“En Regina todo era fútbol, a toda hora, en todos lados”. La casa en que crecí de Joaquín Giannelli.

Reportajes y Entrevistas

“En Regina todo era fútbol, a toda hora, en todos lados”. La casa en que crecí de Joaquín Giannelli.

Por Constanza Gutiérrez

“La casa en que crecí está en Villa Regina, al sur de Argentina, una colonia italiana fundada por Mussolini. A un lado se encuentra el Río Negro y al otro la Sierra, que se extiende hasta vaya a saber uno dónde. Es un pueblo pequeño: si uno pasa en auto por Regina a una velocidad de sesenta o setenta kilómetros por hora, lo cruza en lo que dura una canción de los Ramones.

Mi casa estaba en un barrio tranquilo en el que vivían chicos y familias de clase media. Era de un piso, entrabas por el living y ahí mismo estaba la cocina, luego doblabas hacia la derecha y estaba el baño, la pieza de mis viejos y luego la que yo compartía con mi hermano. Atrás estaba el patio, donde había un tejado y el lavadero, y donde alguna vez tuvimos una huerta que yo destruí por mis ganas de ser futbolista profesional: llevaba atrás a la señora que limpiaba en la casa y la hacía que me atajara penales. No creció nada en esa huerta.

El paredón del patio daba hacia la cancha de fútbol del Club Atlético Regina, uno de los dos clubes futbolísticos que hay en el pueblo. El otro es el Círculo Italiano. Regina estaba lleno de viejos italianos, todos los chicos éramos nietos de ellos y usábamos palabras como “testa” para referirnos a la cabeza o “gamba” para decir pierna. En su época ambos clubes jugaron en la primera liga del país y todavía compiten en todo.

En Regina todo era fútbol, a toda hora, en todos lados. Las calles —vacías por la siesta, porque en esos pueblos se duerme siesta— eran todas canchas. Podías jugar al fútbol en cualquier lado. Y todos querían jugar. En Regina, cuando los chicos cumplían once o doce años, se iban a Buenos Aires a probarse a equipos. Otras actividades eran ir a la pileta, hacer picnics, ir al río, ir a jugar a la sierra, disparar con rifles a postones o tirarle piedras al tren, porque pasa el tren por ahí, por unas hermosas vías ferroviarias que nos dejaron los ingleses.

Mi hermano y yo compartíamos habitación: dos camas, los pies hacia el clóset, y en medio un baúl lleno de juguetes. Mi oma, mi abuela chilena, siempre nos compraba juguetes muy lindos: transformers, crash dummies. Todos los chicos del barrio iban a nuestra a casa a jugar. También teníamos un Sega Génesis. Para nosotros era así: Chile era Nintendo, Argentina era Sega. Chile Mario, Argentina Sonic. Teníamos un amigo que tenía un Nintendo y le decíamos “el chileno” a escondidas.

Éramos incivilizados. Mi mamá tenía una colección de discos interesante y con mi hermano poníamos, por ejemplo, un disco de los Guns, y hacíamos unas peleas con soundtrack: nos subíamos a la cama de mis papás, que era muy alta, y uno de los dos se ponía encima el plumón y tenía que atrapar al otro y asfixiarlo. Una noche estábamos en eso y yo salté de la cama, caí en el piso y me volé las dos paletas. Mi mamá había leído en una revista de odontología que si vos agarrabas la paleta y la dejabas puesta se podía salvar el diente, así que salimos a buscar, a esa hora, a uno de los dos dentistas de Regina. Estaba todo cerrado, pero jodió mucho a un tipo y me salvaron una de las paletas. Durante mucho tiempo tuve la otra quebrada.

En esa casa tuvimos un perro muy malo, un quiltro chiquito llamado Buster. Era hiperactivo y de a poco se empezó a volver malo, nos tiraba tarascones a mí y a mi hermano. Un día quedó la cagada: estábamos con un amigo y mi hermano me pegó. Mi amigo se asustó y se subió a un escritorio, Buster se volvió loco y lo quiso morder, pero nosotros no hacíamos caso, seguíamos peleando. Fuimos al patio y el perro lo sale correteando a mi amigo, que se sube al tejado porque Buster se lo quería comer mientras mi hermano y yo seguimos peleando abajo. ¿Qué pasa? Un día Buster desaparece. Mi viejo me dice que se escapó, mi vieja dice lo mismo, y yo me entregué a la plegaria: rezaba con mi mamá porque Buster volviera. No pasó. Luego vino Boston. Boston era un collie hermoso. Los hermanos de una amiga de mi mamá tenían una perra que había dado crías y tenían todos estos cachorritos de Lassie. Fuimos a buscar uno y mi hermano eligió el distinto, el blanco y negro. Todos eran dorados, mi hermano eligió el retro. No sé por qué le puso Boston, quizás por algo del básquetbol, por los Boston Celtics. Pero Boston siempre fue un perro bueno, no como Buster, y murió a los catorce años.

Cuando tenía diez años nos mudamos a Temuco, en Chile, porque mis papás se separaron. Mi papá todavía vive en Regina, atiende el negocio que antes era de mi abuelo. Ahora en ese barrio están las mismas casas. He visto hasta perros de la época en la que yo vivía ahí. Siempre que paso por mi barrio mi casa ha cambiado de color. Ahora está color rosa. Hace un tiempo le pregunté a mi papá por Buster: dijo que estaba cansado de su locura y que alguna vez pensó en sacrificarlo, pero no se atrevió, así que lo regaló a una familia que vivía en una chacra”.

 Joaquín Giannelli tiene treinta años y es músico.

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