La belleza de la vejez

Reportajes y Entrevistas

La belleza de la vejez

Por CONSUELO LOMAS Y JUAN JOSÉ RICHARDS / FOTOS: MILA BELÉN

A lo largo de sus años, estas tres mujeres han enfrentado un desafío similar: equilibrar sus vidas creativas con sus trabajos y mantenerse fieles a sí mismas. Las tres eligieron áreas competitivas y desafiantes en las que han destacado y, sin embargo, sus ideas de amor propio las han llevado a no compararse con las demás y a celebrar lo que las hace únicas. ¿Qué es envejecer y qué es la vanidad para ellas? ¿Qué entienden por amor propio? Aunque todas se cuidan para verse bien, ni una sigue una dieta estricta ni una rutina fija de belleza. Lo de ellas se trata que aceptar quienes son y aprender a quererse.

La fotógrafa Annie Leibovitz alguna vez dijo en una entrevista que uno de los estereotipos que quería romper con su trabajo era que las mujeres perdían su belleza a medida de que envejecían. Es que hay quienes creen que si los hombres se vuelven sabios a medida que maduran, las mujeres se marchitan, pero esos añejos preceptos patriarcales se están cayendo a pedazos. Para estas tres mujeres que llegan una luminosa mañana de abril al taller de unas de ellas en Bellavista, envejecer es sinónimo de madurez, de perspectiva, de conocimiento y definitivamente de belleza. Son ellas mismas las que, con sus vidas, han derribado el estereotipo. Y lo han hecho de forma consciente.

Ximena Rodríguez (76) es escultora, bailarina y orfebre. Ella es la dueña de este taller de tres pisos, donde trabaja a diario puliendo madera para sus monumentales esculturas. Entre sus obras se encuentran del gran busto de Vicente Huidobro emplazado en Avenida Américo Vespucio con Espoz y también las enormes puertas del Senado en el Congreso Nacional. Son las diez de la mañana y suena música clásica en su espacio de trabajo. Ella recibe fumando a Loreto Rivera (65), profesora de ballet infantil y pintora. Se conocen porque han bailado juntas. Ximena tiene el pelo corto y Loreto muy largo, amarrado en una trenza. Las dos se giran cuando aparece Cecilia Marticorena (70), modelo publicitaria y fotógrafa.

Las tres visten de blanco y se han dejado las canas. Para ellas es importante envejecer con naturalidad. Recorren el lugar mirando las esculturas de Ximena y encontrando cruces entre sus propios trabajos. Todas han hecho de sus pasiones artísticas sus carreras, y en esa construcción se han enfrentado al desafío de mantenerse fieles a ellas mismas. Aseguran que el amor propio no fue algo con lo que nacieran, sino algo que hicieron crecer. Un aliado del que se han aferrado porque les da seguridad, y también les permite mirar con perspectiva lo que entendemos por belleza. Estas son sus historias.

Ximena

“¿Qué será el amor propio? No tengo idea. A mí de chica mis papás me decían que tenía mucho amor propio porque era competitiva, ¡y la verdad es que siempre he sido así! Tuve un padre boxeador y con él aprendí a ocupar el cuerpo como un aliado para lo que buscaba. Mi papá nos enseñó a mí y a mi hermana a boxear desde chicas, así que temprano me di cuenta que sí soy competitiva, pero conmigo misma. Alguien alguna vez dijo que los desafíos en la vida son cartas de amor que Dios nos manda, y me parece que las cartas de Dios hay que contestarlas. He tenido varios proyectos en los que antes de comenzar me he preguntado si seré capaz de terminarlos, pero inmediatamente después de esa pregunta escuchó una voz interna que me invita a aceptarlos como desafíos.

Esa voz viene de mis entrañas, de las profundidades de mi ser, y es un impulso feroz. He aprendido a escucharla porque esa misma voz me ha llevado, por ejemplo, a insistir con mis pasiones como el baile. Cuando tenía 18 años me echaron del conservatorio porque me encontraron muy vieja para bailar y a los 33 volví con todo, determinada a hacer de la danza lo mío. A mis 76, sigo bailando. Lo mismo me pasó cuando entré a estudiar artes visuales. Dedicarme a la pintura me parecía muy suave, así que elegí ser escultora porque me parecía más poderoso. Fui alumna de Marta Colvin y Lily Garafulic, dos mujeres tremendas, de las que aprendí mucho. Creo que el amor propio también es un aprendizaje, un fortalecimiento de la seguridad. Con el amor propio te afirmas en ti misma para seguir adelante.

Con el baile y con el tiempo, mi lado más competitivo se fue afinando. Se dice que el bailarín compite contra sí mismo. Y eso es cierto. Lo mismo me pasó en otros aspectos. Fui avanzando y haciéndome mi camino sin mirar hacia el lado. A veces me pregunto ¿qué es la vanidad? Yo me creo la muerte porque sé que estoy hecha por mí misma. No me encuentro bonita, me encuentro entretenida, estupenda, como una llamarada. De hecho mientras más vieja, más creída me pongo. Lo cierto es que uno envejece por fuera, pero por dentro sigue siendo la misma. Me gustan mis arrugas, la piel se parece a la madera cuando se raja, y para mí es natural envejecer. De hecho no puedo mirar a las mujeres operadas, me parece que intervenirse es como querer romper la naturaleza.

 

Me cuido, claro, pero como de todo. Si almuerzo un lomo a lo pobre, en la noche me como algo más ligero. Y así me voy balanceando. Me maquillo todos los días, pero sólo un poco las pestañas, es que yo llamo al mundo con mis ojos. Cuando cumplí sesenta años decidí dejarme el pelo blanco y la gente que me conocía se sorprendió, a muchos les pareció chocante. Ahora está más de moda ser canosa, pero antes las canosas eran puras señoras de moño. Hay mujeres en la calle que se me acercan y me dicen que quieren ser como yo cuando viejas. Cómo no me va a dar risa.

Me parece que el amor propio se aprende y se enseña. Por eso como mamá fui una tirana dulce. A mis dos hijos les exigí mucho y mi propia idea de amor propio se las transmití a ellos; actualmente los dos son súper empoderados. No hay que terminar nunca de aprender. En las mañanas hago danza y en las tardes estoy en el taller sacando polvo a mis troncos para hacerlos esculturas. Para mí ser mujer tiene que ver con hacer las cosas bien. En todo lo que hago me entrego al cien por ciento, y en lo amoroso soy todavía peor, pero parece que eso intimida a los hombres. Me ven en mameluco, cubierta de polvo, con la motosierra en mano y se espantan. Pero qué le voy a hacer, soy una escultora que baila y que hace joyas y mi corazón está puesto en todo lo que hago. No concibo la vida sin trabajar. Esto que hago aquí es mi vida. ¿Y cómo podría jubilarme de la vida?”.

Loreto

“Toda mi vida mi pasión ha sido la danza. Desde los cinco años que empecé a bailar ballet clásico y nunca lo he dejado. A medida que ha pasado el tiempo he ido incorporando otras disciplinas porque me fascina aprender. Estudiar es parte de quien soy, es algo inherente a mí y creo que nunca voy a parar de tomar clases. En eso me influenciaron mucho mis papás. Mi mamá estudiaba teatro, mi papá era un hombre muy culto y siempre lo vi interesarse por diferentes temas, era una persona con muchas facetas. Mi hermano también es muy inquieto intelectualmente, así que no sé si es algo que heredamos o que aprendimos de ellos, pero está ahí presente ese anhelo de nuevos conocimientos.

Vengo de una familia más bien tradicional, y cuando terminé el colegio me instaron a que estudiara una carrera universitaria. Como soy fanática de aprender cosas nuevas, disfruté la universidad aun cuando claramente no era lo mío. Lo que yo quería era seguir bailando, así que continué con mis clases de danza tres veces por semana. Apenas obtuve el título de licenciada en literatura, decidí que quería enseñar danza y me preparé para eso. Hice clases en distintos lugares durante mi vida y hace algunos años dirijo mi propia academia, donde imparto talleres de ballet para niñas de 4 a 10 años.

Si bien elegí una carrera que exige una gran disciplina, la vivo con mucha serenidad. Para mí el amor propio tiene que ver con la paz interior y con dedicarme a las cosas que me llenan y me dan esa tranquilidad. El mundo del ballet es tremendamente competitivo y exigente, y por muchos años durante mi juventud yo me sumí en esa vorágine. Pasé por momentos de mucha tensión porque estás constantemente comparándote con otros. La frustración en el baile es algo que está siempre presente; si ella hace cinco giros y yo solo tres, tengo que poder más. Soy una persona autoexigente y quise darlo todo porque la danza es mi pasión. Tuve la suerte de tener un maestro -que sigue siendo mi profesor hasta el día de hoy- que me hizo ver que está bien exigirse, pero siempre hasta un cierto punto. Está bien anhelar cosas, pero sin atormentarse. En el caso del ballet se trata de entender que la técnica no lo es todo, primero está uno. ¿Por qué tengo que poder hacer cinco giros? ¿Por qué no puedo estar contenta con uno o dos? Contestarse eso es amor propio, reconocer los límites que cada uno tiene, saber cuándo parar y hasta dónde puedo llegar.

Afortunadamente, tengo disciplina natural. Trato de no comer en exceso y de alimentarme de forma sana, de cuidar mi cuerpo y de no hacer cosas que me saquen de ese equilibrio que implica quererse. Con los años aprendí que nutrir la parte espiritual es clave, y eso lo hago a través de la meditación. Hace cinco años que tomo clases una vez por semana. Aprendí a usar la respiración como una herramienta. Cuando estoy en una situación de estrés, me enfoco en mi respiración, cuando bailo me concentro en eso. El cuerpo inmediatamente responde de forma diferente cuando aprendes a respirar. La meditación te ayuda a regular tu sistema en general, y sumado a la danza, ha sido clave para que envejecer no sea un proceso difícil. Agradezco tener una muy buena salud y no pienso en jubilarme ni en dejar de hacer lo que me gusta porque me siento muy bien. Y afortunadamente mi cuerpo no me limita en eso. Vivimos en una sociedad en la que la vejez es un tema porque para muchos envejecer tiene una connotación negativa, como si uno ya no sirviera. Yo trato de no caer en eso. Me siento grande, pero no vieja.

La familia es uno de los pilares de mi equilibrio personal. Hay una cosa muy cálida de contención, es una instancia en la que todos nos apoyamos. Acabo de empezar la etapa de ser abuela, pero siempre me ha parecido súper importante formar un clan. Quiero poder transmitirle algo a mis nietos, poder dejarles algo de lo que he aprendido. Con mis alumnas en la academia me pasa lo mismo. El ballet es un mundo competitivo, exigente, pero cuando logras salir de eso para trabajar desde la paz, se produce algo completamente diferente. Yo quiero que cada una de ellas tenga la posibilidad de desarrollarse y de potenciar sus habilidades desde su lugar, y no comparándose con el resto ni con un modelo de bailarina ideal. Trabajando con niñas me di cuenta que era clave trascender el tema de la técnica y poner el foco en el bienestar, en que disfruten lo que hacen. En mi clase siempre hay un espacio destinado a la creatividad. Si en esa dinámica surge alguna inseguridad o algún tema con el físico, mi misión es transmitirles que la danza no se trata de eso sino de que disfruten de la música y del movimiento. Una parte clave del amor propio es la aceptación de tu cuerpo, de cómo eres tú, de las luces y las sombras.

No me considero una persona con suerte por tener una buena salud y poder desarrollarme en todas las áreas que me interesan, porque no sé si la suerte existe. Creo que uno tiene que buscar su camino y saber dónde tu alma se siente agradada, contenta y agradecida. Todos tenemos un llamado, algo para lo que estamos aquí. Saber identificar eso y vivir sin tensión, es la clave. Con la adultez uno aprende a discernir claramente cuáles son esas instancias que a una la hacen sentir afligida o incómoda. Si algo no me hace sentir a gusto, tengo que preguntarme por qué lo estoy haciendo, porque vivir bajo tensión tiene un costo muy alto. Aprender a hacer esa evaluación y salirse de esas situaciones estresantes no es algo recibido del cielo, es un trabajo que se va logrando a través de los años. Ese es el reflejo del amor propio y del respeto que uno se tiene a sí misma”.

Cecilia

“Soy una persona muy transparente. Trabajo como modelo en comerciales, pero además me encanta la fotografía y escribir. Generalmente escribo ficción, pero ha habido oportunidades en las que he escrito sobre mi vida personal, como cuando falleció mi hijo. Creo que ese era un testimonio de vida que tenía que compartir porque le podía servir a otras personas que han pasado por lo mismo.

De niña siempre fui buena para actuar. Mi mamá me contaba que cuando era guagua y escuchaba a mi papá caminar por el pasillo, me ponía a llorar porque sabía que me iba a tomar en brazos y se iba a quedar conmigo. Ya más grande me encantaba interpretar personajes para molestar un poco a mis papás, pero también lo hacía en clases con mis amigas. En el colegio me inventaba desmayos al punto que me llegaba a poner pálida. Como siempre fui delgada, tenía a todas las monjas convencidas de que yo era una niña muy enfermiza y le pedían a mis papás que por favor me llevaran al doctor. Una vez quise que pensaran que había llegado a clases borracha y me eché alcohol en el uniforme para que se notara el olor. Creo que hacerme la chistosa era un mecanismo para compensar que en esa etapa de mi vida no me sentía tan cómoda con mi cuerpo. Durante la adolescencia empecé a ver que a mis compañeras tenían un físico diferente, les crecían las pechugas y tenían curvas, mientras que yo era flaca y plana como una tabla. Recuerdo que más o menos en esa época tuve un pololo mayor que yo, a quien admiraba mucho, que me dijo que mi cuerpo era lindo. Con él entendí que aunque yo no me veía como las modelos de las revistas de ese tiempo, mi cuerpo también podía ser bello. Una cosa es que tus papás te digan que eres linda y otra cosa es que te lo diga una pareja. A esa edad eso te genera una sensación de ser validada, mientras que ahora no necesito que nadie me diga algo así para sentirme a gusto conmigo misma. Esa seguridad ya la desarrollé, pero fue un proceso largo.

Me casé a los 23 años y tuve a mi primer hijo casi de inmediato. Mi marido trabajaba en una empresa que tenía sede en muchas ciudades de Chile y en otros países, así que cuando nos casamos nos fuimos a vivir al sur. Era muy difícil que en esa época alguien te contratara sabiendo que eras una mujer joven, que tenías hijos chicos y que además tu marido tenía un puesto de trabajo que implicaba cambiarse de lugar cada cierta cantidad de años. Por eso, aún cuando había estudiado una carrera, para mí fue difícil encontrar trabajo en mi profesión. A pesar de eso, siempre me las arreglé para ocuparme en temas que me interesaran. Leía un montón, me gustaba mucho hacer crucigramas, jugaba con mis tres hijos, me preocupaba de los temas de la casa, mantenía una relación cercana con mis amigas pero, además, dedicaba tiempo para mí. Mirando hacia atrás me doy cuenta que el amor propio pasa por eso: por asegurarse de tener un momento del día para uno.

Como nos cambiábamos frecuentemente y vivimos en hartos países, tuve que apoyar mucho a mis hijos para que se incorporaran al colegio, a las nuevas rutinas y se adaptaran a los constantes cambios. Tuve que generar nuevos lazos con personas diferentes en muchas oportunidades, y de esas experiencias aprendí que tú puedes darle a los demás solo en la medida en que tú estés bien contigo. No sacas nada en ser generosa con todos y olvidarte de ti, porque si vas sacando pedazos para darle al resto llega un momento en que ya no queda nada más. Si puedo ayudar a alguien lo hago feliz y me encanta, pero cuando no puedo lo digo porque los límites son necesarios.

Para mí un punto clave es saber darse un tiempo para ser mujer, y no solo mamá ni esposa. Esos roles los cumplía igual, pero en la noche, cuando los niños se acostaban, me dedicaba a pintar, a leer o a hacer cerámica. No podía acostarme temprano, pero mis hijos me veían feliz y no a una mamá enojada ni gritona. Y creo que en parte por eso tenemos una muy buena relación. Siempre fue importante transmitirles a ellos esta forma de ver la vida, para que también generaran sus espacios propios.

Como los veía felices, nunca me sentí culpable de tomarme un tiempo para hacer las cosas que me gustaban. Siempre me ha encantado cocinar, y lo hago con mucho amor, pero incluso cuando era más joven y los niños eran chicos, si un día no tenía ganas de hacerlo compraba algo preparado. ¿Qué importa? No me sentía culpable por ir a comprar empanadas. Me gustaría que otras mujeres también vieran que se puede ser mujer, ser mamá y ser esposa. Con la actitud correcta y buscando el lado positivo, uno puede hacer lo que quiere y disfrutarlo. A veces caemos en la crítica que no aporta, en enojarse por cosas sin importancia. Mejor sentirse alegre de ver a una amiga y que esté bien, de poder compartir. Creo que eso lo aprendí porque mi mamá murió muy joven, y estoy convencida de que murió de pena. Ella era para mí la mujer más linda del mundo, pero vivía enfocada en de los detalles negativos y eso la enfermó. Yo tenía casi 30 cuando ella falleció y ya venía poniendo en práctica lo de crear mis espacios y en enfocarme en que la actitud que uno tiene frente a las cosas es clave, por eso su muerte reafirmó esa convicción en mí.

Por mi trabajo me toca compartir mucho con niños. A veces me llaman para que haga el papel de abuelita tierna, pero a mí ese rol no me acomoda para nada. Yo soy la abuela que juega a la pelota con los nietos y que conversa en serio. A veces tengo que mirar el carné para acordarme de la edad que tengo, porque prácticamente no tomo remedios. Creo que la buena salud y el verme más joven de lo que soy es algo que heredé de mis abuelas. Cuido mi alimentación, pero no me privo de nada. No tengo rutinas de belleza estrictas ni soy adicta a los productos. Me considero vanidosa porque me gusta verme bien cuando salgo de mi casa, pero prefiero darme un baño de tina que me relaje antes que usar mucho maquillaje para esconder mis arrugas o las manchas que tengo en la piel. A esta edad agradezco como soy, me gustan mis rasgos y mi cuerpo. Me siento bien con mi físico y estoy orgullosa de la edad que tengo. Cuando uno se siente cómoda y segura eso se transmite y se nota en la forma en la que uno camina y se mueve. Esa seguridad también es amor propio”.

 

Seguir leyendo