Kristine sin miedo

Reportajes y Entrevistas

Kristine sin miedo

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Rodrigo Chodil / Maquillaje: Yani Urbina

“Lo peor que me podía pasar en la vida me pasó y ya no tengo nada que perder”, dice Kristine Mcdivitt, a dos años de la muerte de Douglas Tompkins, a quien describe como su amor absoluto. Justo cuando el sueño de ambos logra concretarse, la creación de la Red de Parques de la Patagonia, un verdadero hito de conservación ambiental, enfrenta la demanda por la herencia por parte de de la hija menor de Douglas: Summer.

Paula 1246. Sábado 10 de marzo de 2018.

Basta observar unos segundos cómo se desplaza Kristine McDivitt Tompkins en una de las salas de reuniones del hotel The Singular en el Barrio Lastarria, donde está alojando, para entender porqué Douglas Tompkins la llamaba “picaflor”. Más allá del romanticismo, claro. Con su metro 50, esta mujer de 68 años y vibrantes ojos azules, evoca en su forma de moverse el aleteo del ave miniatura que se va de árbol en árbol, de flor en flor, con destreza sagaz.

Está en la capital de paso porque al día siguiente se firmará en La Moneda el último decreto que sella la Red de Parques de la Patagonia con la creación del Parque Nacional Pumalín Douglas R. Tompkins. Después de eso, partirá a Buenos Aires, de ahí a Ushuaia y luego se subirá a un transatlántico para viajar a Cape Town, Sudáfrica, donde se quedará varias semanas y se dará tiempo para seguir escribiendo el libro que prepara sobre su vida junto a Douglas. Cuando entra a la sala de paredes oscuras, se saca sus alpargatas y se sienta con los pies cruzados, al estilo indio, sobre un sofá de terciopelo azul. Pasó su infancia en un rancho en la costa oeste de California y su vida ha estado ligada a la naturaleza. Fue CEO de la compañía de ropa Patagonia y los últimos 25 años los pasó en el sur de Chile y Argentina junto a Douglas Tompkins –fallecido en diciembre de 2015–, con quien se convirtió en una férrea conservacionista ambiental.

Un mes después de la muerte de su esposo, estaba en La Moneda proponiéndole a Michelle Bachelet seguir adelante con el ambicioso proyecto de conservación que Tompkins había ideado en Chile: donar 407 mil hectáreas a cambio de que el Estado cediera 950 mil hectáreas fiscales –por ese entonces no protegidas– para sumarlas al Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado (que todavía no tenían el estatus de Parque Nacional).

Tras el sí del gobierno, en 2017 Kristine firmó la entrega de los terrenos, la mayor donación de tierras que un privado hace al Estado chileno, y empezó la elaboración de un protocolo para la creación de la Red de Parques de la Patagonia, 4,5 millones de hectáreas repartidas en las regiones de Los Lagos, Aysén y Magallanes y que fue oficializado el 29 de enero pasado.

La celebración por este hito, solo parece estar empañada por una piedra en el zapato: la demanda que Summer, la menor de las dos hijas que Douglas Tompkins tuvo en su primer matrimonio, presentó en octubre pasado ante el Juzgado de Letras de Puerto Varas, solicitando la nulidad del testamento firmado en 2012 por el fallecido filántropo. Testamento donde, como ya había anunciado públicamente, dejó a sus hijas fuera de su legado. En la prensa, Summer señaló que puso la demanda porque considera “un insulto haber sido ignorada” y apela a “ser reconocida como legítima heredera”.

¿Qué fue lo más difícil en estos dos años de negociación para formar la Red de Parques de la Patagonia?
Este acuerdo es tan complejo que había cientos de cosas que resolver. A veces no es suficiente que todo el mundo quiera hacer algo para que eso resulte. Por eso sigo sorprendida de que lo hayamos logrado. Si eso ocurrió fue porque la Presidenta Bachelet lo decidió. Nosotros solo le hicimos una proposición, le dijimos: “Traemos esta idea”.

¿Cuál fue la clave para que resultara?
Esa es una pregunta que hay que hacerle a la Presidenta. En todo este proceso nunca he estado en la posición de preguntarle por qué aceptó nuestra idea. Creo que sería interesante conocer sus razones, porque esto es algo importante no solo para Chile. Es el acuerdo de conservación más grande de su tipo en la historia de todo el mundo. No solo se trata de creación de parques terrestres, también de parques marinos. Chile, con esto, subió mucho la vara para el mundo entero. Quizás la gente no se da cuenta, pero los ojos del mundo están puestos sobre esto. Es un legado gigante.

Tengo que preguntarte por la demanda de Summer.
Está bien. Perdona, ¿acerca de qué?

Acerca de la demanda de Summer, la hija de Douglas.
De eso no hablo. Pedro Pablo Gutiérrez es mi abogado en Chile.

Sí, pero…
No hablo de esto. No solo no lo hago en la prensa.

Pero es inevitable que te lo pregunte.
Lo tengo claro. Pero también tengo absolutamente claro que no lo discuto. Nada. Nada. No hablo de esto con nadie.

Colapsar no fue opción

Ya van dos años desde que murió Tompkins. ¿Sientes que el duelo es un proceso cerrado?
No. Creo que nunca te recuperas del todo de perder a alguien con quien fuiste inseparable por 25 años. Entonces no es perder solo a quien es el amor absoluto de tu vida, sino también todo lo que se va con él en un momento. Porque en una fracción de segundo, él se había ido.

¿Puedes describir la evolución de esa pena?
Al principio solo quería ir a buscarlo. Irme con él en el sentido abstracto. Pero estaban todos nuestros proyectos y compromisos con un montón de gente. Así que colapsar no fue una opción real para mí. Tenía cientos de personas de las que era responsable: estaban los campos, los parques, la familia. Eso es lo que probablemente impidió que me volviera loca. Además, en estos dos años no he parado ni un momento.

¿Ni siquiera las primeras semanas?
No. Me junté con el Presidente Macri antes de que se cumplieran 10 días de la muerte de Doug. Y con la Presidenta Bachelet un mes después de que él murió.

¿Cómo recuerdas esos meses?
Dolorosos. Oscuros. No podía dormir. Soy una persona muy intensa en todos los sentidos. Y en los momentos de dolor eso significa que mi vida se va a negro. De un día para otro pasé a vivir la vida desde un universo paralelo. En el trabajo, las cosas avanzaban rápido; sentía que estaba más lúcida que nunca. Pero en mi vida personal me estaba desmoronando. Cuando recuerdo esos momentos a veces siento que podía verme sentada fuera de mí y observarme trabajando todo el tiempo, sintiendo al mismo tiempo que me estaba muriendo porque tenía el corazón destrozado.

En la última entrevista que dio Tompkins, comentó que se sentía contra el tiempo. ¿Qué hizo que la muerte se convirtiera en un tema?
Un tumor maligno de mamas que me detectaron hace cinco años. Eso lo asustó. Nosotros siempre quisimos morir juntos y asumíamos que sería así porque volábamos juntos tan seguido. La muerte era una posibilidad diaria. El cáncer que tuve fue muy leve, así que me repuse y salí bien. Pero después de mis cirugías él comenzó a preocuparse, a hablar de qué pasaría si es que no moríamos juntos. En ese periodo yo estaba viajando un montón. A él lo ponía de mal humor si él estaba en Argentina y yo en Estados Unidos. Su preocupación era tan grande de que algo sucediera, que decía que necesitábamos estar juntos todos los días. Algo en él lo hacía sentir que el reloj hacía tictac.

¿Tú no te planteabas esa posibilidad?
No. Él lo hacía. Nunca fui yo.

¿Te asustaste con la noticia del tumor?
Esa es una pregunta estúpida. ¡Por supuesto que me asusté!

Pero cuentas que siempre habían estado expuestos a la muerte en esta vida extrema, entonces parece que no le tenías miedo a la muerte.
Una cosa es vivir una vida riesgosa donde escalas montañas. Y otra cosa es cuando a la persona que amas más que a tu propia vida, le dicen que tiene un tumor maligno. Eso ya no es un riesgo voluntario. Es un shock. De un día para otro yo estaba en Los Angeles (Estados Unidos) empezando toda esta historia (el tratamiento). Creo que eso impactó a Doug. Nunca nos habíamos puesto en la situación de que uno de nosotros enfrentara un real problema de salud. Fue un shock para los dos, pero él no pudo salir de él. No pudo superar el miedo.

Tras superar tu enfermedad, ¿te empezaste a relacionar de otra manera con la muerte?
Sí, todo eso produjo un cambio en mí. Soy una trabajólica y sabía que desde hacía tiempo estaba empujándome a mí misma por sobre los límites. Cuando me retiré de Patagonia (la compañía), me junté con Doug, echamos a andar Pumalín pero entremedio nunca paré. Ahora miro atrás y me parece absurdo, casi demente, pero lo hice. Pero cuando me diagnosticaron, algo de mí dijo no más.

¿Qué cosas que dejabas pasar antes ya no estabas dispuesta?
Empecé a hacer las cosas de un modo diferente y a ser más honesta conmigo, con Doug y con los demás acerca de lo que estaba dispuesta a hacer o no. Si Doug quería volar a alguna parte y yo me quería quedar en casa para hacer cosas domésticas, entonces me quedaba en casa. Puede sonar ridículo, pero para mí fue un gran cambio.

¿Crees que emparejarse a los 40 los ayudó en el tipo de relación que construyeron?
Sí. Definitivamente. Cuando Doug vendió su parte de Esprit estaba buscando una nueva vida. Yo quería hacer otra cosa con mi vida también. Amaba Patagonia (la compañía), pero estaba cansada: partí trabajando ahí a los 23 años y me apanicaba sentir que podía seguir haciendo lo mismo hasta los 50, 60 o incluso 70 años. Yo estaba buscando una nueva historia, pero no lograba descifrar cuál era. Si en el momento donde me encontré con él en ese restorán yo no hubiese estado interesada en el Cono Sur, me habría movido a vivir en Nueva York, porque era algo que quería. Y, si hubiese sido así, no sé qué habría pasado. Porque esto fue un paquete completo. Yo creo que no habríamos firmando nada con la presidenta Bachelet si nosotros no hubiésemos hecho ese clic en ese viaje por el sur de Argentina.

¿Pensaron alguna vez tener hijos?
No. O sea… Si hubiese pasado, podría ser. Pero no pasó… (Se queda en silencio un momento). Ojjjj. En este ámbito, no sé. Creo que no. Pero, ¿quién sabe? Uno nunca sabe qué habría pasado.

Has dicho que eras una persona un día antes de su muerte y otra el día después.
Sí. Eso realmente cambió cómo miraba mi propia vida. Las cosas a las que solía tenerles temor o de las que era recelosa, desconfiada. Todos esos miedos los perdí. Le perdí el miedo a todo. A no querer volar si es que no hay buen clima. Porque lo peor que me podía pasar me pasó, entonces ya no tengo nada que perder.

¿En algún momento sentiste que se puso en duda tu capacidad de continuar con el legado?
Sí. Y es curioso. La avalancha de cuestionamientos que vino tras su muerte, fue una sorpresa para mí. La gente empezó a mirarme como diciendo: “Bueno, creo que aquí se termina todo”. Lo encontré muy insultante. Para una mujer que llevó las riendas de una compañía como Patagonia y que ha hecho un montón de cosas diferentes, fue chocante el tipo de sexismos que comenzaron a surgir como diciendo que sin Doug no me la podía. Leer: “Ella se está haciendo cargo del legado de su difunto esposo”. Él siempre fue el visionario y sobre eso no hay ningún cuestionamiento. A él siempre le gustó estar en la prensa y yo era feliz de dejarlo jugar ese rol. Pero estos eran planes que compartimos entre los dos por 25 años. Eran tan míos como suyos y de todo el equipo.

¿En qué otras cosas notas ese sexismo?
Ayer tomé el diario y decía: “La mujer de Douglas Tompkins”, “La viuda de Douglas Tompkins”. Y pienso: “¡Qué infierno! ¿Por qué?”. Pero eso ocurre especialmente acá en Chile. Porque en Estados Unidos y en Europa se habla más de Kris y Doug Tompkins. Sé que es algo cultural, pero es hora de parar con eso, de que lo superen. Porque es demente plantear las cosas así. Si yo fuera la que hubiera muerto y Doug hubiese seguido, no hubiese habido nada de ese sexismo.

Coleccionista de la naturaleza

La gente conoce la historia de Tompkins. Pero, ¿cuándo nació la conservacionista que hay en ti?
Cuando empecé a trabajar con Yvon y Melinda Chouinard (cuando arrancaron la compañía Patagonia, en California). Ellos estaban muy claros sobre lo que estaba pasando en términos de la degradación de la naturaleza. Yo no tenía idea. Un día, en 1978, cuando Patagonia era una empresa pequeña y todavía no teníamos muchas oficinas Yvon llegó y me dijo: “Hay un tipo que está tratando de recuperar un río y necesita una oficina para hacer el trabajo, así que consigámosle una oficina”. Le respondí: “¿Me estás bromenado? Dormimos en el pasillo, no tenemos más piezas”. Pero insistió: “No importa, este tipo va a recuperar este río, así que hay que conseguirle una oficina”. Ahí me salió decirle: “¿Y a ver, qué pasa con este río?”. Y fue violento. Todo lo que me dijo que le pasaba al río fue muy violento. Fue como una epifanía. Yo no tenía idea de que los ríos son cosas vivas. Para mí eran hoyos por donde corría el agua. Esa fue la primera vez que me lo planteé: ¿pueden los ríos estar enfermos?

¿Te imaginaste en ese entonces en ser algún día una conservacionista?
O sea, de alguna manera lo éramos. Hacíamos mucho por la conservación a través del negocio porque financiábamos causas medioambientales. Pero jamás pensé que sería la prioridad de mi vida.

¿Cómo describirías la evolución que has tenido como conservacionista?
Hoy estoy más desesperada. Hoy trabajo con más urgencia y con más determinación. Porque mientras más sabes y más ves, más duro tienes que trabajar. Mi corazón se parte en mil pedazos cuando veo lo que está pasando. Estamos en medio de la crisis más grande y extensa en la historia del planeta.

Hay filántropos que invierten su dinero en arte o en otras cosas. ¿Por qué ustedes decidieron invertir su fortuna en cuidar la naturaleza?
Lo que pasa es que estás mirando la naturaleza de un modo equivocado. Estás asumiendo que la naturaleza no es arte. Doug tenía una colección de arte. Pequeña, pero compuesta por la crème de la crème. Y decidió venderla tiempo atrás porque con una obra podía comprar 200 mil hectáreas de bosque. Yo de verdad creo que somos coleccionistas de arte y en este momento (con la donación de las 400 mil hectáreas al Estado de Chile) le estamos devolviendo esas obras al Metropolitan Museum para que todos puedan disfrutarlo.

Has hecho cientas de excursiones por la Patagonia.  De todas ellas, ¿qué momento epifánico recuerdas de manera particular?
La semana después de la donación partimos de viaje con un grupo de amigos, entre ellos uno de los escaladores más famosos de Estados Unidos que vino a escalar el Cerro Kristine conmigo. Yvon y Doug lo habían subido años atrás. Oh my God, llegamos allá arriba y el viento soplaba a 60 o 70 millas por hora. El desnivel era súper pronunciado y todavía nos faltaba un montón para llegar a la cumbre. Parecía interminable. Pero, ¿sabes?, me sentí tan feliz. Creo que es la primera vez que me sentí así desde que Doug murió. Estaba agotada, pero tan agradecida. Con una amiga que tiene mi edad, nos miramos y nos largamos a reír. No podíamos parar. Fue un momento tan lindo y al mismo tiempo tan miserable. Eso, de alguna forma, lo vives como epifanía. Porque algo cambia en ti.

¿Qué fue eso para ti?
Sentir: “Puedo sobrevivir a esto”.

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