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1 Diciembre, 2016
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En la escena del crimen

La fascinación por la crónica roja y los crímenes es el tema de Reconstrucción de escena, el libro en que el historiador Manuel Vicuña hace un recorrido por los orígenes de la literatura policial chilena y la pasión de los lectores por el morbo, explicitando que la violencia más brutal, el apetito de las masas por los cuerpos mutilados, y los privilegios de clase, no son asuntos de hoy, sino de siempre.

Por Rita Cox / Fotografía: Carolina Vargas / Producción: Álvaro Renner


Paula 1214. Sábado 03 de diciembre de 2016.

Hace exactamente 10 años Manuel Vicuña (46) trazó un camino que lo desvió de lo que un lector o académico ortodoxos esperarían de un Doctor en Historia de la Universidad de Cambridge o de un decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales: publicó un libro donde desenrollaba la trama oculta del espiritismo en Chile, una actividad cargada de señoras que, en un país católico, oficiaban de médiums para aliviar el dolor de los deudos que buscaban conectarse con sus muertos. Al tema, cuenta sentado en un café de Providencia, llegó por casualidad. Paseándose por los depósitos de la Biblioteca Nacional tomó por azar una revista de 1875, donde estaba enunciado un contenido nunca antes explorado. Ahí se disparó la curiosidad –obsesiva para lograr llegar a publicar y no desistir antes– de mirar el siglo XIX con otros ojos. El resultado puede leerse en Voces de ultratumba (2006, Taurus).

En Reconstrucción de escena (2016, Hueders), que salió hace unos días, Manuel Vicuña repite el gesto. Lo había hecho ya de alguna manera con Fuera de campo (2014, Hueders), cuando revisitó las existencias de siete escritores chilenos que poco supieron de aplausos, y también con Benjamín Vicuña Mackenna: un juez en los infiernos (2009, Ediciones UDP), donde explora el lado B del político. En esta nueva entrega, su visión de lo que es interesante de ser desentrañado vuelve a despegarse del patrón. En este ensayo, Vicuña hace un recorrido por los orígenes de la literatura policial chilena, los clásicos extranjeros como Poe, Conan Doyle y Chandler, el rol de la crónica roja, la pasión de los lectores por el morbo, la figura icónica del detective, la relación ambivalente entre los tiras y los delincuentes y la riqueza del lenguaje del hampa, explicitando de paso, y sin pretensión ni conservadurismo, que la violencia más brutal, el apetito de las masas por los cuerpos mutilados, y los privilegios de clase, no son asuntos de hoy, sino de siempre.

El libro parte en 1896, con el asesinato de Sara Bell en manos de su amante. ¿Por qué elegiste ese momento?
Ese asesinato marca la primera vez que un detective, Daniel Castro Hurtado, escribe el testimonio de una investigación protagonizada por él. Así anticipa la estructura del relato policial, que tiene al detective como motor de la narración. Y también es la primera vez en la que se cruzan tres cosas que marcan hacia delante a este género: la prosa testimonial del detective, la narración de la investigación de un crimen y la vinculación de eso con los casos reales. Castro Hurtado no ficciona, habla de un caso real, y la literatura policial suele estar en la frontera de la crónica roja, muchas veces se inspira en esos casos, incluso hay periodistas que se convierten en escritores de ficción y transitan de un lado al otro. El crimen de Sara Bell fue recordado por décadas. Tenía todos los condimentos más sabrosos: un cadáver enterrado a la carrera y después exhumado, el envenenamiento con cianuro, un asesino oligarca y vividor que se fugó del país y nunca fue capturado, y un juez corrupto que le cubrió las espaldas, por solidaridad de clase.
El caso Sara Bell, un femicidio en palabras de hoy, es también, leyendo a Vicuña, “un episodio sintomático de los extravíos de una sociedad acostumbrada al encubrimiento de los privilegiados. Los condenados al patíbulo, los hombres engrillados que saciaban el hambre de escarnio público, ¿no eran siempre pobres? Los reporteros de la época aliñaron las noticias con toques de sensacionalismo”.

Hay otras dos mujeres que importantes en el libro: Alicia Bon y Rosa Faúndez. Asesinada y asesina, respectivamente.
A Alicia Bon la menciono a la pasada. Me interesó porque su asesinato muestra cómo un grupo de músicos ciegos, instalado en la plaza de armas de Santiago, cantaban versos sobre el crimen. Rosa Faúndez me interesó por la brutalidad del crimen, conocido como el crimen de las Cajitas de Agua. Ella, por celos, mató, desmembró y repartió las piezas de su marido por Santiago. Fue tal el efecto público que generó que me permitió poner en perspectiva el nivel de fascinación que provocaban los crímenes más espantosos.
Por “fascinación” Vicuña se refiere a la prensa publicando fotografías de los pedazos del cuerpo de la víctima, muchedumbres haciendo cola fuera de la morgue y bajo la lluvia, para mirar el tronco de la víctima en exhibición, y la interrupción de las proyecciones en las salas de cine para dar la noticia de que se había dado con la culpable. El morbo desquiciado, como también la noción de la propia asesina de ser un eslabón más de una cadena mayor, se constata en las palabras que el escritor cita de esta mujer refiriéndose a los periodistas: “Estos infelices desgraciados están entreteniendo a la gente a costillas mías. Lo único que hacen todos los días es repetir la misma tonada, como si no tuvieran otra cosa de qué preocuparse”.

En el libro dices que “la muerte es tratada como un espectáculo que busca prender la mecha de las emociones primitivas”. El morbo, como en ningún otro animal, es parte de la condición humana.
No puedo elaborar una tesis al respecto, pero es cosa de mirarse a uno mismo para detectar que hay un morbo latente. En la Biblia, o desde la tragedia griega en adelante, el asesinato y la muerte violenta están siempre presentes. El crimen provoca fascinación y da pie para hablar de otras cuestiones. Y el morbo, el de todos, es fundamental en la masificación de los medios de comunicación: reporteando crímenes suben sus tirajes y cultivan la lealtad de los lectores. Sin cubrir la maldad, solo reporteando la felicidad, las audiencias empezarían a esfumarse. Lo mismo pasa con la literatura. Quizá no con la maldad homicida, pero sí con la infelicidad: ese es el tema más común. Pero la literatura policial tiene un ingrediente adicional, que es más clave: la fascinación por el detective, sobre todo por el detective con calle y algo medio autodestructivo.

¿Cómo crees que hubiese tratado la prensa de principios de 1900 el crimen de Nabila Rifo?
En 1910 hubieran mostrado la foto de ella sin ojos, las llaves con que se los sacaron y, si hubiesen encontrado los ojos, también los habrían fotografiado y publicado. Antes era más descarnado.

¿A qué obedecería el pudor actual, cuando la competencia es también más desatada?
Bueno, cambiaron los parámetros de lo legítimo: esa cosa truculenta hoy tiene algo de pornográfico. Esas manifestaciones de la violencia quizás salieron de los diarios y de los noticiarios pero siguen presentes en la literatura, en el cine y en las series de televisión. La ficción permite mirar las cosas proscritas y hacerse cargo de lo podrido.

La palabra “suicidio” no se lee ni escucha asociada a ciertas personas en algunos medios. Se informa sobre la muerte de un empresario, por ejemplo, pero las causas quedan en una nebulosa y hay que sacar conclusiones.
Es curioso lo que dices, porque en la prensa de esa época que revisé tampoco me topé con cosas sobre el suicidio, a pesar de que probablemente eran bastante comunes. Sin fármacos buenos, para mucha gente la muerte estaba siempre a la vuelta de la esquina. La moral católica condena el asesinato y el suicidio, pero solo el primero copa las portadas. A lo mejor se debe a que el asesinato supone un homicida y una investigación que mantiene a la gente en vilo y, por eso mismo, debe ser servido como parte del menú noticioso. El suicidio, en esta lógica, no tiene interés público.

El hampa gana un lugar a través del lenguaje.
Apechugar, caracho, gil, empotarse, macoña, rati, sapo, tira, cana son palabras que nacieron del hampa y que usamos todos. Lo interesante es la riqueza de ese lenguaje popular, que siempre muta para despistar a los tiras, que tratan de capturar sus significados escribiendo diccionarios de coa. Me gusta mucho el particularismo de ese lenguaje, me gusta que se aleje del castellano estándar. Detesto el lenguaje uniforme y plano que imponen las editoriales transnacionales. Ahí no hay marcas locales.

En este ensayo dejas bien claro que si la literatura policial en Chile no tuvo un mejor lugar, fue porque era considerada un asunto menor por la elite.
Sí, se dio una paradoja, la no validación por parte de la elite cultural, mientras medio mundo leía novela policial. Los críticos la desacreditaban como un placer evasivo. Lo de siempre: el arribismo, la dictadura de las minorías bien pensantes, el esnobismo de la alta cultura. Hay libros marginales de esa época que hoy se leen mucho mejor que los escritos por los fanáticos de Faulkner. Chicago Chico, de Méndez Carrasco, no tiene rival a la hora de retratar los bajos fondos de 1940.

En Reconstrucción de escena asumes varios roles: narrador, lector, crítico literario, investigador o detective o historiador. ¿Qué te es más próximo?
Más bien me considero un ensayista que escribe sobre cosas del pasado y para eso investiga. La fascinación por el pasado, por los muertos y la investigación son los rasgos del historiador. También la capacidad para tragar papel picado, porque uno, para tener clara la película, a veces tiene que mamarse libros horribles y bancarse el aburrimiento. Y no quiero escribir para especialistas, sino para gente leída. El libro está compuesto como una especie de archipiélago; dependiendo de la isla, supongo que adopto una posición distinta.

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