Escribir hasta que duela

Reportajes y Entrevistas

Escribir hasta que duela

Por Marcela Fuentealba / Fotografía: Carolina Vargas / Producción : Paulina Wiegand

Acaba de publicar un libro con sus recuerdos sobre personajes literarios diversos. Prepara una antología de sus cuentos, un libro de conversaciones y una novela sobre alguien parecido a él: un señor adolorido que inventa un hotel imaginario para acompañarse. Germán Marín, jurado del concurso de cuentos Paula, es un narrador fundamental del Chile reciente y un sobreviviente que no para de escribir.

Hace un par de semanas fue al médico por un dolor insoportable en la mano derecha, con la que escribe sus libros, con letra clarísima de joven aplicado. El doctor le explicó que es porque aprieta demasiado el lápiz. “Fíjate, tengo el dedo chueco”: muestra su mano enorme con el índice torcido. Le recomendaron no escribir, ver tele, pasear. Pero Marín no puede pasear porque, a las dos cuadras, lo aquejan otros dolores, y el ocio le hace daño. “Solo puedo dar vuelta en torno a mi escritorio”. Soportó tres días de abstinencia hasta que, tras una noche en vela masajeando la mano, amaneció sano. “Volví a escribir como perro”, dice. “Escribir, publicar, ver las pruebas; la literatura es la entretención final. A la edad que tengo no voy a andar haciendo deporte”, dice para llevar la conversación hacia la enésima broma sobre algún amigo en común, en este caso, el periodista Álvaro Matus, campeón de tenis, con quien se junta periódicamente para armar un libro de conversaciones sobre literatura.

Marín tiene un humor imparable y pocos amigos, aunque incondicionales. Su placer es ponerles sobrenombres de ocasión, inventarles historias, decirles alguna barbaridad. Últimamente tiene fama de mal genio, de hombre irritable, pero es más un solitario que un misántropo. Lleva una vida retirada en el pequeño departamento en Providencia que comparte con su mujer, Juanita. Escribe con disciplina y lee con devoción: a los 77 años sigue aplicado en explorar hasta el horror su propia historia y la del país para ver qué queda. Como siempre, cita en algún café de la calle Providencia, espera con un libro sobre la mesa –esta vez una novela de Julian Maclaren-Ross–, pregunta por la familia, comenta la noticia política, bromea con alguna dificultad existencial: el aburrimiento, las relaciones domésticas o lo inútil de escribir.

–“¿Para qué escribir? No queda otra”–, se responde. Es un hombre grande de voz cavernosa, que parece extranjero por la estatura y los rasgos gruesos. Habla pausado, hilando fino, como las frases largas que marcan su estilo envolvente. Y cuando conversa, entre broma y broma, habla muy en serio, y siempre cuenta otro cuento.

Su obra literaria es larga, y va de las aspiraciones de su familia de inmigrantes a lo ominoso de la Escuela Militar; de las torturas de la dictadura a las simplezas del clasismo. Ha escrito las novelas Carne de perro, El palacio de la risa, Ídola, Cartago, La segunda mano, Dejar hacer; además de la trilogía Historia de una absolución familiar, formada por Círculo vicioso, Las cien águilas y La ola muerta. Y los relatos Conversaciones para solitarios, Lazos de familia, Basuras de Shanghai y Compases al amanecer. El título de la antología de sus cuentos, que aparecerá pronto en Alfaguara, resume su ánimo narrativo: Resplandores de una tarde precaria. El nombre del volumen, recién publicado por la UDP, con sus recuerdos de personajes que conoció a lo largo de la vida, es más tajante: Antes de que yo muera. Ahí cuenta brevemente su trato con gente encontrada al azar, como García Márquez o José Donoso, o con sus amigos Enrique Lihn y MauricioWacquez, a quienes se enorgullece de haber editado.

Estos recuerdos de Antes de que yo muera son muy breves, no te tomas libertades como en las novelas.
Al principio pensé que era simple, pero después me fui dando cuenta de lo difícil que era. El editor me había rogado que no mintiera, tenía miedo de que publicara personajes ficticios. Se me iba la manopla, pero me controlé. El cuento que me dio la magnitud de lo que tenía que hacer es mi primer recuerdo, cuando tenía tres o cuatro años. Ahí aparecen visiones que se me cruzan, del terremoto de Chillán en Constitución. Muchas veces la memoria funciona así, como chispazos, como conejos que corren. Fue un trabajo arduo, por el carácter de instantaneidad que tienen estos recuerdos tan fugaces. En las novelas hay largos párrafos autobiográficos, tenía que evitar eso, ir separando.

Parece que te diera pudor hablar de la interioridad de estos seres reales.
Puede ser. De algunos hablo, como Homerito Arce, el secretario de Neruda, que me parece muy destacable dentro de su generación. Nunca ha sido reconocido como poeta, aunque era muy bueno. Braulio Arenas es otro, un tipo muy ninguneado, que una vez terminó llorando en el baño de la casa de Fernando Alegría porque, después de beber como cosacos, a alguien se le ocurrió conseguir algunas putas y a él lo mandaron a buscarlas. Estaba muy herido. A Braulio nunca le perdonaron la vez que atacó a Neruda públicamente, por eso lo trataban mal. Una vez se lo hice ver a Neruda y se molestó.

¿Cómo te relacionabas con Neruda?
Muy bien. Formamos un pequeño sello que se llamó ediciones Isla Negra. Sacamos la historia del militar Puigrredón
sobre José Miguel Carrera, una edición limitadísima, 400 ejemplares, en una cajita, muy bonita. Otra editorial se interesó en publicar esto en grande, pero con plata de Neruda. Él les dijo una frase muy buena: “Seré poeta pero no tanto”.

Y al final de un texto, por ejemplo, dices que el destino del crítico Martín Cerda, que esmuy importante aunque poco conocido, te recuerda al de Violeta Parra, pero no especulas más.
Eso me lo guardé, lo dejo abierto al lector. Violeta Parra termina en suicidio, desengañada. Martín Cerda también tiene un final malo, una enfermedad larga, sin plata. Son víctimas de la pobreza y la ignorancia del medio, terminan como bolas guachas. Violeta Parra pensó que con su carpa iba a tener una solución monetaria, éxito, y nada. Martín Cerda creyó que después del Golpe venía un buen momento para él, y no fue así. Aparentemente era de derecha, pero tenía una sólida formación marxista, sus temas eran los del estructuralismo francés, dejaba perplejos a mis contemporáneos. Vivió un exilio en Venezuela, le fue muy bien, pero cuando volvió, lo agarró el desengaño.

El famoso pago de Chile.
Tienen que pasar muchos años para que se reconozca a la gente acá. Con Gabriela Mistral, por ejemplo, no hubiera pasado mucho si el gobierno de González Videla no se hubiera preocupado de conseguirle el Nobel. Salvador Reyes logró que Paul Valéry la tradujera por plata. Y Europa venía saliendo de la guerra, no había país ni autor que premiar, tampoco podían dárselo a un norteamericano. Entonces buscaron en otro lado. No sé si alguna vez se ha hablado de esto, pero me parece claramente una movida política, que siempre las hay en los premios. Para qué abundar en eso.

Marín se niega a volver a hablar del Premio Nacional de Literatura, del que ha sido candidato los últimos años y que supone ya no va a recibir. Tampoco quiere contar su vida, que deja para la literatura y, si es íntima, para callado: “De la historia secreta no se habla”, dice irónico. El resto está en sus novelas. Allí se consigna que Marín es hijo único de un matrimonio mal avenido entre un señor de vieja raigambre chilena y una hija de inmigrantes italianos que se instalaron entre Buenos Aires y Santiago. Cuando niño, y luego de joven estudiante, vivió varios años en la capital argentina junto a su madre. Entremedio estuvo en Chile y pasó por la Escuela Militar: ahí se encontró de lejos con un antipático oficial joven, Augusto Pinochet. De los rigores marciales ha escrito en las novelas Las cien águilas y Carne de perro.

Según cuenta en Antes de que yo muera, fue Buenos Aires la ciudad que lo marcó hacia la literatura. Allá conoció como profesor a Jorge Luis Borges, de quien dice haber aprendido lo que quería hacer: “La escritura era un espejo del mundo, donde hallaba en sus páginas los rostros del ser, transfigurados en valientes, en meditabundos, pero en su habla cotidiana, sin salirse del yo. Abundan los giros sobre la vida inmediata”. Como Borges, Marín transfigura a los hombres con la letra y prefiere hablar de los detalles que confluyen para que sucedan las cosas. Por eso, para contar cómo fue que empezó a escribir, tiene que hablar del comunismo de los años 60, de la China de Mao y de Enrique Lihn, su amigo literario más entrañable y perdurable.

¿Cómo ingresas al mundo literario?
Me empecé a destacar a través de un concurso de cuentos de El Siglo, entonces un diario importante, de circulación nacional, dependiente del Partido Comunista. Pero tuve una ruptura con ellos, por eso postulé al concurso con pseudónimo, Venzano Torres, que es el mismo que luego uso en las novelas: son los segundos apellidos de mi madre y demi padre. Yo estaba totalmente fascinado con Mao. Eso aquí se consideró traición, porque, ya se sabe, la tendencia del Partido Comunista chileno era pro Unión Soviética. Y los chinos, que tenían orejones, espías, me ofrecieron irme a China a trabajar, con mi mujer y mis dos hijos. Y partimos. Una vez allá, recibí una carta de Enrique Lihn que me contaba que había ganado el concurso y que todos sabían que era yo. Quedó la grande.

¿Te echaron del partido?
No, yo ya no militaba. De vuelta en Chile trabajé con Enrique en la revista Cormorán, pusimos con Juanita, mi mujer, una pequeña librería. Cuando ganó Allende yo tenía mucho escepticismo, pensaba que tal como estaban las cosas había dos posibilidades: Allende podía ser un héroe o un traidor. Pensé que iba a ser traidor, pero fue un héroe, mantuvo su postura, siendo duro en su último año.

¿Qué te parece la investigación actual de su muerte?
Me duele mucho. La teoría de los dos balazos –que primero hubo uno de arma corta y luego otro con el fusil que le regaló Fidel– es muy difícil de creer. Sería penoso que a última hora la figura de Allende quedara trajinada. Da pie a que esos viejos figurones de derecha digan que en la izquierda se mataban entre ellos. Mira, hace unos meses se me ocurrió un cuento sobre un tema que hacía tiempo venía dando vueltas. Se llama “El último minuto”, y es sobre el momento cuando Allende le dice a su gente que baje, que él va enseguida. Va a ser el último cuento del libro, un final dramático. La última frase, después del balazo, es “Y cayó la noche”.

Para Marín la noche fue larga. Tras el Golpe de Estado, tuvo que irse exiliado: se enteró de que lo andaban buscando a pesar de tener un primo de apellido Sessa, ligado a Patria y Libertad, cuya historia contó en la novela La segunda mano. Partió a México, donde le fue muy bien como editor y escritor, pero terminó en Barcelona, donde se estableció considerando que era una ciudad más tranquila para que sus hijos, Germán y Arturo, fueran a la universidad. De su vida en la bullante capital del boom latinoamericano prefiere ni acordarse –ya lo hizo en La ola muerta–, aunque fue allí donde se puso a escribir en serio, donde comenzó a fraguarse el novelista de fuste que es hoy. “Estuve esperando mucho tiempo a que terminara la dictadura, hasta que un día me cabrié. Ahí caí en un aislamiento enfermizo. Empecé a escribir la trilogía, la historia de mi familia, que me hizo retrotraerme a principios de siglo. Me sumergí en un pasado que no era mío, que tuve que inventar”.

Cuando se acabó la dictadura, Marín decidió volver: “Me di cuenta de que acá tenía temas. Inmediatamente me surgieron cosas nuevas. Empecé con El palacio de la risa, sobre la Villa Grimaldi, me puse a trabajar intensamente, me volví loco. Venía con un aburrimiento, una lata, un doble exilio. No, mi lugar estaba en Santiago. Acá, además de trabajar como editor, ya no paró de escribir”.

Cuando regresaste del exilio Chile era otro país, del que has sido muy crítico.
Desapareció el sentido de la amistad, todo era más frío y distante. Entendía esto pensando que la gente había quedado tras la dictadura con un ánimo de sospecha respecto a su prójimo. Después de tantos años la gente estaba cachuda. El chileno era más díscolo, le costaba mirar a los ojos, jamás te enfrentaba. Creo que esto se instaló en Chile; la gente hoy es menos dada, menos entrañable, quedó algo del soplonaje. El país se ha ido recogiendo. Hubo un momento en que Chile era visitado por extranjeros más o menos eminentes, en todo orden de cosas, de memoria puedo nombrar a Graham Green o François Mitterrand. Chile era un país interesante y hoy es solo un lugar de turismo.

Has dicho que es un país de ratas grises.
Tiene recursos económicos, rentabilidad, pero sigue siendo muy pobre, material y culturalmente. No puedo creer que esté al borde de pegar el salto, como dice el señor Piñera, en cuatro o cinco años más. Jamás. Mira el clasismo que persiste: la vieja clase aristocrática murió en los 70, pero la nueva adquirió un tono nuevo, falsamente populista. Para verla basta abrir las páginas sociales de los diarios: ahí están con sus privilegios de riqueza y belleza. Y la famosa clase media ascendente sube en la medida que sirva al poder. Si no, ahí no más se queda, en Ñuñoa hilando babas.

¿Y qué piensas de los escritores chilenos?
Fuera de un par de figuras, la mayoría me parece prescindible, aunque los autores aparezcan como grandes nombres. Hoy me interesa la crónica, allí hay escritores como Roberto Merino y Rafael Gumucio. Me gustan mucho los cuentos de Bolaño, creo que es difícil que alguien llegue a su nivel. Al principio no lo había apreciado lo suficiente, por ese rechazo que uno siente cuando los medios se dedican a santificar a un autor. En comparación, los escritores de hoy no tienen estilo, no saben inventar ni descubrir los temas. Leo a veces novelas chilenas en vez de ir al sicoanálisis, porque me ayudan sicológicamente, me provocan una autoafirmación.

Pero tú también eres un referente para los escritores jóvenes. ¿Qué consejo les darías, ahora que eres jurado del concurso de cuentos Paula?
Hay que tomar el lápiz y escribir. Tanta porquería hay publicada y premiada, gente como Skármeta, como Ampuero. Hay oscuros laberintos que recorren las editoriales y los agentes literarios. Pero tú dices que hay gente que me sigue: yo te digo que no me buscan. Hace dos años, desde que me fui de la editorial donde trabajaba, vivo bastante retirado. Puede ser que a veces me irrite la gente, sobre todo los que opinan sin tener idea de nada. Pero yo doy un rechazo total, los dejo hablando solos, evito caer en la agresión. Hablo con un par de amigos, salgo un poco a caminar, termino en la plaza de la Municipalidad de Providencia. Voy a un café próximo, el Marisol, chiquitito, donde a veces pasa Alfredo Jocelyn Holt, que es vecino mío. Se para, conversamos un rato, sigue su camino. De repente hay una mujer que conocí por casualidad, inválida, pariente de José Donoso, conversamos. A veces la acompaño en su silla de ruedas, ella se queda absorta. Hablamos de nimiedades, noto que se aburre, yo también, y nos despedimos. Sobre esa mujer estoy escribiendo.

¿Otra novela?
Se llama El Palermo. Es un hotel de la calle Catedral. Hay un personaje que inventa un hotel, está escribiendo sobre él, y al mismo tiempo tiene su propia vida. Hasta hace poco era funcionario de la Biblioteca Nacional y se ha retirado por motivo de salud. Sufre de dolores en la pelvis cuando camina, a las dos cuadras se agota, tiene un radio vital muy reducido. Por eso inventa el hotel y relata la vida del administrador, de los huéspedes, que son más o menos permanentes, gente de pocos recursos. El tercer piso es para parejas, el segundo, para los residentes. En un capítulo relata la novela, luego vuelve su dolor de espalda y va a la plaza a encontrarse con la inválida. En eso estoy.

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