La casa en que crecí: Rodrigo Pérez

Reportajes y Entrevistas

La casa en que crecí: Rodrigo Pérez

Por Constanza Gutiérrez

“Mi casa estaba en una villa en la entrada de Arica. Era de ladrillo, de un piso y no muy grande. A medida que fui creciendo, la casa fue haciéndolo conmigo. Llegamos cuando yo tenía un año y la villa recién había sido entregada por la constructora. Era un lugar cerrado y adentro solo había casas y una cancha. Todas las casas de alrededor eran iguales, pero también fueron cambiando, ampliándose. Hubo gente que se hizo casas completamente nuevas, pero tenían que ocupar el terreno que había. Había patio delantero y patio trasero, pero no espacio para los lados.

En el norte las casas no son muy estéticas, son más bien funcionales. Pienso que, como es zona fronteriza, la gente piensa “esto se va a caer algún día, lo van a botar”. Tampoco se construye tanto. Hoy más, porque la población aumentó, pero recuerdo haber sido un adolescente y pensar “¡No llega gente!”. Me parecía que Arica no se movía y eso no me gustaba, pero ahora lo valoro. Ahora me carga que crezca tanto.

Todos los vecinos de la villa nos conocíamos, y nos conocemos hasta ahora. Están más viejos, pero todavía están ahí. Sigue el mismo almacén que nunca tuvo nombre y le decíamos “donde Juanito”. Allá realmente generabas relaciones con tus vecinos. Eso me gustaba mucho. Mi vecina de al frente, la Daniela, todavía es mi amiga. Juntos jugábamos a las barbies, inventábamos programas de radio y andábamos en patines y nos colgábamos de los autos y camiones: el del gas, el de la basura, cualquiera. Para Año Nuevo los niños y adolescentes construíamos una espacie de espantapájaros con ropa vieja y lo quemábamos a las doce. Esta hecho con un palo, esponja y neumáticos, y significaba que quemabas todo lo malo que había pasado en el año anterior. Casi siempre era algún personaje que había estado de moda ese año. Cuando estuvo de moda el axé, quemaron un bailarín. También recuerdo especialmente cuando quemaron a la Paty Maldonado. El Año Nuevo era desatado en Arica. Hasta mi mamá, que no toma, se tomaba una copita.

En la esquina de mi villa estaba la Teletón y a veces iban famosos de visita. Recuerdo una que me marcó: Cecilia Bolocco. Llegó en una camioneta y cuando se bajó no había tanta gente, quizás veinte personas porque Arica en esa época era un pueblo, y firmó algunos autógrafos. Yo debo haber tenido 7 u 8 años, y fue tan impactante verla que pensé: “esto es la belleza”. Fue al verla que entendí lo que significa ser bello: si eres bello, el mundo te da un resguardo.

Lo que más me gusta de haber crecido allá es la naturaleza. Mi colegio estaba en el valle y eso hacía muy fácil arrancarse. Tenía un amigo que vivía ahí y cuando nos escapábamos nos íbamos a su casa y nos metíamos a las otras parcelas, yendo por el canal que cruzaba el valle. Esas aventuras no se pueden hacer en Santiago. Arica está en una punta, rodeada por playas gigantes, entonces nunca se llenaban, nunca estabas cerca de otro grupo de personas. De verdad podías estar lejos de la humanidad en quince minutos. De chicos hacíamos la cimarra y nos íbamos a la playa. Fumábamos, mirábamos el mar. A veces nos tirábamos al agua con uniforme. Pienso que crecer cerca de la naturaleza te hace más humilde. Cuando me sentía mal o atrapado con mis problemas de homosexual adolescente, iba al mar y se me pasaba todo. Me metía al agua y me ponía a flotar”.

Rodrigo Pérez tiene 29 años y es artista visual.

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