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19 Mayo, 2015
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La fugaz aparición de un detenido desaparecido

En agosto del año pasado aparecieron cuatro misteriosas maletas metálicas en las bodegas del Centro de Investigación y Desarrollo de la Educación, Cide. Contenían parte de la obra inédita del fotógrafo Juan Maino Canales, un detenido desaparecido en 1976. Fotos de pobreza y rigor que escondían una mirada sutil y bella de un Santiago que ya no existe y que, desde fines de mes, se exhibirán en Roma en su primera exposición oficial.

Por Roberto Farías / Fotografía: Roberto Farías y archivo de Juan Maino Canales


Paula 1174. Sábado 23 de mayo de 2015.

Como si bajáramos al posible mausoleo de Juan Maino, se siente manar el frío gélido del subterráneo del Centro de Investigación y Desarrollo de la Educación, Cide. Este lugar era el emblema de las propuestas educativas jesuitas en la gran reforma educacional del ex Presidente Frei Montalva. Es una casona neoclásica ubicada en Erasmo Escala en pleno barrio universitario, que desde 1964 ocupa esta institución y desde los 90 forma parte de la Universidad Alberto Hurtado y en cuyo subsuelo el polvo, timbres viejos, máquinas de escribir y papeles parecen intactos desde los 60.

A fines de agosto de 2014, la periodista Marcela Jiménez, la encargada de comunicaciones del Cide, recibió una bolsa con material para conmemorar los 50 años del centro de investigación. Entre muchas cosas, había una serie de fotos sueltas que le llamaron la atención. Y como diría Víctor Hugo en Los miserables, ya que “las sociedades humanas suelen enterrar el espíritu de su civilización en calabozos, cementerios y bodegas”, Marcela partió al sótano para averiguar si había más fotos.

–Entre tanta cosa que encontré me llamaron la atención estas maletas metálicas como de la Segunda Guerra. Tan firmes. Y cuando las abrí me sorprendí más. ¡Eran diapositivas de los años 70!

Eran cuatro cajas metálicas verdes. En una había un diaporama con gráficos y en las otras tres, hileras de diapositivas ordenadas por tema. Eran cerca de 250 fotos.

Primero las vio a contraluz porque no encontraba un visor por ninguna parte. Tuvo que reparar uno muy viejo con cinta adhesiva.

–Y quedé prendada. ¡Es que eran tan buenas! ¡Tan bonitas!

Eran imágenes de niños. Algunos retratados en alguna escenas de educación: sumando y restando, haciendo rondas, jugando con una pelota plástica de esas que llevaban impresas el mapamundi. Descalzos. Apoyados en mediaguas precarias, en mesas chuecas, pero con caras de discreta alegría. Miradas de esperanza, no con el clásico brillo de dolor y marginalidad.

Marcela escaneó algunas en una impresora y comenzó a mostrarlas para averiguar quién podría ser el autor. Entre varios funcionarios que recorrió, de pronto el educador Juan Zuleta (con más de 40 años en el Cide) se agarró los lentes y le dijo con su voz suave y pausada:

–Son de Juanito. Sin duda.

Se quedó largo rato mirándolas ensimismado. Se tuvo que sacar los lentes para secarse los ojos.

–Hacía mucho que no las veía. De aquellos años, cuando a Juanito Maino lo detuvieron. Me produjo una sorpresa el hallazgo pero también una enorme pena–, dice Zuleta ahora.


Parte de las fotos encontradas en las cuatro maletas que estaban en el Cide.

Aquellas fotos las hacían juntos entre 1973 y 1976 para el proyecto de educación popular “Padres e Hijos”. Se las exhibían a una comunidad y luego desarrollaban una charla educativa.

Tras el golpe, el Cide, como muchas otras organizaciones de Iglesia o no gubernamentales, cumplieron un doble rol: eran el reservorio intelectual de la izquierda y, a la vez, refugio de militantes y activistas semi clandestinos.

En el Cide se refugió el cura jesuita Gerardo Whelan (famoso por la película Machuca), expulsado del Saint George’s, y el verdadero “Machuca”, el dibujante Emelín Parraguez. Y también numerosos miembros del Movimiento de Acción Popular Unitaria (Mapu) como Carlos Ortúzar y Juan Maino Canales.


Juan Maino en un retrato que conserva su familia.

–Teníamos un fotógrafo –dice Jorge Zuleta– pero Juan era muy superior. Decidíamos hacer una foto que graficara, por ejemplo, la importancia del aseo personal, que después nos permitiera hacer una dinámica de grupo con pobladores y campesinos. Y partíamos a desarrollar la idea.

Iban a los campamentos de El Salto, Peñalolén y Quilicura.

Whelan, que lideraba el proyecto, les decía: “Hagan las fotos y vuelvan altiro”.

Maino era del MAPU y su familia no tenía idea. es uno de los tres ciudadanos Ítalo-chilenos desaparecidos en dictadura por los que el gobierno italiano inició un juicio. Sus inéditas fotos –atesoradas por sus hermanas y otras descubiertas hace poco en las bodegas del Cide– serán exhibidas en Roma.

–Pero Juan era dedicado. Primero entraba en confianza, se adecuaba al lugar, a las personas. Tenía el don de la sencillez, de la confianza. Y luego esperaba el momento, la luz adecuada. Podía pasar horas. A veces se quedaba hasta a dormir con ellos.

A pesar de los 90 mil escudos de la época que recibía (unos 150.000 pesos de hoy), Maino se tomaba varios días en desarrollar la idea e ir en su propia citroneta blanca.

–En esa citroneta desapareció o se la llevaron con él–, dice Zuleta.

EL FOTÓGRAFO DEL MAPU

Whelan discutía a gritos con Maino:

—¡Cómo va a ser tan difícil tomar un par de fotitos!

Pero eran gritos exagerados o más bien, para encubrir su verdadero nexo con Maino al resto de los funcionarios del Cide. Whelan prestaba su casa de Lo Barnechea u otros sitios para que el Mapu se reorganizara en la clandestinidad.

–Una vez tuve que pasar a la casa de Whelan y me dijo –dice Juan Zuleta–: vas a oír o ver cosas que quizá no te convenga y puede ser peligroso.

Ahí estaban Carlos Ortúzar, Eugenio Tironi, Carlos Montes (actual senador) y otros miembros de la directiva del Mapu clandestino. El resto estaba en el exilio.

Juan Maino militaba en el Mapu desde antes de la UP en la célula que funcionaba en el departamento de Artes de la Comunicación de la UC, en el centro. Como su madre, Filma Canales, era una conocida documentalista y profesora del Instituto Fílmico y una de las primeras críticas de cine en Chile, Juan Maino se conseguía con ella películas en Chilefilms y organizaba exhibiciones en las poblaciones y talleres con niños.

En eso lo acompañaba Gloria Torres, su pareja de entonces,  que estudiaba Derecho en la Universidad de Chile y también Mapu.


La encargada de comunicaciones del Cide, Marcela Jiménez, fue la autora del hallazgo: encontró 4 cajas metálicas con 250 diapositivas de Maino.

–Íbamos a los comedores populares de Lo Hermida a tomar hartas fotos de niños, era su tema –dice Gloria, hoy una abogada de familia y mediadora del Consejo de Defensa del Estado–. Siempre andaba tomando fotos. También en las marchas y actividades del Mapu.

Los Maino vivían bien. Su padre era gerente de una gran empresa lechera del sur y tuvieron grandes casas y buen pasar. Hasta que murió en 1967, poco después de separarse de Filma que, hasta ese momento, era una acomodada dueña de casa.

–Filma,entonces, renació –recuerda Bernardita, la menor de los cinco hijos Maino Canales–. Se dedicó a hacer clases, documentales, fue la primera crítica de cine de la incipiente televisión. Sin duda, ella despertó la sensibilidad artística a Juan.

Él pasó por varios colegios, como el Seminario Menor y el Patrocinio San José. Estudió unos años en Temuco y luego entró a Ingeniería Mecánica en la Universidad Técnica del Estado. Probablemente ahí se acercó al Mapu para las elecciones del 70. Y digo probablemente porque, así como muchos funcionarios del Cide, en su familia ignoraban su otra vida política. Margarita Maino recuerda que su hermano Juan siempre fue muy cuidadoso, muy discreto en cuanto a su vida política. Especialmente después del golpe.

–Creo que para no ponernos en riesgo. Por eso dejó ese testamento–, dice Bernardita.

–¿Cuál? ¿Dónde está?

–Unos días antes de que desapareciera, me pasó una carta para la mamá, con la condición de que la abriera solo si le pasaba algo. Y eso lo sabrían porque llamarían a la casa y dirían: “Juan está enfermo”. Y así fue.


En los 70, Maino era fotógrafo del Centro de Investigación y Desarrollo de la Educación (CIDE) donde hace poco Marcela Jiménez desempolvó sus diapositivas: “¡Eran tan buenas, tan bonitas!”, dice.

Un día antes, al despedirse, no quiso acercarse a la casa en Bilbao y dejó a Margarita, de 17 años, con un televisor en la vereda de Avenida Ossa. Fue la última vez que se vieron. Dos días después recibieron el llamado: “Juan está enfermo”.

Margarita le entregó la carta a Filma. Junto con las instrucciones de ir a su departamento en Villa Portales y sacar los negativos y otras cosas, le citaba a Antoine de Saint-Exúpery: “Ser hombre es, precisamente, ser responsable. Es conocer la vergüenza frente a una miseria que parece no depender de uno. Es estar orgulloso de la victoria que los camaradas han obtenido. Es sentir, poniendo uno su piedra, que se contribuye a construir el mundo”. Al final le pedía que quemara la carta y casi contra su voluntad Filma la prendió con un fósforo en plena vereda.


La mayoría de las fotos encontradas en el Cide fueron tomadas entre 1973 y 1976, para el proyecto de educación popular “Padres e Hijos”. Juan tomaba las fotos y luego hacían charlas educativas a la comunidad.

La misión secreta de Juan Maino era brindar seguridad a la cúpula del Mapu y servir de correo humano a Carlos Montes, el máximo dirigente en la clandestinidad. Si alguien quería llegar a Montes, tenían que pasar por Maino. También era el impresor y distribuidor del microperiódico Venceremos, del tamaño de una estampilla grande y que los militantes leían a escondidas.

Gloria Torres recuerda que el día antes de ser detenido discutió con Juan cuánto era posible y ético soportar las torturas sin hablar.

—Él tenía la idea que había que soportar tres días. ¿Y por qué tres días?, le pregunté a mi vez. “Porque en ese tiempo el partido se puede reorganizar completo y los compañeros se pueden esconder en otro sitio”, me dijo.

Y parece que cumplió su palabra. Luego de detenerlo en un departamento en Villa Los Presidentes en Ñuñoa, la noche del 26 de mayo de 1976, junto a Antonio Elizondo y Elizabeth Reka, entre los pocos rastros de sus últimos momentos está el testimonio de un detenido en Villa Grimaldi que reconoció el ruido defectuoso del motor de su citroneta y la voz del “Doc”, el torturador de la Dina Osvaldo Pincetti, que dijo al pasar que el dueño de ese auto “se les había ido en el primer interrogatorio”.

Sobre la mesa del departamento quedó una botella de vino, su reloj pulsera y una taza sobre la revista Foto-graph. Carlos Montes se salvó. Bautizó a su hija Juanita en honor a Juan.

A la familia de Maino, como no era militante de izquierda, le costó comprender a qué verdad se enfrentaba. Al principio hasta consultaron una vidente, que les dijo que buscaran en el mar en Concepción. Caían en las pistas falsas que sembraba la Dina, como la declaración de un chofer de la familia que dijo que Juan le había confesado que se iría a esconder a Argentina.

–Pero poco a poco fueron cediendo–, recuerda Gloria Torres. Filma, que era una señora aristócrata, se dedicó 100% a encontrar a su hijo. Iba a la puerta del campo de prisioneros Cuatro Álamos con la foto de Juan preguntando a la gente que entraba o a prisioneros que liberaban: “¿Han visto a esta persona?, ¿estará detenido acá?”. Participó en la primera huelga de hambre por los detenidos desaparecidos en la Iglesia San Francisco, en 1977.

Con los años, cuando la desaparición de Juan era irremediable, sus fotos y negativos comenzaron a tener valor de tesoro. Filma reservó una esquina de su departamento para las cajas de negativos y cartas. Eran intocables. No los prestaba. Muchos de los negativos nadie los pudo ver, sino hasta que murió, en junio de 2014. Varios de ellos son las fotos que se expondrán en Italia.


“Juan era dedicado. Primero entraba en confianza, se adecuaba al lugar, a las personas. Tenía el don de la sencillez, de la confianza. Y luego esperaba el momento, la luz adecuada”, recuerda el funcionario del Cide Juan Zuleta, quien trabajó con él.

Su primo y también fotógrafo, Pablo Adriasola, Gloria Torres, Víctor Maturana y otros amigos recordaron que Juan les había dicho después del golpe que había enterrado sus fotos del movimiento obrero.

–Era una larga serie de fotos que hizo durante la UP para un diaporama del Mapu–, recuerda Gloria.

La única pista que les dio es que las había enterrado junto a  un papayo.

–Como la familia tenía una casa en Algarrobo donde había un papayo, pensaron que era ahí. Excavaron el jardín entero varias veces y nunca han encontrado nada.

Aún de repente hacen expediciones para buscar las fotos perdidas de Juan. En la casa de los abuelos, en un jardín cercano. Bajo cualquier papayo que encuentran. Todavía no aparecen.

ENTERRAR EL MOTOR

–Alrededor de 1985 –recuerda Margarita Maino– se nos acercó un ex colaborador de Colonia Dignidad que decía que ahí habían enterrado unos autos de detenidos desaparecidos.

Se trataba del matrimonio de Georg y Lotti Packmor quienes se había fugado de la colonia. Sostenían que dos colonos cercanos al doctor Hopp, Gerard Mucke y Kart Stricker, tuvieron la tarea de enterrar los motores y carrocerías y borrar los números de serie con una lima. Los autos, entre ellos un Citroën blanco, habían sido regalados a los alemanes por el general Contreras.

–Nadie nos creyó –dice Margarita–. O en realidad los jueces nunca hicieron nada por la causa. Hasta que en 2003 tomó el caso de nuestro hermano el ministro Jorge Zepeda.

En marzo de 2005, allanó la colonia y en un campo muy retirado, ya cerca de las montañas, como si la tierra se negara a ser cómplice, apareció un barretín donde habían sido sepultados dos motores de auto.

Gloria Torres entró con Margarita casi a la fuerza. Lograron llegar al sitio.

–Y fue emocionante porque –dice Gloria– te das cuenta qué tan abierta está la herida. Instintivamente nos pusimos a sollozar con Margarita frente al motor como si fueran los restos de Juan, su cuerpo. ¡Lo queríamos sepultar, homenajear, no sé, algo! ¡Imagina el vacío!

Quizás por suerte, un miembro de la PDI interrumpió sus sollozos y les dijo que estaban llorando en el motor equivocado. Que el Citroën estaba un poco más allá. Ese era un Renault.


Las hermanas de Juan Maino: Bernardita y Margarita. Durante años su madre, Filma Canales, hoy fallecida, conservó en el departamento donde vivía un espacio intocado que cuidaba con celo en recuerdo de su hijo desaparecido: ahí estaban otras cajas con los negativos de las fotos y las cartas de Maino.

Tiempo después hicieron una romería y una especie de funeral simbólico en el lugar del entierro, que quedó registrado en el minidocumental El valor de la esperanza. Y el curioso deseo de sepultar el motor, lo convirtió en obra de teatro el hijo de Gloria Torres, Leonardo González, en la obra Aquí no se ha enterrado nada, que ganó el concurso de dramaturgia de la Universidad de Chile en 2012. Antes había hecho el monólogo Madre he vuelto, que retrataba la lucha de Filma.

El hallazgo del motor de la citroneta permitió condenar a Manuel Contreras y a otro miembro de la Dina como autores de la desaparición de Maino y a tres integrantes de Colonia Dignidad como cómplices. Pero, a su vez permitió, que en 2014 se sumara el caso de Maino al llamado “Juicio al Plan Cóndor” que inició el gobierno de Italia contra militares y civiles de Bolivia, Argentina, Uruguay y Chile que se coludieron en los años setenta para detener y hacer desaparecer a numerosas personas, entre ellos 33 ciudadanos italianos.

Maino era ítalo-chileno. Su padre era descendiente de un pobrísimo tallador de muebles de Ancona, al norte de Italia. Los otros casos de ítalo-chilenos son el del integrante del MIR, Omar Venturelli, desaparecido en Temuco en octubre de 1973; el GAP socialista Juan José Montiglio, detenido en La Moneda el 11 de septiembre y desaparecido desde el Regimiento Tacna; y el del dirigente comunista Jaime Patricio Donato, detenido el 5 de mayo de 1976 y desaparecido desde Villa Grimaldi.

En mayo de 2014, los familiares de Maino y de Omar Venturelli fueron recibidos por el Papa Francisco I en Roma y por el fiscal principal de la causa italiana. Posteriormente, en una cena que organizó el embajador de Chile, Fernando Ayala, él se acercó a Margarita y le dijo:

–¿Y si hacemos una exposición con las fotos de Juan?

Así se gestó la primera exposición oficial de las fotos de Maino que se exhibirá en Roma, a partir del 1 de junio, en una sala auspiciada por la embajada de Chile y, luego, en una muestra colectiva en Milán y otra en el salón del ayuntamiendo en Bologna.

–En Bologna será bonito–, dice Margarita–. El año pasado fui allá a hacer una charla a un colegio junto a una torturada uruguaya y mostramos las fotos de Juan. Fotos de niños, de esa pobreza que es tan lejana a lo europeo. Y, al mostrarlas, me conmovió su mirada, su preocupación por los niños. ¡Y pude llorar por primera vez desde que desapareció!

La ex pareja de Juan, Gloria Torres, recuerda de pronto un hecho singular. Quizá para el último cumpleaños de Juan, en febrero de 1976, le preguntó cuál sería un buen regalo y él le mostró unas cajas metálicas verdes para guardar diapositivas que vendían en la tienda Reifschneider de Huérfanos.

–Las vi y le dije: ¡Pero si unas cajas te las puedes hacer tu mismo! Pero él era riguroso, y me dijo: “Esas cajas son herméticas, están hechas para durar mucho, mucho tiempo”.

Le regaló tres. Él ya tenía una. Esas son las cuatro cajas que aparecieron 39 años después con sus fotos intactas. Juan Maino germina desde el subsuelo. ·

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