La fiebre del like

Reportajes y Entrevistas

La fiebre del like

Por Emiliana Pariente / Ilustración: Edith Isabel

A la fecha, casi tres billones de personas en el mundo usan redes sociales, cinco billones tienen celular y aproximadamente la mitad son smartphones con conexión a internet. El usuario promedio toca su pantalla más de 2.000 veces al día, y pasa 2.42 horas diarias interactuando con ella. En un mundo regido por la cultura del éxito y del consumo, todo está dado para que las redes sociales en las que la imagen manda penetren fuertemente en nuestras rutinas y maneras de relacionarnos con el resto y con nosotros mismos. Pero con cifras como estas, vale la pena preguntarse: ¿Dónde ponemos los límites? 

Hace unas semanas se filtró un nuevo prototipo de diseño de Instagram en el que los famosos likes, en vez de estar a plena vista de todos, permanecían ocultos y accesibles únicamente al emisor de la imagen. Una serie de artículos posteriores analizaron el posible cambio, y todos parecieron estar de acuerdo en que, de esta forma, no solo se reduciría la persistente y cada vez más agobiante sensación de competir –muy propia de una aplicación basada en las imágenes–, sino que también se aumentaría la motivación por compartir contenido auténtico, versus uno editado y motivado únicamente por la potencial aprobación del resto. Un intento por no seguir fomentado una carrera virtual de popularidad.

La discusión no quedó en eso, y dio paso a una serie de preguntas complejas –muchas que probablemente no tengan respuesta absoluta– que pusieron en evidencia que lejos de estar resuelto, existe un vacío respecto a las consecuencias reales, positivas y negativas, que han tenido en esta era de híper conectividad las redes sociales. Hasta el minuto, el tema parecía ser de interés únicamente para un grupo reducido de agentes especialistas en tecnologías e inteligencia artificial, pero el alcance reciente es mucho mayor y está abriendo el debate: ¿Tanta influencia tendría en los usuarios poner o recibir un corazón que se cuestiona si sigue siendo una función útil o positiva para nuestro desarrollo personal? ¿Por qué, si en algún momento hemos sentido la ansiedad que generan las redes, seguimos tan conectados? Y, por último, si a lo largo de la historia hemos condenado ciertas conductas adictivas, ¿cómo hemos cedido de manera tan natural frente a esta?
 
Estudios hay, pero el fenómeno –no así como internet y los videojuegos– es aun muy reciente para la ciencia. “No se lo puede catalogar como una adicción porque el uso de redes sociales es intencionado y no se hace solamente por un mecanismo de recompensa dopaminérgico, si bien hay algo de eso”, aclara el psicólogo Cristóbal Hernández, quien a principios de 2019 publicó una tesis doctoral en la que plantea que, si bien la relación entre la depresión y el uso de nuevas tecnologías es bidireccional, mientras se usen para procrastinar y evitar solucionar temas cotidianos,puede existir una profundización de síntomas depresivos. “Es un círculo vicioso que se va auto fomentando. Si me siento triste, una manera de distraerme es metiéndome a las redes. Pero también pierdo la posibilidad de enfrentar esa tristeza y solucionarla, por lo que se amplifica el dolor y, por consecuencia, las ganas de usar las redes nuevamente”, explica. 

Con declaraciones como estas, y teniendo en cuenta cifras que establecen que de los 2.5 billones de usuarios de teléfonos inteligentes, un 10 % interactúa con su pantalla –entre swipes, toques, tipeos y clicks– unas 5.426 veces al día (Dscout, 2016), se da cuenta de una problemática –o realidad, si no queremos emitir juicios– cada vez más recurrente. Pero, más que eso, de una serie de conductas habituales que han sido normalizadas a tal punto que ya no nos parecen del todo absurdas. Puede que no sea una adicción, y que en el mejor de los casos, sigamos teniendo el control, pero la creciente dependencia es, a lo menos, cuestionable.

La mayoría despertamos y lo primero que hacemos, casi inconscientemente, es revisar el celular, aunque nos duela abrir los ojos. Durante el día lo volvemos a revisar compulsivamente. Subimos una foto y esperamos ansiosos que caiga el primer like. Y nunca dejamos de estar, en cierto grado, pendientes de eso. Como si fuera poco, a nuestro alrededor vemos que todos están haciendo lo mismo, y reafirmamos que somos parte de una práctica común, que no estamos tan mal. Ya es casi imposible estar en una situación social sin que alguien esté subiendo fotos o grabando videos para sus Stories, y el celular, siempre en nuestras manos, pareciera haberse convertido en una extensión tecnológica de nuestros cuerpos. En su última columna para el NYT, el cofundador de Facebook, Chris Hughes, además de expresar sus preocupaciones acerca del extremo poder de la plataforma en términos de manejo de información –Facebook es dueña de Instagram y Whatsapp–, explicó que el modelo de negocios se basa justamente en captar nuestra atención, de la forma que sea y permanentemente, para que sigamos produciendo y compartiendo información todo el tiempo. “La decisión es nuestra, pero no pareciera que tengamos una alternativa. Las redes sociales se meten en cada rincón de nuestras vidas para capturar la mayor cantidad de nuestra atención y, al no tener opciones, cedemos. Pero el costo es alto”, aseguró. Y así vivimos desde una híper exposición a estar gran parte del día cautivados por nuestra pantalla, y un sinfín de comportamientos que se han vuelto parte de nuestra rutina y que delatan que estamos todos inscritos en una especia de carrera agotadora por ser parte, estar vigentes y no quedar atrás.

¿Pero por qué hacemos esto? Pareciera ser que las redes sociales, en un mundo en el que prima la cultura del éxito inmediato y la competitividad excesiva, se han vuelto, además de una comunidad virtual, una suerte de vitrina de auto marketing y auto superación que nos tienen a todos, en mayor o menor medida, enganchados. Un diario personal digital en el que cada uno puede dar a conocer lo mejor de sí –sus logros, éxitos y metas superadas– como nunca antes se había podido y de esta forma, no solo engañar al resto, sino que también, a estas alturas, a nosotros mismos. Cuantos más logros, mejor. Y cuantos más registros de aquellos logros, visibles y palpables, aún mejor. Y es que pareciera ser que ya no basta con vivir los procesos propios de la vida, o tener momentos efímeros pero reales de felicidad si es que no se pueden capturar e inmortalizar en la pantalla. Si nadie los ve, no son validados y, por ende, no alcanzan a ser logros. El filósofo y académico Martin Hopenhayn lo dice así: “el narcisismo post moderno que vivimos ahora, producto de una modernidad avanzada y un individualismo exagerado, implica no solo un culto al yo, sino que también una gestión del yo. Y esto es lo que han facilitado las redes. Como si mi yo fuera algo que produzco y no algo que soy”.

En esta gestión del yo, se ha normalizado la constante necesidad de exhibirse, compararse e interactuar de manera permanente en un espectro virtual en el que solo pareciera primar una idealización y falsa demostración de felicidad y perfección. Pareciera ser, además, que se produce una disociación entre lo que realmente somos –ciertamente mucho más que mera felicidad– y la imagen que proyectamos, en la que la felicidad, justamente, es el mayor activo. “Hoy en día se cree que aquellos que son felices pueden ser más productivos y más exitosos. En esa gestión del yo que permiten las redes, entonces, vamos a proyectar una imagen de persona feliz porque eso nos da una ventaja en el mercado”, explica Hopenhayn. Siguiendo esa lógica, los acontecimientos que permanecen personales o íntimos no tienen ni un peso. Solo devienen en algo real cuando el resto los puede ver, aprobar y halagar con expresiones que hemos aprendido a necesitar para validarnos a nosotros y al relato que hemos construido. Porque no se trata solo de una carta de presentación parcializada en la que mostramos lo mejor de nosotros, sino que también –y de manera cuantificable– una aprobación de ésta, que nos hace sentir, a lo menos, amparados. Una gestión de la imagen personal y una posterior validación externa que reafirma que lo estamos haciendo bien.

En el 2017, la fundación británica Royal Society for Public Health (RSPH) realizó un estudio en el que le preguntó a más de 1.000 jóvenes entre los 16 y 24 años que valoraran cómo Instagram, Facebook, Snapchat, Twitter y Youtube habían impactado en su salud y bienestar. El informe –que consideraba estudios anteriores en los que se planteaba que uno de cada seis jóvenes experimenta algún tipo de trastorno de ansiedad y que las tasas de ansiedad y depresión juvenil habían aumentado en un 70% en los últimos 25 años– concluyó que todas estas redes eran, en cierta medida, dañinas en cuatro aspectos claves: la calidad del sueño, la auto percepción del cuerpo, el ciberacoso y el sentimiento de estar perdiéndose de algo, o, como los científicos lo han acuñado, el síndrome de FOMO (Fear of missing out). De todas, Intagram y Facebook resultaron ser las más dañinas en cuanto a la opinión que tenemos respecto a nuestros cuerpos. Además, se planteó que cuando se exponía a mujeres jóvenes a Facebook durante un periodo corto sus preocupaciones sobre la imagen corporal aumentaban. Frente a esto, la directora de RSPH, Shirley Cramer, le dijo a la BBC que “las plataformas fuertemente enfocadas en la imagen pueden estar produciendo sentimientos de insuficiencia y ansiedad en los jóvenes”.

Estos sentimientos de insuficiencia o frustración podrían ser vistos como las grandes enfermedades de nuestra época. Si ya las exigencias eran altas con la publicidad y los parámetros poco realistas impuestos por el mundo de la moda, hoy en día nos estamos comparando con modelos o influencers virtuales, muchos de las cuales, incluso, son una mera creación de estudios de inteligencia artificial que optaron por unir algoritmos recopilados de millones de usuarios y crear, según la información obtenida, el ser humano “perfecto”. Es el caso de Lil Miquela, una modelo virtual de la compañía transmedia Brud que pretende ser el reflejo de lo que toda mujer contemporánea aspira a ser, y que en poco tiempo sumó a más de 1.5 millones de seguidores, muchos que ni siquiera parecen tomar en cuenta que es una creación de laboratorio. Al igual que otras influencers, interactúa con su público y usa la plataforma como herramienta de sociabilidad y trabajo. “Antiguamente la realeza era el estándar y todos querían ser como ellos, pero era un imaginario lejano. Instagram modificó la relación que tenemos con nuestros referentes, y ahora nos da la impresión de que son más cercanos, olvidando que el contenido que suben es altamente curado, aunque pueda no parecerlo. Cuando eso se vuelve un patrón de comparación, surge el problema”, explica el psicólogo Cristóbal Hernández.

Nuestra relación cotidiana con las redes pareciera potenciar la tendencia del ser humano a ser narcisos y el coqueteo fácil –no cuesta mucho caer en estas prácticas– con un mundo en el que cada uno es libre, hasta cierto punto, de programar una imagen a su medida, de acuerdo a lo que busca o no lograr. Un imaginario de lo que uno es, invicto frente a los imprevistos y espontaneidades humanas. Ajeno a lo que no nos gusta de nosotros, a los días malos y los no tan buenos. “Con las redes sociales opera mucho el huevo o la gallina; estamos en una sociedad muy atravesada por la publicidad y de híper consumo, en el que la necesidad de diversificar los mercados y segmentar los públicos es vital. Esto confluye para cruzarse con los avances tecnológicos y dar paso a herramientas que a su vez, refuerzan esta lógica o sistema”, dice Hopenhayn. “En esta lógica nosotros pasamos a ser objetos de consumo y, a su vez, construimos el sentido de pertenencia en base a una febril circulación de imágenes”. Imágenes que no nos representan en totalidad.

¿Podemos tener un pronóstico entonces? ¿Dónde empieza y dónde termina este espectro virtual cuyas consecuencias estamos empezando a ver de manera tangible en nuestra cotidianidad? La respuesta es incierta. Pero no es casualidad que las redes apelen a lo más básico de las emociones humanas; anhelar el amor de otros y sentir que uno pertenece. El tema es cuál es el costo que estamos pagando por eso.

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