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29 julio, 2015
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La infertilidad que más cuesta

Un tratamiento de fertilización asistida de alta complejidad cuesta, por cada intento, unos 5 millones de pesos, que la mayoría de las parejas en Chile costea de su bolsillo. Pero, ¿qué pasa cuando la infertilidad afecta a una pareja que difícilmente puede reunir esa suma? Fonasa tiene un programa de fertilización para estos casos, pero solo cubre cerca de 300 cupos al año, equivalentes al 1,5% de los abonados que demandan tratamiento. Este es el periplo de tres parejas de bajos ingresos en su intento por tener un hijo.

Por Alejandra Matus / Colaboración: Constanza Rodríguez / Fotografía: Javier Godoy


Paula 1179. Sábado 1 de agosto de 2015.

En 2010, la contadora auditora Patricia Ramírez quería embarazarse. Ya tenía dos hijos y un tercero había muerto al nacer. Pero se había separado y, con su nuevo marido, querían tener un hijo juntos. Fue entonces que se dio cuenta que en el último parto le habían extirpado las trompas de Falopio. Y recurrió al Idimi, el Instituto de Investigaciones Materno Infantil de la Universidad de Chile –que está en el Hospital San Borja y que tiene un programa de medicina reproductiva para usuarias de Fonasa y particulares–, para ver la posibilidad de embarazarse. Estaba en eso, haciéndose una ecografía, cuando vio llorar a una mujer de forma desgarradora. Se le acercó y le preguntó qué le pasaba.

“Ella me contó que se había hecho un tratamiento de fertilización asistida por los cupos que ofrece Fonasa, pero que no le había resultado. Tenía embriones congelados, pero hacer un nuevo intento e implantarse alguno le costaba 210 mil pesos. Y no los tenía. Esa mujer vivía en un campamento y para reunir esa suma habría tenido que dejar de comer pan, que era su comida principal, por diez meses”, cuenta Patricia.

La prioridad en el programa de Fonasa que cubre casos de alta complejidad, la tienen las parejas sin hijos, las que llevan más tiempo esperando y las que no tienen enfermedades concomitantes que afecten el éxito del procedimiento.

Sin dudarlo, Patricia tomó parte de un dinero que su esposo le había pedido depositar, y pagó por la transferencia para esa mujer. Cuando su esposo comentaba entre amigos el disgusto que la acción de solidaridad de su mujer le había causado, hubo quienes argumentaron: “Si esta señora no tiene para comprar el pan, Dios sabe por qué no le da hijos”. Pero Patricia no estaba de acuerdo. Pensaba que la infertilidad puede afectar a cualquier persona y que era injusto que algunas no pudieran tratarse por falta de dinero. Fue entonces que tomó una decisión. Renunció a su trabajo y creó la Corporación Queremos Ser Padres, que ha estado luchando estos cinco años para que el Estado se haga cargo de la infertilidad como una enfermedad que debe ser cubierta por el sistema de salud público y privado chileno y que la posibilidad de costear los tratamientos deje de ser un privilegio.

5 MILLONES DE PESOS
En Chile existen 250 mil parejas que sufren de infertilidad, un 14 por ciento del total de parejas en edad reproductiva, según estimaciones del Ministerio de Salud (las más conservadoras revisadas para este reportaje). El Minsal estima que más del 90 por ciento de los casos se podría solucionar con tratamientos de baja y mediana complejidad, procedimientos que van desde la estimulación ovárica hasta la inseminación intrauterina. Sin embargo, un 8 por ciento (unas 20 mil parejas) requiere de los llamados tratamientos de alta complejidad, que implican el uso de laboratorios especializados para manipular espermios y óvulos que se fecundan in vitro y luego se transfieren al útero; esos tratamientos cuestan en promedio 5 millones de pesos por cada intento. Cada año se realizan 2 mil de estos tratamientos y son mayoritariamente financiados por las propias parejas.

Fonasa tiene un programa de financiamiento para casos de alta complejidad escogidos entre sus usuarios, que partió en 1992 como un plan piloto y que ha ido aumentando progresivamente hasta llegar a los 291 cupos para este año. Esa cobertura alcanza para el 1,5 por ciento del total de parejas que lo requieren.

Para inscribirse en el programa, ambos tienen que ser usuarios de Fonasa y ser derivados por un médico tratante de un hospital público, que dé fe de que han sido sometidos, sin suerte, a procedimientos de baja o mediana complejidad. Una vez dentro del programa, pasan a integrar una lista de espera que les da prioridad a las parejas que no tienen hijos, que acceden al programa por primera vez, que llevan más tiempo esperando y, en el caso de las mujeres, que tienen entre 25 y 37 años y no tienen enfermedades concomitantes que impidan iniciar el tratamiento. El promedio de espera en estas listas, según datos oficiales, es de cuatro años.

La Organización Mundial de la Salud declaró en 2009 que la infertilidad es una enfermedad y que padecerla, por sus efectos sicológicos y sociales, es solo comparable a vivir con cáncer o Sida. El Estado chileno también reconoce desde entonces que la infertilidad es una enfermedad, pero los tratamientos y los exámenes relacionados con este padecimiento no están siquiera codificados, por lo cual ni Fonasa –salvo para cupos especiales señalados– ni las isapres los cubren. Recién este año se publicó una completa Guía para el Estudio y Tratamiento de la Infertilidad en la red de salud pública.

En un paper publicado en 2014, los especialistas Antonio Mackenna, de la Unidad de Medicina Reproductiva de CLC, y Fernando Zegers, del programa de Ética y Políticas Públicas en Reproducción Humana de la UDP, calcularon que en Chile se realizan apenas un 3,5 por ciento de los tratamientos de alta complejidad que la población necesita, contando tanto los financiados por las propias parejas como los cupos aportados por Fonasa, cifra muy por debajo de Estados Unidos (30%), Francia (40%) y Dinamarca (95%). Estos especialistas revelan que aunque los centros médicos capaces de desarrollar este tipo de tratamiento han ido aumentando en el país y poseen tecnología de punta, el acceso a ellos depende casi exclusivamente de la capacidad económica de las parejas.

En cuanto a los tratamientos de baja complejidad, el cuadro no es mejor. Según datos de Fonasa, unas 230 mil parejas podrían solucionar sus problemas de fertilidad con estos tratamientos más simples y menos onerosos. Anualmente, el Estado ofrece financiamiento para unas mil parejas en esta categoría y se creó un paquete de prestaciones (PAD), que cubre desde el diagnóstico hasta el tratamiento, pero apenas unas cien parejas acceden a él anualmente. Entre las causas posible de esta subutilización, es que apenas tres centros de medicina reproductiva se han inscrito para otorgar este servicio: la Clínica de la Mujer en Viña del Mar; el Centro de Estudios Reproductivos, CER (en Santiago) y el Centro de Fertilidad y Medicina Reproductiva Concepción S.A. (en esa ciudad).

La OMS declaró a la infertilidad una enfermedad y que, por sus efectos sicológicos y sociales, equivale a vivir con cáncer o Sida.

Patricia Ramírez, de la Corporación Queremos Ser Padres, resalta que los cupos que actualmente financia Fonasa y el puñado de cupos que su organización ha logrado gestionar, son miserables si se comparan con la demanda. “Siempre hemos querido que el reconocimiento de la infertilidad en Chile implique que los pacientes puedan comprar sus bonos, en Fonasa, en las isapres y en los servicios de salud de las Fuerzas Armadas, que estén cubiertos por un plan decente y que esta deje de ser una enfermedad elitista”.

La OMS estima que la salud reproductiva adecuada “implica que las personas puedan tener una vida sexual satisfactoria y segura, que tengan la capacidad de tener hijos, la libertad de decidir si quieren tenerlos, cuándo y con qué frecuencia”.

Patricio Masoli, especialista en medicina reproductiva de la Clínica de la Mujer de Viña, sostiene que “si se atiende a la recomendación de la OMS (mil 500 tratamientos por millón de habitantes), deberíamos hacer 25 mil tratamientos anuales y la realidad es que cubrimos un 8 o un 10 por ciento de eso, principalmente costeado por las parejas. Eso discrimina a un grupo de la población que no puede ejercer los mismos derechos que los demás, solo por su condición social”.

VOLUNTAD DIVINA
Sandra Quilaleo (38) y Miguel Cifuentes (41) se conocieron en el Terminal de Buses Sur. Ella trabajaba en Santiago como empleada puertas adentro y viajaba frecuentemente a ver a sus padres. Él era guardia en el terminal. Comenzaron siendo amigos. Sutil y lentamente, se enamoraron.

Después de tres años de pololeo, se casaron. Planearon todo al detalle: primero postularían a un subsidio para comprar su casa. Luego, la alhajarían. Por último, vendrían los niños.

El 14 de febrero de 2003, se casaron; ella dejó de tomar pastillas y siguió cuidándose por el método Billings. En marzo de 2005, recibieron su casa propia. Con los pocos ahorros que tenían, compraron los muebles. En mayo de ese año, Sandra (entonces de 28 años) supo que estaba embarazada. “Estábamos felices. Las cosas estaban saliendo súper bien. Tal como las teníamos programadas”, cuenta él.

Pero a poco andar, se les informó que la guagua venía con una serie de complicaciones que harían muy difícil su subsistencia, especialmente si el parto se adelantaba. Tras el último de los exámenes, Sandra se sintió mal cuando volvía a su lugar de trabajo, en micro.


Los ingresos de Sandra y Miguel sumaban 450 mil pesos. Y necesitaban 3 millones para hacerse el tratamiento. “¿Qué posibilidad hay de que quede embarazada?, le pregunté al doctor. Me dijo que un 20 por ciento. Ahí me vino el bajón. ¿Y si juntábamos la plata y no resultaba?”, recuerda ella.

“Esa noche empecé a sangrar, pero no le dije nada a mi patrona. Como a las 5 de la mañana, llamé a Miguel”, relata. Su marido fue a buscarla y la llevó, también en micro, a urgencias del Hospital Luis Tisné, en Peñalolén, a más de una hora de viaje de la casa en la que ella trabajaba. Su hijo nació horas después, con siete meses de gestación. Lloró y respiró por 51 minutos y luego murió. “Era una guagua normal, igual que todas. Era morenito”, recuerda Miguel.

Él lo sepultó en el Parque del Prado, en La Florida, mientras Sandra aún estaba hospitalizada. Ella tuvo que despedirlo abrazando el pequeño ataúd en que se lo llevaron para que lo viera. “Los funcionarios del hospital nos decían que no tuviéramos pena, que podríamos tener muchos más. Ese fue mi consuelo. Pensé que Dios por algo hace las cosas”, agrega ella.

Pero no volvió a embarazarse. En 2008, empezaron a buscar respuestas y fueron derivados al Idimi, el Instituto de Investigaciones Materno Infantil del Hospital San Borja –donde se atiende la mayoría de los beneficiarios del programa de fertilización de Fonasa–, para que él se practicara exámenes, porque los de ella salían bien.

“Allí me dijeron que producía pocos espermios y con poca movilidad y que tendría que operarme de varicocele antes de poder pensar en un tratamiento de alta complejidad”, cuenta él. Ambos eran usuarios de Fonasa, pero tendrían que enfrentar una doble espera para acceder a los cupos del Estado: primero para la operación de él y luego para el tratamiento de fertilización asistida. El Idimi opera como una clínica privada: tiene convenios con Fonasa, pero también ofrece sus servicios en forma particular. A Sandra le dijeron que si no querían esperar, él podría operarse por 700 mil pesos y que el tratamiento de fertilización les costaría unos 3 millones de pesos, como mínimo.

“En ese entonces, entre los dos juntábamos como 450 mil pesos mensuales de sueldo y teníamos algunos ahorros, pero no nos alcanzaba”, dice Sandra. Recuerdo que le pregunté al doctor por la probabilidad de quedar embarazada. Él me dijo que era de un 20 por ciento. Ahí me vino el bajón. ¿Qué pasa si junto los tres millones y no resulta?”, recuerda Sandra.

Renunciaron al tratamiento y pensaron que la solución era adoptar. Fueron al Sename, llenaron los papeles y avanzaron en el proceso hasta llegar a la entrevista sicológica, el último filtro. “El informe determinó que yo aún no podía aceptar la pérdida de mi hijo. Y nos rechazaron. Otro porrazo”, cuenta Sandra.

Pero no se rindieron.

En 2011, se anotaron en el programa de Fonasa para tratamientos de alta complejidad, pero aún siguen en lista de espera. “Para avanzar en la lista, yo necesitaba hacerme una ecografía doppler testicular. Pero hasta el día de hoy no me han dado hora”, cuenta Miguel.

Un día, viendo televisión, se enteraron de la existencia de la Corporación Queremos Ser Padres. Miguel y Sandra habían vivido hasta ese día todas sus penas puertas adentro, sin confesarlo siquiera a su familia. “Cuando descubrimos que no estábamos solos, nos sacamos un peso de encima”.

Para entonces, la persistencia de Patricia Ramírez, la creadora de la Corporación Queremos Ser Padres, había logrado convenios con algunos centros médicos para tratamientos rebajados (como la Clínica Las Condes, el Sanatorio Alemán y la Clínica de la Mujer en Viña, que incluso, en casos excepcionales, les han ofrecido tratamientos gratuitos), que intentaba distribuir entre los asociados a la organización. Gracias a esas gestiones, la Clínica Las Condes ofreció a la pareja un tratamiento a mitad de precio, que aún así les significaba pagar 4 millones. Sus ahorros habían crecido desde 2005, a fuerza de usar sus ingresos solo para pagar cuentas y los gastos mínimos. No dudaron en usarlos en el tratamiento, pero este no prosperó. Tampoco una posterior intervención gratuita que les ofreció la Clínica de la Mujer de Viña del Mar, en 2014, con espermios donados.

“Fue un golpe muy fuerte. Yo pensaba que si hasta entonces el problema había sido los espermios de mi marido, ese último intento con espermios donados tendría que haber resultado. Cuando falló, me lo lloré todo”, cuenta.

Pero en el Día de la Madre de este año, la pareja participó en una manifestación organizada por la corporación para presionar al gobierno para que aumente la cobertura y financiamiento de los tratamientos de infertilidad. Repartiendo globos y claveles a los transeúntes, Miguel y Sandra volvieron a entusiasmarse. Ella ya tiene 38 años. “¿Y qué? Hay gente que tiene hijos después de los 45 años”, comenta ilusionado Miguel.


Doble duelo: Pese a sufrir de ovario poliquístico y oligoespermia severa, Valeria Álvarez y Hans Arriagada se embarazaron inesperadamente de mellizos. Estaban felices, pero quince días antes del parto, en un control rutinario, les dijeron que estaban muertos. “¿Por qué mierda Dios nos hace esto?”, se pregunta Valeria, que aquí aparece junto a su marido, que trabaja de obrero.

¿POR QUÉ DIOS NOS CASTIGA?
Hans Arriagada (39) y Valeria Álvarez (31) se conocían desde la adolescencia que pasaron juntos en Melipilla, pero tuvo que aparecer facebook para que comenzaran una relación. Pocos meses después de que ella le pidiera amistad en la red social, ya vivían juntos. Él era un obrero de la construcción y ella, sin empleo entonces, lo empujó a independizarse y lo acompañó por obras que él consiguió en distintos lugares de Chile (construir una casa, renovar otra). Desde el primer día coincidieron en un anhelo común: querían ser padres, así que ella nunca tomó resguardos para quedar embarazada. Valeria tenía 26 años y Hans, 34. Sin embargo, un año después, seguían sin concebir.

“Nos hicimos exámenes y en un espermiograma salió que él tenía oligoespermia severa. Es decir, prácticamente no producía espermios. Y yo tenía Síndrome de Ovario Poliquístico. Fue como que nos tiraran un balde de agua fría”, cuenta Valeria.

“El doctor nos derivó al Idimi en Santiago, pero nos aconsejó que viéramos la posibilidad de adoptar”.

La pareja, cuyos ingresos mensuales en ese entonces era de unos 480 mil pesos, se inscribió de inmediato en los cupos de Fonasa, aunque se les advirtió que, por la complejidad de su diagnóstico, su espera sería muy larga. “Nos dijeron que la prioridad era para los casos con mayor posibilidad de éxito”, dice Valeria. Si se hacían el tratamiento en forma particular, con donación de espermios, les costaría 7 millones de pesos.

Valeria tenía una cuenta de ahorros que le abrió su padre con 50 mil pesos, cuando salió de octavo básico, y que ella había ido engrosando disciplinadamente desde que salió de cuarto medio y empezó a trabajar. La cuenta bordeaba los cuatro millones y estaba destinada a construir la casa en que viviría con Hans, pero no dudó en echarle mano. También vendió unas joyitas de oro que le habían regalado durante su vida sus familiares y él se deshizo de una moto que tenía. Lo que les faltaba fue completado con préstamos de parientes. Sintieron que el esfuerzo valió la pena, porque en 2013, ella se embarazó.

Valeria y su marido se inscribieron en el programa de Fonasa, pero, como no los llamaban, se embarcaron solos en un tratamiento que les costó los 4 millones que ella tenía ahorrados desde niña.

“Todo iba súper bien hasta el sexto mes. El 4 de diciembre empecé a sangrar y tenía contracciones. Cuando llegué a urgencias del Hospital de Melipilla, en el ecógrafo apareció que mi hija no tenía signos vitales. Por primera vez escuché la palabra mortinato. Los médicos corrían de aquí para allá y resolvieron inducción de parto. Ya no había forma, no había manera…”, dice con la voz entrecortada. “Roberta nació pesando 2 kilos 950 gramos y medía 45 centímetros. Estaba lista para nacer. No supimos realmente qué pasó, porque no aceptamos hacerle autopsia”.

Hans y Valeria sepultaron el cuerpo el mismo día que se los entregaron, solos. “No queríamos que alguien tratara de consolarnos”, cuenta ella. La pareja entró en crisis después de esa pérdida. “Odias a todo el mundo. Reniegas contra Dios, piensas que no existe”, dice ella.
Estuvieron un tiempo separados. Pero no perdieron el contacto y un día, después de tomar once, ella se quedó con él.

La pareja comenzó a recoger perros abandonados. Hoy tienen 15. A su perra regalona la visten, le ponen moños, la sacan a pasear en moto. A fines del año pasado, ella se sintió mal. Pensó que era el estrés, pero no. Estaba embarazada. Los exámenes confirmaron no solo eso, sino que tendría mellizos. “Nos mirábamos y llorábamos. Había sucedido sin buscarlo, cuando habíamos renunciado a la idea”, cuenta Valeria. “Fue lo mejor que nos pudo haber pasado en la vida. El día en que nos enteramos que eran una niña y un niño, no podíamos más de dicha”.

Pero el 22 de abril de 2015, a quince días de la fecha probable de parto, en un control rutinario en el Hospital de Melipilla, descubrieron que había un problema. “Me pusieron el monitor y la matrona me dijo: ‘Parece que la máquina está mala. No siento los latidos. Vaya a urgencia para que te hagan una ecografía de inmediato’. Ahí escuché por segunda vez la palabra maldita: mortinato doble”, relata Valeria.

La enviaron a pabellón para inducir el parto. “Mi primera reacción fue negarme a que me los sacaran, pero Hans me convenció. Me dijo: ‘Soy solo. Si Dios me quitó a nuestros hijos, tú no me quites tenerte a mi lado’”.

En el procedimiento, ella sintió los dolores de un parto normal. “Hasta el último momento tuve la sensación de que iban a nacer y los iba a sentir llorar. Me los pusieron en el pecho. Todavía tengo la sensación de sus cuerpos sobre mí. No me voy a borrar nunca esa imagen. Se veían perfectos. Mariana con muy poquito pelo y Javier gordito de cara, sus dedos largos. Ni siquiera puedo describir el horror que sentí cuando se los llevaron, sabiendo que no los iba a ver nunca más”.

Hans y Valeria sepultaron a sus hijos sin funeral ni ceremonia alguna. “Ya teníamos bastante con el dolor de volver a la casa y ver todo lo que habíamos preparado para ellos: sus dormitorios pintados, las cunas puestas, sus cómodas con ropa”, explica ella. Hans cuenta que se vino al suelo, que le ha costado encontrar energía para trabajar como antes. “Hay veces que llego a la casa y me parece que los veo corriendo entre los sillones y me pregunto: ¿Por qué la vida es tan cruel con nosotros?”.

La pareja pidió una autopsia: reveló que el niño murió por un problema hepático y que su deceso arrastró a su hermana.

“Cuando recibí el informe, me pregunté: ¿Por qué mierda Dios nos hace esto?”, dice Valeria sin poder contener el llanto. Hoy siente pánico de volver a intentar un embarazo. Tampoco tienen dinero para iniciar un nuevo tratamiento. “Te gastas toda la plata en un intento y si te falla, te jodiste. Se hace cuesta arriba juntar el dinero otra vez. Bajas los brazos”, dice Hans.

Hans y Valeria siguen en la lista de espera para los cupos de Fonasa. Pero aún no los llaman.

Son 20 mil parejas chilenas con problemas de infertilidad que requieren un tratamiento de alta complejidad, pero al año se realizan solo 2 mil.

UN MILAGRO
A Valeria Saldaña (38) le costó rehacer su vida después de separarse de su primer marido, con quien tuvo dos hijos. Por una grave infección, le extirparon las trompas de Falopio y, con ellas, las posibilidades de embarazarse naturalmente otra vez, por lo que pensaba que ningún hombre se interesaría en ella.

Pero, hace casi una década, trabajando como empleada de aseo en un mall de la zona sur de Santiago, conoció a Enzo Campos, obrero de la construcción, quien también trabajaba allí. El jefe de ambos les permitió conocerse cuando ella le pidió ayuda para mejorar la casa a la que iba a mudarse y él fue el encargado de cumplir el favor. No tardaron mucho en iniciar una relación, pero les rondaba el fantasma de la infertilidad.

“Un día vimos en la tele el caso de un matrimonio con plata que se había hecho una fertilización. Cuando fui a averiguar, me quise morir, porque costaba 3 millones 600 mil pesos la operación y era algo que no podíamos pagar”, cuenta.

Sin embargo, insistió en el Consultorio Confraternidad en el que se atendía, preguntando una y otra vez a las matronas, que le respondían que en su caso no había nada que hacer, hasta que una de ellas le contó sobre los cupos de Fonasa y la envió al Hospital El Pino. Tres meses esperó por una consulta con el doctor Pablo Céspedes (el actual Jefe de la Unidad de Reproducción Asistida del Idimi). En el intertanto, su marido le sugería que pidieran un préstamo para acelerar el proceso. “Yo ganaba en ese tiempo 200 mil pesos y él, 350 mil. Yo sabía que los bancos no nos iban a prestar más de un millón”.

Finalmente, llegó el día de la consulta. “El doctor me dijo: ‘Voy a inscribirlos en el programa, pero tienen que tener paciencia, porque tú ya tienes hijos y este programa es para mamitas sin hijos’. Le respondí que no importaba, que me inscribiera nomás. Y esperé 3 años 8 meses a que me llamaran”.


“Vas a tener que tener mucha paciencia”, le dijo el médico a Valeria Saldaña cuando la inscribió en el programa de Fonasa. Esperó 3 años y 8 meses a que la llamaran, pero valió la pena, porque el tratamiento le resultó.

En ese tiempo, Valeria llamaba cada tres meses al Idimi preguntando si había salido llamada, hasta que a comienzos de 2013 fue convocada para hacerse los primeros exámenes y preparar la fertilización asistida. “Estaba tan emocionada de que nos hubieran llamado”, recuerda.

Pasaron varios meses antes de que un médico asignado a su caso estimulara sus ovarios con medicamentos para que produjera los óvulos que serían aspirados para unirlos, en el laboratorio, con los espermios de su marido. Ella generó diez “huevitos” –como los suelen llamar las mujeres sometidas a tratamientos de fertilización–. El procedimiento habitual es que de los óvulos que resultan fecundados se transfieren máximo dos y el resto se congela. Cuando fue citada en ayunas para la transferencia, la bióloga le advirtió que solo uno de los óvulos fecundados había prosperado. “‘De un huevito es imposible quedar embarazada, el tratamiento tiene que ser con dos’, me dijo. Me puse a llorar. Llegó el médico y dijo ‘¿Por qué está llorando mi chiquilla?’. Le conté lo que me dijo la bióloga y él me respondió: ‘La llamamos porque hay un huevito. ¿Quiere que lo bote?’. Le respondí: ‘Hagámoslo no más’”, cuenta.

El “huevito” de Valeria se implantó bien y ella resultó embarazada. En abril de este año nació su hijo: Enzo. Ella está convencida de que el niño les trajo suerte, porque obtuvieron el subsidio habitacional para la casa en la que hoy viven y su marido ascendió en el trabajo. Gracias a los nuevos ingresos, él pudo ampliar la casa y construir una habitación para el niño, que ya tiene tres meses. La pieza está decorada con los logos y colores de la película Toy Story.

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