Infancia en tránsito

Reportajes y Entrevistas

Infancia en tránsito

Por Stefanía Doebbel / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner

Cuando aprendió a hablar, el hijo de Evelyn le preguntó si podía ser princesa. A los 5 años, la hija de Carolina entró a una liga masculina y le rogó para que la dejara cortarse el pelo como militar. Y a Matilde su hijo mayor, cuando tenía 8 años, le dijo que quería ser su hija. Estas son las historias de transición de tres niños transgénero y el camino de tres familias por entender la contradicción entre el cuerpo y la identidad de sus hijos.

Paula 1181. Sábado 29 de agosto de 2015.

SELENNA
–Mamá, ¿tú me perdonas?
– ¿Por qué, mi amor?
–Es que yo no soy niño, mamá, soy una niña.

Así, a los cuatro años, en el pasaje de su casa en Maipú, Selenna (6) –que en ese momento aún no se llamaba Selenna– le confirmó a su madre, Evelyn Silva, algo que ella sospechaba desde hacía tiempo: su hijo era una niña transgénero.

Selenna fue bautizada con un nombre masculino que su madre prefiere no revelar y pasó sus primeros años como el hermano menor de una familia de cuatro hijos: dos niñas y otro niño. Pero Evelyn supo desde muy temprano que su guagua menor era distinta. Aunque dormía en la pieza de los niños, partía gateando a la pieza de las niñitas. Los juguetes, la ropa, los colores: todo lo que elegía era femenino. Evelyn pensaba que tenía que ver con que quería imitar a su hermana de 5 años. Que era algo pasajero y que terminaría cuando entrara al jardín y se relacionara con otros niños. Pero no fue así.

El rol de los padres es fundamental en la transición de estos niños que sienten que su cuerpo no corresponde a su identidad de género. La madre de Selenna (a la derecha) aceptó desde muy temprano que tenía una hija trans y se asesoró para apoyarla en el proceso. Hoy dirige la Fundación Transitar, que reúne a once familias. A la izquierda, Matías sufrió mucho bullying en el colegio, pero sus padres siempre lo apoyaron.

“Su niño quiere ser princesa, señora”, le dijo la parvularia a los pocos días de entrar al jardín. Eso Evelyn ya lo sabía. Todas las noches, antes de acostarse, su hijo se quitaba el pijama, se ponía un vestido de sus hermanas y le preguntaba a su madre: “Mamá, ¿cuándo voy a ser princesa?, ¿cuándo voy a ser mujer?”.

En el jardín las cosas se complicaron aún más: el niño estaba aislado, no quería ir y cayó en una redada de enfermedades. Bronconeumonía. Amigdalitis. Faringitis. Asma. Estuvo 6 meses así, de un medico a otro, de antibiótico en antibiótico, hasta que el pediatra de la familia dio luces sobre el problema de fondo.

–Aquí hay algo raro. No puede ser que se nos enferme tanto. Cuéntame. ¿Hay algo distinto que tú veas en tu hijo?

Evelyn se lanzó a contarle que su hijo solo dibujaba corazones, que dejaba tiradas las pelotas y autitos que le regalaban, que se ponía la ropa de sus hermanas. No importaba que Evelyn le repitiera una y otra vez que él era un niño, que eso no correspondía. El comportamiento era persistente.

–Mira, te voy a decir algo que es difícil de escuchar, pero tienes que saberlo: es muy probable que tu hijo sea una niña transexual.

“Lo primero que a uno se le viene a la cabeza cuando escucha la palabra transexual es prostitución, drogas, calle”, dice Evelyn. “Quedé plop. Estábamos hablando de un niño de 4 años. El doctor me explicó que si era transexual, aunque haya nacido en un cuerpo masculino, se sentía una niña y que tenía que empezar a tratarla como tal. Me dijo que si no lo hacía, crecería con baja autoestima y que, en casos así, existían altas tasas de suicidio. Yo estaba sobrepasada. Fui por una bronconeumonía y salí con una hija transexual”.

Entonces Evelyn empezó un camino cuesta arriba que decidió recorrer sola, sin contarle a nadie. Se llenó de información. Internet. Libros. Mails a expertos. Documentales. Y encontró esto: que ser transgénero es tener una identidad de género (la sensación interna de ser hombre o mujer) que no corresponde con el sexo biológico de nacimiento; que ser transgénero no tiene ninguna relación con la orientación sexual, que en el caso de niños tan pequeños aún no se manifiesta. Y finalmente, que no es algo pasajero ni corregible.

Dio con la OTD –Organizando Trans Diversidades– donde su hijo conversó con una sicóloga de la organización. Evelyn recuerda este extracto del diálogo:
–En el colegio, ¿en qué fila te formas?
–En la de los niños.
– ¿Y eso está bien o está mal?
–Está mal
– ¿Por qué?
–Porque yo soy una niña y me obligan a formarme en la fila de los niños.


Selenna ha perdido la conciencia de que alguna vez fue niño. Sabe que es trans, pero olvidó cómo era vivir como hombre”, cuenta Evelyn, su madre, quien ha sido fundamental en su tránsito de niño a niña.

MATÍAS
–La profesora que me habla de Dios dijo en clases que el Mati se iba a ir al infierno porque es una niña que se cree niño, mamá.

Natasha, la hermana menor de Matías (14), llegó exaltada a su casa esa tarde de 2013. Le dijo a su madre, Carolina Reyes, que le habían hecho prometer en el liceo, el República de Brasil de Los Andes, que no iba a decir nada en la casa. Pero ella no pudo aguantarse. Lloraba. Estaba preocupada por su hermano.

Ese no fue un episodio aislado en la vida escolar de Matías. Los recuerdos de ese liceo y del José Miguel Carrera, ambos en Los Andes, están teñidos de negro. Le retumba la frase que le decían en los pasillos “maricón con tetas”. Recuerda los rojos, las suspensiones injustificadas. Las burlas. Los golpes. El bullying a destajo.

“Los jóvenes LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y trans) tienen dos veces más posibilidades de sufrir acoso en el colegio que sus pares heterosexuales. Respecto a los adolescentes trans, las cifras internacionales indican que 1 de cada 4 tiene intentos de suicidio”, dice Felipe Villarreal, director de la Fundación Todo Mejora, dedicada a prevenir el suicidio en jóvenes que sufren bullying homofóbico. Un caso en que no pudo prevenirse: el de la adolescente trans de Ohio, Estados Unidos, Leelah Alcorn, quien se suicidó en diciembre pasado con 17 años, dejando una carta que recorrió las redes sociales, en la que culpa de su suicidio al bullying, al rechazo de sus padres y a las terapias reparativas a las que se sometió.

Matías nació en La Serena como Catalina Urquieta, la segunda de tres hijas de Carolina Reyes. Por más que su madre intentó, nunca pudo lograr que su hija jugara con otras niñas. Decía que eran muy delicadas. Era fanática de los Power Rangers y no la podían despegar de la pelota de fútbol. A los cinco años entró a jugar en una liga masculina y pidió que le cortaran el pelo como militar. Pataleaba si le ponían falda. Su madre, quien pensaba que su hija iba a ser lesbiana, logró negociar el corte de pelo y que fuera con buzo al colegio. Un colegio de monjas. A los 10 años, la niña sentó a sus padres en el comedor de la casa y les dijo:

–Yo me quiero llamar Matías Ignacio. No más Catalina. No me siento mujer. Me siento hombre. No soy nada lesbiana, soy transexual.
“Para mí fue casi algo obvio. Aunque no lo habíamos puesto en una palabra, ya en ese momento el Mati vivía como niño. Era absurdo seguirle diciendo Catalina. Su padre, en cambio, no lo aceptó nunca. Fue muy doloroso. Yo decidí que nos viniéramos a Los Andes. Quería apoyar y proteger a mi hijo y mantenerlo lejos de su papá”, cuenta la madre, que se separó del padre.

Al mudarse, Carolina conoció a quien sería su segundo marido, Esteban Pulgar, quien aceptó a Matías desde el comienzo. Junto a él, Carolina ha enfrentado la batalla de encontrar un colegio donde la identidad de género de su hijo sea respetada. Un colegio donde lo llamen y lo traten como Matías, a pesar de que en su carnet siga diciendo que se llama Catalina Urquieta. y que su sexo es femenino. En tres años, ya van cinco cambios de colegio. Carolina recopiló testimonios que acreditaban las agresiones físicas y verbales de profesores e inspectores hacia su hijo, documentos que probaban falsificación de notas y suspensiones injustificadas. Y denunció a los liceos República de Brasil y José Miguel Carrera ante la Superintendencia de Educación con éxito. El primero fue sancionado por intimidación y el segundo por maltrato sicológico.

“Esto no está relacionado con un ambiente temprano adverso, ni con causas ambientales o familiares. Una familia no hace que un niño sea transexual”, explica el sicólogo Felipe Lecannelier.

La ley Antidiscriminación, o ley Zamudio, incluye la categoría “identidad de género” como una causal para ejercer acciones judiciales por discriminación arbitraria y la Superintendencia de Educación incorporó recientemente en sus formularios de denuncia la variable de discriminación por esta causa. Pero la lucha más importante para los padres de niños y niñas trans es que se apruebe la ley de Identidad de Género, que actualmente está en la Comisión de DD.HH del Senado. El proyecto contempla que los niños y niñas trans puedan presentar ante los Tribunales de Familia, una solicitud voluntaria de cambio de nombre y sexo para modificar esos datos en el Registro Civil, personalmente o a través de su representante legal, sin necesidad de abogados.

“Sería un trámite más simple y expedito. Actualmente las personas trans deben recurrir a la ley de cambio de nombre, y solo en algunos casos y según el criterio del juez, esto se puede hacer extensivo al cambio de sexo”, explica Fabián Farías, asesor en causas legales de niños y niñas trans.

Carolina, la madre de Matías, agrega: “Es indispensable que se apruebe la ley para proteger a nuestros niños. Con un carnet que no refleja su identidad de género, se enfrentan a muchas trabas en la salud, en los colegios, si los llega a detener un carabinero o si uno quiere salir del país con ellos”.

En 2013, luego de que sus padres lograran llegar hasta la ex-ministra de Educación, Carolina Schmidt, Matías fue admitido en el colegio San Pablo de San Felipe. Su familia no tenía los recursos para pagar un colegio particular pero la directora aceptó becarlo para que terminara su educación básica. El día de la graduación de octavo básico, Matías lloró de alegría. Además de su diploma de licenciado de enseñanza básica, recibió otros dos con el nombre de Matías Ignacio Urquieta: uno por ser alumno destacado y otro por ser el alumno más solidario.

CLAUDIA
En mayo pasado, Claudia (8) entró a la pieza de noche, cuando su madre, Matilde, estaba viendo el capítulo del programa Contacto sobre el caso de una niña transgénero. Hasta entonces, durante los 8 años de vida de su hijo mayor, Claudia había sido Claudio.

Por ignorancia, dice Matilde, siempre pensó que Claudio iba a ser gay (los nombres han sido modificados por petición de la madre), pero al final del reportaje en la televisión, con la certeza interna de que había encontrado lo que realmente le pasaba a su hijo, él la miró y le confirmó la intuición: “Mami, yo me siento un poco así”.

Las señales habían estado siempre: para jugar elegía los juguetes y los roles de niña. Sentía rechazo hacia sus genitales masculinos y hacía pipí sentado. Cuando su madre le cortaba las uñas, notaba que habían estado pintadas. Sin embargo, hasta entonces nunca había dicho explícitamente que se sentía niña.

Felipe Lecannelier, director académico del Centro de Apego y Regulación Emocional (CARE) de la Universidad del Desarrollo, explica que la clave para sospechar que un niño es transexual está en que las conductas de disconformidad con el sexo biológico sean consistentes y persistentes.

“Se manifiesta a muy temprana edad y no está relacionado con un ambiente temprano adverso, ni con la preferencia sexual, ni con causas ambientales o familiares. Una familia no hace que un niño sea transexual. Las explicaciones científicas más serias apuntan a causas genéticas u hormonales con las que el niño viene. Se expresan a partir de los 2 o 3 años porque el niño empieza a hablar, pero está desde siempre”, señala.

Por lo mismo, explica Lecannelier, ser transgénero no es un trastorno ni una enfermedad. “Los niños ni siquiera se lo cuestionan al principio. Los problemas aparecen con el ambiente que no está preparado. El rechazo es lo que hace que los niños se cuestionen por qué él es así y empiecen a vivir una experiencia emocional negativa. Por lo mismo es que se sabe que la aceptación de los padres es la conducta más adecuada”.

Ser transgénero hoy en día no es considerado como un trastorno mental. En 2013, la última versión del Manual de Enfermedades Mentales de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (DSMV) reemplazó el concepto “Trastorno de Identidad de Género” por el término “Disforia de Género”, que se refiere a la experiencia subjetiva de que el género asignado es incorrecto y que la vida como tal es insatisfactoria habiendo evidencia de angustia significativa y problemas sociales o escolares en los niños. En el manual se enumeran ocho características para diagnosticar disforia de género. La primera, y la única que según el manual debe cumplirse sí o sí, es que exista: “Un poderoso deseo de ser del otro sexo o una insistencia de que él o ella es del sexo opuesto”.

“Este diagnóstico ha sido muy controversial: mientras algunos especialistas argumentan que patologiza y que no debiese existir, otros sostienen que permite el acceso a la salud y tratamientos asociados, al menos en Estados Unidos”, explica la psicóloga Amory Pérez, especializada en población LGBT.

Luego de que Matilde empezó a abrir los espacios para que su hijo se expresara abiertamente tal como se sentía, las señales explícitas empezaron a aparecer: “Empecé a escucharlo de verdad y me encargué de repetirle: ‘Hijo, estoy contigo; te apoyo y te amo por lo que tú eres’”, recuerda. Así, Claudia dejó de tener miedo de aparecer: “Mami, dime Claudia, con a, no con o”, “Mami, ¿me puedes comprar otra muñeca?”, “Mami, ¿tú me dejarías ser tu hija?”.

SELENNA
Esa tarde en el pasaje de Maipú, en que Selenna le pidió perdón a su madre por ser niña y no niño, Evelyn vio aparecer a su hija claramente por primera vez. La abrazó y le dijo que el asunto era al revés:
–Mi amor, eres tú quien tiene que perdonarnos a nosotros por no haberte dejado ser. Nunca más vas a tener que fingir. Me voy a hacer cargo de protegerte para que seas una niña valiente y orgullosa de quien eres– le dijo.

“Que Selenna pidiese perdón por ser una niña daba cuenta del dolor y la culpa que tenía adentro”, dice Evelyn, “ese fue el momento en que decidí apoyarla sin importar lo que se viniera”.

La transición de niño a niña de Selenna fue paso a paso. Primero Evelyn y su hija hicieron un trato: entre ellas no habían limitaciones, la niña podía hacer y decir lo que sintiera. Así se fue soltando.La sicóloga recomendó empezar a tratarla con género neutro, usar algún diminutivo, como “mi amor”, “cielo” y dejar que ella fuera marcando el camino. Así paulatinamente, empezó a decir “estoy contenta”, “estoy cansada” usando el género femenino para referirse a sí misma. La ropa de mujer de sus hermanas no la soltó más. En el verano de 2013, Selenna existía puertas adentro. Sus hermanos y su abuela lo entendieron rápido pero a su padre –de quien Evelyn se separó cuando tenía 5 meses de embarazo– le costó más. Cada vez que le tocaba ver a su padre pataleaba y se enfermaba porque tenía que fingir ser niño. “Por algunos meses, tuvo que vestirse de niño solo para salir con su papá. Ahí lo pasó muy mal. Fue un error mío. No supe cómo hacerlo bien, no sabía cómo explicárselo a su padre”, recuerda Evelyn.

El padre de Selenna, Fabián Pérez, quien ahora tiene una buena relación con la niña, recuerda su escepticismo inicial: “Por el desconocimiento intentaba corregir su comportamiento. Eso instaló una barrera entre nosotros. Pero un día, me dijo: ‘papá, es que soy solo niño por fuera, por dentro me siento niña’. Ahí entendí que era algo profundo y tenía que apoyarla”.

Luego todo fue más fácil. Con el padre alineado, Evelyn consiguió un jardín donde la aceptaron como niña. “Ahí la vida le cambió, se sintió aceptada, libre”, recuerda Evelyn. Aunque los profesores sabían que era una niña transexual, sus compañeritos la reconocían como niña, sin distinciones. Fue Selenna quien destapó el tema con sus amigos:
–Mamá, hoy les conté a mis compañeros que soy una niña trans, que había nacido como hombre pero que soy mujer y que tengo pene y que hay hombres que tienen vagina.

Evelyn no esperaba que eso ocurriera, pero siguiendo la pista de su hija, realizó una charla en el colegio, sensibilizando a los padres y apoderados sobre la transexualidad en la infancia. Hasta hoy, dice, no ha tenido ningún problema en el colegio.

“Se dice mucho que una persona trans es una persona ‘en un cuerpo equivocado’ pero el lenguaje no es correcto, porque en el fondo estás diciendo que una persona trans es un error. Ser trans no es un problema en sí. El problema es nuestra rigidez como sociedad”, explica Luis Larraín, director de la Fundación Iguales. “Es por eso que hay muchos adultos transexuales que optan por no hacer la cirugía de re-asignación de sexo”, agrega.
Evelyn es tajante con este tema de no hablar de cuerpos equivocados. Se ha capacitado en las temáticas de género y ha ampliado la red de apoyo de los niños, creando la Fundación Transitar, que reúne a padres y familiares de niños trans en Chile (actualmente son 11 familias) y crea un espacio de encuentro entre niñas y niños trans de distintas edades. Asesoran a padres que están empezando la transición y comparten consejos y datos prácticos sobre cómo enfrentar la crianza de los chicos trans.

Selenna tampoco cree que haya algo malo con su cuerpo. De hecho, cuenta Evelyn, siente tan natural ser niña y tener pene que a veces jugando le dice a su madre inocentemente “mami, ¡cuidado con tu pene!” y luego se ríe y cae en cuenta de que solo ella tiene genitales masculinos.
“Ha perdido la conciencia de que alguna vez fue niño. Sabe que es trans, pero olvidó cómo era vivir como hombre”, cuenta Evelyn. “Hace poco encontramos una foto de cuando estaba en pre-kínder con su curso, y le pregunté dónde estás tú y ella me dijo, no estoy ahí, el que está ahí ya no existe”.


“Yo me quiero llamar Matías Ignacio. No más Catalina. No me siento mujer. Me siento hombre. No soy lesbiana, soy transexual”, les dijo Matías a sus padres cuando tenía 10 años.

MATÍAS
De lunes a viernes, entre 11 am a 17:30 pm Matías no va al baño. En el liceo donde partió su primer año de educación media solo permiten ir al baño en los recreos y eso es un problema para un niño trans en mitad de la pubertad.

Para evitar la aparición de caracteres sexuales secundarios –como la menstruación y el crecimiento de los senos en las mujeres, y la barba y el enronquecimiento de la voz en los hombres– los adolescentes transexuales pueden optar a un tratamiento endocrinológico que inhiba la producción de hormonas sexuales. En Chile, el procedimiento es de alto costo (unos 100 mil pesos mensuales) y antes de prescribirlo, el especialista exige el diagnóstico siquiátrico de “disforia de género”. Según el endocrinólogo de la UC, Alejandro Martínez, es importante que el tratamiento comience a la edad justa (al comienzo de la pubertad) y que los adolescentes sean reevaluados en su autopercepción de género antes de comenzar; es decir, que se corrobore que la disconformidad con el sexo biológico persiste.

“El medicamento tiene la ventaja de bloquear en forma casi completa la producción de hormonas sexuales y es reversible; no tiene efectos secundarios graves, pero debe ser monitoreado por un endocrinólogo porque pueden tener efectos sobre el metabolismo óseo y en el perfil lipídico”, afirma el doctor Martínez.

La familia de Matías no tiene los recursos para pagar los bloqueadores hormonales que podrían evitar que su cuerpo se desarrolle como mujer. Aunque preferiría no tener que pasar por esto, se lo toma con humor. Habla abiertamente de los petos que su madre le arregla para ocultar sus pechugas.
“Sé que no estoy solo y que tengo gente de mi lado, entre ellos mi polola. Todo lo que he pasado me ha hecho ser fuerte y saber tomarme a veces las cosas a la risa”, dice Matías. “Mis papás han sido fundamentales para seguir adelante a pesar de lo que digan los demás”. Matías se corta. Se emociona. Su madre interviene: “Siempre le he dicho que el camino no es fácil pero no es imposible. Que si quiere vivir su vida como Matías, le vamos a dar hasta lo último. Estamos en esto juntos”.

En la primera salida al mall a comprar ropa de niña, Claudia estaba sumida en una mezcla de emoción y vergüenza que su madre intentó disipar. “Ella iba vestida de niño aún, con su pelito corto porque todavía no le crece, pero con su cintillo y su carterita”.

CLAUDIA
En la primera salida al mall para comprar ropa de niña, Claudia estaba sumida en una mezcla de emoción y vergüenza que su madre intentó disipar. “Ella iba vestida de niño aún, con su pelito corto porque todavía no le crece, pero con su cintillo y su carterita. Cuando nos bajamos del auto se los sacó con pena. Le pregunté: ‘¿Hija, usted quiere usar su cintillo? ¿Quiere ir con su cartera? Vaya. Está conmigo y nadie la va a mirar feo porque aquí estoy yo’. Le agarré fuerte y fuimos decididas a comprarle la ropa de niña que siempre le había negado”, cuenta Matilde.
Un par de días después Matilde perforó las orejas de su hija. Claudia y lloró de emoción. “Me siento bella, mamá, gracias”.
Con el apoyo de su familia ganado, sin dar aviso o pedir consejos, Claudia se presentó al resto del mundo. El día después de ir al mall, llegó del colegio, entró a la casa, se cambió el uniforme y salió corriendo a la plaza del condominio con ropa de niña. Matilde la siguió atenta, preocupada de cómo iban a reaccionar los niños del barrio. Algunos le preguntaron por qué estaba vestida de niña. Claudia respondió que porque le gustaba y que por favor de ahora en adelante le dijeran Claudia y no Claudio. Tras un par de semanas, sus amigos se habían acostumbrado.

Matilde cuenta que el lema para enfrentar la transición de su hija ha sido: “el que quiera, que esté con nosotros; el que no, que siga su camino”. Muchos más de los que pensaban los apoyaron.

Pero una parte complicada de la transición se vivió dentro de casa. Rodrigo (5), el hermano menor, le preguntó a Claudia un día, que por qué se vestía de mujer si era un hombre.
–Tú saliste de la guata de mi mamá y te llamó Claudio y eres un niño– le dijo Rodrigo.

Matilde le explicó que su hermana era especial: “Se puede ver como tú pero se siente una niña y le gustan las cosas de niñas. ¿Tú por qué eres un niño?”, le preguntó su madre. “Porque me gusta jugar a los autos, a la pelota, con mis amigos”, respondió. “¿Te das cuenta? Tú sentir es distinto al de tu hermana”.

Matilde pensó que estaba todo bien hasta que Rodrigo le dijo: “Mamá, yo también quiero ser una niña”. Quedó en shock. Pensó que estaba haciendo todo mal. Pero rápido se dio cuenta de que el reclamo del hijo menor tenía que ver con otra cosa: era un llamado de atención. “Le había dedicado demasiada atención a Claudia, y Rodrigo, viendo que al decir que era niña le comprábamos regalos, juguetes y ropa a su hermano, intentó usar el mismo camino”, dice Matilde.

Con Claudia, el camino lo fueron armando en conjunto. Matilde daba un paso y la felicidad de la niña le daba el pie para dar el siguiente. Hace algunos días, Matilde le preguntó:
–Hija, ¿lo estoy haciendo bien? ¿Estamos en lo correcto?
Claudia agarró su tablet y buscó una foto de cuando era Claudio. Salía con la mirada perdida. Triste.
–Mira quién está ahí, mamá– le dijo Claudia señalando a Claudio. –Mírame ahora– y le hizo una mueca de una sonrisa gigante–. ¿Te das cuenta lo feliz que soy?

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