La nueva vida de James Hamilton

Reportajes y Entrevistas

La nueva vida de James Hamilton

Por Alejandra Matus / Producción: Paulina Wiegand

Se acaba de volver a casar. Dejó de ir a misa. El más severo y persistente denunciante del sacerdote Fernando Karadima cerró un doloroso proceso tras el fallo judicial que develó la veracidad de su denuncia. Ahora, comienza una nueva vida, liberado de viejos miedos y ataduras.

James Hamilton es un cirujano de reconocido prestigio, la persona que puso de cabeza a la Iglesia Católica chilena con su implacable y valiente denuncia en contra del poderosom sacerdote Fernando Karadima. Y, sin embargo, su sonrisa persistente, el cigarro permanentemente encendido y la devoción con que mira a su nueva flamante esposa, Valérie Elgueta Rouveyrol, transmiten una cierta fragilidad, un candor similar al que transmitían los ex colonos de Colonia Dignidad al abandonar ese recinto. Un hombre redescubriendo su identidad y probando consigo mismo quién quiere ser el resto de su vida.

Un año y medio después de que Hamilton sorprendió al país con sus afirmaciones sobre los abusos de Karadima en el programa Informe especial, de TVN, la justicia dictaminó que él y los otros tres denunciantes dijeron la verdad. Tras este duro proceso, la decisión sorprendió al denunciante en paz y sin amargura, recién casado y preparando su luna de miel.

Atrás quedó la rabia y, mucho más atrás aún, quedó el miedo. El Hamilton de hoy habla tranquilo, abre su vida personal y sus reflexiones, con ese conocimiento que solo da la experiencia y que supera a cualquier discurso teórico.

Acabas de casarte y dices que tu esposa fue una de las razones que te dio fuerza para llevar a cabo este largo proceso de denunciar lo sucedido y reparar tu historia.
Sin duda, el amor por Valérie fue lo que me motivó a limpiar todas mis ataduras y legalizar mi nulidad eclesiástica. Ya tenía una relación con ella cuando presenté la petición de nulidad. Quería rehacer mi vida. Si no hubiera sido por eso, lo más probable es que me hubiera echado para atrás.

¿Pensaste renunciar, rendirte?
Muchas veces. Tal vez seguí adelante porque soy cirujano y los desafíos, la adversidad, para mí se convierten en un aliciente para seguir intentando.

¿Cómo viviste el día después a esa entrevista en Tolerancia cero, en marzo de este año, donde tildaste de criminal al cardenal Francisco Javier Errázuriz?
En ese momento casi todas las reacciones fueron de apoyo. Lo que sucede es que lo que yo dije resonó en muchas personas que probablemente también han sido víctimas de algún tipo de abuso. Ellas sabían que yo no estaba equivocado. Cuando la verdad tiene fundamentos, dentro de nuestra cobardía natural, encontramos valentía.

Durante el proceso judicial tuviste que carearte con Karadima. ¿Cómo fue ese encuentro?
Fue reconfirmar de boca de él los hechos. No porque los reconociera, aunque reconoció algunos, sino por sus silencios, por su defensa en el secreto de confesión. Pero encontrarme con él fue sumamente desagradable, porque él es un abusador perverso, una persona que permanentemente viola los límites. Me saludó de mano e inmediatamente me tomó el
codo, trató de acercarse. Incluso me preguntó por mis hijos,
como si no hubiera pasado nada. Es un agresor.

Dijiste que habías pagado un costo alto por decir la verdad. En tu caso, ¿cómo se expresó?
Viví un momento muy duro. Tuve mucha rabia y me aislé. Rompí lazos con mi familia, mis amigos y Valérie.

¿Caíste en alcoholismo o actitudes autodestructivas?
Ni siquiera. El dolor no te permite distraerte. Es un garfio que te atraviesa las entrañas, te inmoviliza, te paraliza.

¿De qué periodo estamos hablando?
Invierno y primavera del año pasado; y verano de este. En pleno proceso judicial.

¿Cómo era tu rutina en ese periodo?
Nada. Llegaba a la casa del trabajo y me encerraba. No quería hablar con nadie ni ver a nadie.

Esa rabia que sentías, ¿contra quién era?
Contra mí mismo.

¿Por qué?
Prefiero no hablar de eso.

¿Cómo saliste?
Llegó un minuto en que me dije: “No puedes seguir viviendo así”. Desde el fondo de ese pozo en el que caí, empecé a valorar lo importante que es el afecto de tus seres amados. Descubrí que no hay nada más importante y que tenga más valor que eso. Después de muchos meses de sufrimiento en soledad, levanté cabeza cuando descubrí lo que es verdaderamente importante.

Verdad sanadora

¿Cómo tomas la decisión judicial que, por un lado, deja establecidos los hechos, pero por el otro absuelve?
De dulce y agraz. Por un lado queda completamente establecido el caso. Por otro, cuando tú tienes un delincuente que delinque en forma consuetudinaria, el tema de la prescripción es muy cuestionable, porque desde el punto de vista médico y de criminalística este tipo de personas nunca deja de abusar. No hay que olvidarse que estos patrones están muy estudiados en todo el mundo. Se sabe que estas personas deben ser aisladas de la sociedad, o controladas, porque no se rehabilitan. En este sentido, creo que es obligación del Estado procurar la protección de sus ciudadanos tomando las medidas que corresponden.

¿Esto lo van a plantear ustedes como apelación o esperan que las cortes actúen de oficio?
La verdad es que estamos muy satisfechos con la investigación y con lo que el fallo ha mostrado. Creemos que esto ya es responsabilidad de la sociedad y del Estado, con sus organismos garantes. Cada cual tiene que hacerse responsable de lo que le corresponda. Nosotros ya nos hemos hecho más que responsables de lo que nos ha correspondido. El hecho de que el fallo saque a la luz toda esta red de abuso, con su cabecilla, me permite descubrir que la vida no es solo esto, que sigue adelante, que puedo seguir con mi actividad profesional y, por encima de todo, abrazar un proceso de sanación que me permitió constituir una nueva familia. Para mí ha sido un regalo enorme de la maduración en el tiempo.

¿Es el regalo de la verdad?
Creo que lo importante es que la gente sepa que siempre la verdad tiene un costo y que ese costo puede ser muy alto. Pero cuando la verdad aflora, la posición en la que uno queda posteriormente es muchísimo mejor de aquella que estaba al comienzo. Así que, a pesar de que todos le hacemos el quite al sacrificio, la búsqueda de la verdad, lo vale. No solo por un concepto ético, sino que porque produce un bienestar humano. Pero ha sido un camino muy difícil, en que creo que la resistencia se debió a la unidad del grupo de denunciantes. En medio de las peores dificultades nunca perdimos el sentido del humor. Poder reírse de la propia tragedia significa que uno está encaminado a la sanación.

¿Cómo se expresaba ese humor?
Cuando nos juntábamos a evaluar cómo íbamos, cada uno llegaba más destrozado que el otro, agobiado, frente a un clima y a una expectativa sumamente adversa. Pero nunca faltó la talla. Nos reíamos un poco de manera cruzada de lo que íbamos viviendo y que era distinto para cada cual, en edad, en contextos laborales y personales. Llegábamos adonde nuestro abogado, Juan Pablo Hermosilla, a llorarle penas y terminábamos riéndonos de nosotros mismos. Estar ahí y poder juntarnos ya era un gran paso. Estar ahí y saber que no estábamos solos, nos confirmaba la delincuencia que habíamos vivido.

Romper la soledad fue un primer triunfo.
Es que antes de eso estábamos compartimentados, sin que pudiéramos hablar entre nosotros ni saber lo que le ocurría al otro, en un sistema de control total. Compartir nuestras experiencias fue un alivio gigante. Descubrir que había un patrón común, actos y técnicas de sometimiento similares, nos daba esa gran certeza de que no era uno el equivocado. La soledad hace que el abuso se enquiste. El abusador siempre quiere aislar a su víctima, las mujeres abusadas por el marido, los niños abusados, los empleados abusados en la empresa, las nanas abusadas por el patrón, porque así el abuso se perpetúa.

Héroe a la fuerza

Volviendo al punto de inicio. Cuando tienes que tomar la decisión de hablar y aún no podías prever el fin del camino y ante ti solo se mostraba el precio que tendrías que pagar. ¿Qué te motivó a hablar?
Los hechos se desencadenaron por el proceso de nulidad eclesiástica de mi primer matrimonio. Ese proceso fue durísimo, porque fue la primera experiencia de profunda decepción con las autoridades eclesiásticas. Fue perder la ingenuidad.

¿Tú estabas pidiendo la nulidad?
Sí. Los fundamentos estaban dados por lo que hoy todo el mundo sabe (los abusos de Karadima), pero que en ese momento se suponía que era algo archisecreto. Me pidieron un primer borrador de unas veinte páginas, donde me preguntaron prácticamente de todo, y yo lo hice, con mucho dolor. Expliqué cómo lo que viví fue desequilibrante en mi relación de pareja y cómo comprometió la libertad que uno debe tener a la hora de decidir casarse. En un momento, y para mi sorpresa, se filtró la información y me vi en la obligación de fundamentar. Ahí empieza una serie de manipulaciones del proceso, muy dolorosas para mí, porque en ese momento era solo mi palabra y no tenía confirmada la existencia de otras víctimas. Fue en ese contexto que me vi en la obligación de fundamentar y no me quedó otra que buscar testimonios de gente que hubiera vivido lo mismo que yo, para que fueran testigos.

¿Habías oído que existían o cómo los encontraste?
Sospechaba, porque eran personas que yo conocí, que eran sumamente valiosas y que súbitamente se habían alejado de esta parroquia. Además, habían sido degradadas, con calificativos poco menos que de endemoniados. Mientras más los denostaban, más me llamaba la atención y más dudas me provocaba su alejamiento.

¿Cómo fue para ti esa experiencia de verte en el diario?
Un shock. Lo primero que hice fue tratar de avisarle a Valérie, mi señora, lo que estaba pasando y luego al director de la clínica donde yo estaba trabajando, porque ya anteriormente esta red de delincuencia había logrado, gracias a miembros que pertenecían a la Clínica Alemana, que me echaran de ahí. Me vi en la necesidad de proteger mi trabajo y de hablar con el director para que supiera que yo no estaba detrás de esto. Y ahí se desencadena todo. Apenas pocos días antes de que apareciera la información en la prensa, con Juan Carlos (Cruz) y Andrés (Juan Andrés Murillo) habíamos contactado al abogado Juan Pablo Hermosilla, previendo que esto se iba a abrir en algún momento. Y cuando esto estalla, buscamos la manera de defendernos y así, en cuestión de días, se arma el Informe especial, donde contamos nuestra cruda verdad. La reacción fue como un terremoto, de violencia extrema.

A qué te refieres con actos de violencia. El despido de la Clínica Alemana, ¿qué más?
Por ejemplo, cuando hice la denuncia, me pidieron un análisis siquiátrico. Fueron dos sesiones. En la primera de ellas el siquiatra me entrevistó apenas por media hora sin demostrar mucho interés. En la segunda, en que yo suponía que íbamos a ahondar en la conversación, el profesional ya tenía redactado un informe de seis o siete páginas con sus conclusiones respecto de mi personalidad. Eso fue muy doloroso, porque hasta ese momento yo pensaba que me iban a escuchar. Aún creía que iba a haber un proceso auténtico. Me sentí manipulado. Y después cuando ese informe se filtró a la prensa, sentí un golpe demoledor. Me sentía infinitamente solo. Si consideramos la magnitud de las fuerzas que tuvimos que enfrentar, el mito de David y Goliat queda chico. Nosotros no teníamos ni una piedra, ni una honda para lanzar. Esto llegó a un momento de clímax cuando me intentaron hacer firmar una declaración de ocho puntos, de los cuales tres eran completamente falsos. Y yo me negué.

¿Cuáles eran esos puntos falsos?
Se trataba de que asumiera una condición de homosexual, que no soy, y también se intentaba que quedara establecido que yo me había confesado de todas estas tropelías con el mismo Karadima, lo que tampoco era cierto, pero era importante para ellos, porque disminuía mi credibilidad como denunciante y les permitía entorpecer la investigación eclesiástica. En ese momento ocurre una nueva filtración del proceso canónico, esta vez a la prensa. Primero a La Tercera y luego a La Segunda, con mi foto y todo.

¿Cómo te preparaste para esa batalla?
No me preparé. Yo no busqué asumir este papel. Las circunstancias me obligaron. No quiero que la gente piense que tengo alguna cualidad especial o valentía sobrenatural. Solo fui un héroe accidental. Si me pides una receta de cómo hacerlo, no soy capaz de dártela.

Regreso a la vida

¿Cómo lograste que tu relación con Valérie sobreviviera tu paso por el infierno?
Ha sido un proceso maravilloso de recuperación de mi habilidad para tomar decisiones libres, voluntarias y conscientes, y todo gracias a esa fuerza indefinible que es el amor. Valérie y yo rompimos y estuvimos separados durante esos largos meses que duró mi aislamiento. Pero cuando me di cuenta de que la estaba perdiendo, intenté recuperarla. Sé que la expresión es cursi, pero pensé que si nuestro amor era fuerte y verdadero, tendría que soportar esta prueba. Ella fue muy cariñosa, pero también muy prudente, hasta que llegó el día en que, figurativa y literalmente, me tendió la mano.

¿Cómo fue? ¿Qué pasó?
Yo la llamé. Nos vimos, nos miramos a los ojos, ella me extendió la mano y sobraron todas las palabras.

Ahora que el proceso judicial termina un ciclo. ¿Qué lecciones te deja? ¿Cómo te cambió esta experiencia?
Ha sido un proceso de liberación y despertar. De volver a la autenticidad después de vivir muchos años anestesiado. He descubierto que el amor, el respeto, la bondad y la belleza no son monopolio de ningún credo. En el momento en que aceptamos ese monopolio, caemos en la esclavitud y el abuso.

Declaraste en la entrevista de Chilevisión que ya no eres católico. ¿Todavía crees en Dios?
He adquirido la maravillosa libertad de dudar de su existencia.

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