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16 noviembre, 2017
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Hijo de…

Desde el hippismo de fines de los años 60 hasta el endeudamiento de este tiempo, pasando por el tabú de las separaciones en los 70, el exilio de los 80, la masificación del Sida en los 90 y la explosión del narcotráfico de 2000 en adelante. Aquí los fenómenos sociales y políticos de estos 50 años en voz de hijos que no eligieron, muchas veces, la historia de sus padres..

Por Claudia Godoy L. / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Carla Fogliatti


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Década de los 70
Hija de hippies (en la foto)

Era octubre de 1972 y los padres de Paloma Balmaceda (39) decidieron cambiar sus vidas y, sin pensarlo, la de sus descendientes. Ambos venían de familias muy conservadoras, pero como muchos hijos de clase alta se vistieron con poco y dejaron la comodidad de sus casas para conectarse con la tierra. “Fue muy a lo Palomita Blanca. Mi papá tenía 18 años, mi mamá 19 y escaparon de Santiago para llegar a un lugar donde no había ni caminos”, contextualiza Paloma, la segunda de los tres hijos de este matrimonio de hippies que les sacaron canas verdes a sus familias. “Aunque igual se casaron antes de vivir juntos. Mis abuelos estaban felices, pero todo era totalmente fuera de su concepto”, recuerda de aquel momento de quiebre total en la sociedad chilena.

La localidad elegida fue Ucún, cerca de Vichuquén. Allí Paloma y sus hermanos –Blanca y José– vivieron en una casa de adobe, sin conocer la televisión, sin juguetes tradicionales y observando cómo un pajar era convertido en un lugar de meditación donde un gurú guiaba a sus padres y hacían avena en la mañana. “Mi mamá nos tejía todo. Yo tengo fotos con chalecos de lana apelmazados y un pantalón de cotelé. Jamás usé calcetines con vuelitos o vestidos a cuadrillé. La verdad, nunca necesitamos nada más”. Paloma recuerda que a veces iban a la casa de sus primos a mirar cómo vivían, pero nunca encontró rara la opción que habían tomado sus padres. “Cosechaban la tierra, tomaban el bote e iban a Llico para hacer trueque en el único almacén que existía. Siempre fue una vida distinta al resto, vivíamos con lo mínimo”.

Ver a los abuelos no era fácil. En cuatro años los visitaron dos veces y aprovechaban de llevarles a los niños una caja con “cosas del mundo”. Un mundo que en ese momento había vivido el quiebre democrático, y la vida en comunidad era mirada de forma extraña por la vecindad. “Era raro ver a estas guaguas rubias con sus papás que aprendían técnicas de sembradío junto a los campesinos. Era una suerte de comunidad que rompía con todos los esquemas y donde los militares no llegaban porque era de difícil acceso”.

Cuando debieron entrar al colegio se trasladaron a Santiago, al sector de El Arrayán. Su primera experiencia fue incómoda, en el Lincoln International Academy. “A mí me mandaban una manzana o verduras para el recreo y, a los demás, barritas o golosinas. Nosotros comíamos legumbres y los otros ostentaban con otro tipo de comidas. No me sentí cómoda”. Sus padres debieron cambiar a los niños de colegio, no había cabida para quienes miraban el mundo con más simpleza. “Mi papá era el idealista y mi mamá tenía mano verde (todo lo que plantaba se daba), no nos daban remedios, comíamos todo prácticamente sin intervención, cero comida procesada y estamos hablando de la década del 70”.

La elección de vida de los padres de Paloma marcó a toda la familia. Los tres hijos viven hoy fuera de Santiago e hicieron sus propias casas. Paloma construyó un hotel autosustentable, Cuarzo Lodge, y un colegio alternativo donde estudia su hijo Inti, sin televisión al igual como fue con ella. “Les agradezco a mis padres porque fueron visionarios y pudieron plasmar en sus hijos su visión de vida y nosotros traspasarla a los nuestros”. Instagram: @oma_chile

Década de los 70
Hija de padres separados

Eran niñitas bien, como se catalogaba en la década del 70 a quienes pertenecían a las llamadas familias bien constituidas y acomodadas. Cuando Francisca Sánchez (48) debió entrar a kínder, ella y sus hermanas fueron matriculadas en un colegio católico, del Opus Dei. También su único hermano. “Nos pasaban lista con los dos apellidos”, recuerda recitando el nombre de sus compañeras de memoria.

Junto a su madre y sus tres hermanas, vivían en uno de los mejores barrios de Santiago. Su padre trabajaba en el campo y solo lo veía los fines de semana.

Día a día, Francisca comenzó a recibir una enseñanza muy estricta en el colegio. “Debíamos ir a misa todos los días y si no comulgábamos nos mandaban a confesarnos”, dice. Incluso recuerda que, cuando se confesaba, el sacerdote le preguntaba por qué no había recibido el cuerpo de Cristo en tres ocasiones en alguna semana. “Yo no sabía qué decir. Aunque no me inquietaba, en ese entonces todos nos juntábamos en la misa del domingo, así era en la mayoría de los colegios tradicionales”.

Los siguientes cinco años fueron marcadores para el resto de su vida, no solo porque sentía “temor de Dios”, sino porque de un día para otro sus padres se separaron. “En esa época nadie te avisaba que los papás se iban a separar, menos preguntaban tu opinión”, recuerda con un dejo de conflicto. “Fue doloroso porque no era común en el ambiente donde nosotros nos movíamos. Pensé que era distinta al resto”. Era aquel Chile donde de cada 100 parejas que se casaban, solo dos se anulaban.

No pasó ni una semana y su madre reunió a sus cuatro niñitas y les advirtió que debían tener cuidado porque “sin un papá en la casa la gente iba a hablar”. Francisca recuerda patente la sentencia de su madre y finalmente la de su entorno.

“Mi mamá nos protegió del llamado ‘qué dirán’, recuerdo perfecto el dicho que nos repetía: ser separada es ser ‘suelta’, y viuda, santa”.

El colegio no le dio respiro, era la única de su curso con padres separados y no tardó en llegar la pregunta incómoda e impertinente de una tutora: “¿Tus papás duermen en la misma pieza?”. Francisca aún parece sorprenderse con esta consulta que no supo cómo contestar.

Su incomodidad la traspasó a sus compañeras y amigas. Cuando iban de visita a su casa y preguntaban por su papá, ella les decía que estaba en el campo. “En esa época a las mujeres separadas no las invitaban a las casas y mi mamá siempre estuvo sola. Nos protegió, jamás vimos un pololo suyo. Fue muy cuidadosa y delicada en ese sentido, nos quería dar lo que ella consideraba un ejemplo”.

La incomodidad se terminó cuando el colegio llamó a la madre de Francisca y la invitó a retirarla: “Le dijeron que yo no me amoldaba a lo que el establecimiento quería de mí”, una simple excusa sentencia Francisca, la más rebelde de todas. Solo una de sus hermanas se graduó ahí.

Años después esta hija de separados de los años 70 se casó con un divorciado 14 años mayor y pudo matricular a su hija sin problemas en un colegio tradicional. “En el mismo colegio que me acogió a mí, pero no era lo común en esa época. Lo que yo viví, lo vivieron mucho hijos de separados en colegios católicos”.

Década de los 80
Hijo de exiliados

Cuando Nicolás Aguilera (37) cruzó por primera vez junto a su madre la cordillera chilena entendió que algo importante estaba ocurriendo. Tenía 10 años, hablaba español con un claro tono francés y jamás había pisado nuestro país. “Nunca se me podrá borrar de la memoria. Venía sentado junto a mi mamá y ella lloraba y lloraba cuando desde el avión comenzamos a ver las montañas nevadas de la cordillera”, recuerda como si estuviese ocurriendo hoy aquel instante en que la familia fue autorizada a volver a Chile después de un largo exilio de más de 15 años.

Su padre era un reconocido periodista de izquierda cuando fue detenido y llevado a diversos centros de tortura. Nicolás no había nacido pero la historia la conoce muy bien porque es parte de la radiografía que ha marcado a su familia desde aquella época. “Hizo el tour completo hasta que fue liberado y salió de Chile rumbo a Francia. Se instalaron con mi mamá y mi hermano en Burdeos, en unos bloques de departamentos. Yo nací allá, pero siempre escuché de Chile y de que algún día volveríamos”. Era el discurso recurrente de todos los chilenos que Nicolás conoció en aquella época.

Su niñez transcurrió entre el juego con amigos de todas las nacionalidades y las reuniones políticas que sus padres hacían. “La añoranza era vivida a diario. Ese es un sentimiento que estuvo siempre muy arraigado en mi entorno. Viví 10 años anclado físicamente en un país pero sabiendo que algún día me tendría que ir”.

Era la época de las cartas y los cassette grabados para saber de la familia en Chile. A sus abuelos los vio una sola vez en esos 10 años, así que cuando llegó al aeropuerto y un familión de más de 30 personas los esperaba para abrazarlos y tocarlos, Nicolás no entendía, ni sentía, nada. Era un grupo de gente extraña que, se suponía, tenía que querer. “No había ninguna relación ni sentimiento familiar, ninguna relación de amor, simplemente era”, relata con tranquilidad, tratando de buscar en sus recuerdos alguna emoción relacionada con su llegada.

Camino a la casa de sus abuelos, este hoy odontólogo se encontró con un país “pobre y seco” en comparación a los espacios de Burdeos. Pero lo que más le llamó la atención en esos primeros días eran los almuerzos familiares de cada fin de semana. “La familia extendida era algo nuevo para mí, pero lo más complicado fue vivir en la casa de mis abuelos; era ajena, no era mi hogar. Me daba vergüenza abrir el refrigerador con libertad”.

Sus padres se preocuparon de la integración y lo matricularon en el Francisco Miranda, un colegio no tradicional donde iban muchos hijos de retornados y donde los alumnos podían ir sin uniforme, como en Francia. “Igual me molestaron por mi acento, me costaba la R”, se ríe de aquel tiempo en que debió pasar de niño a joven. Su enseñanza media la cursó en la Alianza Francesa donde comenzó a notar que en Chile había diferencia en las clases sociales. “Existían tres grupos: los hijos de exiliados, los hijos de franceses y los hijos con plata”.

Cuando Nicolás tuvo identidad política apareció la rabia, logró entender lo que le pasó a su familia y especialmente a su padre. “Me puse bien de izquierda, bien extremo, esa extraparlamentaria. Fui a protestas, a los actos del 11. Pero nunca milité en algún partido”. Hoy se define cercano al Frente Amplio, se casó con una hija de exiliado y tiene dos hijas de 5 y 3 años. “A ellas tengo que explicarles por qué su familia debió salir del país. Lo más difícil es decirles quién fue Pinochet”.

Década de los 90
Hija de padre con Sida

Tenía apenas 6 años cuando María José León (26) debió caminar tras el féretro de su padre, en el entonces novedoso Parque del Sendero. Era la década del 90 y nadie se atrevía a comentar que estaban enterrando a un enfermo de sida. Un par de años después, debió asimilar una historia que hasta hoy la ha marcado y convertido en una activista y, de paso, pilar de su hogar. “Tengo que ser fuerte, he aprendido a transformar el VIH en algo positivo en nuestras vidas”, trata de ocultar que está a punto de quebrarse: hoy su madre está condenada a muerte.

Después del cementerio, María José no entendía por qué su mamá debía seguir yendo al hospital y ser sometida a diversos exámenes. “La gente murmuraba, pero nunca me decían nada”. Finalmente su madre debió confesarle lo que estaba ocurriendo. María José tenía apenas 10 años. “Cuando me enteré, me dijeron que era un secreto de familia”. Precisamente ese secreto significó el quiebre con su abuela paterna.

Durante los años en que su padre estuvo enfermo e internado, Marcela, su madre, se mantuvo fielmente a su lado, cuidándolo. Era el amor de su vida. El único. Incluso cuando los médicos le confirmaron que estaba contagiado, a pesar del shock inicial, siguió de pie a su lado. “Mi mamá pensó que mi papá había sido infiel, pero esa no era toda la verdad”.

A los 13 años María José debió enfrentarse a un nuevo secreto que la familia de su padre guardaba desde antes que se casara con su mamá. “Cuando me enteré que mi papá era bisexual y que se prostituía fue demasiado fuerte. Sentí que toda mi vida y la de él era una mentira”. Estaba entrando en la adolescencia y debía comenzar a relacionarse con los hombres, a enamorarse, a saber lo que era sentirse querida. Pero su mundo estaba completamente dado vuelta.

Desde ese momento la razón de ser de ella y su madre fue comunicar que las mujeres pueden ser víctimas pasivas de una enfermedad oculta y en esa época penada moralmente. “Repartía volantes, iba a las charlas, acompañaba a mi mamá a gritarle al mundo lo que el VIH podía provocar”.

Pero le quedaba aún una sorpresa, al hacerse miembro de Frena Sida (organización que ayuda a los contagiados de VIH) encontró una foto de su padre fechada en 1993. Ese año –cuando María José tenía apenas 2 años– ya tenía el virus. “Lo peor es que mi abuela paterna y parte de su familia lo sabían y lo ocultaron. Nunca le dijeron a mi mamá. Ella nunca tuvo el derecho de elegir”.

Hoy María José le pide a su pareja que se haga el examen de Elisa al menos dos veces al año; ayuda a amigos homosexuales a cuidarse y acompaña fielmente a su madre que padece un cáncer cérvico uterino, producto del virus papiloma humano contagiado por su marido. “Cuando veo a mi mamá sufriendo y desangrada, me da rabia, porque finalmente mi papá se convirtió en el asesino de mi madre. Y tengo que vivir con eso”.

Década del 2000
Hijo de narco

Siempre había gente extraña en su casa, cámaras de seguridad por todos lados y jamás pudo invitar a algún amigo. Menos, hacer un carrete. Ese es el recuerdo que tiene Sebastián (24, quiere proteger su identidad) de su niñez en La Pintana. “Tenía como 8 años cuando me empecé a dar cuenta de todo. Cuando uno es hijo de traficante, los mismos niños empiezan a esquivarte, los vecinos tienen miedo porque hay un respeto por el narco”.

El poder de la droga no lo sintió realmente hasta pasado los 15 años. Fue entonces cuando lo material comenzó a tener más sentido. “Cuando fui creciendo, comencé a sentirme poderoso porque empecé a tener cosas, auto, a salir a discoteques. Pero también descubrí las grandes peleas, las rencillas entre grupos”.

También probó la droga. “De hecho, estuve muy metido en la falopa, jalaba todos los días en la adolescencia, tenía la droga ahí. Sacaba, consumía, vacilaba. Tenía acceso a todo: plata, lujo, auto, droga, si la tenía ahí, sacaba unas bolsitas y no se notaba”.

Para Sebastián era un mundo lleno de contradicciones. Sabía que tenía acceso a cosas que los demás en el barrio no tenían, pero el riesgo que vivía a diario no logró aguantarlo por mucho tiempo. “Uno ve la gente que te llega a cobrar, la cantidad de dinero, los problemas, las peleas, balazo para allá, balazo para acá. No es fácil y no sé cómo será en otros, pero en mi caso no fue fácil. Nunca me gustó esa vida, y yo tenía que estar ahí porque eran mis papás y tenía que respetarlos, pero cuando cumplí la mayoría me fui”, comenta recordando la primera vez que dejó su casa.

La salida del ambiente le duró poco. Sus padres cayeron detenidos y, por ser el mayor de cinco hermanos, cuando cumplió 21 años debió hacerse cargo del negocio familiar y volver a La Pintana. “Uno siempre está con el miedo que puede llegar la policía, que te vengan a reventar, te vengan a mexicanear, te vengan a quitar la droga, uno no duerme bien, uno no descansa, no come bien, no vive bien, siempre hay que estar pendiente de que no te falte la plata”, recuerda de aquella época en que se convirtió en el jefe del clan mientras su madre cumplía 18 meses y su padre, tres años detenidos. “Lo tuve que hacer por obligación. Mis hermanos eran chicos y había que mantener la casa, había que ir a ver a la mamá y al papá a la cárcel, lo que genera gastos”.

Sebastián no reniega de la droga y sabe el daño que los traficantes les hacen a las personas. Lo que más le duele es que, para sus padres, el tráfico siempre fue prioridad. Incluso uno de sus hermanos está cumpliendo una condena de cinco años por matar a un amigo estando drogado. “Te sientes abandonado y tirado, te llenan con plata pero no tienen tiempo para ti. No te preguntan: ‘Hijo, ¿qué te pasa?’, ‘hijo, esto o lo otro’. No pueden salir de la casa, no hay tiempo para uno”.

Este hijo de narco no quiso seguir con la misma vida de su familia y hoy vive solo, puede traer amigos a su casa y caminar por la calle sin miedo. “La vida del tráfico no te genera nada: hoy puedes tener todo y mañana nada. Hoy día puedes estar bien y mañana con una bala en la pata. Es fome ser hijo de traficante, porque, aunque yo no soy igual que ellos, estoy marcado para siempre”.

Década del 2010
Hijo de endeudados

Estaba acostumbrado a que algunos meses le cortaran la luz y otros el agua o el gas. Julio Santana (27) no logra recordar algún día en el que “las lucas” no fueran tema en su casa. “Siempre estaban jugando con la línea de crédito. Mis papás gastaban más de lo que tenían”, verbaliza con tranquilidad su diagnóstico de una niñez y juventud que incluso terminó con el episodio, hasta hoy, más triste de su vida: la muerte de su madre.

Sus padres eran dueños de una empresa de seguridad, decidieron comprar una casa y cambiar a sus tres hijos de un colegio municipal a uno particular. “Mis viejos reflejan mucho lo aspiracional de la clase media chilena, siempre querían darnos lo mejor a nosotros. Hubo épocas muy buenas, donde nos íbamos de vacaciones, y otras muy malas, donde abríamos el refrigerador y no había mucho para comer”, recuerda este joven periodista sin ningún tono de reproche ni amargura por lo que le tocó vivir en la última década en la que, según Adimark, los chilenos no tienen el ahorro como prioridad y las compras de bienes de consumo durable aumentaron un 19%.

Pero los veranitos económicos comenzaron a escasear cuando Julio y sus hermanos entraron a la universidad. Sus padres gastaban más de 1 millón de pesos en aranceles, transporte, comida y todo lo que significa que tres hijos se mantuvieran en la educación superior. “Comenzó a ser estresante darse cuenta que estaban mal con las lucas. La crisis más dura comenzó el 2010. Habían agotado todas las instancias de crédito y mi papá entregó la empresa a su socio, creyendo que pronto se recuperarían”. Era el comienzo del fin.

A pesar de los problemas económicos, Julio notaba un optimismo extraño en el hogar. “Mis papás eran voluntaristas. Creían que bastaba con desear algo y todo se iba a solucionar. Nunca nos dijeron directamente que las cosas estaban tan mal. Era un optimismo falso, poco aterrizado”.

La realidad les golpeó la cara cuando el banco anunció que, por no pago del crédito, la casa en que vivían sería rematada. No había salida. Fue ahí cuando Julio debió enfrentar la peor de las pesadillas: en abril de 2013 su madre sufrió un infarto cardiaco y falleció. El banco debió suspender el remate, pues ahora existían herederos. “Yo creo que mi mamá se sacrificó por nosotros y gracias a ella no estamos en la calle”, reflexiona Julio.

Hoy, él mantiene a su padre y a sus hermanos, a pesar de ser el menor, con su sueldo de realizador audiovisual. No tiene tarjetas de crédito y se declara con fobia a la plata: tiene un rechazo “estomacal” a las deudas y la única que mantiene es la universitaria. Lamenta que aún no puede respirar tranquilo, pero declara con orgullo que “desde que yo mantengo la casa nunca nos han cortado nada”.

 

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