Julián Elfenbein, sin presentación

Reportajes y Entrevistas

Julián Elfenbein, sin presentación

Por Bárbara Riedemann / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner / Asistente de Producción: Francisca Subercaseaux

Su rostro se toma las pantallas de Chile todas las mañanas: no necesita presentación. Ocupadísimo, hiperventilado y expreso en sus respuestas, tiene claro lo que quiere y lo que piensa. Con ustedes, Julián Elfenbein.

Mi despertador suena a las 6 de la mañana. Me levanto al tiro y tomo desayuno: cornflakes con yogurt de frutilla, un vaso de leche con chocolate y un café con leche. Entre la cocina y el baño me leo todo El Mercurio. Desde chico que lo leo completo, completo. Bueno, la Revista del Campo, no.

Soñaba con ser presentador de Miss Universo. Cuando era chico estaban súper de moda esos programas y los daban por la tele. Yo quería ser como esos animadores porque se notaba que lo pasaban bien. Además, quería ser jugador de la U y abogado, porque me encantaba una serie que se llamaba Se hará justicia.

Me es casi imposible decir que no. Soy buena gente, pero eso de repente hace que suprima lo que yo quiero. Por ejemplo, estoy muy ocupado todos los días, y si alguien me dice: “Oye, necesitamos que hagas esto”, y yo digo: “No puedo, no tengo tiempo, estoy cansado”, y el otro dice: “Pero es que, pucha…” Ahí termino cediendo y digo: “Ok, bueno ya”. Me cuesta decir que no.

Cuando he tenido que tomar decisiones importantes consulto a una brujita amiga. Es una tarotista que me ayuda a canalizar energías y a guiarme. La última vez que la vi fue cuando me tuve que cambiar de canal. Yo la escucho y ella me orienta. 

Me dan rabia los abusos de las empresas hacia el consumidor con el afán de vender más y más barato. El alza del precio de la bencina, que la isapre te suba el plan sin dar una explicación y que te lo notifique enviándote una carta de cuatro páginas en la que uno no entiende nada. Y también cuando se demoran casi una hora en atenderme en un lugar de comida rápida.

 

Estoy cansado. Lo más agraz es el exceso de trabajo y la falta de tiempo: entre el matinal, los demás programas y mi trabajo en mi productora Chilecorto, el día se me pasa volando y me dan las 12 de la noche y todavía ni me acuesto. Aunque lo más dulce de tener esta pega es que me permite comunicar desde distintos formatos.

En Chile existe mucha flojera para tratar la farándula: se miente mucho y se investiga poco. Sin embargo,me parece legítima como medio de entretención, siempre que no penetre en esferas de agresión. Es un área más dentro del periodismo, tal como el deporte o la política. Un buen formato es Primer Plano, soy fanático, porque es un programa que está bien hecho.

Con el orden soy medio maníaco. En mi casa ordeno mucho. Me gusta que los muebles estén derechos y me desquicia que quede un espacio abierto entre las cortinas.

¿Vanidoso yo? Tengo una cuota de vanidad necesaria. No es excesiva, lo justo para trabajar en la tele, porque cuando te expones demasiado, como pasa en esta pega, tienes que gustarte, y yo me gusto. Mi objeto más preciado es mi colección de camisetas de la U. Tengo muchas, como una del “Huevo” Valencia del 94, otra que me regaló el “Matador” Salas y la última de Johnny Herrera.

Tengo tanta ropa que tuve que ambientar mi subterráneo como clóset. Todas las mañanas tengo que bajar hasta allí para vestirme. Ahí guardo mi gran colección de corbatas delgaditas; las empecé a usar cuando nadie más lo hacía y ahora son una tendencia.

No soy un tipo biodegradable. No tengo bolsas distintas para la basura en mi casa ni nada de eso, pero jamás he tirado un papel en la calle y odio que la gente lo haga.

Soy judío practicante y creo en Dios. Voy al sabbath el viernes, que es el día de descanso. Es una manera de cortar la semana y hacer un alto.

No creo en los fenómenos paranormales, son inventos humanos. En el año 96 perdí a mi polola en un accidente de auto; luego a mi padre, y por más que quiero, jamás se me han aparecido. He sentido cosas, pero es porque yo quiero sentirlas. Sin embargo, rezo todas las noches, miro las estrellas y la busco a ella y le pido por mi familia.

Cuando me diagnosticaron un tumor cerebral fue como: ”¿Y qué hacemos ahora?”. Perdí la audición de un oído y pasé por una operación que podría haber sido mucho más riesgosa, pero lo veo como una prueba. La lección que me queda es que la vida nos depara sorpresas cuando uno menos las espera, y tienes que estar preparado para superarlas. Creo en el destino que te pone pruebas buenas y malas, pero creo aun más en que de todas se puede salir.

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