“Mi abuela era la gran matriarca de esta familia de mujeres”. La casa en que crecí de Ignacio Rebolledo

Reportajes y Entrevistas

“Mi abuela era la gran matriarca de esta familia de mujeres”. La casa en que crecí de Ignacio Rebolledo

Por Constanza Gutiérrez

“Nací en La Cisterna, cerca del paradero 16, y viví ahí hasta los cinco años, en una casa antigua típica, sin antejardín y pareada por los dos lados. Aunque no era muy grande, en ella vivíamos un montón de personas: por un lado mi mamá, mi abuela, mis cuatro tías, mis primas y yo, y por el otro mi abuelo y mi tío, que eran camioneros, así que pasaban por la casa solo una vez al mes, porque viajaban a distintas partes de Latinoamérica. Mi familia era una en la que mandaban las mujeres. Siempre han sido ellas las que han llevado las riendas.

Mi mamá me crió sola hasta que tuve cinco años. Mis tías también criaron a sus hijas solas. En ese tiempo mi papá aún no me había reconocido y yo dormía con mi mamá, de veintitrés años, en una cama. Al lado, en otra, dormían mi tía con mi prima. En mi familia casi no había hombres: mis tías criaban a sus hijas solas y mis primas todas eran niñas. Así que crecí rodeado de mujeres y nunca nadie me dijo algo como “eso no es para ti, es de niña”. A los cuatro años pedí de regalo una Sailor Moon y nadie se lo cuestionó, me la regalaron. Creo que me gustaban esos modelos femeninos porque era lo que tenía cerca: las Sailor Moon eran cinco y yo las relacionaba con mi mamá y con sus hermanas. Una tenía el pelo corto y para mí era Sailor Mercury. Mi mamá era Sailor Moon, mi tía más bonita era Sailor Venus y la más temperamental era como la Sailor Mars. Para mí, mi mamá y mis tías eran como las cinco sailor principales. Cuando en el colegio nos pedían que dibujáramos a nuestras familias, yo dibujaba a mi mamá y a sus hermanas vestidas así.

Mi abuela era la gran matriarca de esta familia de mujeres. Y la casa estaba decorada como le gustaba a ella, es decir, cero minimalista: le gustaba la onda rústica, muchas cosas de madera y muchas flores, y también las cosas con muchos detalles y colores: platos colorinches, vasos con cara de moai, o la típica botella de pisco Capel con forma de moai. También porcelanas. Todo recargado. Tenía bibliotecas grandes con muchos adornos y cosas, y le gustaba tener siempre whisky y cognac. También era seca para cocinar: empanadas, charquicán, caldos, pantrucas. Hasta el día de hoy todos decimos que no hay pantrucas como las de la abuela, esa era su especialidad. Mis primas y yo estábamos todo el día con ella, porque nuestras mamás estaban trabajando, y la acompañábamos a comprar y la ayudábamos a cocinar y a poner la mesa. Luego ella veía los monos con nosotros, o bailaba, aunque era muy recatada y le costaba soltarse. A pesar de que yo nací el ‘95, igual estar ahí, con mi abuela, era como vivir en una década anterior: en mi casa no eran muy de ver tele ni de escuchar música actual. Lo que más escuchábamos era la música que le gustaba a mi abuela, que a mí todavía me gusta: Sandro, Adamo, cosas así.

Al frente de mi casa había una plaza, rodeada por muchas casas iguales a la nuestra, una tras otra, pegadas. A veces mis primas y yo íbamos a jugar ahí, al luche o lo que fuera, pero siempre entre nosotros. También bailábamos: nos creíamos el grupo que estuviera de moda. El primero fueron los A¬–Teens, después Aqua, Sclub 7, el que saliera. Cada uno personificaba a uno de los integrantes y ensayábamos las coreografías. Después, mostrábamos esos shows para los cumpleaños, nuestros y de nuestras tías. Me acuerdo que cuando llegó el axé nos pegó heavy. Nos compramos todo de Axé Bahía: los cuadernos, los perfumes. Cada uno se compraba el de su integrante favorito: yo tenía el de Bruno, que se llamaba “cool durazno”.

Creo que hace poco dejé de sentir que relacionarme con hombres era difícil. A pesar de que soy hombre, me costaba entender sus códigos, porque crecí sin figuras masculinas. No sabía bien cómo eran, pero en cambio sabía muy bien cómo eran distintos tipos de mujeres, con diferentes temperamentos. Cuando tenía cinco años apareció mi papá, le pidió perdón a mi mamá, me pusieron su apellido y nos fuimos a vivir a otro lado.

Ignacio Rebolledo tiene 23 años y es escritor, autor del libro “Ahora puedes verme”.

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