La casa en que crecí: Nicoletta Pranzini

Reportajes y Entrevistas

La casa en que crecí: Nicoletta Pranzini

Por Constanza Guitérrez

La casa en que crecí era una casa grande, de dos pisos, con una chimenea que se alimentaba de carbón, porque vivíamos entre Coronel y Concepción, en un sector que se llama Boca Maule, cerca de Schwager. La gran mayoría de las personas que vivían ahí era gente que trabajaba en la ENACAR, la Empresa Nacional del Carbón, que entregaba estas casas a sus empleados.

Llegamos en 1974, cuando yo tenía cuatro años, desde Italia, donde vivíamos porque mi papá es italiano. Cuando mis papás se casaron se fueron a vivir a allá, pero después mi mamá empezó a extrañar muchísimo y se vinieron. El primer mes en Chile vivimos en un hotel en Concepción, y mientras estábamos ahí fuimos a conocer la que sería nuestra nueva casa. Al llegar la miramos desde afuera, por las ventanas. Era un día soleado y la casa estaba vacía. El piso era de madera, de ese de parquet 3×3, y el patio era muy grande. Teníamos un antejardín gigante y un patio trasero donde había un sauce y unas manzanas maravillosas que nunca he vuelto a comer, con la textura de las verdes, pero un poco más dulces. Además, mi papá tenía una huerta donde había frutillas y unas alcachofas que eran tan tiernas que las comíamos crudas, y te dejaban la lengua negra, tiesa de fierro, porque estábamos al lado de la playa y la mina de carbón. Detrás del patio estaba el cerro, donde había copihues blancos y rojos.

Aunque existía otro barrio donde estaban las casas de los obreros de la empresa, el mío tampoco era un vecindario solo para gerentes. En él vivían profesionales y técnicos, y todos los niños del lugar íbamos a la Escuela 13 de Maule, que tenía hasta octavo básico. La empresa te daba esta casa y por mucho tiempo no se pagaba nada, ni luz ni agua. Después, con el tiempo, empezamos a pagar gas. Había dos tipos de casas: las casas altas, de dos pisos, y las bajas, que tenían un piso. Nosotros vivíamos en las casas altas. Por fuera eran todas iguales, pero por dentro tenían algún detalle distinto: por ejemplo, tú entrabas a mi casa y a un lado estaban el living y el comedor, y después la escalera, pero en la casa de mi mejor amigo la escalera estaba apenas entrabas. La arquitectura era la misma, las casas eran de un mismo estilo, pero había diferencias de distribución.

Yo salía a jugar con todos los niños del barrio. En la esquina había unos columpios y unas barras, donde hacíamos piruetas y, frente a las casas, a unos cien metros, había algo que nosotros llamábamos “el pantano”, pero ahora sabemos que era un humedal. En verano, cuando se secaba un poco, íbamos a jugar ahí a las escondidas. También jugábamos béisbol: no sé quién llegó con esta idea ni por qué enganchamos, pero al final de la cuadra había un lugar al que llamábamos “La Arena”, porque curiosamente estaba lleno de arena blanca (la arena de la playa de allá era negra, por la limpieza del carbón). Mi vecino de trece años hacía bates de madera él mismo, con un torito, y jugábamos con pelotas de tenis que siempre perdíamos en el bosque por pegarles muy fuerte.

En mi barrio había muchos elementos que hablaban de un tiempo mejor. Cosas que habían sido muy modernas alguna vez, pero ya no se usaban o no se habían reemplazado. Por ejemplo, “la carpintería”, que era el lugar donde se reparaban los trenes. Cuando yo era niña estaba solo el edificio, sin funcionar. Era un vestigio de cuando hubo un súper auge del carbón. También estaba el Club Maule: en este club había un bar con puertas batientes, una sala de pool y abajo, en el subterráneo, una sala de bowling que no se usaba. Estaba húmeda, nadie la mantuvo. Imagínate un club inglés, con una piscina de veinticinco metros. Uno se daba cuenta de que en algún momento ese club debe haber sido muy pirulo. Ahí se hacían fiestas de la comunidad, como los “plato único bailable”. Esas fiestas eran a beneficio, como las completadas de ahora, entonces se organizaban y se hacía esta fiesta en la que tú pagabas un abono y te daban un plato de comida y había un baile.

Pero cuando yo era niña lo único que funcionaba de ese club eran la piscina y el bar: vendían helados, bebidas y copete. La piscina de ese club era el lugar donde más estábamos en verano. Pasábamos todo el verano metidos ahí. Hacíamos competencias y teníamos una rama en natación. Todos los maulinos sabíamos nadar. De mi generación, todos participamos en competencias con otros pueblos, como Angol. Nadar era la manera de validarse, conocer a alguien que no supiera nadar era algo muy raro. En verano llegábamos a entrar a las nueve o diez de la mañana y nos quedábamos hasta la una. Después nos íbamos a almorzar y en la tarde volvíamos, pero no a entrenar, sino a jugar, porque no había nada más que hacer. A las siete de la tarde llegaba un señor y ponía unas piedras de sal en la bomba y nos teníamos que ir.

Todavía voy a esa piscina, ahora con mis niños. La vida en Maule era una muy bonita. Mi mamá siempre dice que tuvo a mi hermano menor porque pensó eso: “este lugar es muy bonito, sería un pecado no tener otro hijo”.

Nicoletta Pranzini tiene 48 años y es terapeuta integral. 

#Tags

Seguir leyendo