El hombre que pudo resolver el caso Matute

Reportajes y Entrevistas

El hombre que pudo resolver el caso Matute

Por Texto y fotos: Roberto Farías

Desde 1999 cuatro jueces y dos equipos especiales de Carabineros y la PDI investigaron la desaparición del joven Jorge Matute Johns. Elaboraron todo tipo de tesis pero no resolvieron el caso. Hoy, que se conoce que hubo pistas clave que fueron ignoradas, emerge la figura de un discreto policía penquista que tuvo a los culpables en la mira. Nunca lo tomaron en serio. Hasta ahora.

Paula 1249. Sábado 21 de abril de 2018. Especial Madres.

El miércoles 28 de marzo pasado, el subprefecto de Investigaciones retirado, Carlos Stuardo (57), se asomó desde su departamento en Villa Spring Hill en Concepción y contó a 12 periodistas bajo su ventana. De inmediato supo de qué se trataba.
La noche anterior, la jueza Carola Rivas, quien desde 2014 investiga la desaparición de Jorge Matute, había difundido sus conclusiones del caso en un video del Poder Judicial, en el que reconoce que en la causa hubo una cantidad insuperable de errores provenientes de una falta de coordinación y conocimiento de las policías a cargo y de los celos profesionales. Y que, sin embargo, lo que tenía un detective de Concepción que seguía el caso, a 10 días de la depararición, “calza, enlaza perfectamente con lo que entregan los datos científicos: a Jorge le dieron un fármaco en un trago para que perdiera su conciencia; eso fue relatado por dos testigos a los 10 días de desaparecido Matute y, no obstante ello, no generó línea de investigacion”, señala en el minuto 32 de la grabación. Poco antes, en el mismo video, la jueza afirma que ese detective “fue maltratado” y que esa línea de investigación que llevaba, “fue prohibida de ser investigada y ni siquiera se puso en conocimiento de la jueza de la época”. Y que en cambio sí se siguieron “líneas de investigación irracionales”.
Le digo a Stuardo: “Policía retirado y menospreciado, es el único que puede resolver un caso. ¡Yo he visto esa película antes!”.
Con una sonrisa amarga, responde: “Yo también. Sabía que ese momento iba a llegar. Tarde o temprano iba a poder contar esta historia”.
Solo que tardó 19 años.

La carpeta azul

El sábado 20 de noviembre de 1999, por la noche, el entonces inspector de la Brigada de Investigaciones Criminales de Concepción, Carlos Stuardo, recibió en su escritorio la orden del 23 Juzgado del Crimen de Concepción de investigar la presunta desgracia de Jorge Matute Johns.

Stuardo tenía 38 años y era un policía con experiencia. Había estado en Ovalle y Santiago donde había resuelto una buena cantidad de homicidios, incluso el de un matrimonio que llevaba 30 años desaparecido. Había regresado a su región natal hacía 6 años, porque es de Curanilahue, donde su padre era dueño de un hostal.

–En esa época se dejaban pasar 48 horas para investigar, así que comenzamos a reunir antecedentes como quien no quiere la cosa.

La discoteca La Cucaracha estaba camino al aeropuerto donde ahora hay un gimnasio. Cerca de 300 asistentes a una fiesta electrónica con free pass vieron esa noche a Jorge acompañado de dos mujeres jóvenes en la barra. Mucho más tarde, lo vieron despedirse y salir ebrio hacia la puerta.

–También vieron o supieron de dos o tres peleas en la noche, cosa que era habitual en La Cucaracha. Pero no lo vieron participar en ninguna.

Stuardo investigó esas peleas y un supuesto herido de camisa celeste (similar a la que Jorge llevaba esa noche) y lo descartó. Investigó a los dueños del lugar, Bruno Betanzo y su mujer Carmen Sereño, así como la tesis de un amigo sordo de Jorge que dijo que había estado secuestrado junto a él.

–¡Mentira! Era para ocultar que lo habían detenido por ebriedad en esa noche. Bastaba con ver el libro policial.

La participación de los guardias en la desaparición también la sondeó.

–Eran guardias nuevos y ninguno tenía una especial lealtad con el dueño para llegar a tal nivel de complicidad (como para hacerlo desaparecer), porque ya estábamos hablando de alguien que no aparecía hacía una semana…

Concepción se empezó a llenar de carteles que decían: “Devuelvan a Coke”.

–Se empezó a complicar la cosa, –recuerda Stuardo.

Le asignaron un equipo de cuatro detectives y un experto en secuestros que llegó de Santiago. Pero no tenían nada.

–Empecé a investigar qué era La Cucaracha. ¡Qué había ahí que no lograba ver!

Como esos detectives de antaño, Stuardo usaba impermeable y recorría la noche fumando. Había limpiado los prostíbulos y cabarets de delincuentes. Era amigo de la Tía Olga, la famosa regente penquista. Hacía redadas solo para ganarse por las buenas al rudo ambiente de la noche.

–De esos informantes vino la pista: el 2 de diciembre un homosexual declaró, bajo reserva, que en La Cucaracha era habitual que hombres mayores fueran en busca de jóvenes: les regalaban un trago con droga (que inhibía su voluntad) y se los llevaban para abusar de ellos.

Un mes antes un joven había aparecido perdido en Playa Blanca camino a Coronel. Tomó un trago que le regalaron en La Cucaracha y tenía borradas las últimas 24 horas.

En una carpeta azul, sencilla, con forro plástico reunieron esas pistas. Uno de sus detectives, Herwin Rojas, le escribió encima: “Hojas de Parra” para referirse a la droga que desconocían.

–Reunimos cuatro testigos que confirmaban la historia: hicimos una lista de 19 hombres con doble vida u homosexuales que frecuentaban las discos. Eran deportistas, dueños de fundos, profesionales.

Discretamente, el equipo de Stuardo los comenzó a investigar. Los sospechosos organizaban fiestas en parcelas privadas. Algunos venían de Los Ángeles, Chillán y Temuco a las discotecas de las afueras de Concepción. A veces ni siquiera entraban, decían los testigos, sino que les bastaba esperar en los estacionamientos (donde se carreteaba en paralelo) hasta que algún joven ebrio no tuviera cómo regresar a su casa.

–Y, por lo que supimos, la madrugada en que desapareció, Jorge no tenía dinero. Esa mañana debía cobrar su sueldo en Expocorma, donde garzoneaba mientras estudiaba Ingeniería Forestal.

Nunca fue a buscar el cheque.

–A los 10 días tenía dos policías infiltrados en ese grupo, conviviendo con los que yo creía que podían ser los culpables. Ni se imaginaron que eran policías… Estábamos muy cerca –asegura Stuardo.

Mientras, en las calles, las campañas por Coke arreciaban a nivel nacional. “El primer desaparecido en democracia”, peroraban.

Apremios y teorías

A fines de diciembre de 1999 el director general de Investigaciones Nelson Mery envió a Concepción al jefe de la Brigada de Ubicación de Personas, inspector Héctor Arenas, para resolver el caso con un grupo de 8 policías. Venía con la notoriedad de haber investigado al Comando Conjunto.

De inmediato se produjeron roces entre los policías locales y los de Santiago.

–Arenas sacó a mis policías infiltrados y se abocó a investigar las peleas de esa noche donde todos esos cabros (Carlos) Alarcón, (Óscar) Araos y otros más, pagaron el pato. Los tuvo presos entre Navidad y Año Nuevo, para quebrarlos, –dice Stuardo. –Pero todo era inventado.

Eran un grupo de amigos con cierta rivalidad con el grupo de Jorge Matute. Eran jóvenes de clase alta –igual que Jorge–, hijos de empresarios y profesionales de la zona. Se decía que un rayón en un auto había gatillado una pelea.

La pelea existió pero Jorge no formó parte de ella.

El 5 de marzo de 2000 hubo una primera marcha multitudinaria entre la Corte de Apelaciones y la Catedral. Se rumoreaba que había policías involucrados.

–Un día llego y me llaman a la dirección. Arenas me encara frente a todos los jefes (de Brigadas) y me dice: “¿Dónde estuviste la noche del 19 de noviembre?… porque mi camioneta aparecía en un motel cercano la noche que desapareció Coke. ¡Me puso a mí como sospechoso!

Interrogaron a Stuardo. Hicieron declarar a su amante, sabiendo que era casado. Su familia se fue a las pailas. Lo convirtieron en el hazmerreír al interior de la policía.

A fines de 2001 los jóvenes de la pelea fueron procesados por obstrucción a la justicia, pero en 2006 fueron sobreseídos.

En el video del Poder Judicial en que la jueza Carola Rivas entrega sus conclusiones, señala en el minuto 12:27 que los testimonios de los jóvenes, tomados entre Navidad y Año Nuevo, fueron obtenidos con bastante presión y que algunos refirieron que fueron golpeados. “Personalmente creo que se vulneraron sus derechos. Se los mantuvo incomunicados, algunos de ellos aislados. Porque no me imagino que de haber sido ellos, siendo tan jóvenes (tenían entre 17 y 21 años) hubieran podido resistir tantos apremios que buscaban quebrarlos emocionalmente”. La jueza también afirma que en sus relatos “vi mucha presión en sus declaraciones y manipulación de testimonios”.

Hoy, los siete jóvenes piensan presentar una querella por daños y perjuicios y lesa humanidad. Uno de ellos hasta debió cambiar de nombre para evitar el desprestigio que le causó.

El caso seguía estancado. En 2001 Carabineros envió al mayor Andrés Ovalle a investigar. Su tesis fue que por celos el dueño de La Cucaracha, Bruno Betanzo, había ordenado a su guardia apodado El Oso darle una paliza y se habría sobrepasado, causando su muerte y escondido el cuerpo.

Un año después, el mayor Ovalle fue sancionado por su institución cuando se reveló que había manipulado a un falso testigo para acusar a Betanzo.

Hubo otras tesis que se manejaron: de carteles de drogas y del carbón, de políticos involucrados.

“Todas esas tesis y rumores se basaban en pistas falsas y hasta irracionales”, afirma la Jueza Carola Rivas en el video. También señala que, a su vez, los policías que venían de Santiago “tenían cero conocimiento de la realidad de la entretención de Concepción en esa época: qué tipo de asistentes concurrían, qué tipo de drogas se utilizaban como entretención sin ser cocaína y marihuana”.

En la PDI de entonces, los detectives que no adscribieron a la tesis de Arenas fueron alejados del caso. Stuardo asegura que continuó pese a todo, hasta que no pudo más.

–Después de todos los malos tratos que recibí, me dieron dos días de arresto,
–continúa Stuardo. –A fines de 2001 pedí que me sacaran del caso.

Lo enviaron al “cuarto de las escobas”, como dicen los funcionarios públicos. Lo trasladaron a Talcahuano. Lejos del caso Matute.

Tres noches y el mismo fantasma

12 de febrero de 2004. Obreros que remueven un deslizamiento de tierra en el km  22 del camino a Santa Juana encuentran un cuerpo vestido de camisa y jeans.

Stuardo cuenta que les preguntó a sus colegas de qué color era la camisa. Le respodieron que celeste. “Es Coke”, pensó.

–No sé si para humillarme o burlarse (ya que no era parte del caso) mi jefe me mandó tres noches de punto fijo a custodiar el sitio del suceso.

Tres noches en vela. Recordó otros casos que resolvió junto al río. Un hombre que disparó un balazo en la cara a una pareja que tenía sexo en el camino. El de Elenita, una niña de 5 años asesinada por su padrastro. El de Kathy, una secretaria desaparecida dos meses y que había sido enterrada en un predio.

Creyó sinceramente que con el hallazgo del cuerpo se iba a cerrar el caso. Coherente con su investigación, los peritajes del SML determinaron ausencia de lesiones que avalaran las tesis de la paliza o la muerte en una pelea.

–Ahora hay descanso en el lugar. La gente hace ofrendas y Coke hace favores, –dice Stuardo.

Voy con él a visitar la animita. La lluvia le empapa el impermeable y le corre por su grueso cuello de jinete de rodeo. Suspira en medio de la carretera.

–Yo sabía que iba a aparecer en estos caminos. Antes aquí había cero control. Siempre tuve la sospecha de que iba a aparecer en Santa Juana.

Quedaba la duda de qué droga habían usado.

Hojas de parra

En el año 2014 se iba a cerrar la causa por segunda vez. El juez Jaime Solís aceptaba exhumar el cadáver para ser periciado por el químico forense español Aurelio Luna, quien había participado en las autopsias a Frei Montalva y Pablo Neruda.

En 2014 apareció el cuerpo de Matute y la exhumación descartó científicamente la tesis de la golpiza y en cambio mostró presencia de un barbitúrico: el pentobarbital. Poco después, un detective que trabajó con Stuardo le contó a la jueza Rivas que ese primer equipo de policías había seguido esa pista y juntado la evidencia en una carpeta azul que titularon “Hojas de Parra”. Stuardo declaró 4 veces ante la jueza cuando esa información se reveló.

Cuando seis meses después la jueza Carola Rivas asumió el caso, recibió los resultados. En el 2015 se filtró a la prensa que Jorge había muerto por una ingesta letal de pentobarbital. Un barbitúrico.

Stuardo entonces se había fracturado el codo en 12 partes y pedido el retiro.

¿No quiso acercarse a declarar ante la jueza?

No, yo no quería saber nada del caso. Me daba rabia. Al principio la familia se había portado bien, pero luego (del tema del motel) también me hicieron a un lado.

Sí se acercó un antiguo subordinado de Stuardo, Herwin Rojas. Motu proprio en abril viajó desde Antofagasta e informó a la jueza Rivas que cuando comenzaba su carrera había seguido la pista de hombres que drogaban a jóvenes en La Cucaracha y que bautizaron a esa droga con el nombre “Hojas de Parra”. Le habló de la carpeta azul con ese título.

¿Entonces Arenas nunca informó a la jueza anterior (Flora Sepúlveda) de la carpeta Hojas de Parra?

Por lo visto, no. Yo no sabía que no figuraba en los tomos que recibió esta señora (Carola Rivas). Parece que Arenas desde el comienzo la guardó. La encajonó.

20 días demoraron los hombres de la jueza Carola Rivas en encontrar la carpeta arrumbada por 16 años en el cuartel de la PDI de calle Angol, en Concepción. Por cuatro meses la jueza Carola Rivas trató de ubicar a Carlos Stuardo.

–Sinceramente no quería saber nada. Estaba hastiado. Me desaparecí a ver si se cabreaban. Hasta que me hicieron llegar un nuevo recado: “Si no se presenta…”.

Cuatro veces declaró durante 2015. Le preguntó a la jueza: ¿Me va a creer? ¿Sí o no?

Parece que sí le creyó.

Ella dice que cercó el grupo de 19 hombres a 12. Cinco de ellos están vivos y 7 fallecidos. ¡Y justo entre esos, estarían los culpables!, –remata con un tonito de incredulidad.

Es experto en off the record. A señas dice que no está de acuerdo.

–Acusar a los muertos es la salida fácil, ¿o no?, –dice.

Quizás… ¿O sea que usted cree que entre los vivos estarían los culpables?

Vuelve a sus señas de mimo.

¿No cree que ese grupo de homosexuales “de estatus social alto” influyó para que no los siguieran investigando?

¿Cómo influir? ¿En los jefes dice usted? No. Porque nunca supieron que los estábamos investigando… Nadie sabía. Ni los superiores.

La jueza Carola Rivas afirma en el video que entrevistó a los 5 sobrevivientes y no encontró elementos para inculparlos. Y que no puede revelar los nombres de los fallecidos para no vulnerar sus derechos, porque nunca fueron interrogados ni oídos. Le pregunto a Stuardo si todavía reconoce a las personas que siguió.

–Claro. Uno siempre sabe. Son deportistas, se cuidan. Algunos todavía carretean a pesar de la edad: 65, 70 años. Se dejan ver por ahí. Otros cambiaron totalmente: vendieron las parcelas, cambiaron su estilo, todo. No sé por qué.

¿No lo inquieta que anden por la calle, impunes?

No sé si impunes. A lo mejor se les pasó la mano nomás, o el cabro se opuso, o lo dejaron en el camino y se cayó… no lo sé. No lo sabemos. No sé si algún día se va a saber.

Trato de sacarle algún nombre. Pero es infranqueable.

–¡No insista! ¡Si ni a la jueza le di los nombres de los que yo creía! Le dije a ella: “Investiguen ustedes. Solo volvería a investigar si me pidieran disculpas y me pagaran mucha plata…”.

En el minuto 32 del video difundido por el Poder Judicial, la jueza Rivas afirma: “Con lo que tenían (Stuardo y sus cuatro policías) a 10 días de desaparecido Jorge, se podía llegar a la verdad”.

La familia de Jorge Matute quedó truncada por su desaparición y muerte. Las vidas de media docena de jóvenes semidestruidas por acusaciones falsas de policías que investigaron por ansias de éxito. El dueño de La Cucaracha, Bruno Betanzo, vivió desde entonces cambiándose de ciudad y murió en 2017 sin poder rehabilitar su nombre.

Es más de mediodía en Concepción y por fin la niebla se ha levantado. A Stuardo el apetito lo devora y me invita a una de sus picadas favoritas. Su nombre lo dice todo: Los Villanos.

Seguir leyendo