El rescate de la calle

Reportajes y Entrevistas

El rescate de la calle

Por Marcelo Mendoza / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Daniel Pacheco

Es uno de los filósofos más importantes del país y ha construido un pensamiento donde el protagonista es el ciudadano de a pie que transita por la urbe. Hoy, cuando las protestas por la educación se toman las calles, Humberto Giannini aboga por un cambio radical. “Esta democracia no es verdadera”, sentencia.

“Los filósofos son los que hacen las preguntas”, advierte de entrada, con esa sonrisa llana que lo caracteriza, sentado en el pequeño living de su casa, enfatizando que sus respuestas están cargadas de dudas. Y con esa misma humildad intelectual, ante las actuales protestas ciudadanas por el estado de la educación, se pregunta con cierta perplejidad ¿qué es la educación? o ¿qué significa la calle para ser ciudadano?

–Me gustaría hacer un curso que se llame “¿Qué es la universidad?” –dice–. Hoy, la universidad es el campo propicio para la desigualdad y antes era todo lo contrario –observa con conocimiento de causa este profesor emérito de la Universidad de Chile. “Me premiaron jubilándome”, agrega con ironía, “porque ya no puedo seguir haciendo clases”. Lo que no es del todo cierto porque acaba de iniciar un curso de Ética en la Universidad Alberto Hurtado.

A sus impecables 84 años, Humberto Giannini es un fiel representante de la meritocracia que es producto, precisamente, de haber pasado por la educación pública. Premio Nacional de Humanidades, es hijo de la clase media, del liceo, de la universidad gratuita y de la provincia de Valparaíso, –pero más precisamente de la República Independiente de Playa Ancha–. Vive en una casa de Ñuñoa que también es de tamaño mediano, construida, cómo no, en la medianía del siglo XX. Es uno de los filósofos más relevantes del país y la sala de clases ha sido su hábitat de toda la vida: desde allí, y con varios libros fundamentales para tres generaciones, habla de la “filosofía de la cotidianidad”. El foco de su interés es el ciudadano de a pie que se desplaza por las calles.

Tal vez su gusto por la travesía se deba a que, al repetir en quinto año de Humanidades, su padre lo sacó del liceo y él se rebeló convirtiéndose en marino mercante: estuvo un año y medio viajando por alta mar, y jamás volvió a su casa familiar. La irrupción en las avenidas de la gente –fenómeno que reventó con las masivas manifestaciones en contra del proyecto HidroAysén, y que hoy persiste en forma de paros y multitudinarias marchas para pedir una educación pública– hacen que piense en la recuperación de una ciudadanía que ha estado devorada por la dictadura del consumo. Observa con asombro cómo esos consumidores aparentemente pasivos, en realidad estábamos cansados de ser reducidos a esa limitada condición.

JUSTA INDIGNACIÓN

Para convocar a las recientes manifestaciones callejeras se usaron las redes sociales. ¿Está de acuerdo en que internet ha hecho prescindir de la política representativa, permitiendo que los ciudadanos se convoquen horizontalmente?
Yo, de manera egoísta, evito las convocatorias virtuales, pero veo que ahora ha sido muy eficiente. Porque es una forma de encontrarse en la calle. Si hay un tipo de revolución será en la calle. Es ahí donde pasan las cosas, en lo público, no en lo privado. Si la tecnología sirve para llegar a la calle, se está usando bien. Entonces, me desdigo de mi actitud retrógrada, de no acercarme a estos medios virtuales, porque me doy cuenta que son maneras de reencuentro. Internet era una soledad que, ahora, de repente, se utiliza para lo contrario: para encontrarse, porque es una necesidad vital.

¿Las movilizaciones han mostrado que la política, hoy, no está en el Parlamento ni en el gobierno, sino en la calle?
Yo pienso eso. Surge la política sin representantes: la política directa, no representativa, porque en esa representación aparece un intermediario y con ello puede ocurrir que el producto sea falsificado. Es asumir la presentación de las cosas, no la re-presentación. Es una flojera del ciudadano sentirse como tal solo al dar su voto.

¿Y cómo interpreta estos nuevos movimientos sociales en Chile, después de 21 años de recuperada la democracia?
Tengo sentimientos encontrados. Por una parte, lo considero totalmente justo, ajustado a la sensación que hay de orfandad y aprovechamiento. Pero me acuerdo de lo que pasó a partir de los años 30 en Europa: cómo los partidos políticos no interpretaban en nada lo que sucedía y empezaron a surgir movimientos no dirigidos que llevaron a Europa a la catástrofe. Lo que ocurre ahora es distinto, pero supongo que los movimientos deben tener un cauce, organizarse con ideas que maduren y lleven a algo. Creo que la demanda por una universidad gratuita debe prosperar y encarnarse en ley.

¿Cuál es el argumento que sustenta la demanda?
En América se nace pobre por una razón histórica determinada y no se tiene derecho a cambiar. Si se dice que la libertad es un derecho, también es de nacimiento. Pero, además, la situación actual contribuye al individualismo: los estudiantes se endeudan en 50 millones de pesos y cuando se titulan y comienzan a trabajar solo piensan para sí: en pagar lo que deben y en generar recursos para sí, porque entienden que ese costo debe retribuírseles. Es muy perverso porque se obliga a no preocuparse de los otros, de la comunidad. No se puede privilegiar lo privado por sobre lo público: por eso el individualismo es la esencia de la nueva sociedad chilena.

Servet Martínez, Premio Nacional de Ciencias Exactas, dice que los ricos también tienen que estudiar gratis porque el Estado debe subsidiarlos para que estén en la misma sala con los pobres.
Es un muy buen argumento. Y yo también pienso que sí. No debe haber privilegios, ni a favor ni en contra.

Más allá del tema educacional, ¿cómo explica que la oposición a HidroAysén haya convocado tanto a la gente con manifestaciones que no han parado?
En Chile hemos ido perdiendo muchas cosas, y parece que lo último que se acepta perder son los elementos comunes esenciales, como la tierra, el agua, el aire… ¡Hace pocos meses se vendieron totalmente las sanitarias! Es una reacción de dolor por la pérdida de lo más inmediato del ser humano, como es la tierra y el agua. Y también una indignación al decir: esto ya es suficiente. No hay que confundir violencia con ira. Cuando la gente sale a la calle y a veces hace pedazos su propia ciudad no es pura violencia: es la ira por la marginación y por el arrebato diario; por los derechos que ha perdido. Es una rabia por injusticias acumuladas. La gente está atrapada. Esta es una democracia hipócrita. Y el silencio se empieza a romper. Yo quiero que se rompa la hipócrita democracia de los acuerdos.

Como filósofo de lo cotidiano, usted reivindica la calle, los trayectos, las conversaciones, los cafés y los bares. La cotidianidad está marcada por lo utilitario, por la transacción, y la plaza mutó por el mall. ¿Qué pasa con el espacio público hoy?
Al estar al servicio de los dictámenes de la oferta y la demanda, en el espacio público domina el comercio y en la ciudad solo se nos considera como consumidores. Pero consumir no es goce. Uno se pregunta ¿cuál es el goce de la ciudadanía hoy? Antes, era el encuentro, la amistad, el compromiso, todo eso era ciudadanía. Jovellanos decía en 1830, en una España muy eclesiástica: “La religión es algo íntimo, pero el liceo debe preparar para la buena ciudadanía”, no para trabajar bien o ser buenos empresarios. Si no hay calle no hay espacio público. En la calle todos somos iguales, sometidos a peligros, a encantos y a invitaciones. La calle es la travesía que tiene que hacer el individuo para ser un ciudadano. Las movilizaciones han servido para tomarse la calle: se ha rescatado la ciudadanía. Lo público es la salida de sí mismo.

También la manifestación callejera es fuente de jolgorio y desborde. ¿Qué pasa con la libido, con el deseo de los ciudadanos en la ciudad?
La casa de remolienda era un lugar escondido para ir a conversar, porque no solo era un lugar para ir a tener sexo. También era un lugar para desahogarse, expresarse. No se nos da. Una casa de remolienda era un buen lugar para eso. Porque somos un pueblo de difícil expresión. Tenemos un lenguaje muy reprimido. Chile es un país metafórico. Estamos llenos de palabras que disimulan otras. La señora dice que su marido “se las machuca”. Y uno pregunta: ¿qué se machuca, señora?.

FALSA DEMOCRACIA

Nunca hubo más Estados democráticos como ahora, y una economía globalizada sin alternativas. ¿El malestar ciudadano, en Chile y el mundo, da cuenta del fracaso de la democracia representativa?Algo está pasando en esta apariencia de que todos somos libres. Está faltando mucho sentido. No sé cuántos millones de personas viven en la miseria, no sé cuántos millones se destinan al campo bélico, cuánto se queda en la banca… La economía de mercado nos prometía libertad, pero vemos lo que ocurre y es muy distinto: se burla a la gente en su dignidad. Los casos de La Polar y de la colusión de las farmacias son síntomas de esa burla. La gente está atrapada, y eso es lo contrario de la libertad.

Todos los que acceden al poder hablan de cambio. Sin embargo, no cambian nada significativo. Es El Gatopardo, de Lampedusa: cambiemos todo para no cambiar nada.
Una sociedad conforme con ella misma admite el cambio dentro de la estabilidad. Y la derecha es la que ha tenido más fuerte la idea de la permanencia, porque está ligada a muchos intereses. Eso le impide llevar a la práctica los cambios que propone, porque van contra sus propios intereses. Efectivamente, la derecha chilena triunfó ahora con un lema de la UDI: la idea de cambio. Y habló de cambio para referirse a
la izquierda, que había prometido cambios espectaculares y no los hizo. Cuando se le exige un cambio, Piñera dice: sí, un cambio porque “la educación es un bien de consumo”. Con eso liquida toda honradez a sus palabras.

El cambio tiene que ver con la noción de progreso que se instala en la modernidad. ¿Es el cambio un valor en sí mismo?
¿Progreso hacia dónde? A América le hizo mal la ideología del progreso. Por ello nos olvidamos de los pueblos originarios, de lo que significa identidad y permanencia. ¿Progreso hacia un mercado libre? Mal para mí. Yo quisiera un real cambio de régimen, un cambio radical de las relaciones humanas, de las relaciones de poder, para llevar a cabo, finalmente, una democracia verdadera. Esta no es una democracia verdadera.

#Tags

Seguir leyendo