La figura materna

Reportajes y Entrevistas

La figura materna

Por Manuela Jobet / Ilustración: Edith Isabel

El psicoanálisis entiende la maternidad como un proceso lleno de dificultades, dudas y satisfacciones. La madre revive aspectos de su propio maternaje (el de su madre vivido con ella) y al mismo tiempo desea cumplir exigencias propias e impuestas por la cultura vigente. Es un torbellino de emociones, deseos, cambios físicos y miedos a no satisfacer a un bebé necesitado y frágil. De eso y del rol que juega la madre en las diferentes etapas de la vida del hijo, habla la psicóloga y analista de la Asociación Psicoanalítica Chilena Milka Kaplan.

La sicoanalista explica la importancia de intentar desmitificar los arraigados idearios sociales que durante siglos han establecido que la mujer es una santa madre que cumple su función máxima y se realiza solamente al ser mamá. Eso es lo que trabaja el psicoanálisis, teniendo como base lo complejo que resulta aceptar que en esta misma mujer que da vida, da la muerte también a ese hijo como ser humano y en ella conviven el amor y el odio. La tarea es compleja, va desde el cuidado de aspectos físicos al recién nacido y de cuidar sus necesidades emocionales, de sostén, apego y contención para ayudarlo a construir mente y convertirse en un ser con seguridad en sí mismo, confiado, y que pueda continuar su desarrollo en términos de conseguir autonomía y construir su subjetividad. La madre debe ser capaz de entregar a los hijos la capacidad de desear, lo que implica asumir frustración y poder soñar, aspectos fundamentales del desarrollo y la salud emocional.

Para eso quizá lo primero es entender y aceptar que en las mujeres conviven diferentes pulsiones y sentimientos: amor, odio, deseos de cuidar y proteger, admiración y rabia que inevitablemente provocan satisfacción y frustración en la guagua. Todo eso nos conforma y hace que sea imposible tener una maternidad perfecta y pura, premisa básica que si se piensa hace sentido y resulta bastante liberadora. “En la exigencia de una maternidad perfecta el autor sicoanalítico Winnicott plantea una madre suficientemente buena, que es más humano y real como posibilidad. Esta relación temprana con la madre, mamar de su pecho y recibir su cuidado se convierte en la base y estructura para todo vínculo de amor posterior. Las primeras huellas de satisfacción y frustración del bebé con su madre se repetirán en sus futuros encuentros amorosos. Los cuidados de la madre al hijo implican ternura, excitación, satisfacción y frustración para ambos. En ese sentido se debe aceptar que la maternidad conlleva también sentimientos negativos. Por ejemplo, si la mamá vive la maternidad con culpa debido a la hiper exigencia actual, es natural que aparezcan sentimientos de falta y falla permanente”, explica la sicóloga Milka Kaplan. “El trabajo del sicoanálisis es entender cómo un sujeto se convierte en mujer y en madre. Que la madre sea consciente de sus deseos, fallas, amor, cansancio y rabia le permite al hijo un desarrollo sano. Debemos rescatar las características personales de cada una sin cotejarlo al modelo de virgen María sin pecado concebida carente de sexualidad. Lo más sano es que la madre no se fusione totalmente con el bebé, que siga siendo un sujeto que se enamora de él, pero que no es uno con él. Es clave que la mamá tenga un mundo propio donde haya espacio para su femineidad, su ser mujer y para otro, padre, pareja o su propia madre”.

PRIMER ETAPA (lactante): La alimentación como centro de intercambio emocional y sexual. La madre es una figura universal y total para ese bebé. Debemos entender la lactancia como fuente de vida, crecimiento y líbido. Esta líbido se convertirá en energía para vivir y amar del recién nacido. Para un desarrollo sano de la relación madre-hijo que implicará cuan saludable será la psiquis de este bebé, la conciencia de límites que tenga la madre es fundamental. Esto implica incorporar un tercero en la relación (abuela, padre, pareja) que cumplan la función de contenerla. En esta etapa de alimentación, cuidado y sostén, hay que estar siempre conscientes de que uno también, y de manera inevitable, le entrega frustración y displacer al hijo, porque la leche no siempre sale cuando la necesitamos, porque la mamá a veces se demora, porque a la guagua le molesta cuando la mudan. Aceptar el rechazo del bebé a la madre también es parte de un desarrollo normal ya que incluso el bebé posee pulsiones de amor, odio, vida y muerte.

SEGUNDA ETAPA (niñez): A medida que el hijo crece, se espera que la madre pueda hacer el duelo de que no dependa de ella en su totalidad. Este duelo consiste en disminuir el total control en función del intercambio con otros niños, profesores, adultos significativos. Es difícil para muchas madres tolerar la presencia de estos otros en la vida de su hijo y lo puede vivir como competencia o traición, hecho que dificulta el crecimiento del hijo. El rol de la madre es entonces acompañar en el proceso de que el hijo se convierta en alguien independiente y con ideas propias. Acompañarlo en su curiosidad y ganas de saber.

TERCERA ETAPA (adolescencia): En esta etapa se expresan los temas no resueltos en la primera infancia, como un apego inseguro, que se manifiestan en el niño en falta de confianza básica, impulsividad y temores. Lo hace más difícil el hecho de que generalmente los padres están en la crisis de la edad media, evaluando sus logros y frustraciones. Es indispensable en esta etapa tolerar y aceptar que la crítica y la duda son sanas. Decirles a los hijos que uno está aprendiendo con ellos, que como papás no nos las sabemos todas porque así también se les muestra un modelo en el que dudar no es grave. Hay que lograr en esta etapa no tener temor a que se alejen, pero poniéndoles límites. Darles la oportunidad que se desarrollen, pero estando presentes. Y aunque es difícil, si hay confianza y en las etapas anteriores se han construido lazos amorosos, esos límites son protectores. La función de cuidar y acompañar sigue, pero esta vez dando mayor libertad y atreviéndose a decir lo que se siente y piensa. Es seguir estando presentes, pero no desde el control y el autoritarismo.

CUARTA ETAPA (mundo laboral): El hijo sufre de ansiedad y temor frente a nuevos desafíos. Si ha tenido una madre sobreprotectora y controladora, será una etapa mas compleja. Cambian las formas de acompañar y contener. La confianza en sus propios recursos será el logro de una infancia contenedora, con amor y límites donde la madre otorgue libertad genuina. Y eso dependerá de su propia historia y conocimiento de sí misma, con postura, autocrítica y reflexión.

ACOMPAÑANDO LA MATERNIDAD DE LA HIJA: Una madre contenida es capaz de contener a su recién nacido. Madre e hija se reencuentran. No es que se igualen, porque la hija necesita a su madre como sostén. Hay que intentar evitar ser la madre sol para la hija, ya que esta vida y calor puede ser enceguecedor para la nueva madre. Se debe trabajar en una figura de una madre apoyadora que no infantilice a la hija demostrándole que sabe más e invalidándola como madre. El rol de la madre es de contención, apoyo, de guía. Acompañar respetuosamente para que la hija sepa que la madre está, pero dándole la confianza de que ella va a ser una buena madre. Evitar la crítica que viene de la creencia de que su molde es el correcto.

LA HIJA SE CONVIERTE EN MADRE DE SU MADRE: la mamá con la vejez está más cansada, con más temores, con pérdidas de funciones físicas y también mentales en muchos casos, necesitando que la hija la pueda cuidar y acompañar. Pero para que esto pase, la hija se debió haber sentido cuidada por su madre y así lograr asumir los cambios de la vida en este dar y recibir.

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