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15 noviembre, 2017
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Irreversible

En la previa de comenzar a filmar el remake de Gloria, con la ganadora del Oscar Julianne Moore, revista Paula llegó a Los Angeles a entrevistar a Sebastián Lelio, el director chileno más cotizado hoy en la escena cinematográfica internacional. Pese a estar en su mejor momento, reconoce que tiene que pelear contra su propio “calvario del miedo”..

Por Rita Cox / Fotografía Javier Álvarez, desde Los Angeles, California.


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Casi cuatro millones de personas viven en Los Angeles, la segunda ciudad más poblada de Estados Unidos, y basta un intercambio flash de palabras para constatar que, como dicen, es la capital mundial del entretenimiento. La tierra prometida del tipo que atiende en 800 Degrees Pizzería y el francés que limpia vidrios en el hotel Hamptons Inn & Suites, ambos aspirantes a actores, y de la hija del chofer boliviano del Uber que me traslada, que hizo una pasantía como productora en el show de Oprah Winfrey. Hacia donde se mire, L.A. predica sobre cine y televisión: gigantografías de estrenos de series y películas, los letreros rojos de los edificios de CNN y Netflix, infinitos locales de arriendo de equipos de filmación, escuelas de modelaje y actuación, agencias de casting, centros de documentación cinematográfica. La conversación por estos días la monopoliza el caso Weinstein y la expulsión de Kevin Spacey de House of Cards. La crudeza de las revelaciones sobre abusos sexuales y de poder fluye tan potente como Halloween, que aquí es asunto serio: los antejardines están decorados hace días con calaveras, tumbas, telarañas y calabazas, y en los espacios públicos los adultos transitan casuales vestidos de monstruos, superhéroes, brujas y princesas.

Absorto de todo eso, el director de cine chileno Sebastián Lelio (43) tiene buenas razones para estar concentrado como un montañista antes de subir el Everest. Le quedan días para comenzar a filmar (el 6 de noviembre) el remake de Gloria, con la actriz Julianne Moore en el protagónico que antes hizo Paulina García (ganadora del Oso de Plata de Berlín en 2013 por ese papel). La concreción de un proyecto que comenzó a gestarse en 2014, cuando Moore vio la película y luego se generó un encuentro entre ambos donde surgió la idea de trabajar juntos.

Hoy, después de chequear las últimas locaciones de un total de 40 repartidas en Los Angeles y algunas en Las Vegas, Lelio se reunirá con la ganadora del Oscar (2015, Still Alice) para darle la bienvenida. Moore aterrizó hace pocas horas proveniente de Nueva York para hacer las pruebas de maquillaje, pelo y vestuario, y transformarse en una mujer de clase media de 58 años que, sola y ávida de vida, busca enamorarse.

El resto del elenco de esta producción de Fábula y financiamiento de FilmNation Entertainment, lo componen John Turturro (el rol de Sergio Hernández), Michael Cera, Holland Taylor y Caren Pistorius. Fuera de cámara, el equipo convocado por Lelio es igual de exquisito: la dirección de arte es de Dan Bishop, genio de Mad Men, Un Hombre Solo de Tom Ford, y Coffee and Cigarettes de Jim Jarmusch. La cinematografía es de Natasha Braier, a quien Lelio fichó después de ver su fino trabajo en The Neon Demon, del director de Drive, Nicolas Winding Refn.

Seis semanas de filmación le esperan a Sebastian (sin acento, se escucha aquí). En septiembre cerró su departamento de Kreuzberg, en Berlín, y se instaló junto a su mujer, la artista uruguaya Virginia Acosta, en East Melrose Place, zona residencial de jardines ordenaditos y árboles añosos. En la esquina están los estudios de la Paramount y Lucy’s El Adobe Café, clásico restorán mexicano, visitado a veces por gente como Diane Keaton y Jack Nicholson.

De la vida de barrio, Lelio no se ha enterado. Desde que llegó suele salir antes de las 8 de la mañana y vuelve tarde. Sus oficinas están en Los Angeles Center Studios, donde se grabó una buena cantidad de escenas de Mad Men. Sentado en la terraza de su departamento, con su habitual vestir cargado a los azules y las zapatillas, reconoce que está cansado y así se le ve. Cansado y feliz.

En el punto más alto de su carrera desde que en 2005 estrenó su primer largo, La Sagrada Familia, también es lo suficientemente honesto para hablar del “calvario del miedo” que atraviesa cada vez que vuelve a filmar. “Jamás me he desvivido por nada que no sea hacer buenas películas. Lo único que le he pedido al universo es filmar hasta que me muera”, dice. Más de 10 años antes, cuando era un nuevo director salido de la primera generación de la Escuela de Cine de Chile, contaba que su sueño de niño era viajar por el mundo haciendo cine. En eso está y a veces se aterra.

¿Qué es el “calvario del miedo”?
No es el miedo de llegar al set y decir: “Ay, qué miedo”. Es el miedo que paraliza o moviliza. Del que nace la valentía a la que no se llega sin antes pasar por el calvario profundo de pensar en que “tal vez soy un farsante”, “quizás todo esto es una mentira”, “¿por qué yo?”, “esta vez me van a descubrir”, “no me lo merezco”, “mejor me vuelvo a Cholguán”.

¿Cómo le haces frente?
No lo puedo evitar, pero reconozco el patrón. Sé que primero viene la parte en que voy a estar una semana dudando de mí, luego todo parece imposible, después las cosas caen en su lugar, pero los días de filmación no alcanzan y algo hay que sacrificar. Aparecen los pendientes, el casting que no está listo, algo que hay no cuaja y vamos a tener que lidiar con una ola de ansiedad y miedo otra vez.

Con un agente en Estados Unidos y otro en Londres, Lelio tiene su atención en Gloria, que llega a salas el segundo semestre de 2018, y en los movimientos de otras dos películas. A fines de abril se estrena mundialmente Disobedience, su primera producción en inglés, con la también ganadora del Oscar Rachel Weisz (2005, el Jardinero Fiel) y la nominada Rachel McAdams (2015, Spotlight). Filmado en Londres, el drama de dos amigas de una comunidad judía ultra ortodoxa que se reencuentran y enamoran, lo obligó a estudiar una cultura que desconocía y terminó apasionando a un agnóstico como él, que tiene fe “en algo sin nombre, una conciencia cósmica”, que siente curiosidad por el budismo y acalla la cabeza meditando. Exhibido en el Festival de Cine de Toronto, en septiembre, recibió el respaldo de la crítica, mientras que el sitio especializado Indie Wire escribió que logró “la escena de sexo más excitante de todas las películas de este año”, refiriéndose a los seis minutos inspirados en el erotismo del historietista italiano Milo Manara. En el mismo festival se mostró Una Mujer Fantástica, que llega en diciembre a L.A. y N.Y., y en febrero al resto de Estados Unidos. Protagonizada por la actriz transexual Daniela Vega, se baraja en la lista de nominadas a Mejor Película Extranjera de los Oscar 2018. En las próximas semanas se sabrá si queda entre las 9 y accede a la lista final de las 5.

Dos días después del primer encuentro con revista Paula, Lelio cierra una noche de trabajo orientado a los Oscar. En Estrella –pequeño cine, bar y restorán en west Hollywood– se proyectará Una Mujer Fantástica para unos 50 influencers de la industria, entre representantes, realizadores, productores y periodistas. Entre ellos está la mánager de Julianne Moore. Lelio presenta la película, deja la sala y se apaga la luz. 104 minutos después hay aplausos y una productora española que ha filmado con Almodóvar pregunta insistentemente “¡¿quién es ella?!”, refiriéndose a Daniela Vega. En otra parte de L.A., la película es vista por miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

¿Por qué arriesgarse con el remake de Gloria?
La gran razón es Julianne Moore. No es solo que ella tenga la más alta calidad interpretativa y maneje todo el espectro emocional, como una gran cantante de ópera. Es un ícono. Un pedazo de la historia del cine. Eso es irresistible. Y ha sido un proceso para mí. En nuestro primer encuentro, yo estaba por filmar Una Mujer Fantástica y después venía Disobedience. Sabía que solo después de esas dos experiencias iba a estar en posición emocional y moral para revisitar Gloria. Disobedience es la primera película que hice sin ninguna
conexión con Chile. No conocía a nadie del equipo. Necesitaba probarme
a mí mismo. Saber si era capaz. También está la osadía de hacer mi propio remake. Eso es lo excitante, lo hermoso.

¿Es intimidante pararse de igual a igual frente a Julianne Moore?
No, porque al final, como todos, ella es vulnerable y sensible, y eso es lo único que tenemos en común. El resto es pura cáscara. Mía y de quien sea. Más allá de los directores y de las actrices, de los recursos, si es en Chile, Inglaterra o donde sea, estás tocando la misma puerta y esa puerta no se abre a patadas, sino con cuidado, pidiendo permiso para entrar a un lugar –el cine– lleno de incertidumbres, donde no hay garantías de que logres la magia, la chispa, eso que hace que la gente termine amando una película.

Hablas como un aventurero.
Todos los cineastas lo son, de alguna manera. Truffaut, Herzog y Spielberg son pura aventura. Se trata de diseñar el mapa, visitar territorios desconocidos y que las naves zarpen. Tal vez mueras en el camino y todo se vaya al carajo. Pero vale la pena.

Para aventurarse hay que primero legitimar las fantasías.
Sí, hay que darles cuerda, porque la opresión y el miedo picanean y picanean. Por contraste, uno se resiste, desobedece. Por eso me encanta el título Disobedience. Me identifico con la desobediencia. No hay arte ni belleza sin ella. La belleza es un acto de violencia.

Desobediencia y Weinstein

¿En qué ha consistido tu desobediencia?
Hago películas por ciertas cosas y en contra de otras. La Sagrada Familia es en contra de cierto cine anquilosado, como de cartón piedra. La hice en tres días, sin nada escrito, a pesar de que muchos me decían que así no se podía. Es media rebelde, media punk, desafinada a propósito, sin virtuosismo. Antes de hacer Gloria en Chile, incluso entre mis amigos la reacción era “a quién le va a importar una película sobre una mamá que se va de fiesta”. Una Mujer Fantástica es una película caligráfica, justamente en contra de La Sagrada Familia, que proponía una forma que ya está normalizada. Lo no “normal” fue hacer una película sobre una transexual filmada como si se tratara de Jeanne Moreau. Me produjo una excitación inmensa tomar desde ahí a un personaje que la sociedad rechaza. A Marina, una excluida, decidí escribirle una carta de amor.

Gloria y Una Mujer Fantástica, con sus protagonistas emblemáticas, son emocionales y políticas.
Como decía Kubrick, el problema no es filmar, sino qué filmar, y a eso agregaría cómo filmar. Una película es una vibración, un cierto tono interior que te hace salir distinto de la sala de cine, porque te llevó a lugares que modificaron tu máquina perceptiva, tu célula. Creo que una película puede cambiar el estado de conciencia de una persona. Y claro que son políticas, no en el sentido panfletario. Gloria habla de una mujer que se enfrenta a la invisibilización en una sociedad machista y obsesionada con la juventud. Una mujer que reclama seguir ejerciendo su derecho al placer. Es política de alto rango que en el Estados Unidos de Trump toma una nueva urgencia.

Llegas a Los Angeles, con tu pauta femenina y feminista, y aquí se destapa el caso Weinstein.
Lo de Weinstein ha sido muy chocante y también está el “snack grab’em by the pussy” de Trump. Entre Una Mujer Fantástica y Disobedience el mundo cambió. Explotó ISIS, Inglaterra comenzó con el Brexit, la política europea se derechizó, explotaron los nacionalismos, fue electo Trump. Hubo una ola de retroceso y yo estaba haciendo películas sobre progreso. Así las concibo. Pero retroceso y progreso son parte de lo mismo. Una ola funciona con fuerzas que van y vienen, que se oponen. Yo no estoy separado de Trump, yo no soy alguien ajeno al abuso generalizado contra la mujer en la industria. Estoy del lado en que quiero estar, pero todos somos parte del mismo movimiento humano.

Pirámide de Cholguán

Sebastián Lelio se instaló en Berlín en 2013. La beca de residencia que ganó, y que antes obtuvo Alfredo Jaar, no fue su única motivación. En 2011 había estrenado El Año del Tigre, que salió rápido de las salas chilenas y con la que quedó endeudado hasta el cuello. En contraste, fue parte de la selección oficial del Festival Internacional de Locarno, hito que 33 años antes logró Raúl Ruiz con Tres Tristes Tigres.

“Después del circuito de festivales, volví a Santiago, cerré la puerta de mi casa, dejé la maleta y dije: ‘Si esto va a ser todo, entonces no puedo’. No estaba encontrando suficiente excitación. Es tanta la energía que se necesita para hacer una película, que tienes que estar conectado a un trifásico, no a un 220. Mi sueño al principio era de 220 y eso era inalcanzable. Pero cuando lo alcancé, ya no bastaba para mover mi maquinaria interior”, dice.

Las limitaciones de ser un director chileno produciendo en Chile también lo terremotearon. “Apareció el ‘nadie me va a llamar’, no por la calidad de mis películas, sino por la precariedad de nuestra industria”, explica. Esa crisis terminó llenándolo de apetito de una película pop. Así nació Gloria. Un “fincipio”, la llama, el cierre de una etapa y el inicio de otra fuera de Chile.

¿Qué sacas en limpio de tu etapa en Berlín?
Berlín fue parte esencial de poder pensar con otra lógica, que es lo que buscaba. Es una ciudad donde lo imposible está botado en la calle, donde en una esquina te encuentras con la fantasía surrealista del paraguas apoyado en una máquina de coser, y en otra hay una cabeza de caballo de madera al lado de una edición de El Capital y una zapatilla Nike nueva que alguien perdió. Eso, literalmente. La sinapsis que eso genera, además de su vocación futurista, te obligan a salir de la caja.

¿Tu idea es volver?
No sé.

Antes del cine, escribiste poesía y te formaste como lector voraz. ¿Cómo nace ese interés?
En Chile todos tiran un verso, se van al norte y se toman un peyote. Me saltaría entonces lo de la poesía. Pero sí, los libros son muy importantes para mí. Tengo mi biblioteca en una bodega en Santiago y otras cosas en Berlín. Les debo ese interés a mis abuelos maternos. Él, médico masón, y mi abuela Olga, máxima, a quien invité a Berlín cuando cumplió 90 y quedó tan fascinada que ahora dice que París es una siutiquería. Cuando chico pasaba los veranos con ellos en Viña y dormía en una pieza que era la biblioteca. Ahí comencé a leer. Más grande, rayé con Huidobro. No podía creer que un chileno fuera capaz de escribir “he vivido una vida que no puede vivirse”. Esa era la actitud. A la vez, elegantísimo, como un Bowie chileno, dibujó el espacio antes que Matta.

Has sido un nómada.
Sí. Nací en Mendoza y después, como mi segundo papá era marino, viví en Viña y en Cholguán, pueblo maderero a los pies de Antuco. No estábamos más de tres o cuatro años en el mismo lugar. Con los cambios permanentes aprendí a pasar piola y ser socialmente efectivo, y supongo que también me obligó a desarrollar un mundo interior. Leía y escuchaba radio Beethoven, sin saber lo que estaba escuchando.

¿Perteneces a alguna parte?
Cuando viví en Cholguán, Santiago era como Nueva York y después llegué a Nueva York y era solo eso. En el fondo, sigo en Cholguán. Todo está a la misma distancia. Todo sigue siendo posible. Sigo siendo el mismo que se encerraba en el auto de la casa durante horas para escuchar en cassette Parte de la Religión (Charly García) y le pedía a su papá trozos de cholguán para hacer una pirámide en su pieza y meterse dentro. Emocionalmente sigo ahí, aunque el auto sea otro, el disco sea otro y la pirámide ya no sea de cholguán.

Señas: Una Mujer Fantástica se estrena en diciembre en L.A. y N.Y., y en febrero en el resto de Estados Unidos. Disobedience, tendrá en abril de 2018 su estreno mundial.

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