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14 junio, 2017
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La decisión que cambió la vida de Alexis e Ignacia

Son gemelas idénticas. Una de ellas siempre estuvo incómoda en su cuerpo. Hasta que se animó a ser lo que sentía: un niño. Ese es Alexis. Su gemela lloró, lo entendió y hoy lo apoya sin condiciones, aunque a veces le baja la nostalgia. Esa es Ignacia. Este es un seguimiento fotográfico del cambio que transformó sus vidas. .

Texto Patricio de la Paz / Fotografía: Pablo Sanhueza


Paula 1228. Sábado 17 de junio de 2017.

Nacieron con dos minutos de diferencia. Un 2 de diciembre de 2004, en Longaví. Primero, Alexis. Luego, Ignacia.

Pero esta historia no siempre tuvo esos nombres propios.

Porque Alexis, antes fue Catalina. La gemela idéntica de Ignacia. Juntas crecieron en el campo con sus padres y luego, en 2013, se instalaron en Santiago. Se las trajo su tía Mireya para darles una mejor vida. Las niñas habían sufrido maltrato en el sur. En Santiago, sanaron malos recuerdos, ganaron seguridad, se sintieron contentas. Y Catalina, con eso ya en orden, tuvo que resolver la incomodidad que cargaba dentro. Esa sensación de estar prisionera en un cuerpo de niña que sentía tan ajeno.

Nunca le gustaron los vestidos ni las muñecas. Detestaba el rosado. Se aburría con las chicas. “Siempre me sentí un chico. Sabía que algo no estaba en su sitio”, dice. La tía Mireya se dio cuenta de eso. Enseguida, precisa. Empezó a hacerle preguntas a Catalina, a obligarla con ternura a sincerarse. Hasta que hace dos años, la niña le reconoció: “Sí tía, soy un niño”. Le dijo que cada vez que se miraba al espejo veía un niño con pantalón corto y musculosa. La tía la llevó a varios médicos y fue una ginecóloga infantil la que pronunció esa palabra que ella nunca había oído: transgénero. Buscó apoyo en la sicóloga de las niñas. Y ayuda e información con quienes habían vivido lo mismo. “Entonces le quité la ropa femenina”, dice Mireya. Lo mantuvieron en secreto hasta julio de 2016, cuando hablaron con Ignacia. La hermana se sorprendió: se había dado cuenta de las diferencias con Catalina, pero pensaba que una mujer también podía ser así. No pudo contener el llanto. “Sentí felicidad por él, pero un poco de pena por mí porque nunca más iba a tener una hermana gemela”. Poco después vendría el radical corte de pelo de Catalina, el cambio de nombre a Alexis –en lo social, ya que en lo legal aún es imposible– y a fin de año una fiesta donde las gemelas ya no eran un par de clones: Ignacia fue con vestido blanco; Alexis con terno azul. Era el primer terno en sus 12 años. Vestido elegante, comenzaba una nueva vida.

Esta es la foto preferida de Ignacia, pues la salvó del terremoto de 2010. Ella y Alexis, entonces Catalina, tenían 5 años.

Esta es la foto preferida de Ignacia, pues la salvó del terremoto de 2010. Ella y Alexis, entonces Catalina, tenían 5 años.

Nace Alexis

Alexis e Ignacia 1

El sábado 8 de octubre de 2016, en una peluquería de Los Leones, desapareció Catalina y emergió Alexis. Su largo pelo rubio fue cortado con tijera, primero; con máquina, después. Mireya e Ignacia no podían contener las lágrimas. Alexis, viéndose en el espejo, sonreía observando su nueva imagen. A veces, incluso, le daban carcajadas de pura felicidad.

“En las fotos de antes yo sonreía apenas, sin mostrar los dientes. En la peluquería fue distinto; pude liberar lo que hacía tiempo guardaba. El espejo me mostraba como un hombre. Como siempre quise ser”, recuerda.

Fue entonces que le tomó la mano a su tía Mireya y le dijo: “Tía, no sufra. Este es el día más feliz de mi vida”.

Dibujarse con pantalones

Alexis e Ignacia 10

Dice Alexis: “Solía escribir mucho, pero tampoco allí contaba lo que me estaba pasando; tenía miedo que lo leyera mi hermana. Me atrevía más en los dibujos”.

En ellos, cuando Pilar Río, la sicóloga que lo trataba, le pedía que se dibujara, nunca se retrató como niña. Siempre aparecía de pantalones y camisa; pintado con los colores que le gustan: naranjo, amarillo, azul. Los vestidos los dejaba para dibujar a su hermana o a su tía. Para sí mismo, elegía el look de su tío José y su primo Sebastián.

“A mí me llamaba la atención la manera en que se dibujaba, diferente de mí aunque éramos tan parecidas. Pero no le daba importancia”, dice su hermana Ignacia.

Hoy, con las cosas ya claras, Ignacia llama Ale a su hermano. En la casa, le dicen rucio. Ignacia cuenta que no le costó llamarlo con un nombre masculino, aunque a veces se le olvida y le dice Cata. Cada vez menos, aclara.

“Al Ale le ha ido cambiando la cara. También la forma de hablar, tiene la voz más ronca. Y crece más que yo. Antes, cuando éramos niñas, medíamos lo mismo. Ahora él mide un metro y 59 centímetros. Yo un metro con 55”, dice su hermana.

Alexis e Ignacia 3

Hay rutinas que no han dejado de compartir. Duermen en un camarote: Alexis abajo; Ignacia arriba. Todos los lunes y jueves van juntos a un taller de karate, donde ya son cinturón amarillo. En el colegio se ven en los recreos, ya que no son compañeros. Alexis va en el séptimo básico B. Ignacia en el sexto A. Ambos tienen promedio sobre 6.

Desde este año, en su colegio, Alexis es Alexis. Así aparece en la lista del curso y en el carné para el almuerzo. “El primer día de clases no fui para que mi profesor jefe hablara con mi curso sobre mi situación. Al día siguiente yo estaba un poco nervioso, pero llegué y todos me abrazaron”, dice Alexis. Y, por si alguien aún tiene preguntas, Alexis e Ignacia prepararon en el verano un power point con respuestas. Aún no ha sido necesario usarlo.

“Sentí felicidad por él, pero un poco de pena por mí porque nunca más iba a tener una hermana gemela”, dice Ignacia sobre el momento, en julio de 2016, en que Alexis le dijo lo que le pasaba.

“Sentí felicidad por él, pero un poco de pena por mí porque nunca más iba a tener una hermana gemela”, dice Ignacia
sobre el momento, en julio de 2016, en que Alexis le dijo lo que le pasaba. “Siempre me di cuenta de que era distinta a mi hermana”, dice Alexis. “Por eso cuando veo a la Ignacia no recuerdo a la niña que era, no me veo en ella”, asegura.

La niña que fue
Dice Ignacia: “Nosotras éramos muy parecidas. Se ve en las fotos cuando chicas. Mis papás discutían mucho, escuchábamos todo. Cuando nos vinimos a Santiago con mi tía, todo fue mejor. En el colegio nos seguían confundiendo: éramos iguales. Nos contábamos las cosas, pero yo no sabía que mi hermana se tenía esto guardado desde chiquitita. En el colegio la molestaban porque jugaba fútbol. Yo la defendía. Le tenían celos porque era la más bonita de su curso. Ahora ya no lo molestan. Está contento. Yo lo sé porque los gemelos podemos sentir lo que le pasa al otro. A mí a veces me da pena, veo a una compañera que tiene una hermana y me acuerdo cuando nosotras nos abrazábamos como hermanas. Ahora él me abraza poco. Ya no es tan cariñoso: los hombres son así. A veces tengo nostalgia, me gustaría que la Cata estuviera cerca. No se lo digo, me lo guardo y, si lloro, no lo hago delante de él. Pero me gusta su valentía. Que se reconoció como era y enfrentó sus miedos. A veces pienso que si me cortara el pelo como el Alexis nos pareceríamos de nuevo y no nos reconocerían. Pero son solo ideas. A mí me gusta mi pelo largo”.

Dice Alexis: “Siempre me di cuenta de que era distinta a mi hermana, en la forma de jugar, la forma de vestirse. Toda mi vida jugué con juguetes de niño. Hoy no me acuerdo de la niña que fui. Ni de cómo era, ni del nombre, ni del pelo largo. Por eso, cuando veo a la Ignacia no recuerdo esa niña que yo era, no me veo en ella, no me trae recuerdos. Guardé todo eso y preferí avanzar. Ahora no soy muy cariñoso con la Ignacia como antes, no sé por qué. He cambiado. Pero me gustaría decirle que siempre voy a estar con ella, que es lo más importante para mí. Ella me ha apoyado y acompañado; le daría las gracias por estar conmigo. Sé, porque los gemelos podemos sentir entre nosotros, que a ella le ha costado olvidar a su hermana, pero no la veo preocupada”.

Dice la tía Mireya: “Después de que Alexis habló, ha sido más trabajo con la Ignacia que con él. Ella siempre ha sido más temerosa, más dependiente. Me contó que tenían un compromiso con su hermana que hicieron cuando vivían en el sur: que siempre iban a cuidarse, nunca se dejarían solas, cada una sería como la mamá de la otra”.

Ignacia dice que se acuerda perfecto de esa promesa. Alexis no pudo recordarla.

Los objetos de la transición

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La pelota de Alexis.

Alexis siempre odió la falda del colegio. Que no se la quería poner en las mañanas, y que por eso se demoraba. “Eso era un drama, una tortura”, recuerda. Que por su rebeldía de no usarla, el año pasado casi no lo dejaron rendir el Simce: el colegio pedía que las niñas fueran correctamente vestidas. Lo mismo le pasaba con sus zapatos escolares. Voluntariamente los prestaba para que alguien se los pusiera para jugar fútbol. Así se gastaban rápido y él podía insistir que le compraran unos más masculinos.

Todo lo contrario le pasa con su pelota de fútbol. La tiene hace varios años. Recuerda estar pateando un balón desde siempre. Recuerda que cuando era niña, prefería irse a la cancha que bailar hula-hula con las compañeras. Que en ese tiempo le decían ahombrada. Que a él no le importaba. “Antes era bueno en el mediocampo; hoy soy bueno al arco”, dice. Todos los miércoles va al taller de fútbol del colegio. Es hincha de la U. Uno de sus objetos favoritos es un auto amarillo a control remoto. “Me lo regaló la tía el año pasado para mi cumpleaños”. No fue una celebración cualquiera. Porque el 2 de diciembre de 2016, cuando cumplió 12 años, fue la primera vez que le cantaron como Alexis. Frente a sus velas, en el pequeño comedor de su tía, Alexis no podía disimular la sonrisa mientras escuchaba su nombre de niño en medio de esa melodía feliz.

“Ahora paso como niño. En el Metro me dicen: ‘dejen pasar al joven’. Eso me gusta. En el supermercado me dicen: ‘muchas gracias joven’. ¡Qué felicidad! Me ven como lo que siempre quise”.

“Ahora paso como niño. En el Metro me dicen: ‘dejen pasar al joven’. Eso me gusta. En el supermercado me dicen: ‘muchas gracias joven’. ¡Qué felicidad! Me ven como lo que siempre quise”.

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