Historia sin papeles
4/10/16 Boston, MA -- Portrait of Daniela Bravo in front of the Massachusetts State House in Boston, April 10, 2016. Bravo came to the US in 2000 and studied anthropology at UMASS Boston and is one of the 11.5 million illegal immigrants living in the US. Erik Jacobs for the Boston Globe

Reportajes y Entrevistas

Historia sin papeles

Por Guillermina Altomonte / Fotografía: Erik Jacobs

La chilena Daniela Bravo hizo noticia en junio de 2012 cuando la revista Time la retrató en su portada junto a otros 35 inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Ese mismo mes Obama firmó una acción ejecutiva que suspende las deportaciones para millones de jóvenes inmigrantes. Desde entonces Daniela estudia y trabaja legalmente, pero su lucha está lejos de terminar. Desde Boston les toma el pulso a las políticas migratorias y a la campaña electoral, y cuenta por qué ya no se identifica como una “dreamer”.

Paula 1207. Sábado 27 de agosto de 2016.

La historia que sigue la podrían contar unas 12 millones de personas en Estados Unidos y muchísimos millones más en todo el mundo, incluyendo Chile. Pareciera que Daniela Bravo (28) es consciente de eso: a veces empieza a hablar de ella para enseguida pasarse al plural e hilvanar su vida con las de otros: las de todos los otros inmigrantes indocumentados. Está sentada en un luminoso espacio abierto en la University of Massachusetts Boston, en la que está terminando la carrera de Antropología. Los ventanales de varios metros de alto dejan ver el mar agitado por una tormenta de comienzos de primavera.

Su vida es normal en muchos sentidos. Todos los días viaja a la oficina donde trabaja en la universidad, desde Revere, la localidad en la que vive al norte de Boston; un lugar donde se juntan comunidades de latinos, asiáticos, árabes. A ella le encanta: está cerca del mar y la diversidad de culturas le ha hecho valorar mucho su propia identidad latina. De hecho, es voluntaria en una organización local que trabaja ayudando y empoderando a mujeres inmigrantes.

Revere también tiene sus problemas. A veces la policía hace redadas y detiene a personas sin papeles, lo que las pone en alto riesgo de deportación. Aunque a Daniela nunca le ha tocado una, es el tipo de cosas que le recuerda que su vida no es la de cualquiera.

Daniela Bravo está indocumentada desde que llegó a Estados Unidos a los 12 años. A los 20 se empezó a involucrar en movimientos estudiantiles que peleaban por una reforma migratoria en Estados Unidos. El 14 de junio de 2012 la revista Time publicó una nota firmada por el periodista filipino José Antonio Vargas, ganador de un Pulitzer, quien un año antes había “salido del clóset” como inmigrante indocumentado. La portada de la revista, que se hizo famosa, titulaba: Somos americanos sólo que no legalmente. Entre los 36 rostros fotografiados en la tapa estaba Daniela.

Al día siguiente el Presidente Obama anunció la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA): una acción que temporalmente exime a jóvenes indocumentados de ser deportados. Antes que se anunciara el DACA los movimientos por la reforma migratoria tenían el ojo puesto en el Dream Act: un proyecto que permitiría, a jóvenes indocumentados que llegaron antes de los 16 años, postular a una residencia condicional y eventualmente residencia permanente, pero fue rechazado en el Senado en 2010. El proyecto les dio el nombre a los famosos “dreamers”.

Daniela pudo obtener un permiso de trabajo luego de que en 2012 Obama emitiera una acción ejecutiva que eximía a los inmigrantes llegados antes de los 16 años de ser deportados. Sin embargo, si sale de Estados Unidos no puede volver a entrar. “Me gustaría ir a Chile a ver a mi abuelita de 89 años y a mi nana Sylvia, que me cuidó en mi infancia”, dice.

Desde que se anunció el DACA unos 700 mil jóvenes se han acogido al programa, que les permite obtener permisos de trabajo. Daniela Bravo está entre ellos. En estos cuatro años que han pasado desde la fotografía en Time su vida ha cambiado radicalmente. Ahora tiene un carné de identidad del estado de Massachusetts, que le permite viajar sin problemas en avión (dentro del país). Pudo entrar a trabajar tiempo completo en el Mauricio Gastón Institute for Latino Community Development and Public Policy de su universidad, cursar su carrera sin pagar matrícula y ganarse la vida. Ya no tiene miedo de ser deportada y, si quisiera, podría manejar un auto con licencia. Todo esto hubiera sido imposible hace cinco años.

Pero también siente que el triunfo de DACA es amargo. Por un lado, no significa que Daniela sea “legal”, tenga derechos de ciudadana ni acceso a una visa. O sea: si sale del país (sin un permiso que se llama Advance Parole) no puede volver a entrar. Y lo principal es que el programa deja afuera a la enorme mayoría de los casi 12 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, incluyendo a su mamá. “Yo ya no me identifico como dreamer. Porque esta categoría deja afuera los sacrificios de nuestros padres. Es como que están poniéndoles culpa a ellos por habernos traído. Y mis padres no hicieron nada malo”, reflexiona.

En spanglish, Daniela explica cómo es vivir indocumentada en Estados Unidos. Por ejemplo: cualquier infracción que para un ciudadano sería muy menor, como pasarse una luz roja, para un inmigrante es muy grave. Significa que le pueden pedir que muestre sus papeles; de ahí a la deportación hay un camino corto, sobre todo en algunos estados más intolerantes. Hoy por hoy, ella se siente segura gracias al DACA. Pero la acción ejecutiva no es ley, o sea que puede ser revocada fácilmente: algo que Daniela teme dada la retórica que permea la campaña presidencial en Estados Unidos, con un candidato que ha afirmado que deportaría a los inmigrantes indocumentados y que quiere construir un muro en la frontera con México.

Hablemos de Donald Trump.
Mira, en mi opinión, Trump es muy inteligente. Porque no tiene filter, él te dice lo que se le viene a la cabeza. Históricamente los políticos son… hay un término en inglés que dice “wishy-washy”, Hillary Clinton es muy así.

¿Ni chicha ni limoná, como diríamos en Chile?
(Se ríe). Claro. Pero Donald Trump dice lo que piensa. Dice que va a sacar a los inmigrantes musulmanes, que va a identificar a los que están aquí porque se supone que son terroristas. Dice que no está opuesto a los inmigrantes pero que quiere que la inmigración sea “done right”. Pero, ¿cómo se puede hacer la inmigración “correctamente” cuando estás siendo perseguido por cosas religiosas, cuando estás tratando de huir de guerras y conflictos, de pobreza? ¿Cómo puedes hacer “immigration done right” si Estados Unidos no quiere dar visas de refugio? Yo creo honestamente que si la inmigración pudiera ser hecha “correctamente”, todos lo haríamos. Trump está vendiendo estas ideas que son muy atractivas.

¿Por qué ha prendido tanto en un país que se supone que es desarrollado?
Este es un país muy racista. Con Donald Trump esas creencias han encontrado apoyo. No es él, es lo que ha creado. Y yo podría decir que si gana me voy a Chile, pero no. Este país es mi casa, y yo voy a pelear para que estas cosas no sean toleradas.

Salir del clóset
Daniela nació en Villa Alemana. Creció allí junto a sus padres, su hermana, abuelos. Su papá trabajaba en una concesionaria de autos y su mamá trabajaba en una compañía relacionada con computación. Cuando Daniela tenía 3 años su padre decidió migrar a Nueva York, donde tenía conocidos, en busca de un mejor futuro: el sueño americano, como le dice Daniela. Trabajó limpiando baños, luego encontró trabajo en restoranes, se fue a vivir a Boston. Le mandaba plata a su familia y consiguió su green card, que permite trabajar legalmente pero no otorga ciudadanía.

Daniela llegó junto a su madre y hermana en el año 2000 a reunirse con su papá; nunca regularizaron sus papeles porque las políticas se endurecieron mucho luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001. En ese entonces vivían en el barrio de Cambridge, de gente acomodada. Daniela no tardó en darse cuenta de que las cosas eran diferentes para ella. Sus padres le dijeron que nunca le contara a nadie de su situación migratoria. Su madre, que en Villa Alemana tenía una profesión, en Boston solo podía trabajar haciendo pegas informales donde no le pidieran papeles, como trabajos de limpieza y cuidado de niños. Daniela empezó a escuchar cómo sus compañeros de colegio discutían a qué universidad irían, pero ella no podía tener becas ni préstamos de ningún tipo, ni del gobierno ni de la universidad. No les contó a ninguno de sus amigos la verdad. “Yo me veía como ilegal entonces sentía vergüenza. Tuve una crisis de identidad muy grande, donde negaba mis raíces. Y culpaba a mis padres: les decía ‘¿por qué me trajeron aquí y me pusieron en esta situación?’”.

4/10/16 Boston, MA -- Portrait of Daniela Bravo in front of the Massachusetts State House in Boston, April 10, 2016. Bravo came to the US in 2000 and studied anthropology at UMASS Boston and is one of the 11.5 million illegal immigrants living in the US. Erik Jacobs for the Boston Globe

Daniela nació en Villa Alemana y su padre emigró a Estados Unidos cuando ella tenía 3 años. Ella llegó a ese país a los 12 años, con su madre y hermana, para reunirse con el papá, pero no pudieron regularizar sus papeles porque las políticas se endurecieron mucho luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Su papá murió en 2006, el mismo año que ella se graduó del colegio. Como el padre era el único de la familia con permiso legal de trabajo, la economía del hogar se volvió mucho más complicada. Daniela trabajó como cajera, lavando platos, de mesera, siempre en lugares donde no pedían papeles. En el 2008 le vino una depresión grande y terminó en el hospital. “En esa época dije: ¿para qué voy a seguir estudiando si no voy a poder ir a la universidad? Yo vivía en ese hopelessness, que no tenía futuro. Entonces ese es el diario vivir: pensar que no tienes un futuro. Sentir que no eres a constructive citizen, que no contribuyes aquí, que no eres nadie”.

Fue entonces que una asistente social le habló de una organización que se llamaba Student Immigrant Movement. “Y para mí ese fue el remedio para mi depresión. Por primera vez me sentí empoderada”.

He leído que se hace un paralelo entre admitir públicamente que uno es indocumentado y salir del clóset.
¡Es lo mismo! Como yo había ocultado esto por mucho tiempo, sentía que era la única persona indocumentada en todo el país. Pero en esa organización todos estábamos en el mismo bote y mis compañeros entendían lo que es ser indocumentado. Empecé a educarme sobre las leyes y cuáles eran mis derechos, y fue gracias a esa organización que llegué aquí a la universidad. Empecé a estudiar con mucho esfuerzo: yo me pagaba dos cursos al semestre.

¿Fue una movida estratégica de los dreamers enfocarse solo en los jóvenes indocumentados que estudian?
Nosotros queríamos el derecho de estudiar, más que nada: poder estudiar y no tener que pagar tanto. El derecho de calificar a becas, pagar matrícula local y no como si fuéramos extranjeros. Esas cosas son dignas, son cosas que nosotros nos merecemos. Vivimos aquí, hemos crecido aquí toda nuestra vida. Y ahí es donde fuimos a muchas protestas en Washington, y gracias a nuestro apoyo en 2012 salió DACA.

¿Cómo fue ese momento?
Me acuerdo que me llamó alguien de la organización, me dijo Daniela, prende tu televisor ahora que Obama está hablando. Vi el anuncio y dije qué felicidad. Estaba sola en mi casa y lo primero que hice fue llamar a mi mamá. Le dije “mamá, mira, salió esto, nos van a dar un permiso de trabajo y ya no nos pueden deportar”. Y ella me dijo “ay, qué bueno, ¿pero es solo para los jóvenes?”. Y le dije “sí”. ¿Y sabes qué me dijo mi mamá? Me dijo: “no importa, mijita, así bien chileno, no importa mijita, mientras tú estés feliz, yo estoy feliz”. A mí me dio mucha tristeza.

Vida post dreamers 

Al DACA solo pueden postular personas de hasta 31 años que llegaron a Estados Unidos antes de los 16, han vivido en forma continua en el país por al menos 5 años desde el año 2007, no han cometido ningún delito menor, y están en el colegio o tienen un diploma escolar. Por eso, paulatinamente Daniela se ha ido desencantando del programa y del movimiento de los dreamers. “Yo creo que el DACA ha creado divisiones. Es como decir ‘no deporten a un dreamer pero sí pueden deportar a la niñera’, ¿me entiendes? Estoy totalmente en contra de eso. Un sistema migratorio en que la ley no es la misma para todos crea categorías de ‘buenos inmigrantes’ versus ‘malos inmigrantes’”.

Y ahora se está proponiendo el DAPA, que es lo mismo pero para los padres…
El DAPA sería que si tú tienes un hijo que nació en los Estados Unidos, tú puedes calificar al mismo estado que tengo yo: un permiso de trabajo que me libera de las deportaciones. Pero también crea divisiones, mi mamá por ejemplo no podría postular a eso porque yo no nací aquí. Todas estas pequeñas órdenes ejecutivas son, como yo les digo, parches curita: no resuelven el problema de fondo.

“Estados Unidos es un país muy racista. Con Donald Trump esas creencias han encontrado apoyo. Yo podría decir que si gana me voy a Chile, pero no. Este país es mi casa, y yo voy a pelear para que estas cosas no sean toleradas”.

¿Qué tipo de ley migratoria te gustaría?
Esa pregunta es complicada. Necesitamos una ley migratoria que sea… (suspira)… que no deje a algunos afuera y a otros adentro. Necesitamos que la gente pueda venir, cambiar su estatus legal, tener trabajo y un camino a la ciudadanía. En verdad, una ley migratoria que se ajuste a lo que está pasando globalmente y ponga atención a por qué la gente migra. Todos los migrantes vienen aquí por diferentes razones y diferentes circunstancias. En muchos casos la gente que llega quiere trabajar, tener su negocio, y construir sus vidas aquí. Quieren asegurarse un futuro un poco mejor, no es que vienen aquí a agotar recursos.

¿Aunque no te identifiques con los dreamers, sigues siendo parte del movimiento de jóvenes indocumentados?
Cuando hacen eventos aquí en el campus voy, pero no estoy con ellos siempre. Me empecé a enfocar más en los verdaderos challenges que los inmigrantes con documentos o sin documentos tienen en este país, como la discriminación racial. Y cuando me gradúe quiero hacer un doctorado en toma de decisiones y políticas públicas. Quiero seguir con los temas de inmigración y salud mental pero más desde la investigación. Estoy interesada en saber por qué las cosas no cambian, más que ir a marchas.

¿Qué cosas aún te pesan ahora que puedes estudiar y trabajar?
No poder votar. No tener una voz en este país. Yo puedo hacer un millón de protestas pero el hecho de no poder ejercer mi derecho a votar, a mí me mata. De solo pensar que Donald Trump puede ganar por un voto, ¡ay, no!

¿Y te afecta no poder salir del país?
¡Obvio que me afecta! Yo quisiera ir a Chile a ver a dos personas muy importantes: a mi abuelita de 89 años y a mi nana Sylvia, que me cuidó en mi infancia. Me encantaría ver a mi familia, ver el lugar donde crecí, sería bacán. Pero este país es mi casa. Siempre digo que soy una chilena americanizada.

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