La incontinencia urinaria que nadie me advirtió

Reportajes y Entrevistas

La incontinencia urinaria que nadie me advirtió

Por Luisa Camacho / Ilustración: Gertrudis Shaw

Cuando supe que esperaba a mi primera hija, rápidamente activé la red de contactos con mujeres cercanas que ya habían vivido la experiencia de la maternidad. Con ellas pude aclarar todas mis dudas, y les hice las preguntas más ingenuas y honestas que van invadiendo, rápidamente, la cabeza de una embarazada primeriza. Fui obediente en seguir consejos y clara también en asumir que todo es relativo, que aquí el caso a caso sí que prima. Eso me ayudó a no agobiarme y a no tomar nada como una verdad absoluta.

Mi parto fue largo y extenuante. Fueron más de veinte horas de espera en las que tenía mucha ansiedad y cansancio, pero por suerte nunca miedo. Me sentí en cada momento afortunada de estar en un lugar que siempre me dio confianza. Durante el trabajo de parto no hubo mayores intervenciones, estuve siempre monitoreada y me daba paz saber que el equipo médico confiaba en mi capacidad de vivir un parto normal a pesar de que las horas pasaban y pasaban. Fue intenso y agotador, pero todos los días agradezco haber tenido esa oportunidad. Hasta ahí todo iba perfecto, y sentía que las cosas iban pasando tal cual lo que había escuchado de mis amigas y cercanas.

Me acuerdo como si fuera ayer -han pasado ya tres años-, de la cara de la enfermera que me limpió después de que la Josefa nació. No era una cara demasiado particular, tampoco tenía algo muy distintivo o característico. Pero sí hubo en ella una expresión que me quedó grabada para siempre. Había terminado su labor, me había dejado lista y antes de partir me “invitó” a levantarme para ir al baño. Ella por mientras se limpiaba las manos con el jabón que colgaba de la pared dándome la espalda. Yo, incrédula y avergonzada, no podía despegar los ojos del suelo mientras veía que el piso se mojaba. Me hacía pipí y era imposible controlarlo. Todo su aseo había sido en vano, y me daba terror de lo que me fuera a decir cuando se diera cuenta de lo que estaba pasando a sus espaldas. A pesar de mi vergüenza, tuve que pedirle ayuda. Ella, con un tono muy poco amable, me dijo: “pero cómo, tiene que aguantarse pues mijita”. Lo que ella no sabía es que eso era imposible. Ni siquiera sentía ganas de ir al baño, entonces no había nada qué aguantar. Por primera vez en mi vida, advertí que la incontinencia urinaria no era solo cosa de viejos.

Ese fue el principio de un postparto -y hoy un día a día- en el que la incontinencia urinaria se instaló sin darme tregua. Durante dos meses tuve que usar pañales, pienso que por tanto reírme de la publicidad en la que se ve a adultos elegantes y con esculpidos cuerpos modelando alegres su ropa interior desechable, la misma de la que terminé siendo fiel consumidora. Antes de darme el alta, el doctor me dijo que la incontinencia postparto era muy común y para nada anormal, sobre todo considerando un trabajo de parto largo y una guagua de más de cuatro kilos. Me dijo también que debía ser paciente, que en general los músculos del piso pélvico, aunque se demoran, se recomponen. Eso ya era una mala noticia para alguien impaciente como yo. Y así fue como partí con kinesiología, donde me enfrentaba a incómodas sesiones tratando de ver resultados. Dejé también de comer y tomar ciertas cosas que me aseguraron no ayudaban mucho a la recuperación. Pero pasaban los meses y no veía resultados. Y me frustraba. Me frustraba no poder cruzar la calle a paso rápido porque me caían gotas. Me enojaba cuando tosía y tenía fugas de pipí. Me daba rabia e impotencia tomar a la Josefa en brazos y que esa fuerza siempre trajera algún incómodo resultado.

De los pañales, pasé a protectores diarios especiales para incontinencia. Un gran avance, pero no una solución. La incomodidad me impedía hacer deporte y cuando llegaba el verano ponerme traje de baño y no poder usar mi protector solo me genera inseguridad y vergüenza. He ido a cuatro kinesiólogos diferentes, a varios ginecólogos y urólogos, he probado hierbas medicinales e incluso me hice imanes. Pero nada sirvió. Llevo más de tres años con este problema cuya única solución, me dicen, es una operación que es mejor hacerse cuando decida no tener más hijos para no recaer, porque se trata de la instalación de una malla que podría verse afectada con un parto o con el peso de una guagua.

Aunque no he tenido resultados concretos, en este tiempo me ha sorprendido enormemente la cantidad de casos que existen como el mío. Hace poco llegué en Instagram a la foto de una famosa haciendo publicidad a los pañales para adultos y quedé impresionada de la cantidad de mujeres que comentaban abiertamente que sufrían de incontinencia. No eran de la tercera edad; eran en su mayoría mujeres de treinta o cuarenta años, como yo, que vieron en esa publicación un espacio para el desahogo y para compartir sus testimonios. Por primera vez no me sentí rara ni única, y por primera vez también caí en la cuenta de que probablemente a muchas de las mujeres de mi entorno les pasa, pero les avergüenza hablarlo. En mi caso, cuando lo he puesto sobre la mesa, siempre ha sido recibido con humor. Y a estas alturas, yo también me río.

Luisa tiene 39 años. Es mamá de Sara de 4 años y trabaja como vendedora de seguros.

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