Izkia Siches Pastén: “Quisiera seducir a todos con el feminismo”

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Izkia Siches Pastén: “Quisiera seducir a todos con el feminismo”

Por Ximena Torres Cautivo / fotografías Juan Pablo Sierra

A poco más de un año de haber sido electa presidenta del Colegio Médico, la joven doctora en el Hospital San Juan de Dios evalúa su rol como primera mujer a la cabeza de un gremio ultraconservador, jerárquico, machista y sin ningún interés por incidir en las políticas públicas. Aquí, Izkia habla de todo, incluso de sus ganas de ser mamá.

¿Te ves en el futuro como ministra de Salud?
No, para nada, no me interesa, tampoco me veo como parlamentaria, aunque mis asesores me piden que no diga eso. A mí me gusta la política, pero creo que hay en ella un narcisismo medio patológico que es lo que lleva a las personas a levantarse todos los días sin ser capaces de preguntarse para qué estoy en esto si lo paso tan mal… A mí no me interesa vivir así.

¿Qué será peor: ser ministro de Salud o ser ministro de Educación?
Los enfermos no marchan, no salen a protestar como los estudiantes, pero se mueren por las malas políticas públicas, lo que es terrible. No sé qué es peor realmente.

Una foto en blanco y negro de Salvador Allende, joven, sonriente y de perfil, destaca en la pared principal de la amplia oficina de Izkia Siches Pastén, la internista de 32 años que desde hace poco más de un año preside el Colegio Médico.

“Ojo, que él era PS, no comunista”, precisa cuando le señalamos el retrato a esta atractiva doctora que rompió la cátedra con su triunfo en una organización gremial con 70 años de existencia dominada por hombres, “profundamente machista y manejada por ultraespecialistas” que, a su juicio y al de los médicos de su generación, poco saben de los problemas de los internos (“incluso nos miran por encima del hombro y nos consideran como de segunda categoría”), de los jóvenes profesionales y de lo que pasa en el servicio público.

Izkia se hizo conocida como dirigente estudiantil en sus años de formación en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, cuando militaba en el Partido Comunista, donde ya no está. Y aunque los medios la han vinculado al Frente Amplio, ella explica que la experiencia la ha vuelto más pragmática. Como fue elegida por una lista -oxigenando el COLMED- integrada por una alianza muy amplia, “donde había desde ultraizquierdistas hasta decés, pasando por muchos independientes”, ahora su foco es menos ideológico y mucho más gremial.
Hacer campaña electoral le carga. “No lo paso bien en ese rol. Me da una lata enorme. Prefiero estar haciendo cosas que andar mostrando las cosas que haré. Es una lástima que lo que no se muestra no se exhibe, no salga en los medios, no exista”.

Confiesa que hasta el 2020, año en que acaba su período, seguirá dividiendo su vida en 22 horas semanales dedicadas a sus funciones de presidenta del Colegio, y 22 a sus tareas como infectóloga en su alma máter, el Hospital San Juan de Dios, donde está su cable a tierra y toda la gente a la que admira y respeta. Después de eso, no sabe, pero es evidente que ser mamá es una tarea pendiente, un proyecto del cual no le gusta hablar, aunque el deseo se le escapa de repente, como sin querer. “Me gustaría tener guagua. Siento que me merezco un tiempo de vacaciones, salir de la exposición pública”.

Sencilla, natural, directa, pero reservada, con uso de fórceps logramos que nos cuente que tiene pareja, que él no está vinculado a la salud y que le carga lo público, así es que prefiere no mencionarlo. “Pero el tiempo corre”, afirma, y entramos de lleno a un tema clave en la historia de las mujeres de su generación.

¿Cómo ves en tu condición de médico y de mujer la postergación de la maternidad?
Me encantaría que acá las cosas fueran como en otras partes, como en Nueva Zelanda, donde la Primera Ministra asiste con su guagua de tres meses a la Asamblea de las Naciones Unidas, y nadie hace escándalo. Yo me declaro absolutamente feminista, decidida a seducir a quienes todavía no comprenden qué es el feminismo y lograr que los hombres se comprometan con la paridad de género. Hay que terminar con los estereotipos de la maternidad. Yo quiero tener guagua y desearía que todas las trabajadoras tuvieran las ventajas que tenemos las mujeres doctoras para hacerlo. Es cierto que se ha avanzado con políticas como la extensión del posnatal, pero qué pasa si no tienes una cuidadora para tu hijo cuando tienes que volver al trabajo; sabemos que en las salas cuna los niños se enferman y que los jefes no son muy comprensivos con las licencias por enfermedad de los hijos menores de un año. Veo lo que sucede con mis compañeras que son mamás, lo complicado que les resulta todo, porque ni los hombres ni las instituciones han asumido el compromiso parental en serio. Están ausentes durante el posnatal, en la etapa de colegio, no van a las reuniones de apoderados y nosotras normalizamos que eso sea así; no luchamos por cambiar las cosas. Así es muy natural que se postergue el ser madre. Después de mucho pedirlo, recién se ha conseguido que existan salas cuna para que las estudiantes de pregrado logren terminar sus carreras cuando tienen guagua y no sea como antes, que se les decía “ándate a tu casa a ser madre”. Pese a todo lo que se ha avanzado, para muchas empresas contratar mujeres es un cacho, porque siguen creyendo que el rol reproductivo es solo nuestro.

Izkia no pierde el hilo ni el aliento cuando responde larga y apretadamente sobre cuestiones que la apasionan. Como esta.

La presidenta del Colegio Médico se hizo conocida como dirigenta estudiantil mientras estudiaba en la Universidad de Chile.

LA TORRE DEL SAN JUAN

Izkia Siches Pastén, hija de un contador auditor y de una tecnóloga médica, es 5 años menor que su única hermana. “También médico, también sanjuanina y también con nombre raro, Vinsja, quizás inventado por mi mamá”, dice, a propósito de un personaje clave en su vocación y en su vida: Myriam Pastén, su madre. “Mis papás son de Arica, desde donde nos vinimos por razones de trabajo de mi papá cuando yo tenía 4 años. Nos instalamos en Maipú, donde mi mamá vive y trabaja hasta hoy. Yo iba a un colegio particular subvencionado y en las tardes me la pasaba metida en la pequeña clínica privada donde mi mamá era tecnóloga de rayos. Yo me entretenía y jugaba ahí. Ella siempre nos incentivó que fuéramos médicos y lográramos así una autonomía económica”.

¿Algo así como que el dinero da la felicidad…?
No, algo así como que el dinero da grados de libertad que permiten vivir sin un ‘patrocinador’.
Así califica Izkia al marido típico, al proveedor. Y cuenta que, aunque su mamá es muy distinta a ella físicamente, es su referente más importante. “Bajita, flaquita, menuda, tiene una fuerza, una capacidad de trabajo notable. Cuando nosotras ya éramos grandes se separó de mi papá, que era más lejano, más tradicional, y no ha dejado de trabajar”.

Ella la visita los fines de semana. Baja desde la comunidad ecológica en Peñalolén, donde vive con su pareja, y la visita en la misma casa y barrio donde se crió. “El colegio Instituto Bernardo O’Higgins de Maipú donde íbamos tenía vínculos con la Vicaría de la Solidaridad de la Zona Norte. Ahí empecé a compartir con estudiantes y a conocer realidades mucho más adversas que la mía, haciendo trabajo social. Yo tenía mi pequeña burbuja, no comparable a la de los que viven en el sector oriente y van a colegios privados, pero igualmente era una burbuja de clase media maipucina. Ya en la universidad reorienté mi inquietud social a acciones políticas. Ya había decantado en mí la idea de que el voluntariado, el hacer caridad, asistencialismo, no soluciona los problemas estructurales de la sociedad. Se requiere de políticas públicas, donde los polos más relevantes son educación y salud. Se necesita una educación que no segregue, que no esté determinada por la cuna. Y en salud hay que distribuir el riesgo, no castigar a las mujeres jóvenes y fértiles y a los adultos mayores, por ejemplo. En Chile somos solidarios para las tragedias puntuales, pero no tenemos una cultura de solidaridad permanente”, dice de nuevo, apasionada, sin respiro.

Cuando entró a medicina se fascinó con las clases de humanismo de la medicina e historia de los sistemas de salud de Chile y el mundo. Ahora mismo está leyendo un libro que relata la gran peste que sufrió el país en 1902 y aborda la realidad sanitaria de entonces. “En la universidad creamos una revista sobre esos temas. En nuestro país, las políticas sociales partieron gracias a la acción de un grupo importante de pediatras, como el doctor Cruz-Coke y el mismo Salvador Allende”, dice.

Como presidenta del Colegio Médico cree que el gremio ha dejado de ser relevante y tener incidencia en esos temas-país, que a ella le quitan el sueño. Ahora, haciendo balance del año y meses que lleva a cargo, enumera acciones de participación en este sentido. “Hemos hecho mucho orden interno, lo que no resulta tan vistoso, pero ha sido importante. En materia de agenda pública nos adelantamos a la ola feminista, exigiendo protocolos a los hospitales, a las facultades de medicina, para evitar el abuso y el acoso sexual. El Colegio ha decidido restarse de prestar ayuda judicial a médicos involucrados en acusaciones de este tipo, no podemos estar con los victimarios, por una cuestión ética. Lo mismo aplica a los médicos involucrados en causas contra los derechos humanos. En lo medioambiental también hemos estado revelando la situación de la contaminación con leña en Coyhaique, los graves problemas en Arica y Antofagasta y ahora viendo qué rol tendremos en la crisis en Quintero y Puchuncaví. Nos interesa avanzar en la reforma a las isapres y tener voz en esos cambios”.

La mayoría de los 25 mil médicos afiliados al Colegio, de un universo de unos 40 mil en todo el país, no están en Fonasa, e Izkia quisiera conseguir que migraran del sistema privado al público con “un seguro extra” y un modelo que están estudiando.

¿Qué experiencia te ha marcado en el ejercicio de tu profesión?
Tengo el recuerdo de una mujer muy joven, de no más de 25 años, que tenía un cáncer metastásico uterino. Con ella todo salió mal en el servicio público. Ahí uno se da cuenta de que la gente pobre se muere más. Que la menor educación es una tremenda desventaja.

Pese a eso afirma con orgullo que la torre hospitalaria del San Juan de Dios funciona muy bien. “El problema está en la puerta de entrada. Una vez que entras, que estás ingresado como paciente, todo bien; pero ahí en la puerta lo que se vive es feroz. No hay privacidad, apoyo, espacio para decirte que tu familiar se murió o que se va a morir, por ejemplo”.

En el servicio de urgencia de un hospital público se vive esa dureza y es donde mejor se percibe la vulnerabilidad de las personas, dice. Ahí están los grandes desafíos sociales del sistema de salud, “sobre todo en lo que tiene que ver con la dignidad de las personas”. Por eso ella no deja el San Juan de Dios, donde están sus maestros, sus profes. “Hay allí una mística interna. Mi jefe trabaja 44 horas solo en el hospital. Cree en la salud pública y en el compromiso con los pacientes. Y eso lo tengo en la sangre”.

Tanto como bailar salsa, ver La casa de papel, andar en bicicleta, jardinear, soñarse en 20 años con una familia consolidada. Y comprarse ropa. “Soy trapera y ‘arera’”, confiesa, moviendo su pelo largo y exhibiendo sus enormes aros artesanales.

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