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11 agosto, 2016
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La lucha de la madre de crianza

Ha criado desde que nació a la hija de su ex mujer, con quien no tiene un lazo biológico. Estuvo a punto de perderla, pero Jacqueline Díaz decidió luchar en tribunales por el derecho a cuidar a la niña que siente como su hija. En un fallo inédito, donde no pesó su homosexualidad, ganó el cuidado provisional de M.J., de 5 años, con quien tiene un vínculo y compromiso irrompibles.

Por Javiera Reyes / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner


Paula 1206. Sábado 13 de agosto de 2016.

La mañana de Navidad del año pasado, Jacqueline Díaz (43) no abrió ningún regalo y se quedó con otros por entregar. En vez de eso, partió a la Cuarta Comisaría de Santiago a interponer una denuncia. No le habían devuelto a la niña, a M.J., tal como le habían prometido. Y así se lo explicó al oficial que la recibió.

–Soy la que siempre la ha cuidado, para mí es mi hija–, le dijo Jacqueline desesperada. –Ella vive conmigo.

–Pero quién es usted de sangre, ¿es la tía?

–No, no tengo sangre con ella.

–Ah. ¿Y quién tiene a la bebé?

–La mamá.

–Aaah. Me va a disculpar, señora, pero la mamá tiene derecho a hacer lo que quiera con su hija.

“Ahí le dije: ‘No puedo creer lo que me está diciendo. Yo vengo a denunciar que una niña puede tener problemas con una persona, que puede ser violentada en algún aspecto, ¿y usted me dice que la mamá puede hacer lo que quiera?’”, recuerda hoy Jacqueline. “El carabinero asintió. Yo le alegué: ‘tengo una denuncia que hacer y usted tiene que acogerme’. Él me contestó: ‘No, no la voy a acoger’. Yo le insistí: ‘sí, me la va a acoger’. Me miró y dijo: ‘Es que usted va a perder’”.

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Jacqueline Díaz vive en un pasaje de la Villa Nocedal en Puente Alto. Está en su casa, como casi todas las mañanas. Trabaja en las tardes vendiendo ropa y libros en La Plazuela de Puente Alto; el fin de semana lo hace en el Persa Bío-Bío, donde tiene tres puestos.

Hoy es 27 de julio y está tranquila. Seis días antes, el Primer Juzgado de Familia de San Miguel le otorgó el cuidado provisorio de M.J. por seis meses, una decisión que se consideró simbólica no solo porque Jacqueline no tiene un lazo sanguíneo con la niña y la contraparte es el padre, sino también porque Jacqueline es homosexual, hecho que no fue determinante para la justicia.

El fin de semana celebró su pequeño triunfo con un asado. Está cansada. Ha sido una historia larga para llegar a esto. Una historia que a veces la hizo enfermarse y también tener miedo.

A su lado, su pareja Margarita Peña (40) la escucha e interviene a veces. Es morena, de rasgos finos, bonita. A las 12:30 hrs ambas irán a buscar a M.J., de 5 años, al colegio donde cursa kínder. “De vuelta la Margarita le tiene el almuerzo listo; ella cocina más que yo. Luego nos quedamos aquí, descansamos un rato y partimos a trabajar. En la tarde, cuando volvemos, tomamos once, vemos un rato tele, jugamos con ella. Esa es la rutina de lunes a viernes. Y el fin de semana vamos al persa”.

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Jacqueline Díaz Cabezas fue la única hija por parte de su padre y la mayor de seis hermanos por parte de madre, una pareja que nunca se casó. Nació cuando ellos tenían 14 y 17 años, respectivamente. Jacqueline siempre se sintió en medio de una división. Vivía entre la casa de ambos. “Contrastaban los niveles económicos. Mi papá era profesional, tenía sus lucas, y mi mamá era muy esforzada para sacar adelante a todos sus hijos. Yo tenía todo lo que mis hermanos no podían tener porque mi papá obviamente se preocupaba solo de mí. El resto era sudor y lágrimas de mi mamá”.

Antes de entrar a la universidad, Jacqueline quería que su papá le pasara una casa para independizarse, “porque tenía como dos o tres propiedades”, recuerda. “Él me decía que no, que cuando me casara. Yo todavía no salía del clóset y pensaba ¿cuándo me voy a casar?”. Al final se fue a vivir sola y se alejó de su papá.

Desde chica se dio cuenta de que le gustaban las mujeres. “Uno sabe, pero por miedo no lo hablas. Tuve pololos, pero pocos”. Lo que le importaba, dice, era la reacción de su madre, porque al padre nunca le contó. A los 17 años le dijo: ‘‘Mamá me gustan las mujeres”. Sin sorprenderse mucho, su mamá le preguntó si necesitaba ayuda y le pidió que se cuidara. Tiempo después, en una Navidad, su madre sentó al resto de sus hermanos: “su hermana es especial”, les dijo. El mayor de sus hermanos exclamó: “¡Pero si todos sabíamos, mamá!”.

En ese entonces, Jacqueline ya trabajaba en el Persa Bío-Bío. Empezó a estudiar Publicidad en la Universidad Las Américas, pero se cambió al Duoc de San Carlos de Apoquindo porque no le alcanzaba la plata. Terminó la carrera y trabajó en una productora de eventos y en el restorán Taj Mahal. Dice que le iba bien, pero sentía que no tenía vida. Se puso a vender en el persa y hasta hoy sigue ahí. Fue una época de hartas salidas, de idas a discotheques, de carrete intenso. Una vida que M.J. llegó a cambiar.

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Carolina Sobarzo (35) era una mujer atractiva, de ojos claros, y mamá de dos niños pequeños. Se había casado con Alejandro Moraga, 15 años mayor, en 2005. Él trabajó como ejecutivo de cuentas en la banca y después se dedicó a la compraventa de autos. Tenía y tiene un buen pasar. En 2009 unos amigos le dijeron a Jacqueline que una mujer casada, pero que “siempre había sido gay”, la quería conocer. “’Ah, no, es un cacho’, dije yo”. Esa mujer era Carolina.

Los amigos la llevaron al Persa y se la presentaron. Jaqueline recuerda que Carolina le gustó mucho. En esa época Jacqueline arrendaba una casa. “Se fue quedando en mi casa y después, de un día para otro, peleó con el marido. Yo le dije que se trajera a sus hijos, no concebía que una madre los dejara solos. La segunda hija de Carolina, tenía entonces seis o siete meses, no más. Ella me contó que el marido la engañaba”.

Jacqueline cuenta que Carolina llevó un tiempo a su hijo a vivir con ellas, pero la relación de ambas nunca fue bien estructurada. Carolina seguía con su otra relación y muchas veces Jacqueline sentía que no le decía la verdad. Pero lo que más la desconcertó es que Carolina decidió ceder la custodia de sus dos hijos al marido, Alejandro. “Cuando le pregunté por qué lo había hecho me respondió que nunca debió haber tenido hijos, porque era gay y esto le había pasado por culpa de su mamá que la había presionado”, cuenta.

La relación se quebró. Y Carolina se fue a un departamento, pero al poco tiempo volvió a quedarse donde Jacqueline. Le contó que estaba embarazada. “Me dijo que no me preocupara porque se haría un aborto. Le respondí que no sería cómplice de eso, que a mí me habían enseñado que cuando hay un problema había que apechugar. Me preguntó: ‘¿Qué me propones entonces?’. Le respondí: ‘Cuídate, cuidemos a la guagua pero nosotras no tengamos nada”.

Durante ese tiempo, cuenta Jaqueline, tuvo miedo de encontrar a Carolina sin su embarazo. “Me preocupaba que pudiera hacer algo”.

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M.J. nació por parto normal en la Clínica Dávila el 1 de marzo de 2011; Jacqueline estuvo presente en el pabellón. La inscribieron con los apellidos de Jacqueline y de Carolina, los que usó hasta septiembre de 2014. Hoy lleva los apellidos de sus padres biológicos.

“Carolina la rechazó desde un principio, aunque yo pensaba que era por depresión postparto. Me decía: ‘Llévatela. Es tu hija, tú quisiste que viviera’”, cuenta Jacqueline, quien en ese entonces ya no era pareja de Carolina. Jacqueline se llevó a M.J. con ella y, como trabajaba en el persa los fines de semana, se la dejaba a Carolina sábado y domingo. “A las cuatro de la tarde del domingo iba a buscarla y la niña a veces estaba sin pañal”, recuerda. “En ese tiempo yo no tenía auto. Andaba con el coche, con las dos maletas en el Metro con la niña. La gente me ayudaba a subirla y bajarla, porque Carolina no era capaz de traerla acá o de ayudarme. Yo lo hacía por la M.J. Cuando la iba a buscar,se iluminaba y me tiraba las manitos altiro”.

Relata que Carolina una vez le dijo: ‘Si la niña tiene una ampolla en la boca es porque yo estaba durmiendo y se metió el enchufe del celular a la boca y sentí el puro grito. La niña se electrocutó pero menos mal que es baja la densidad’. “Yo le respondí: ‘¿Me lo cuentas como chiste? Sabes que no te la paso más’. Y no se la pasé más”.

M.J. tenía cuatro meses. De vez en cuando siguió viendo a su madre, pero no con regularidad. La niña iba creciendo al cuidado de Jacqueline, quien la llevaba al trabajo, abrigada hasta las orejas en invierno, incluso con ropa de nieve. “A veces empezábamos a las siete, ocho de la mañana, y los vecinos me ayudaban a cuidarla: uno le daba leche, otro la tomaba en brazos. Todos la conocen”.

Jacqueline le fue enseñando que tenía otra mamá, también un papá y hermanos, aunque no los veía. “La niña siempre me reconoció como mamá, desde el comienzo. Entonces cuando veía a la Carola yo le decía: ‘ella es la otra mamá’. M.J. preguntaba: ‘Ah, tengo dos mamás, ¿por qué?’. Yo le explicaba: ‘porque eres especial’. Ella sabe que es especial porque tiene dos mamás, un papá, muchos abuelos… gente que la ama”.

En septiembre de 2014, Carolina le otorgó el cuidado personal de sus dos hijos mayores a su ex marido, Alejandro Moraga, de quien se divorció en 2013. Ese año Carolina decidió exigirle a Moraga un examen de ADN por la paternidad de M.J., la que él hasta entonces no reconocía. El trámite no fue necesario. Cuando vio el enorme parecido de la niña con el resto de sus hermanos, la reconoció como hija. “Desde entonces, Carolina comenzó a recibir pensión por M.J.”, relata Jacqueline. Pese a eso, el padre solo vio a la niña esporádicamente.

Aunque ya no eran pareja, Jacqueline se  comprometió a cuidar a la niña, porque la madre biológica no  quería continuar con ese embarazo. “‘Llévatela, es tu hija, tú quisiste que naciera’, me decía”.

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En mayo de 2015 fue la primera vez que Jacqueline sintió que el lazo con M.J. era demasiado frágil. Aunque siempre vivía con el miedo a perderla, ese día el temor se hizo realidad. Carolina se llevó a M.J. y la devolvió dos meses después.

Jacqueline se sintió impotente, pero no hizo nada. “Pensaba ‘¿quién me va a tomar en cuenta? Me van a mandar a la cresta si la reclamo’”.

Un día llegó una mujer que nunca había visto y le devolvió a la niña. “‘Te la traigo porque la Carola no la puede cuidar más. La niña venía dormida. Me demoré un mes en sacarle los piojos, ¡un mes! Después le compraba un dulce, unas galletas, y de cuatro comía dos; las otras las guardaba en una servilleta. Y yo le decía ‘¿por qué haces esto?’, ‘Porque se me van a acabar’”.

Jacqueline pensó: “Una vez sí, pero de nuevo, no”.

Su pareja, Margarita Peña agrega: “Las peleas con la Jacqueline eran justamente por eso. Yo no lograba entender cómo ella no iba a ser capaz de luchar, de abrir otra puerta para buscar una solución al tema porque no era posible que la Carola todo el tiempo la estuviera hostigando y amenazando con la niña: ‘te la voy a quitar; no la vas a ver’, ‘te la quito tres meses y después te la devuelvo’”.

Entonces, ambas fueron al Movilh a hablar con la abogada Melisa Manfredi. “Querían demandar el cuidado personal de M.J.”, recuerda la profesional hoy.

Pero las cosas se precipitaron.

Margarita es vehemente en decirlo:

“Y por eso la Jacky se atrevió a hacer lo que hizo”.

“Me han preguntado si la niña ha tenido algún problema porque somos pareja con la Margarita. La verdad no, para ella es normal”, dice Jacqueline.

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A fines del año pasado, Carolina le pidió a Jacqueline como favor especial pasar la Navidad con M.J. Le dijo que no la había visto hacía mucho. Le rogó. “Sentí que era un derecho de la niña. Quizás me equivoqué”.

Se la entregó el 22 de diciembre bajo acuerdo de que se la devolvería el 25. “Después me llamó y me dijo que no me la iba a devolver más. Le respondí: ‘entonces nos vemos en tribunales. Voy a poner una denuncia’. Me dijo que haría el ridículo, que todos se burlarían de mí. Le contesté que no me importaba. ‘Por lo menos voy a dejar en evidencia que la niña no está bien contigo’. Ella remató: ‘Haz el ridículo entonces’”.

Jacqueline llamó a su abogada y, por su recomendación, partió a la comisaría, donde el carabinero no quería tomarle la denuncia y le dijo que perdería. Pero tuvo que tomársela.

“Así se abrió una medida de protección, que son causas en los tribunales de familia en que se ve que no se estén vulnerando los derechos fundamentales de los niños”, explica la abogada Melisa Manfredi.

El 26 de febrero, contra todo pronóstico, Jacqueline le pudo entregar los regalos a M.J. que habían quedado guardados de la última navidad. Tres días antes, había tenido la audiencia preparatoria donde el tribunal de familia le dio el cuidado provisorio de M.J. por tres meses hasta el juicio, que tuvo lugar en junio de este año. Al padre de la niña, la demanda lo tomó por sorpresa. M.J. estaba entonces con Carolina y él no estaba al tanto de la situación. Paradójicamente la demanda de Jacqueline gatilló en él el interés de tener un espacio en la vida de su hija.

El tribunal pidió un informe al OPD (Oficina de Protección de Derechos) para decidir quién se quedaría con el cuidado temporal de la niña. El informe se emitió el 12 de enero y basado en él la jueza resolvió que “la niña refiere que tiene dos mamás y las ama a ambas”. Sin embargo, “es la madre de crianza el principal personaje que responde a las necesidades emocionales y básicas de la niña”. El informe, además, observa que un factor de riesgo para la menor es el “estado emocional inestable de su madre Carolina”.

La madre biológica, Carolina Sobarzo, negó haber dejado a M.J. a cargo de Jacqueline, “sin embargo de los documentos de salud y educacionales (…) como certificados médicos de atenciones de urgencia de la niña e informes escolares, figura como apoderada Jacqueline Díaz, quien fue descrita como responsable, cooperadora, activa y mostrándose muy preocupada por la niña manteniendo esta excelente asistencia. Las educadoras dijeron  no conocer a la madre biológica ni al padre biológico de la niña, ya que no acudieron nunca al colegio”, indicó la resolución del tribunal.

La abogada Manfredi agrega: “Apelamos a que se estaban vulnerando sus derechos fundamentales porque la niña estaba en un ambiente, tenía una rutina, un día a día, compañeros de colegio, ya tenía su consultorio, una forma de vida y de un día para otro la sacan y la cambian de ambiente”.

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En marzo de 2016 estaba tenso el ambiente mientras se esperaba la resolución del tribunal. La presión de los medios tenía agobiada a Jacqueline. Dio algunas entrevistas en televisión y radio y creyó que con eso ya era suficiente exposición. “Pero en el Movilh me decían: ‘no, tienes que seguir adelante’”. Mientras tanto, siguió con su rutina de madre provisoria e iba a buscar a M.J. al colegio cerca de su casa a mediodía. Durante estos meses, M.J. empezó a ver a su papá los sábados. Pasadas algunas semanas pidió a Jacqueline verla más días, fuera del acuerdo que determinó el tribunal, pero ella se negó “porque había una orden judicial”.

Los roces entre el padre de M.J., Jacqueline y Margarita Peña, la pareja de Jacqueline, empezaron a ser frecuentes desde que el padre apareció en la vida de la niña. En una ocasión, cuando él reclamó que era su hija, Margarita lo enfrentó y le dijo: ‘¿Papá de quién si nunca has estado?’. “Él me dijo que no me metiera, que yo no era nadie. ‘¿Perdón?’, le contesté, ‘yo crié a tu hija desde el año 10 meses y los gastos corrieron por cuenta de la Jacky y mía, no tuya, así que me meto todo lo que quiero’”. Durante el juicio, Margarita se presentó como la pareja de Jacqueline y testificó sobre la menor y su crianza.

En la primera audiencia del juicio, el 9 de junio, el abogado de Alejandro Moraga presentó un escrito en el que la madre biológica, Carolina Sobarzo, le había cedido el cuidado personal de la niña a su ex marido, lo que en la práctica lo convertía en la real contraparte de Jacqueline. Ante la jueza, Alejandro Moraga dijo estar apenado por la situación y arrepentido por el tiempo perdido con su hija.

El 21 de julio se llegó a una conciliación entre las partes y la jueza extendió el cuidado de M.J. a Jacqueline Díaz por seis meses más, hasta el 21 de enero de 2017, con visitas de sus padres –aunque Carolina vive hoy en Los Andes– jueves y sábado hasta fines de octubre. En noviembre M.J. tiene que empezar a quedarse fin de semana por medio en la casa de su padre, quien vive, además, con su madre y sus otros dos hijos.

“Lo que me gustó mucho fue que la orientación sexual no fue tema, no se habló de eso, no se habló de habilidades o inhabilidades parentales en base a la orientación sexual”, acota la abogada Manfredi.

Hasta la próxima fecha, la jueza les pidió a las partes hacerse exámenes sicológicos, que aceptó pagar el padre de M.J., según dijo su abogado en la audiencia, porque Jacqueline había pagado los de la niña en los seis meses que llevaba el juicio. Todos tendrán que asistir a la universidad Silva Henríquez separadamente para ello. “Sobre el momento y forma en que sea beneficioso para M.J. incorporarse al sistema familiar del padre y, en ese caso, el tipo de vinculación, frecuencia, términos y todas las características de régimen de relacionamiento que sea conveniente que ella mantenga con doña Jacqueline”, según resolvió el tribunal.

Serán tres informes en total cada dos meses para que la jueza llegue a una conclusión final. Sea cual sea el desenlace, Jacqueline dice que ya no tiene miedo. “Ya no hay forma de perderla. Si el fallo es positivo para ellos, yo de todas formas tendré derecho a visitas. Y de lo contrario, si yo me quedo con la niña, ellos también tendrán visitas. No la pueden separar de mí porque el único ente protector que tiene la M.J. soy yo; ‘la señora’, como me decía la jueza”.

La abogada Melisa Manfredi acota: “Lo que hizo la jueza fue dejar establecido en el acta que la niña tenía una relación con la Jacqueline desde el principio de su vida, y que ella es legítima para demandar”.

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Esta semana M.J. partió con las visitas. Jacqueline dice que a la niña no le gusta mucho ir adonde su papá. La abogada señala: “No queremos que se separe ni de la mamá biológica ni del papá, en ningún caso. De hecho, ella tiene una relación con los dos. La idea es que eso se mantenga. Así como no se puede sacar a la niña del lugar en donde vive de un día para otro, no se le puede tampoco prohibir la relación con sus padres biológicos”.
Tras una de sus salidas con el padre, M.J. le pidió a Jacqueline ver a su “papá Claudio”, un amigo de ella que la cuidaba de chica. “Y yo pensé: pucha, a lo mejor le estoy creando una confusión en la cabeza. La llevé al sicólogo. Me dijeo: ‘mira, M.J. es muy especial porque tiene dos mamás y como seis abuelos, ¿por qué no puede tener entonces dos papás? Mientras para ella sea bueno, no le cambies su sistema. Tú le enseñaste que era especial, puede tener lo que ella quiere’. Ahí me quedé tranquila”.

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Jacqueline mira la hora y dice que es tarde, que tiene que ir a buscar a M.J. que se enoja si no llega a la hora. “Me dice a veces que es chúcara”, ríen las dos con Margarita.
Jacqueline cuenta que la niña le dice que se quiere casar y tener tres hijos, y que “yo se los tendré que cuidar porque ella va a salir a trabajar”. Se vuelve a reír. “La incentivo a jugar con muñecas, con pelotas, con lo que quiera. Quisiera que en un futuro pueda decir que no le faltó nada y que fue feliz. Que sea una persona buena y que pueda proyectarse”.

 

 

 

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