La historia de Nicole Krauss

Reportajes y Entrevistas

La historia de Nicole Krauss

Por María José Viera-Gallo

En el momento cumbre de su veloz y revolucionaria carrera, la escritora neoyorquina Nicole Krauss vendrá por primera vez a Chile, como invitada especial del Concurso de Cuentos Paula. Elogiada unánimemente por críticos y leída por autores de la talla del Premio Nobel de Literatura J.M. Coetzee, Krauss habla aquí de su éxito y sus insospechadas conexiones con Bolaño y Parra.

Hablar con Nicole Krauss (1974) es como abrir cualquier página de su novela, La Historia del amor. Cada palabra tiene el poder de intoxicar con algo que uno no esperaría encontrar en la literatura americana llamada “contemporánea”: recato, fragilidad y una sensibilidad iluminada.

Originalmente poetisa, cuando era veinteañera Nicole se la pasó estudiando Filosofía en Stanford y Oxford, leyendo a Nicanor Parra, escribiendo poemas y una primera novela alabada por Susan Sontag, Man walks into a room (2002), que no ha sido traducida al español.

Fue La Historia del amor, su segundo golpe de gracia narrativo, el que la convirtió en 2005 en una revelación para el público y la crítica. Y en un éxito de ventas.

Con un efecto de muñeca rusa, de libro dentro de un libro, la novela entrecruza la historia de Leo Gursky, un solitario polaco sobreviviente del Holocausto que vive encerrado en su departamento en Manhattan, con la de Alma, una chica de catorce años que le busca marido a su madre, quien, a su vez, traduce un misterioso libro publicado en Chile, llamado La historia del amor.
El Premio Nobel J. M. Coetzee dijo que el relato era “tierno, fascinante, original”. El director de cine Alfonso Cuarón –responsable de Y tu mamá también– ya compró los derechos para la película. Nicole y yo nos tomamos una limonada en una húmeda tarde de verano, en Brooklyn.

Lo primero que llama la atención de tu novela es el título. ¿Por qué La Historia del Amor?
Mi libro habla sobre múltiples pérdidas conectadas entre sí; la de un manuscrito llamado La historia del amor, la de un pasado, una ilusión y un amor. Para mí, el amor es la sensación de que alguien es testigo de tu vida y te recuerda que existes. Es la cara opuesta de la pérdida. Es ese amor, como recuperación de algo perdido, lo que buscan mis personajes, no la pasión amorosa ni la ternura afectiva. En últimos términos, se trata de un libro sobre el poder de la imaginación y de la literatura.

–El personaje de Leo Gursky reflexiona sobre la escritura diciendo: “Quería describir el mundo porque vivir en un mundo indescriptible era demasiado solitario”. ¿Compartes su necesidad?
Escribo por muchos motivos. Primero, porque tengo cierta sensación de que soy capaz de darle significado a un mundo que no lo tiene. Saul Bellow ya lo dijo: “Escribir compensa el sinsentido de la existencia”. En la literatura, a diferencia de lo que sucede en la vida, las razones por las cuales pasan las cosas, por muy misteriosas que sean, al fin y al cabo se descubren. Segundo, escribo porque la escritura tiene ese poder único de redención de las relaciones humanas. Y tercero, por algo bastante personal: prefiero escribir que hablar. Conversando no logro darme a entender como quisiera. La habilidad de decir algo tal como quiero en una frase escrita es una adicción para mí y me hace sentir muy viva.

–La meticulosa construcción de tu novela ha sido alabada por la crítica. ¿Qué control tienes sobre tu proceso creativo?
Nunca escribo con una idea acabada ni un sentido de lo que será la novela. Eso implica que reescribo todo el tiempo sólo para dilucidar de lo que estoy hablando. Empiezo con un detalle, luego aparece la voz. Es un proceso hecho de accidentes. Al comienzo veo pequeñas estrellas. La constelación aparece al final. Me gusta estar un poco perdida cuando escribo.

–¿Crees que escribir, leer y hablar de libros, como lo hacen tus personajes, es algo que le interese a la gente hoy?
Todos se quejan de que la gente ya no lee tanto y los libros están quedando en desuso debido a los efectos de la tecnología. Sin embargo, tengo fe en que la literatura ofrece algo que es imposible encontrar en otra cosa. En la televisión, por ejemplo, hay grandes historias y personajes tan carismáticos como Tony, de Los Soprano, pero sólo un libro crea esa increíble intimidad, casi religiosa, con el lector. Mientras no haya otra cosa que logre lo mismo va a seguir habiendo lectores y libros.

–¿Eras una adolescente tan intelectual y excéntrica como Alma, otro personaje de tu novela?
Su alieniación adolescente es muy cercana a la que yo viví. Siempre sentí una gran división entre quién tenía que ser en el colegio o frente a mis amigos y quién realmente era. Becket dijo algo en su novela El innombrable: “Soy una cosa que no es interior ni exterior sino una delgada membrana entremedio”. Pero Alma, a diferencia de los personajes de Salinger, es más naive. Sólo quiere salvar a su madre.

–Es interesante cómo inviertes los roles: en general son las madres quienes quieren salvar a sus hijas. Por otro lado, Leo es quien busca a un hijo que no conoce y no viceversa, como ocurre en muchas novelas.
Es cierto, no lo había pensado. Ahora que estoy trabajando en mi tercera novela me doy cuenta que siempre vuelvo a lo mismo: a ese “algo” que está perdido entre padre e hijos. Aunque compartan la misma sangre y sean cercanos, hay un grieta entre ellos. Toda la vida consiste en entender y aceptar esa grieta.

Chile imaginario

–Tu novela es de una transparencia emocional inusual dentro de un panorama literario americano más bien marcado por la ironía y el cinismo.
No me siento conectada con ningún escritor de mi edad. Ni si- quiera leo autores americanos. ¡Nunca he leído Easton Ellis! No simpatizo con las cosas con las que ellos simpatizan, y viceversa. No sería capaz de escribir sobre “crecer en los suburbios de la ciudad” o “la vida familiar americana”. Mi imaginación se excita más con historias que ocurren en distintos lugares y niveles narrativos más que en un solo punto, como es “el patio” en la literatura americana. Por lo mismo, prefiero leer autores extranjeros, como Bolaño, que es mi héroe, Vila Matas, Saramago, W.G. Sebald, Danilo Kis y Bruno Schulz, quien está citado en mi libro.

–Nicanor Parra también aparece citado. ¿Cómo lo descubriste?
Conozco la obra de Parra hace tiempo, desde cuando escribía y leía sólo poesía, especialmente extranjera. Para la trama de mi libro necesitaba a un escritor chileno, no demasiado conocido en Estados Unidos, que Charlotte, la madre de Alma, hubiera traducido. Después ha habido una serie de coincidencias curiosas. Cuando terminé de escribir mi novela y empecé a leer a Bolaño me enteré de que el antipoeta era su héroe.

–Chile es un escenario importante en tu novela, es allí donde se publica el manuscrito perdido de La historia del amor. ¿Es por alguna razón en particular?
Chile puede ocupar mi imaginación de una manera en que Nueva York nunca lo hará, ya que conozco cada esquina. Tengo varios parientes que emigraron a Argentina y Uruguay durante la guerra, pero Chile era más raro para mí. En mi nueva novela también hay una parte ambientada allá. Aunque empezó como un lugar imaginario, mientras más investigo sobre el país y lo que pasó en los años setenta, sobre los desaparecidos, más real y emocional se vuelve para mí.

–Tu libro está dedicado a tus abuelos que vivieron el Holocausto. ¿Fue ese hecho particular lo que te convirtió en escritora?
A mí no me interesa especialmente escribir sobre el Holocausto. De hecho, en mi libro sólo se menciona dos veces. De lo que yo hablo es de los efectos posteriores al suceso, particularmente, de la pérdida. En mi familia todavía existe una sensación de haber perdido algo para siempre y eso me los transmitieron. De ahí nació mi deseo de reconstruir ese “algo”. Creo que hay cierto coraje en mi generación en hablar de esto, pero no del Holocausto en sí, sino sobre el después.

–¿Sientes que es un material inagotable al que volverán de alguna u otra manera los nuevos escritores judeo-americanos?
Sólo la distancia te permite escribir de algo. Mi madre, por ejemplo, nunca pudo hablar del tema. Ella creció con mi abuela, cuyos padres murieron en un campo de concentración, y desde chica estaba entrenada en el silencio. Supongo que el Holocausto está lo suficientemente lejos como para que nosotros podamos hablar de él sin que sea doloroso.

Dos escritores en la casa

Nicole conoció a su marido, Jonathan Safran Foer, en 2001, a través de una editorial holandesa, cuando los dos habían publicado recién sus primeras novelas. En 2004 se casaron y un año después, ambos escritores, que apenas bordeaban los 30, eclipsaron la escena literaria americana con la publicación de sus respectivas segundas novelas, La historia del amor y Tan cerca, tan fuerte. En los círculos literarios surgió inmediatamente una serie de mitos alrededor de la pareja. Hubo quienes se regocijaron de que dos de las voces narrativas más originales de su generación vivieran bajo el mismo techo y otros quienes especularon sobre ambas obras diciendo que estaban escritas a dos manos y escondían un fascinante diálogo secreto.

“No tiene sentido hablar de nosotros en esos términos”, dice Nicole bebiendo un sorbo de su limonada. “Jonathan y yo tenemos dos mentes tan distintas que siento que no trabajamos en lo mismo”.

Sigilosos con su propia identidad, Nicole y Jonathan no permiten que los fotografíen juntos ni reciben a la prensa en su casa, ubicada en Park Slope, el barrio más literario de Estados Unidos. A pocas cuadras vive otra célebre pareja de escritores, Paul Auster y Siri Hust- vedt, con quienes han sido constantemente comparados. “Somos amigos, comemos juntos, nos encontramos en el barrio. Aunque sean diferentes a nosotros, son mi modelo de pareja de escritores que lograron tener una vida juntos”, dice Nicole.

Hace poco a la vida de los Safran Foer Krauss se sumó un hijo: Satcha, de 18 meses. Mientras una babysitter se ocupa del niño en las tardes, se puede ver a Jonathan mezclado entre estudiantes que se le asemejan, escribiendo en la Biblioteca Pública de Brooklyn –unas de las más surtidas y multilingües de la ciudad– y a Nicole encerrada en un cubículo de The writer space, un agradable espacio público que funciona como oficina para escritores, con lounge, cocina y terraza, ubicada en la calle Garfield, a pocas cuadras de su casa. “Preferiría trabajar en casa, pero no es justo para mí ni para mi hijo vernos sin vernos. Es mejor cerrar la puerta como si saliera a trabajar”, explica. “Tener un hijo me cambió como persona y, por lo tanto, como escritora”, agrega.

–¿En qué sentido ya no eres la misma?
Tener un hijo me hizo vulnerable de una manera que no se compara con nada que haya vivido antes. No es como, “¡oh! me enamoré, me siento vulnerable”. Crea sentimientos muy intensos, casi físicos, un miedo y un amor extremo por el otro ser. Hay un pasaje en mi libro en que Leo dice: “Tal vez ser padre es enseñarle a tu hijo a vivir sin ti”. Algún día escribiré sobre eso.

–¿La necesidad de cuidar a tu hijo es más urgente que la de escribir?
Por un largo tiempo lo fue. Cuando tienes un hijo no hay nada más importante que eso. Y dura toda la vida. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo me di cuenta de que para mí e incluso para ser una buena madre, necesitaba una vida interior. No se trata de elegir entre las dos cosas. Me tomó un tiempo darme cuenta, sin embargo, siempre supe que la escritura volvería. Y volvió.

–¿Por qué la gente se sorprende más al ver parejas célebres de escritores que de actores o músicos?
Es curioso, pero puede parecer raro, ¿no?: dos personas que viven bajo un mismo techo y dedican sus vidas a algo que sólo ocurre en sus mentes. Pero Jonathan y yo tenemos una vida muy normal. No soy de la escuela que cree que un escritor debería sufrir o sentirse miserable.

–¿Es bueno para un joven escritor tener un éxito tan fulminante como el tuyo?
Te permite seguir escribiendo. No puedes subestimar la importancia de eso. Si no tienes éxito con tu primer libro, son pocas las posibilidades financieras que tienes después. Pero acarrea sus dificultades. La historia del amor encontró tantos lectores que si no pasa lo mismo con mi próximo libro, todos se van a desilusionar; ellos, mi editorial, y yo misma. Por eso lo mejor es escribir en blanco, como si nada hubiera ocurrido.

–¿Te has sentido agobiada por la máquina promocional?
Es duro, sobre todo porque los escritores tienden a ser introvertidos, tímidos y torpes en la luz pública. Hoy las editoriales te exigen trabajar para vender tu libro. Te convierten en un vendedor ambulante. Es fácil romantizar sobre cómo sería vivir escondido, como Salinger o Pynchon. No creo que un joven escritor de hoy podría permitírselo. La editorial no lo dejaría.

–¿Qué tan glamorosa es la vida de un escritor exitoso en Nueva York?
La vida de un escritor nunca será tan glamorosa como la de una estrella de Hollywood. No salgo mucho a fiestas literarias, soy tímida y me gusta estar en casa. Prefiero rodearme de gente que ama los libros más que de escritores. Los escritores no me producen fetichismo, salvo cuando aparecen en una novela. Algo que me gusta de Bolaño es cuán seriamente se toma la escritura y a los escritores dentro de su ficción. Si los encuentras en un libro, ¿para qué los quieres en la vida real?

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