Juntos, siempre

Reportajes y Entrevistas

Juntos, siempre

Por Patricia Morales

Cuando una relación termina y hay hijos de por medio son muchos los acuerdos a los que hay que llegar. La situación se torna más compleja si los progenitores residen en diferentes países y aun más si han vivido violencia. Es la historia de estas dos madres, sus exparejas se llevaron a sus hijos lejos y ellas tuvieron que viajar kilómetros y hacer todo lo que estaba a su alcance para recuperarlos y protegerlos.

María José Abarca comenzó una relación con el padre de su primer hijo en 2009. “Es holandés y nos conocimos en Chile. Después de un tiempo juntos él se trasladó a México por trabajo y mantuvimos la relación a distancia hasta que finalmente, en 2011, decidimos casarnos y yo me trasladé a ese país”, cuenta. En un comienzo todo andaba muy bien, él era cariñoso y respetuoso, “una pareja ideal”, según describe. Quedó embarazada y de a poco las cosas empezaron a cambiar. “Partió con violencia psicológica, me decía cosas que me hacían sentir mal. A veces discutíamos y me hacía bajar del auto y yo quedaba tirada en cualquier lugar de la ciudad y tenía que arreglármelas para volver”, recuerda. En ese tiempo nuevamente lo trasladaron, esta vez a Miami, y como su hijo estaba por nacer decidieron instalarse allí un mes antes de la fecha de parto, porque en esa ciudad tenían un mejor seguro médico. A la semana de nacido, María José regresó a México con su hijo y continuó su vida allá. Hizo una maestría por las noches, momento en que dejaba al niño con una nana. Las cosas fueron empeorando. Su exmarido pasaba toda la semana en Miami y llegaba solo los fines de semana donde ellos. “En las ocasiones en que discutíamos él se ponía cada vez más violento. Llegó al punto de retener todos los documentos de mi hijo en una caja de seguridad, y casi al final de la relación me quitó todas las tarjetas y me dejaba con un poco de efectivo; yo en ese momento no estaba trabajando”, cuenta. En alguna de las agresiones decidió ir a la policía, pero la respuesta fue para ella tan dura como lo que estaba viviendo. “Me dijeron que tenía dos opciones: que hiciera la denuncia y con eso metían preso a mi esposo o que callara y me fuera a la casa. Yo en ese momento no tenía recursos económicos y tampoco tenía los documentos de mi hijo; pensé que si denunciaba todo podría empeorar, así que me fui, pero dejé una constancia de lo que estaba sucediendo en el consulado de Chile”, cuenta.


Era mayo de 2012, el hijo de María José tenía solo diez meses de vida y decidieron separarse. “Él me dijo que ya no me quería, que se iría a vivir a Miami y que se quería llevar al niño por tres meses y que luego me lo llevara yo tres meses a Chile, y así, en una especie de custodia compartida. Obviamente esa opción no era posible por la edad de mi hijo, pero le tenía tanto miedo que le seguí la idea. Cuando llegamos a Miami él nos dejó en un hotel a los dos y ahí llegaron mis padres, yo les había avisado de esto antes. Nos fuimos al consulado y ahí, dado que ya conocían mi situación, me entregaron un documento de viaje para el niño con el que llegamos a Chile en julio de ese año”.

Su exmarido la demandó por secuestro internacional. En el proceso de restitución del niño a Miami, donde estaba el padre, debieron pasar por el Juzgado de Familia de Valparaíso, por la Corte de Apelaciones y por la Corte Suprema. Las tres instancias confirmaron que el niño se quedaba con la madre por dos razones. La primera es que el padre estaba reclamando la restitución a su residencia en Miami, y con toda la documentación se pudo acreditar que nunca vivieron en Miami sino que en México, y segundo, porque en el Convenio de La Haya (que rige a todos los países en estos aspectos), respecto de la sustracción de menores, hay un artículo que indica que si hay un grave riesgo de restituir al niño, las situaciones de violencia de este caso, entonces no se restituye.

La resolución de la Corte Suprema fue a fines del 2013 y en 2014 el padre demandó a María José para establecer un régimen de visitas. Pasaron por un proceso judicial y como había existido violencia, se determinó que podía ver al niño pero con enlace materno, es decir, tenía que estar la abuela o la nana. En la práctica el hijo tuvo muy poco contacto con el padre porque él viajaba con suerte dos veces al año.

“Después de mí, que fui su segunda esposa -antes se había casado con una peruana, con la que tenía dos hijos-, el padre de mi hijo se casó cuatro veces más. Con su última esposa tuvieron un bebé y cuando hablábamos se veía tranquilo, mucho más relajado y menos agresivo que antes. Incluso en el cumpleaños número seis de mi hijo ellos vinieron, estuvieron en mi casa compartiendo con mi familia”, recuerda. Todo esto hizo que, de buena fe, María José accediera a flexibilizar ante el juez las visitas y que incluso más adelante su exmarido pudiera viajar con el niño al extranjero.

“Cuando llegó el momento del viaje la primera esposa me contactó y me alertó de las situaciones que ellos habían vivido. Tuve acceso al portal judicial en Perú donde había declaraciones de sus hijos que decían que el papá los había violentado física y psicológicamente. Me espanté y apelé a la resolución del juez argumentando los hechos de violencia y que se trataba de un padre que no es chileno, que vivía en el extranjero y que había altas posibilidades de que no lo retornara. A pesar de todo esto los autorizaron a llevarse a mi hijo por 15 días”, cuenta.

En los juzgados de familia explican que, generalmente, “la negativa de un permiso como este se funda en el temor de que el hijo no retorne al país y la salida de Chile tenga el carácter de definitiva. Por ello, en la solicitud de autorización para salir del país se debe demostrar al juez que el viaje será transitorio, ojalá acompañando los pasajes de ida y vuelta, señalando los motivos del viaje (vacacionales, educativos, etcétera) y los beneficios que este puede tener para el niño o niña. Es el juez quien, en virtud de los antecedentes que se le presentan, otorga o deniega la solicitud para salir del país, ponderando si la negativa del otro padre es o no justificada”. En este caso determinó que no era justificada. “Además en la audiencia (el juez) me dijo que tenía que ir al psicólogo porque claramente era una madre que estaba obstruyendo la vinculación entre mi hijo y su padre, y que visualizaba que yo había quedado muy dañada después de la separación”, recuerda aún con rabia.

El 1 de noviembre de 2018 el menor, de siete años, salió del país. “Empecé a pedirle por WhatsApp que me dejara hablar con él como estaba establecido desde el primer día. Jamás me dejó. No supe nada más de mi hijo después de que se fueron. La solicitud del padre siempre fue llevárselo a Uruguay, donde tenía un campo, y a Miami, donde se supone que era su residencia habitual. No fueron a ninguno de los dos países. Tomaron un avión a Argentina y de ahí a España y luego a París. Después de eso se movieron en auto seguramente para no dejar rastro y se quedaron definitivamente en el sur de Francia, en Montpellier”. Todo esto María José lo sabe porque se encargó personalmente de investigar. Buscó pistas en redes sociales y contrató a un investigador privado en Francia para que buscara a su hijo. “No podía seguir el conducto regular. Estos procesos se inician en la Corporación de Asistencia Judicial, pero la información que me daban era limitada, las respuestas eran lentas y yo no podía tomarme el tiempo que estaban demorando. Siempre he pensado que si hubiese dejado todo en manos de las instituciones chilenas y confiado en ellos mi hijo no estaría conmigo”, advierte. Y así lo confirma el abogado Juan Carlos Manríquez, que la asesoró en todo este proceso: “En este caso, si no fuera porque María José hizo los esfuerzos sobrehumanos que hizo, llevando esta cuestión prácticamente sola sobre sus hombros, no habría logrado recuperar a su hijo”.

Madre e hijo estuvieron cuatro meses y medio separados. “A los dos días de contratar al investigador privado supe la dirección exacta de mi hijo y hasta tuve un par de fotos de él desde lejos. Habían pasado tres meses sin saber absolutamente nada. Una vez que se inició el proceso judicial tuvo que pasar un mes y medio más para tenerlo conmigo”, cuenta. Y agrega: “El mismo día de la audiencia el juez francés resolvió que se debía restituir inmediatamente al niño a su residencia habitual que estaba en Chile. La resolución fue totalmente positiva para mí. En Francia, gracias a Dios, se hizo justicia”.

Los derechos del niño

María José aún tiene sentimientos encontrados con la justicia chilena. “Los jueces de familia están para resguardar principalmente los derechos del niño, más allá de los del padre o de la madre. En este caso les dieron prioridad a los derechos del padre de tener visitas, de tener cercanía con el niño, incluso de poder llevarlo a su residencia habitual, sin ponderar los riesgos para el niño”, afirma.

El abogado Manríquez explica que el estándar de revisión en los tribunales de familia debiera ser muy exigente. “Y sobre todo cuando hay antecedentes fiables de que entre los padres han existido conflictos que puedan hacer presumir fundadamente que uno de los dos no va a cumplir con la entrega del menor, y en este caso eso había ocurrido (…). Habiéndose incrementado el número de estos casos y siendo cada vez más fácil moverse por el mundo, creo que es primordial adecuar la norma chilena a los nuevos tiempos”, dice. Más aun considerando que en estos casos quienes más sufren son los niños, no los padres, y así lo confirma la psicóloga experta en familia Fernanda Jiménez: “Cuando un niño es secuestrado, es violentado de la forma más profunda. En estos casos hay desarraigo, violencia psicológica, porque no solo lo alejan de su figura de apego sino que de todo su entorno social”. “Yo aún no dimensiono qué impacto va a tener esto en mi hijo. Lo veo bien, contento, pero fueron casi cinco meses donde tuvo que aprender un idioma, estar con gente que no conocía, sin su mamá, sin sus amigos, totalmente fuera de su contexto”, complementa María José.

Todo por mis hijos

En 2009 la arquitecta Maite Ayerdi se tomó unos meses sabáticos. Viajó a Europa y allí conoció a un portugués con el que años más tarde se casó en Chile. “Como en la mayoría de estos casos, cuestión que ahora yo entiendo, él en un comienzo se presentó como el hombre perfecto. Cualquier mujer lo habría querido, cualquier papá o mamá lo habría querido como yerno, en apariencia era ideal. En apariencia, porque la violencia intrafamiliar se vive normalmente entre cuatro paredes. Mucha gente hoy me dice, ¿pero cómo? ¿Él? Les cuesta mucho creerlo. Y efectivamente incluso a uno que está adentro le cuesta creerlo”, cuenta. Los primeros episodios de violencia los perdonó porque él le prometía una y otra vez que iba a cambiar. “Cuando quedé embarazada, producto de su inseguridad, dudó de la paternidad de la guagua. Me acuerdo que esa vez le dije que no iba a seguir aguantando, que agarrara sus cosas y se fuera. Terminé de decir esto y él se me vino encima, yo estaba embarazada de casi tres meses. Me tiró al suelo, me pegó patadas, me arrastró por el suelo más de treinta metros. No sé cómo terminó esta historia porque aún tengo muchas cosas bloqueadas”, recuerda. “Solo sé que él me escribió una carta arrepentido, que encontré hace un tiempo y se la mandé a los jueces como una prueba más de que él me agredía, porque uno termina autoconvenciéndose por el sistema judicial, donde tienes tanto que probar, de que no eres mentirosa, que no eres exagerada, que no eres una loca”, dice. Meses después de este episodio estaba programado el matrimonio, así que Maite le dio nuevamente una oportunidad. Se casaron y se quedaron viviendo en Chile por un tiempo.
En algún momento la situación no dio para más y decidió separarse. “Estaba embarazada de mi segundo hijo, él me pidió permiso para viajar con nuestra hija a Portugal. Yo justo ese mismo día en la mañana había conseguido que fuera a firmar el cese de convivencia al Registro Civil y en la tarde me citó en un café para pedirme que lo autorizara a salir del país con mi hija, que tenía un año. Le dije que no, que se supone que él iba a viajar para ver unos problemas de trabajo y que por tanto mi hija iba a tener que estar sola, con la nana, buena parte del día. Me empezó a amenazar en el mismo café. Me decía que iba a matar a mis papás, a mi hermano y a los niños. Hablaba de ‘pintar a casa vermelha’, que era llenarla de sangre. Entre amenazas me obligó a subir al auto y a ir al notario. Íbamos cada uno en su auto, él me seguía detrás. En el camino pasé por el frente de la comisaría y sin pensarlo doblé con el auto, aceleré para que él no me pudiera detener. Yo estaba embarazada de seis meses. Él me siguió porque no sabía que ahí estaba la comisaría. Me bajé llorando a pedir ayuda y cuando los carabineros salieron para agarrarlo, él salió huyendo. Al día siguiente apareció en mi casa con un cuchillo”, recuerda.


Así siguieron los episodios de violencia y las amenazas. Maite vivía aterrada y para evitar que hiciera algo peor le dio la autorización para que viajaran. Ya había nacido su segundo hijo cuando él se fue con su hija mayor a Portugal. “Yo ahora entiendo que su objetivo era llevarnos a Portugal para que nos quedáramos allá. De hecho, si él hubiera viajado solo yo nunca hubiese tomado ese avión, porque hubiese tomado distancia y me habría vuelto a empoderar. Pero como se llevó a mi hija, tuve la necesidad de seguirlos para protegerla”, confiesa.

A los cinco meses iban a volver, pero él requisó todos los pasaportes. Maite comenzó a vivir los peores años de su vida. En Portugal intentó arrendar algún lugar para poder irse con sus hijos, pero como no tenía ingresos fijos nadie le arrendaba. El 29 de enero de 2017 vivió la última agresión viviendo juntos. Fue a hacer la denuncia y le explicaron que no podían sacarlo a él de la casa porque no hay, como en Chile, medidas cautelares de alejamiento. Decidió arrancar a la casa de su cuñado, inventándoles a los niños que irían a hacer pijamadas a la casa de sus primos. Estuvo ahí una semana y en ese periodo le resultó un negocio con el que pudo adelantar seis meses de arriendo en un departamento. Se fueron un 14 de febrero los tres, solo con un colchón.

En ese lugar se rearmó y juntó las fuerzas necesarias para seguir un proceso judicial. “Pedí la custodia de los niños porque en mi cabeza no cabía compartirla con un agresor. En la audiencia me dijeron que los derechos del padre son iguales que los de la madre. Viví mucha violencia judicial, pero no me permití caer, porque si yo me caía ¿quién protegía a mis niños? ¿Quién los contenía?”, recuerda aún entre lágrimas.

En diciembre de 2017 consiguió que el tribunal la dejara venir a Chile con los niños de vacaciones por veinte días. Una vez acá buscó ayuda. Tuvo que contratar abogados y endeudarse para seguir con el caso, porque estando acá decidió que no volvería. “Me costó tomar la decisión porque no soy una criminal y con esto me estaba transformando en una ‘delincuente’, pero ya no tenía cómo seguir sobreviviendo en Portugal”, confiesa. Seis meses después le llegó la acusación de secuestro internacional. “Empezó el juicio y la jueza no vio nada más que lo único que siempre he reconocido, que es que hice retención de los niños. Fui sentenciada a restituirlos a Portugal. Inicié una serie de procesos. Fuimos a la Corte de Apelaciones y perdimos. Lo único que conseguimos fue dejar esa sentencia suspendida porque presentamos en la Corte Suprema una queja contra los ministros de la Corte de Apelaciones que aún está en proceso”, explica.

Al igual que María José, Maite encontró la justicia fuera del país. “Cuando iba entrando a la Corte Suprema recibí un llamado de mi abogado en Portugal. Me avisaba que habíamos ganado la apelación que hicimos en contra de la sentencia que desde allá hicieron y que le entregaba la custodia al padre. Esto significaba que ahora la custodia era mía, que la residencia de los niños era en Chile y que este señor tenía que hacer tratamiento psicológico por su violencia y poco control de impulsos. En Chile la investigación por violencia pasó de la Fiscalía al Tribunal de Garantía, y también lo van a imputar, pero lamentablemente el sistema no permitió notificarlo ya que por mail y mensaje de texto no existe la confirmación legal de que haya recibido la notificación. Tenemos que esperar que vuelva al país para ser notificado. Cuando recibí ese llamado no podía parar de llorar de la felicidad. Todo esto tiene una gratificación para mí que es confirmar ante el mundo que no soy una histérica, que no estoy loca. Y obviamente también por mis hijos, porque esto ha sido muy duro, pero si tengo que vender un riñón para seguir defendiéndolos, que no te quepa duda que lo voy a hacer”.

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