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1 diciembre, 2017
orla

Héroe de lo íntimo

Es de Puerto Montt, hijo de padres comunistas y de niño se sentía llamado a ser terrorista: secuestrar aviones y hacer estallar bancos. La literatura vino a cambiar eso. Conocido por ser el traductor de Allen Ginsberg al español, acaba de publicar Cuaderno Esclavo, un diario íntimo que arranca cuando termina con su novia. .

Por Carola Solari / Fotografía Carolina Vargas


Paula 1240. Sábado 2 de diciembre de 2017. Especial Navidad.

Cuaderno Esclavo comienza así: “Estaba sentado en un bar de la Plaza Ñuñoa esperando a E para pactar el término de nuestra relación”. El narrador trabaja haciendo traducciones en una empresa minera, ha estado juntando plata para hacer un viaje por América con su pareja, pero unas líneas después la relación se rompe. Solo y sintiéndose melancólico, acepta la invitación de un amigo que vive en Brasil para visitarlo. Lleva a ese viaje muchos libros y su cuaderno donde anota sus vivencias, pero también sus reflexiones y recuerdos sobre el amor, los amigos y muchos autores, músicos y películas. Todo escrito de manera fragmentada, como una suerte de arcos narrativos que cuentan pequeñas historias.

¿Ese viaje ocurrió?
Sí.

¿La ruptura con la novia también?
También.

¿Todo es autobiográfico?
La situación está exagerada por motivos literarios porque este quiebre no fue particularmente dramático. Fue triste, como todas las separaciones y tuvo que ver con proyectos distintos: esta polola, a sus 24 años, quería tener hijos a como dé lugar.

¿Y tú?
Yo tenía 27 años y quería escribir. No era mi momento para tener hijos.

Rodrigo Olavarría tiene 38 años. Es soltero, no tiene hijos. Vive en una casa antigua donde no hay comedor ni sofás ni mesa de centro. Todo el espacio del living está tomado por su quehacer: el escritorio junto a la ventana, la enorme pared cubierta de libros en inglés y castellano donde hay autores que se repiten: Allen Ginsberg, James Joyce, Herman Melville. Es traductor literario y escritor. Estudió dos años Derecho en la Universidad de Concepción y Literatura en la Universidad de Chile. Su primer libro, una autoedición, fue un poemario llamado La Noche Migratoria, que publicó en 2005. El segundo, la novela Alameda Tras las Rejas (2010), también está escrito como un diario íntimo que habla del desamor, pero desde el desgarro. “Me gusta la idea que hay detrás de los diarios de vida. Cuando uno abre un libro común y corriente lo lee como literatura. Y cuando uno abre un diario de vida es casi como si te estuvieran susurrando en el oído. Es más cómplice”.

No viene de un mundo ligado a la literarura. Nació en 1979 y pasó toda su infancia en dictadura en Puerto Montt. Sus padres –él contador, ella dueña de casa– eran militantes comunistas, clandestinos.

¿Qué significó en tu infancia que ellos fueran comunistas?
Fue heavy. Desde los 5 años pasaba metido en peñas, sindicatos.

¿Ellos eran bien activos?
Súper. Mi mamá trabajó para la Vicaría de la Solidaridad y me acuerdo tener 6 o 7 años y andar con ella en auto por localidades muy pequeñas, yendo a casas de gente a la que le habían matado un hijo o un hermano y nunca más aparecieron. No había información de esas personas.

Tú la acompañabas. ¿Qué más recuerdas?
Tengo un recuerdo vivísimo. Teníamos un auto muy chiquitito, íbamos por un camino de tierra muy pantanoso y llegamos a una casa muertos de hambre y frío. Nos sirvieron té y huevos revueltos con cebolla: la comida más rica de mi vida. Y de ahí mi mamá entrevistando a esta gente con su grabadora, tomando notas.

¿A tu mamá la detuvieron alguna vez?
Dos veces. Una cuando yo tenía 7. A mí no me ocultaron nada. Estaba consciente de lo que estaba pasando porque yo también tenía que guardar silencio de algunas cosas: había “tíos” que llegaban y se quedaban una noche en la casa y luego seguían su camino. En mi casa conocí a varios miembros del Frente. Sé que gente que huyó de la cárcel pública en 1991 pasó por mi casa. Es como parte de toda la historia de la familia.

¿Y toda esta infancia, el tema político, cómo te permeó?
La política estaba siempre presente. La violencia del Estado también. Recuerdo a (Sergio) Buschmann, sentado en mi casa, contando cómo lo torturaban (…). Después del atentado a Pinochet la cosa se puso violenta en nuestra casa. Nos intervinieron el teléfono, gente de la CNI empezó a tirar animales decapitados afuera de nuestra puerta: gatos, perros, más de una vez. Yo salía hacia el colegio y me encontraba con estos animales ahí.

¿Y qué te pasaba con eso?
Lo bloqueaba. Era como niño fuerte. Iba a buscar a mi papá y él era muy valiente. Recuerdo haberlo mirado desde la casa cómo metió al perro en un saco y caminado por la calle, pasó frente a la camioneta donde estaban los CNI, y lo botó a la basura.

Y ahí tú como niño, ¿cuál era tu sensación?
Sentía que tenía un llamado. Pero era como un llamado a ser un terrorista: secuestrar aviones, hacer cosas como poner bombas, matar a todos los fascistas. Mi fantasía era completamente anarquista destructiva, ni siquiera comunista.

Tenías rabia.
Sí. La literatura cambió completamente eso.

Aullido 

¿En qué momento entró la literatura?
Los libros siempre estuvieron en mi casa: Oscar Wilde y Manuel Rojas los leí antes de los 10. Pero pasó que llegó un momento en que mi mamá se fue (a Santiago) y yo terminé viviendo con mi viejo; pasaba mucho tiempo solo. Entonces una muy amiga de mi mamá, le propuso a mi papá que me fuera a vivir con ella: la Cathy Hall, una antropóloga gringa.

¿Por qué ella fue importante?
Ella me dijo: “¿Quieres aprender inglés?”. Respondí que sí. Acto seguido empezó a hablar solo en inglés. Ella era una mina muy bacán, que estudió a fines de los 70 en Estados Unidos y a comienzos de los 80 en Inglaterra. En términos literarios y musicales las influencias que tenía eran increíble: la primera vez que escuché Patti Smith, The Cure, Iggy Pop, The Smiths, fue con ella.

Te abrió la cabeza.
Y me mostró muchos libros. Su casa estaba llena de libros. Me regaló On the Road, de Jack Kerouac, que me leí en inglés a esa edad, entendiendo el 65%, pero había algo en la libertad de la prosa y en el lirismo que me pareció hermoso. Después me pasó a Allen Ginsberg y me fui a la mierda.

¿Ahí empezaste a traducirlo?
Tenía 15, escribía poemas, escuchaba punk. Y se muere Ginsberg el 5 de abril de 1996. Yo nací el 5 de abril; para mí había ahí un significado. Unos poetas del sur que conocía me dijeron: “hagámosle un homenaje”. Y traduje a Ginsberg para ese homenaje. Después, cuando estudiaba Derecho en Concepción, me puse a traducir su poema Aullido, pero relajadamente. Y cuando llegué a estudiar Literatura en la Chile, un amigo poeta me pidió esa traducción para publicarla en una revista literaria online de la Chile. Antes de dársela, fui a revisarla con Rodolfo Rojo, un profesor de Literatura Inglesa, que fue súper generoso conmigo.

¿Y cómo fue que Anagrama te reclutó como el traductor oficial de ese autor?
Un día recibí un llamado de Jorge Herralde. No tenía idea quién era. Contesto y me sale un viejo español: “Hola, soy Jorge Herralde, el editor de Anagrama”. Pensé que me estaban hueviando, pero fue como “¡wow!”. La historia es larguísima, pero él había conocido a Ginsberg quien le había dicho que la traducción al español de Aullido era pésima y lo hizo comprometerse a sacar una buena. Se muere Ginsberg. Pasan años. Y de repente en la editorial descubren esta traducción mía publicada en una página de la Universidad de Chile. Me dijo: “Creemos que es inmejorable”. Sentí que me bañaba una luz beatífica.

¿Qué edad tenías cuando ocurrió ese llamado?
25 años. Antes de eso yo era un joven poeta chileno, como un millón. De pronto pasé a ser el traductor de Ginsberg y fueron saliendo otras traducciones: la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, Sam Shepard, Patti Smith, Ezra Pound.

¿Qué estás traduciendo ahora?
A una poeta gringa feminista, Eileen Myles. Y dos libros alucinantes: Soft Machine, de William Burroughs y Benito Cereno, de Herman Melville, que son dos planetas distintos.

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