Gabriela Rodríguez: Una curandera en la ciudad

Reportajes y Entrevistas

Gabriela Rodríguez: Una curandera en la ciudad

Por Alejandra Villalobos / Fotografía Jaime Palma / Producción Belén Muñoz

Sanar el espíritu se convirtió, hace más de 30 años, en el trabajo de Gabriela. Ella sostiene que cada persona tiene escrito en el alma y en las células no solo nuestras memorias, sino que las de nuestros antepasados. “Somos la reedición permanente de la memoria familiar, con mil facetas y distintas máscaras”, dice en La memoria de la sangre, su recién publicado libro, donde cuenta cómo el encuentro con distintos maestros la llevó a trabajar a través del tarot, la psicogenealogía y la psicomagia para descifrar esas experiencias que generaron un quiebre o un trauma y devolver el equilibrio perdido.

En el cuarto piso de un departamento de la zona oriente de Santiago vive Gabriela Rodríguez. Es un hogar luminoso y cálido, con plantas, fotos familiares y un gato que da vueltas. Suena jazz de fondo, y un par de piedras sobre la mesa junto con un tarot son quizás la única señal de que ahí vive una ‘curandera’; urbana por cierto. “¿Por qué me denomino así? Porque todo lo que he aprendido de los pueblos originarios lo utilizo, pero yo no vivo como ellos, vivo en una ciudad, entonces en ese sentido soy una mezcla entre mística y lógica. Trabajo con ritos, pero mis ritos se hacen efectivos en un intelecto urbano, porque nosotros tenemos otra señalética. Un curandero no te da ninguna explicación racional, él solo actúa, ejecuta: toca el tambor, usa plumas, o lleva un traje especial que contiene la fuerza del elemento que representa, pero a nosotros esos elementos no nos hablan directamente porque tenemos que pasarlo por el filtro racional, entonces claro, yo le hablo a la gente que vive aquí en la ciudad pero con los conocimientos que de ellos he aprendido. Además, también tengo raíces indígenas y en la naturaleza me siento en mi hábitat. Tengo una casa en la punta del cerro en Curacaví, en medio de un bosque nativo absolutamente salvaje, y ahí soy totalmente feliz”, dice Gabriela con una voz serena y una sonrisa dulce.

¿Y no has pensado trasladarte a vivir allá?
No, porque mi trabajo está aquí, y porque también tengo esa parte urbana; me gusta el cine, el teatro… aunque me encanta la naturaleza, esa conexión.

O sea, tú no te vas a ‘desconectar’ al bosque, vas a conectarte…
Exactamente. Acá estamos rodeados de bombardeos que nos desconectan; el ruido, la tele, los autos, el esmog. En la naturaleza despierto, porque pasan cosas, porque me habla, y eso es esencial para mí. Pero por eso no digo que soy chamana, porque entendí que eso es una cuestión de linaje, son dones que se heredan justamente por la sangre. Nosotros tenemos otra educación, otra base, somos una sociedad judeocristiana y no puedo ignorar eso en mí, aunque no tenga esa religión. Yo nací en la ciudad, aunque mi religiosidad esté basada en la naturaleza, y ese es mi mestizaje, mi mezcla.

El despertar

La primera vez que Gabriela hizo un curso de tarot, hace más de tres décadas, sintió que se estremecía, como si le cayera un rayo. Por esos años estaba pasando por una crisis personal y matrimonial muy fuerte, y debatiéndose con la enfermedad de su marido, la esquizofrenia. “Con los años entendí por qué estuve ahí, pero fue una escuela dura, estuve como en un exilio interno, pero aprendí un montón”, recuerda. Un poco antes, en un viaje, encontró el tarot de Marsella, el original, el antiguo, y se lo trajo sin saber mucho acerca de él. Lo miraba, lo analizaba. Cuando apareció el dato de alguien ‘serio’ que enseñaba a leerlo, se lanzó. “Apenas entré me di cuenta de que era lo mío, era lo que andaba buscando”. Desde ese momento le vino la fiebre por estudiar todo.

Con un hambre voraz comenzó a saltar a la astrología, a la interpretación de sueños, a las religiones comparadas, a los símbolos, a los mitos. “El segundo gran descubrimiento vino cuando comencé a hacer lecturas. Me empezó a llegar información, no sabía cómo, pero la recibía. El tarot es como una enciclopedia, es un lenguaje que está hecho de símbolos, de arquetipos y es dinámico. Es un cúmulo de conocimiento que se despliega y produce una forma que tiene un significado. Es un tremendo instrumento para desarrollar la intuición”.

Este camino de búsqueda y aprendizaje la conectó con distintos sanadores y curanderos que continuaron ampliando su conocimiento y se transformaron en grandes maestros. Adriana de Malloco fue una de ellas. Era una sanadora y vidente que murió en 2010. “De ella aprendí a manejar la energía. Hacía unas sanaciones increíbles, tenía una línea muy metafísica, pero sabía muchísimo y de muchas cosas, era una adelantada total. Ella fue como mi madre espiritual y todo lo que me enseñó lo uso siempre”. Después conoció a Jahuanchi, un chamán del Amazonas peruano de quien también aprendió muchísimo. “Si la Adriana tomaba la energía del universo y la transmitía a través de la metafísica, Jahuanchi lo hace a través de la naturaleza y sus elementos: agua, aire, tierra y fuego; sabe cómo manejarlos y conducirlos para sanar, de él aprendí que todo en la naturaleza tiene información”, dice. Finalmente está Alejandro Jodorowsky, su “padre espiritual”, con quien trabajó durante más de 20 años. “Él, al igual que los otros, hace lo mismo, sana, solo que es un ser de la ciudad, artista y sensible, y con esa sensibilidad desarrolló esa misma percepción pero con otro lenguaje, el de la psicomagia y la psicogenealogía”.

Después de tanto aprendizaje, ¿cuál es tu ‘lenguaje’ para sanar?

Yo hago consultas personales y talleres grupales donde trabajo con dinámicas concretas para sanar. Son sanaciones psíquicas y psicológicas, emocionales y espirituales. Para eso aplico todo lo que aprendí del tarot, de la Adriana, de Jahuanchi y de Alejandro. A través de la psicogenealogía -el nombre que Jodoroswky le dio al estudio del árbol familiar a través de datos que son bien simples: nombres, oficios, cómo nacieron, cómo murieron, las relaciones familiares… son cosas que, por lo general, sabemos y que permiten rastrear justamente lo que no sabemos, porque el árbol familiar habla permanentemente, todo el pasado habla-descubrimos lo que está perturbando, y luego con la psicomagia sanamos. Para eso hago actos, pequeñas teatralizaciones con un grupo de personas que participa, porque como dice Jodorowsky el cerebro reconoce metáforas, símbolos como realidad, entonces alguien puede representar a un ser que te quiso, que te faltó, que te hizo daño o que te moviliza una emoción, y a ese ser que no es el verdadero ni actual, tu cerebro lo reconoce como el real; esa es la magia. (Ver recuadro)

¿Y esto no es lo mismo que las constelaciones familiares?

Siempre las comparan, pero no son lo mismo. En las constelaciones las personas adoptan personajes y “traen” información en ese momento, que es súper valioso, pero lo que yo hago va más allá, porque primero miramos el árbol, vemos la información que hay y la que no está dicha, y la completamos, y eso lo vamos a llevar al teatro donde se hace una acción concreta sanadora para reparar el presente. En el fondo, lo que hacemos es que transformamos esa experiencia interna. Todos tenemos escrito en el alma, en las células, todo lo que hemos vivido y más, hay otras memorias, la de nuestros ancestros, y esas cosas que están escritas en tu alma a veces están muy distanciadas de lo que eres esencialmente, entonces lo que se hace con estas experiencias es ‘resetear el disco duro’, y se actualiza una memoria virtuosa. Y no lo hago sola, lo hago con la persona y con los que ayudan, pero tiene que estar la intención de sanarse.
La memoria de la sangre es tu primer libro, ¿qué quisiste destacar en él? En el libro se van a encontrar con quién soy yo, qué pasó para que llegara a ser una sanadora, con quién me encontré, qué aprendí y qué es lo que hago. Además, a través de los casos y de lo que fui asimilando, planteo la importancia de que cada persona llegue a ser lo que realmente es, que encuentre su destino. Lamentablemente, nosotros, los seres ‘civilizados’, sobre todo los modernos, estamos súper alienados, separados de todo eso y, para mí, la verdadera causa de esa separación, de no saber quién soy, de tener que hacer cosas por obligación o para darles en el gusto a otras personas, es la falta de la percepción más fina, de la intuición, que a quienes la desarrollamos nos llaman brujos o brujas, pero que es una capacidad innata del ser humano.

Pero, ¿todos la tenemos?

Sí, soy una convencida de que es parte de nuestro ser, de nuestra animalidad, de nuestro instinto, lo que pasa es que desde muy chicos nos empiezan a educar en formatos, y uno se va adecuando a eso y vas perdiendo tus ‘antenas’. Los animales sienten el temblor antes de que venga, porque justamente para sobrevivir tienen muy desarrollada esa intuición. Nosotros tenemos esa capacidad, pero la tenemos completamente bloqueada porque la sociedad, la cultura hace miles de años sacó de la psiquis colectiva el lado femenino receptivo, no lo validó, lo postergó. Este ‘patriarcado’ eliminó a la Papisa, la carta número II del tarot; ella es la mujer sagrada, el femenino espiritual, entonces nos mutilaron, históricamente y luego socialmente, y nos quitaron nuestro lado más intuitivo, perceptivo que es el que se conecta con el mundo invisible, y eso con el tiempo nos llevó a perder ese lado más animal que está muy relacionado con la esencia de cada uno.

Los inmigrantes

Buenos Aires, Argentina. Cerca de una cincuentena de personas se reúne en un taller que realizará Gabriela Rodríguez. Durante el primer día de trabajo alguien menciona que en su árbol familiar había un crimen de un abuelo, al día siguiente otro vuelve a abordar el tema, y varios se dan cuenta de que ocurrió algo así en su historia. La mayoría de ellos eran inmigrantes italianos. “Asumiendo el riesgo, decidí hacer un acto colectivo para sanar esa pulsión criminal que latía en el grupo y que a unos cuantos les causaba problemas intelectuales, a varios otros vergüenza social y a otros, problemas de abuso en sus relaciones más íntimas”, cuenta Gabriela en su libro La memoria de la sangre. Para sanar eso, dibujó en el suelo un mapa de Italia y de Argentina y entremedio el océano Atlántico, la idea era volver metafóricamente a Italia, al origen, para saber qué había pasado. “Cuando los implicados se fueron situando en Italia, la mayoría de ellos empezó a sentir rabia, miedo o desesperación. Entraban en la historia de su árbol donde se vivió la guerra, la mafia o la estafa”, cuenta. Lo que vino después fue notable: estaban todos poseídos por alguna memoria intensa, incluso una mujer vivió un trance. “Desde mi óptica ella fue el catalizador, la expresión desgarrada femenina materna de lo que significa partir, dejar tu tierra, huir de la violencia de la mafia en algunos casos y de la guerra en otros”, escribe Gabriela. Para limpiar esas memorias, les pidió a los participantes que se limpiaran unos a otros, y luego que cruzaran a Argentina donde los estaban esperando.

¿Qué buscas transmitir con La memoria de la sangre?

La finalidad del libro, por una parte, es que este mundo más abstracto, metafísico y místico no sea inalcanzable y, por otro lado, decir que el mundo invisible existe y que la energía es un circuito que está permanentemente activo, entonces hagamos que circule bien para estar sanos. Quiero ayudar a que las personas no sean extraterrestres en su propio planeta, porque este conocimiento es natural. ¿Por qué está negada?, ahí lo digo; ¿por qué no la usamos mejor?, es la propuesta. Y ¿por qué hablo de la mutilación del arquetipo femenino en la psiquis? porque para mí ese es el origen de que esta sociedad no camine.

 

 

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