Instinto ancestral en la era digital

Reportajes y Entrevistas

Instinto ancestral en la era digital

Por Camila Jorquiera

¿Qué hay en la cabeza de un ser humano cuando nace? Se decía que no mucho. Que nacemos sin conocimientos ni habilidades y que los desarrollamos de acuerdo con la experiencia. Pero una serie de estudios provenientes de la sicología evolucionista dicen lo contrario. Una de las fundadoras de este campo de investigación es la estadounidense Leda Cosmides, quien participó recientemente en el seminario ‘Psicología evolucionaria y el diseño de nuestra mente’, organizado por el Centro de Estudios Públicos.

Leda Cosmides es pionera en el campo de la psicología evolucionaria, un área de investigación que intenta explicar cómo operan emocionalmente nuestros cerebros, que ella define como “máquinas altamente complejas, diseñados en la edad de piedra y luego programados por un ‘ingeniero’ que es la selección natural”. Junto a su marido, John Tooby, dirige el Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California, en Santa Bárbara. Ahí se estudian problemas adaptativos que tuvieron que solucionar nuestros antepasados cazadores-recolectores para asegurar la descendencia. Desde estos se proyectan diseños funcionales de todo tipo de comportamientos y emociones humanas: desde la atracción sexual hasta la detección de parentesco para evitar el incesto; desde la disposición a formar coaliciones hasta la cooperación.

Aunque no es fácil definir con exactitud y en lenguaje simple su campo de investigación, la explicación de la especialista parece simple. “Es una manera de pensar la psicología. Por ejemplo, si hablo de tu laptop, puedo describirlo como electrones que fluyen a través de circuitos en chips, en decir, en términos físicos. También puedo preguntar si tienes Word abierto, o qué palabra se elimina si se hace tal y tal operación. Excel es útil para números, pero inservible para escribir artículos. Es así como nuestros ‘programas’ cognitivos están especializados para resolver problemas distintos. Y la multiplicidad de programas se traduce en una mayor inteligencia y flexibilidad”. Añade que en el caso de la mente humana estos programas están altamente especializados para razonar sobre diversos aspectos del mundo. Involucran mecanismos de inferencia que dan forma a cómo vemos las cosas. “Imagina que estás viendo una teleserie y la mujer dice ‘ya no quiero verte’, y el hombre responde ‘¿quién es él?’. Solo con eso entendemos que el hombre está celoso y sospecha de un amante, pero ¡imagina lo que tendrías que enseñarle a un computador para que haga esa inferencia!”, explica Leda.

Desde esta perspectiva, ¿cómo está diseñada la mente?

Desde la revolución cognitiva se puede pensar el cerebro como un computador. Habría ‘programas’ que regulan el comportamiento basados en información. No pienso en la mente ni en la inteligencia como una serie de mecanismos bajo un propósito general, sino que en la diversidad de estos programas. Se solía pensar en la mente como una ‘pizarra en blanco’, pero existen ciertos conocimientos que no provienen de la experiencia, sino que tu mente los está asumiendo porque está diseñada para asumir ciertas cosas. Por ejemplo, los niños saben lo que cuenta como objeto físico desde muy temprano. Saben que dos objetos sólidos no pueden atravesarse, saben que cuando un objeto va detrás de una barrera aún está ahí. A los 2 meses de edad pueden diferenciar entre animales y objetos inanimados. Hay un montón de estos ‘programas’ especializados que estructuran nuestra forma de pensar el mundo, incluido el mundo social. Vienen gratis con el diseño de la mente.

¿Cuáles de estos ‘programas’ vienen de fábrica?

El hecho de venir de una historia evolutiva de cazadores y recolectores nos hace más generosos de lo que creemos. Los economistas, por ejemplo, modelan el comportamiento humano según la toma de decisiones en pos de maximizar ganancias a corto plazo. Pero yo he visto que en realidad las personas no se comportan así. En juegos experimentales de laboratorios de economía las personas se muestran mucho más confiadas y cooperadoras de lo que se esperaría. En el seminario hablamos del siguiente ejemplo. Digamos que tenemos diferentes programas en nuestra cabeza para compartir. Desde el punto de vista de un cazador-recolector, si la suerte ha jugado un rol en la producción de recursos, estos se compartirán debido a que la caza es una actividad de alto riesgo. Si salgo a cazar y vuelvo con un antílope hoy, lo comparto contigo, y así otro día cuando tú vuelvas con un antílope y yo no, lo compartirás conmigo. Es como un seguro social. Pero en el caso de los recolectores, cuando se hace un gran esfuerzo para conseguir el recurso, no se comparte tan generosamente. Según como se percibe el resultado de suerte versus esfuerzo, se desencadenarán diferentes expectativas sobre lo que es justo. En los juegos de azar, aquellos que reciben dinero como ganancia inesperada, un golpe de suerte, lo compartirán espontáneamente. Pero si tienen que hacer alguna tarea aburrida para ganárselo, no lo harán. Y si se hace el experimento con estudiantes universitarios se obtendrá el mismo resultado.

En la era digital, ¿podrían estos programas sufrir ciertos desajustes, o jugarnos en contra?

Creo que estaríamos en graves problemas si no tuviéramos estos instintos. Pero hay muchas teorías causales sobre cómo funciona el mundo social que tienen sentido si vivimos en un mundo pequeño compuesto por parientes cercanos, familiares y amigos, y que suponen repetidas interacciones en ese entorno. ¡Piensa en la cantidad de información que recibimos de personas distantes! Como cazador-recolector no tendrías acceso a la realidad de tanta gente. Pero de pronto ya no formas parte de un grupo pequeño, sino que recibes estímulos de miles de personas alrededor del mundo. Si uno se encuentra aislado, las redes sociales te permiten comunicarte con tus amigos y familiares, lo que se acerca al contexto en que evolucionamos. Por otro lado, los niveles de rechazo y ostracismo que pueden darse en las redes sociales son completamente desproporcionados a lo que habrías experimentado ancestralmente.

¿Cómo se entienden emociones como la ira, la vergüenza o la culpa desde la sicología evolucionista?

Partimos del supuesto de que estamos dispuestos a sacrificar más por los miembros más cercanos de nuestro entorno social para el beneficio de esa relación. No se puede esperar lo mismo de todo el mundo. De hecho, hay un parámetro al que llamamos “Welfare Trade Off Ratio”, que mide cuánto de mi propio bienestar estoy dispuesto a sacrificar por tu bienestar. Este siempre será mayor para alguien cercano. Por ejemplo, en el caso de la ira, esta se desencadenará específicamente al inferir que alguien no está esforzándose lo suficiente por mi bienestar, o tanto como uno cree que se merece. Digamos que te he prestado mi pañuelo de seda favorito, y lo manchas. Me has impuesto un costo al arruinarlo, pero si lo hiciste para envolverle el brazo accidentado a tu hijo, no me enojaré. El beneficio es tan grande para ti, que manchar un pañuelo no habla de cuánto me valoras. Pero si usaste el pañuelo para limpiar kétchup, sí me enojaré. Es un beneficio demasiado insignificante, y me lleva a inferir que no le das demasiada importancia a mi bienestar. Cuando alguien se enoja, se activa este programa que te lleva a un intercambio de información, a una discusión. Se intenta buscar una solución, lo que permite disminuir el enojo, y reafirmar que sí me interesa tu bienestar. El sistema del enojo está diseñado para negociar por un mejor trato. Se activa cuando alguien no te trata tan bien como crees que debería. En relaciones de cooperación esto es muy importante, especialmente en grupos pequeños. Es crucial para la supervivencia que los otros valoren tu bienestar, y así tomen decisiones considerando cómo sus acciones te afectarán.

En el contexto de ola feminista y el movimiento Me Too en Estados Unidos, ¿cómo se relaciona la idea de igualdad de género con las diferencias evolutivas entre hombres y mujeres? ¿Las hay?

La respuesta corta es que sí. Creo que los hombres y las mujeres no tienen cerebros idénticos ni cuerpos idénticos. Aun así, no creo que deba pensarse en igualdad en términos de que todos somos exactamente lo mismo. Ni siquiera las personas del mismo sexo son iguales. El asunto es que todo se desarrolla, nuestros genes están diseñados para producir ciertos comportamientos dadas circunstancias ambientales específicas. Y nadie sabe realmente el rango de posibilidades en que los sexos pueden ser similares o diferentes. Pero hay algo que realmente es muy diferente entre hombres y mujeres, y es la fuerza en la parte superior del cuerpo. Los hombres tienen más y la diferencia es extrema. Si vemos la distribución, solo una mujer entre mil es más fuerte que un hombre con fuerza promedio. Quiero decir que los hombres tienen una historia evolutiva en la que están más especializados para la violencia. ¿Eso significa que los hombres son necesariamente violentos? No, claro que no. La violencia es provocada por situaciones.

¿Y la violencia sexual? ¿Qué se hace con ella?

Creo que si uno quiere cambiar el mundo, es necesario entender cómo funciona la mente. Si queremos evitar la violencia sexual hay que entender la naturaleza de la mente. Descubrir aquello que produce violencia sexual: cuáles son las condiciones que la desencadenan, cuáles la hacen menos probable. Quizás, en un contexto universitario, se trata de afinar las ‘líneas brillantes’, esos límites que las personas no pueden cruzar. En Estados Unidos, por ejemplo, no está permitido salir con ningún alumno con que el profesor esté en condiciones de evaluar, ya que hay mucho potencial de abuso. Y esto no admite excepción. Mi punto es que acercarnos a la psicología puede informarnos en cuanto a qué tipo de políticas se necesitan para evitar dichas situaciones. La educación de las personas no puede verse interrumpida por ningún tipo de presión o coerción. Y para conocer los aspectos que la hacen más probable resulta muy útil entender los programas de la mente, sus condiciones, para así trabajar por una sociedad en donde no se esté desencadenando este tipo de psicología. La idea es que la psicología evolucionista busca hacer preguntas de manera diferente, y creo que es muy importante ser sensibles a la naturaleza humana para mejorar las cosas. Y por supuesto, alzar la voz. Eso es precisamente lo que está pasando en Chile, ¿no?

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