La importancia de un nombre

Reportajes y Entrevistas

La importancia de un nombre

Por Florencia Sañudo

Unas cuantas letras pueden tener un enorme impacto sobre la vida y el comportamiento, sobre la mirada de los otros y de nosotros mismos.

Nuestro nombre es la fachada del edificio que construimos a lo largo de nuestra vida. Nos presenta y representa. Podemos estar en armonía con él o sentirnos encerrados en uno que no nos corresponde. Para hablar en este tema entrevistamos al psiquiatra y psicoanalista Juan Eduardo Tesone, autor de En las huellas del nombre propio, lo que los otros inscriben en nosotros, (Letra Viva, 2016, España), un ensayo sobre la influencia que el nombre de pila tiene la constitución de nuestra identidad y un recorrido a través de la historia y las civilizaciones.

En su libro, usted sugiere que el niño comienza a reconocerse como un ser separado de sus padres con la interpelación de su nombre.
En efecto, alrededor de los 4 o 5 meses, el niño comienza a identificarse con la pronunciación de su nombre y a reconocerse como un ser separado de sus padres. Pero su primer lenguaje será “deístico” es decir mostrará con el dedo, indica pero no nombra. Con la posibilidad de lenguaje, el niño podrá decir lo que quiere pero lo hará hablando en tercera persona, por ejemplo, “Nicolás hace tal cosa” o “Nicolás quiere tal cosa”. La primera persona llega después, “yo hago” o “yo quiero”.

El nombre sería como una segunda piel, como un límite entre uno y el otro.
Exacto. El nombre está consustanciado con el cuerpo. En muchas culturas, como es el caso de los antiguos egipcios, o en India, el verdadero nombre es para uso íntimo, dentro del grupo familiar y es diferente al que se usa en sociedad, pues consideran que si el otro entra en posesión de su verdadero nombre poseerá su cuerpo. Un modo de protegerse es no divulgar su nombre secreto. Yo titulé uno de los capítulos de mi libro El nombre secreto y el secreto del nombre porque, así como el nombre secreto existe en muchas culturas, en la nuestra también cada nombre lleva en sí mismo un secreto, develado o no, de los motivos conscientes o inconscientes que llevaron a los padres a elegir el nombre de su hijo.

¿Cuál es el rol que juega el inconsciente en la elección de un nombre?
Es extremadamente difícil de conocer todas las motivaciones que determinan la elección de un nombre. Nunca llegamos a entender todo el peso de nuestro inconsciente. Un nombre puede estar ligado a la muerte de un niño cuyo duelo nunca fue elaborado y que los padres quisieran revivir a través del recién nacido, o ser el nombre de un antiguo amor. En todo caso, la elección de un nombre nunca es anodina, pues a menudo participa en la construcción de una individualidad.

O sea que, cuando el niño llega al mundo, no es una tabula rasa.
Así es. Lo precede un preámbulo que acarrea conflictos, historias y tragedias interfamiliares e intergeneracionales. Dar un nombre a un niño no es solo situarlo socialmente sino también inscribirlo en la historia familiar. Esto muchas veces es un acto inconsciente, los padres no suelen saberlo.

El nombre es algo que nos representa a lo largo de nuestra vida, está íntimamente ligado con nuestra identidad.
Ya antes del nacimiento, la primera inscripción simbólica es el nombre. El nombre es un mediador, básicamente es el lazo entre la persona y sus padres que se lo dieron y luego con los otros. Pero es importante subrayar que esto no es un destino, pues después hay un trabajo que la persona hace a lo largo de la vida. Uno no es el mismo en las diferentes etapas de la vida, va cambiando, solo al final se sabe verdaderamente quién y qué es. Por eso en Vietnam, una persona se va dando a sí mismo nuevos nombres a lo largo de su vida, reflejando esos cambios. Y, cuando muere, sus familiares le dan otro, porque ya no es el mismo, porque está en otro mundo.

El nombre tiene, sobre todo, una función de filiación.
Por la filiación uno se inscribe en una cadena y acepta el hecho de que forma parte de un ciclo y que cada uno ocupa un lugar en la estructura familiar. Cabe señalar que el lazo de sangre no define la filiación. Alguien puede ser progenitor, hombre o mujer, y no asumir la función paterna o materna. Uno no es padre porque tiene un hijo, uno es padre porque lo deviene a través de la función que cumple.

Llevar el nombre del padre, del abuelo, del bisabuelo, ¿suele ser una carga o una ventaja?
Las dos cosas, pero yo creo que en general es una carga, porque de algún modo dificulta la asunción de su propia identidad. Creo que es mucho más facilitador para la asunción de su propia subjetividad tener un nombre distinto. A veces en algunas familias, el nombre que se repite va en segundo lugar, lo que es un poco más liviano. Dicho poéticamente, en el árbol genealógico familiar, el nombre es a la vez raíz y nuevo retoño, proviene de la tierra de los antepasados y reaparece en las hojas verdes de las nuevas generaciones.

En general, entre aquellos que no se sienten en sintonía con su nombre hay muy pocos que optan por cambiarlo oficialmente. ¿A qué cree que se debe?
Hay gente que cambia judicialmente su nombre y otros lo hacen sin que eso trasunte en una carta nacional de identidad. Por ejemplo, el mismo Freud se cambió su nombre. Él en realidad se llamaba Segismund y los cambió por Sigmund. ¿Por qué lo hizo? No lo sabemos. Yo he tenido pacientes que o cambian de nombre o se crean un nombre o bien utilizan un segundo nombre que les satisface más que el primero. En general, asumir su nombre es asumirse a sí mismo. Por cierto, hay nombres que pueden ser nocivos para la identidad de una persona, pero, en general, el Registro Civil no los admite. Uno no puede llamar a su hijo “Basura”. Esto es así en nuestra cultura occidental, pero en la cultura tribal de África, donde hay un pensamiento animista y mucha mortalidad infantil, se cree que cuando un niño muere es porque los dioses se lo llevaron. Así, una manera que tienen los padres de proteger al niño es darle un nombre feo para no atraer a los dioses. Entonces por ejemplo, lo pueden llamar “Excremento” u “Horrible”.

¿Existe una correlación entre la autoestima y la apreciación de su propio nombre?
Yo creo que depende la valoración que se le dé a la persona cuando se dirige a ella y que en cierta medida depende más del vínculo con los padres que en el nombre en sí mismo. Si una persona ha escuchado a su padre gritarle “¡Pedro!” agresivamente es muy diferente a si escucha su nombre pronunciado con ternura. Yo tenía una paciente que había acordado con su marido el nombre que le iban a poner a la hija y cuando el padre fue al Registro Civil le puso otro nombre, el de su amante. Esto evidentemente puede condicionar el vínculo que esta madre tendrá con su niña y que esta termine resintiendo su nombre y a su madre.

¿Qué piensa del sobrenombre que en algunos casos toma el lugar del nombre?
También tiene valor simbólico. Es importante saber quién se lo dio, cómo se fue construyendo, cómo vive la persona el sobrenombre. Hay gente que vive mejor el sobrenombre que el nombre. Yo siempre les pregunto el nombre a mis pacientes, si tienen algún apodo y cómo prefieren que los llame. Pero también puede ser agresivo y discriminatorio, subrayar una falla, un defecto o una característica física anormal. Vargas Llosa en su primer libro, Los Cachorros, cuenta el episodio de un perro que atacó a un chico en la zona genital. En el libro no queda muy claro cuáles fueron las consecuencias exactas, pero se infiere que quedó castrado y porque los chicos lo llaman “Pichulita” y él respondía “Pichulita no, Pichulazo”, como para compensar.

¿Cómo puede afectar a una persona un nombre con el que no se siente en sintonía?
A veces en el nombre se anuda cierto conflicto y muchas veces hay que descifrar el nombre para desanudar ese conflicto. Por ejemplo, un caso muy interesante: un niño de 7 años vino a mi consultorio por trastornos de lenguaje. Sus padres eran inmigrantes, con problemas de adaptación. Su madre, que quería inscribirse en la cultura francesa lo llamaba Christian y su padre, que quería mantener el nombre ligado a su identidad griega, lo llamaba Christos. La suya era una historia muy complicada (había hermanos muertos) que hacía que hubiera un gran conflicto alrededor del nombre. A lo largo de la psicoterapia, la diferencia entre los dos nombres apareció en un dibujo. El niño dibuja un perro que va a comer un hueso (“os” en francés) que revela el conflicto entre los padres y como el niño se alía con su madre a través del perro que come el hueso, que elimina el “os” de Christos.

Muchos investigadores en este campo consideran que la rareza o la singularidad del nombre tienen un impacto negativo en la vida académica o profesional de una persona. ¿Está de acuerdo?
Sé que hay muchos estudios sobre el tema que en general coinciden en afirmar que los individuos con nombres inusuales o excéntricos tienden a padecer perturbaciones emocionales o rasgos neuróticos. A mí, como psicoanalista, me cuesta mucho universalizar conceptos. Puede ser o puede que no. Entiendo que en un medio escolar tener un nombre muy raro puede ser llamativo para el resto de los niños y generar algún tipo de relación distinta con él, pero esto no suele marcarlo a fuego, mientras no sea lesivo. Es cierto que hay nombres difíciles de llevar. Si alguien decide ponerle Napoleón a su hijo…

…o Adolf.
Justamente, tengo un amigo judío a quien sus padres le pusieron Adolfo y nunca entendió porqué sus padres lo llamaron así, sobre todo considerando que nació durante la guerra. Yo pienso que es un poco como hacen los africanos de los que hablábamos, de ponerle un nombre “malo” que pueda ser un impedimento para que los dioses se lo lleven.

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