La belleza de la alta costura

Reportajes y Entrevistas

La belleza de la alta costura

Por Rita Cox / Fotografía: Isabel Felmer

Los bordados, las flores, las plumas y los sombreros más finos del mundo, y que se lucen en las pasarelas de alta costura y lujosas vitrinas, son elaborados silenciosamente por artesanas y artesanos en París. Revista Paula tuvo acceso exclusivo a ese universo anclado en los valores de la tradición y el “saber hacer” que mantienen las casas Lesage, Lemarié y Michel.

Paula 1171. Sábado 11 de abril de 2015.

A unos 40 minutos de la Torre Eiffel, un edificio de dos pisos, entrada con puerta metálica gris y asombrosa sobriedad separa la cotidianidad del centro de operaciones más prestigioso de la alta costura mundial, que reúne bajo un mismo techo a las casas Lesage (bordados), Lemarié (plumas y flores) y Michel (sombreros). En su interior, el blanco de las paredes y el piso, la luz natural y un silencio como de iglesia son el escenario en que, separados por oficio, trabajan dedicados los artesanos, mayormente mujeres, algunas con 40 años de experiencia, otras que no superan los 18 años de edad y que recién se inician y han sido seleccionadas para recibir lo que más se escucha decir aquí: “le savoir faire” (el saber hacer) de las artes aplicadas en la alta costura que en este lugar se protege con plena conciencia de que se trata de un patrimonio cultural francés que no puede desaparecer.

“No nos preocupa que las marcas de ropa a bajo costo copien lo que mostramos en una pasarela. Esta calidad y artesanía no son replicables”, dice el director creativo de la casa de bordados Lesage.

La casa Lesage nació en 1924, cuando el matrimonio Lesage adquirió la casa Michonet, que destacaba por sus bordados fabulosos para los diseñadores Charles Frederick Worth y Jeanne Paquin. Su prestigio se consolida cuando comienza a elaborar los bordados con motivos zodiacales y circenses de Elsa Schiaparelli.
Aunque en 2002 fue comprada por Chanel, la casa opera como cliente de esa y otras firmas como Louis Vuitton e Yves Saint Laurent, y cuenta con su propia escuela, Ecole Lesage Paris. “Es un hecho que el trabajo que hacen los diseñadores y bordadoras es copiado por marcas de ropa de bajo costo, pero no nos preocupa. Esta artesanía, esta calidad, no son replicables”, dice Hubert Barrère, director artístico de Lesage, y hombre cercano a Karl Lagerfeld.

Un piso más arriba, Nadine Dufat comanda la maison Lemarié, con tradición en el trabajo de plumas desde 1880 y desde 1946 en la elaboración de flores en todo tipo de telas. Fue este el taller elegido por Gabrielle Chanel en los 60 para que confeccionara su emblemática camelia, y a la que hoy recurren Dior, Givenchy, Hermès, Marc Jacobs y un largo etcétera.

En la casa Michel, finalmente, trabajan solo hombres. Dos. Dos sombrereros que suman 40 años de experiencia en la fabricación a mano de sombreros, los famosos sombreros Michel, esos que comenzaron a hacerse en 1936 y que hoy se ven en las pasarelas de Chanel y Givenchy.

En todos los pisos casi no hay computadores y se cuentan muy pocos enchufes. Aquí, todo es pensar y luego hacer a mano.

BORDADOS

“Me sorprende que el bordado siga vivo después de tantos años y siempre se renueve”, dice una de las bordadoras de Lesage, quien trabaja allí hace 33 años y confiesa que “en la sensibilidad de las manos está todo”. En Lesage se investigan nuevas materialidades, se borda con aguja y crochet, y se proponen diseños que luego son elegidos por los directores creativos de marcas como Chanel y Vuitton. Las artesanas nunca saben a qué prenda irán a parar sus creaciones, hasta que las ven en un vestido o en una chaqueta sobre la pasarela y por Youtube. Viven lejanas al glamour de la moda y se muestran orgullosas por lo que saben hacer y quieren heredar a nuevas bordadoras.

El bordado que se ve en un vestido chanel puede requerir de 600 u 800 horas de trabajo. Ese tiempo es la variable fundamental para determinar el valor de venta de una pieza de alta costura, junto con ciertos materiales, como cristales.

SOMBREROS

Solo dos sombrereros trabajan en la casa Michel; solo dos artesanos dominan el arte de trabajar con la fuerza de las manos, el calor y la presión de planchas metálicas. Modelos a pedido por particulares y firmas como Chanel, que requieren de tiempo y paciencia; el ritmo del verdadero lujo. “Hay días en que puedo hacer uno y, otros, cinco sombreros, todo depende del trabajo que implique la forma”, dice uno de los “chapelier”, que lleva 20 años en el taller.

PLUMAS

Las plumas que se tiñen y trabajan en la casa Lemarié son adquiridas en distintas partes del mundo, incluida América del Sur, y luego desplegadas en piezas de pasarela.

La tradición de Lemarié se remonta a 1880, cuando se ponen de moda los sombreros estilo pajarera y Palmyra Coyette funda una fábrica de plumas para adornos. Desde entonces, plumas de cisne, pavo, avestruz, buitre, faisán y gallo, entre otras, llegan aquí para ser limpiadas, coloreadas, para mezclarlas con telas, en planos o con volúmenes.

FLORES

Con un prestigio ya ganado en el trabajo con plumas, en 1946 la casa Lemarié comienza a confeccionar flores. Un segundo hito se registra en los 60, cuando Gabrielle Chanel le pide al taller elaborar su emblemática camalia, de la que existen hoy unos cinco mil moldes con los que se juega infinitamente para lograr distintas propuestas.
Las artesanas, mujeres mayores y jovencitas que recién comienzan su carrera, trabajan a base de moldes, pinzas y calor, en materiales tan diversos como tweed, cartón, cuero, papel de diario, satín. Anualmente de este taller salen cerca de cuarenta mil flores con destino a piezas de alta costura y prêt-à-porter. •

Seguir leyendo