Ignacia Domínguez: “Me parece terrible que el prototipo de belleza sea tan acotado, que si uno se aleja de él seas catalogada como alguien que no es linda”

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Ignacia Domínguez: “Me parece terrible que el prototipo de belleza sea tan acotado, que si uno se aleja de él seas catalogada como alguien que no es linda”

Por Victoria Misito / Fotografía Mila Belén

Cuando chica su nariz nunca fue un problema. Se sentía segura consigo misma y sus parámetros para medir su amor propio no se relacionaban con el físico. Sin embargo, cuando fue creciendo, el resto la tildó de narigona. La confianza de Ignacia disminuyó, pero este hecho también la hizo más fuerte. Ahora sabe que su autoestima no se mide a través de la validación del resto. Que ella es mucho más que eso.

“Vengo de una familia de narigones. Mi mamá, mi papá y mis tres hermanos tenemos exactamente las mismas facciones. En mi infancia nunca fue un complejo porque jamás se me pasó por la cabeza que podía ser un defecto. Estaba contenta conmigo misma y la verdad es que no era tema mi físico. Como toda niña, me valoraba por otro tipo de cosas. Me importaba ser buena amiga, compartir con el resto, portarme bien. Además, como veía que en mi casa éramos todos iguales, no tenía con quién compararme.

Cuando crecí y entré a la etapa de la pubertad, me fui dando cuenta que algo pasaba con mi nariz. Me acuerdo que mis amigas -obviamente sin intención de hacerme daño-, me hablaban de la ñata. Ahí empecé a mirarme al espejo y a entender que mi rostro era diferente, que mis facciones eran distintas a lo que esperaba el resto. Lo interioricé y me sentí insegura. Sabía que había algo en mí que me hacía distinta y que podía prestarse para las burlas.

Me acuerdo que cada vez que comentaba que me sentía narigona, los demás siempre me respondían cosas del tipo: “pero con tu cara no se nota tanto”, “como eres alta, no es tan terrible porque todo lo tuyo es más grande” o “sí, sin embargo es una nariz linda, no es que tengas un hueso enorme salido”. Antes, escuchar eso era un alivio, pero ahora no entiendo por qué debía camuflar algo así, o porque nadie nunca me respondió “¿Y quién te dijo que eso era un problema?”

La aparición de las redes sociales hizo un poco más difícil el proceso de aceptación. Como uno no está todo el día mirándose de perfil, muchas veces se me olvidaba cómo me veía desde ese ángulo. Apenas aparecía una foto mía etiquetada, me fijaba que no estuviese capturada de perfil. Y si lo estaba, además de morirme de vergüenza, la eliminaba. Era un poco agotador, ya que cada vez que se prendía la cámara, tenía que estar pendiente de mirar de frente. También me acuerdo que en esa misma época, como cuando estaba en primero medio, se puso muy de moda tener un aro en la nariz. Yo soñaba con perforarme, pero muchas personas me aconsejaron que no lo hiciera porque iba a resaltar aún más esa zona de mi cara.

La verdad es que nunca me sentí menos atractiva por eso. Era extraño porque a mí no me importaba tenerla, pero sí me preocupaba que el resto se diera cuenta porque sabía que para ellos era catalogado como un defecto. El día que me puse frenillos, la dentista me dio un consejo que me quedó dando vueltas por mucho tiempo: “si uno anda con la boca cerrada, la gente nota que estás escondiendo algo. Y eso, llama mucho más la atención”. Terminé tomándomelo tan apecho, que nunca los escondí. De hecho, en casi todas las fotos de esa época salgo muerta de la risa mostrando mis dientes. Con mi nariz hice lo mismo. Y así fue como dejó de ser un tema para mí.

Ahora me encanta ser como soy. No digo que mi nariz no sea grande, pero no encuentro que el tamaño sea un problema. Y también creo que es súper básico definir mi autoestima en eso. Me parece terrible que el prototipo de belleza sea tan acotado que si uno se aleja de él, seas catalogada como una persona que no es linda. Yo sí me siento linda. Además, encuentro muy grave que el amor propio se base en la validación del resto. A mí me pasó y me da mucha pena que la percepción que tenía de mi misma cuando chica se haya visto alterada.

Pienso que los fundamentos para quererse deberían estar enfocados en sentirse físicamente y emocionalmente saludable. En estar conectadas con los sentimientos y el cuerpo, en no hacerse daño ni castigarse por cosas que no tienen sentido. Cuando uno está contenta, se nota. Y eso para mí es belleza.  Creo que todos deberían hacer el ejercicio de retroceder en el tiempo y acordarse cómo se sentían cuando eran niños, cuando no había nadie que les dijera cómo tenían que ser. Esa persona, libre de estereotipos, es la que vale la pena. Ojalá todos puedan reencontrarse con ella”.

Ignacia Domínguez tiene 26 años y es ingeniera comercial.

 

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