener más no significa ser más o mejor. Más bien impone una responsabilidad: desarrollar al máximo nuestras potencialidades para contribuir a romper esas diferencias y a igualar las oportunidades de todos”.

Este manifiesto paterno es también el de la nueva ministra de la Cultura, hija con un evidente complejo de Edipo y mujer sin color político, pero con mucha conciencia social. Educada en el Villa María Academy, el muchas veces caricaturizado VMA, “el viemei”, tiene solo alabanzas para su colegio. “Esas monjas estadounidenses que me formaron me hicieron muy bien. Me enseñaron a ser persona, a ser coherente, a ser liberal. Ellas nos impulsaban a desarrollar al máximo nuestro potencial, a valorar el trabajo en equipo y desarrollar el ‘school spirit’. Yo prometí al asumir como ministra, no juré, porque soy agnóstica; eso llamó la atención. Mi relación con lo divino no necesita de intermediarios, y estoy muy contenta de no necesitarlos”.

Entre sus compañeras de curso hay “mujeres potentísimas, como Ximena Abogabir y Anita Briones, entre otras”. Y es imposible no mencionar a su hermana mayor, Rosario, la editora gastronómica que formó y dirigió el Centro de Cocina Paula, con quien además tiene un parecido físico ineludible. “Es una mujeraza. Lo que ha hecho por el rescate de la cocina chilena es admirable. Trabajadora, talentosa, sensible, la Rosario era buena para las matemáticas y para el arte, le hacía a todo: dibujaba, cantaba. Y ha sido siempre tan ‘soignée’. Yo soy mucho más rústica, pero en el mateísmo nos parecemos”, describe Consuelo, quien confidencia que Rosario la convirtió en baterista de la banda femenina Las Incógnitas, que se lucía en festivales universitarios en 1965.

No puedo creer que tocabas batería. ¡Mucho antes que la Juanita Parra! -responde, riéndose-. Con mis hermanos éramos todos buenos para la música: Aníbal tocaba el piano; la Rosario, la guitarra, así es que mi papá dijo que había que formar una orquesta y ¡me regaló una batería! Aprendí a tocar de oído. Lo primero, canciones de Luis Dimas. Finalmente, cuando la Rosario entró a estudiar arte a la Chile armó una banda con unas compañeras y les faltaba una baterista. Ahí entré yo, que, como todavía estaba en el colegio, era medio irregular que participara. Por eso actuábamos con la cara pintada y nos llamábamos Las Incógnitas. No éramos teloneras, ¡éramos número fuerte! Tocamos hasta con Julio Zegers. Dimos recitales en el Nataniel, en el Aula Magna de la Escuela de Derecho, en un montón de lugares.

¿Ya no tocas? ¿Lo harías si te lo pidieran? Mi adorada sobrina Andrea Stagno, hija de la Rosario, no me creía que era baterista. Hace años fuimos con ella, su mamá y unas amigas al Sur. En el Hotel La Frontera de Temuco había un buffet bailable con orquesta. Como no me creía, me acerqué al maestro y le pedí acompañarlos en la batería. Aceptó. Partí con un tango. Fumando espero, creo. Con mucha plumilla, suave. La Andrea lloraba de la risa. Claro que tocaría de nuevo, feliz, si es por alegrar a alguien que me lo pida.

¿Por qué, siendo tan buena tía, no tuviste hijos? Estuve casada dos veces y no tuve hijos. El destino me ha dado tanto, que a veces pienso que quizás no me dio hijos porque no habría sido buena mamá. A veces siento eso. Me siento muy cabra chica; soy preguntona, observadora, inquieta, más hija que madre.

Consuelo junto a su mamá, María Teresa Chadwick, y dos de sus tres hermanos.

NEURONAS VS. HORMONAS

Cuando dijo que quería estudiar arqueología hubo un cierto desconcierto familar. “Tuve que precisarle a mi papá que quería ex-ca-var, no escarbar. Pronto comprendió mi interés, nacido de sus relatos de viaje, de sus crónicas de Egipto. De él heredé el gusto por lo outdoor”.

En la Chile, en el Pedagógico, se topó con una enorme diversidad de personas. “Tuve, y tengo, amigos de todos los colores. Conocí a Ángela Jeria, que entró a estudiar mayor. Era muy seria y nos compartió sus apuntes. Varias veces estudiamos en su casa, donde el general Bachelet se ocupaba de tirar algo a la parrilla y la Michelita corría entre nosotros”.

Consuelo empezó a trabajar en el Museo de Historia Natural, donde la académica austríaca Grete Mostny le pidió que enseñara museología. Corrían los difíciles años de la Unidad Popular. “Un día, nunca se me ha olvidado, la doctora Mostny me dijo: ‘Váyase de Chile. Si quiere terminar la carrera, seguir con sus estudios, váyase’”.

Así lo hizo. En 1972 partió a Estados Unidos, a Alabama, donde vivía su hermana, y con las papeletas con sus notas logró entrar a Antropología. Su dominio del inglés y la disciplina de estudio aprendida en el VMA le permitieron no solo salir airosa, sino ganar una beca. A su regreso a Chile, en plena dictadura, su “maestra” Grete le presentó a Juan Gómez Millas, quien le ofreció trabajar con él. “Necesito una persona que no esté contaminada”, le dijo ese “tremendo humanista”, como lo llama.

¿Por qué te motivan tanto los museos, que para muchos parecen vetustos y aburridos? Esa es una concepción equivocada. Los museos son memoria, pero también son espejos. Te muestran quiénes fuimos y quiénes somos. No todos nacen igual y eso se ve reflejado en la experiencia que transmiten, pero todos son espacios de educación informal, como los definen los gringos. Un museo no reprueba a nadie. No pone nota. No exige asistencia. Es simplemente una tremenda oportunidad de aprendizaje, muy libre y personal.

¿Cómo analizas lo sucedido con tu antecesor y sus dichos sobre el Museo de la Memoria? Mi reflexión profunda es que ojalá podamos cicatrizar de una vez por todas esa herida que no logra cerrarse. Chile tiene una herida tremenda en este tema, la que debe generar de una vez por todas una cicatriz, una marca que no olvidaremos ni se borrará jamás, pero que debe parar de sangrar y hasta de supurar de tanto en tanto. Todos debemos contribuir a ese proceso de cicatrización, y eso se hace reflexionando. A veces la polémica eclipsa lo esencial, que es la garantía al respeto de los derechos humanos, la más alta tarea humana hoy, en todo el mundo. En eso todos debemos estar de acuerdo.

¿Por qué la cultura es vista por la mayoría como patrimonio de la izquierda? La cultura no tiene ideología. Es de todos y para todos. Tampoco clase social; todos somos cultos, porque todos somos parte de la cultura. La cultura debe ser lo más inclusiva posible, porque no es un privilegio; es un derecho humano. Es parte de mis afanes generar una oferta cultural inclusiva, en especial para los jóvenes. Ahí hay que trabajarles a las neuronas antes de que exploten las hormonas, como dice mi amigo astrónomo José Maza, tan certeramente. Para hacer gestión cultural y lograr despertar la creatividad, la valoración de nuestra riqueza patrimonial, el gusto por todas las artes, se requiere transversalidad, diversidad, trabajar con todos. Eso es así: yo soy supertransversal, no discrimino por ideologías, porque he descubierto en mi propia experiencia que la diversidad enriquece, me hace más y mejor persona.

La ministra en estos días ha recorrido todas las oficinas del ministerio y ha sentido mucha cordialidad. También ha tomado contacto con las 15 secretarías ministeriales a lo largo del país y ha percibido lo mismo. Dice: “He visto rostros alegres, me han dado abrazos afectuosos, he sentido puras cosas buenas: calidez, ganas de trabajar, compromiso… y mucho ‘consuelo’”, bromea, aludiendo a su nombre, que significa “descanso y alivio”, algo que sus antecesores no tuvieron.

Sobre Cecilia Morel dice: “La considero una mujer increíble. Sencilla, de gran inteligencia y sensibilidad”.

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