La mamá que he soñado ser

Reportajes y Entrevistas

La mamá que he soñado ser

Por Jennifer Aracena Reyes / Ilustración: Gertrudis Shaw

Desde que tengo uso de razón adoro a las guaguas. Recuerdo que desde chica les daba la mamadera a mis primas menores, las mudaba, las mimaba y las hacía dormir. Su olor me enamoraba. Siempre pensé que siendo grande estudiaría  para recibir y cuidar a los recién nacidos. Mi sueño era casarme, tener más de cuatro hijos y formar una familia tan linda como la que tengo.

Pero las cosas muchas veces no te llevan por el camino que esperas. Quedé embarazada teniendo apenas 14 años de mi primer amor, que tenía 17. No lo justifico, pero sé que éramos muy chicos para tanta responsabilidad, responsabilidad que con el tiempo tuve que asumir sola. Mis padres se enteraron de que serían abuelos cuando yo ya tenía cinco meses de gestación y a esas alturas aún no asumía que iba a ser mamá. Lo bueno es que mi familia siempre me ha apoyado en todo y mis padres fueron un pilar fundamental para todo lo que se venía por delante.

Mi hija nació y los años pasaron sin darme cuenta en medio de una crianza compartida con mi mamá, mi tía, mis hermanas y mi abuelita. Entre todas nos dividíamos los tiempos para así poder dejar a mi hija en buenas manos. Voy a agradecer toda la vida ese apoyo incondicional que recibí, porque sin él no sería ni hubiera logrado lo que con mi hija somos hoy día. Todas, cada una en su forma y en diferentes etapas, fueron mamás de mi hija.

Fueron años de mucha locura. Corría de un lado a otro para seguir estudiando y graduarme de la enseñanza media con el título de técnico en contabilidad. Eso me ayudó bastante para ponerme a trabajar de inmediato. Tuve suerte, porque al cumplir 18 años me contrataron de una empresa en la qué duré mucho. Con el tiempo, logré sacar la carrera de ingeniería en administración, e independizarme gracias al departamento propio que pude adquirir con subsidio. Fueron días difíciles ya que mi madre no quería por ningún motivo que nos fuéramos de su lado, pero yo, ya de 29 años, sentía la necesidad de hacer mi vida sola con mi hija. De eso han pasado cinco años.

El amor de pareja siempre estuvo un poco de lado. Nunca fui de estar sola, pero no era de mucho compromiso tampoco, menos de llevarlos a la casa. Por respeto a mi hija y mis padres prefería tener todo por fuera, hasta que fui conociendo a un compañero de la misma  carrera con el que nos hicimos muy amigos y pasado más de un año nos fuimos enamorando de a poco hasta el día de hoy. Él es un buen amor.

Mi hija es mi orgullo. Desde niña siempre obtuvo los primeros lugares en su curso, fue presidenta de curso y premiada por sus logros. Nunca tuve la preocupación de que le faltara alguna materia o que no estudiara para alguna prueba porque siempre ha sido muy responsable e independiente. Este ha sido su primer año de universidad y en su primer semestre se ha eximido de la mayoría de sus ramos, lo que me ha hecho sentir la mamá más feliz del universo por sus logros, por su inteligencia y sabiduría. Es entretenido porque todos los días me llega contando sus materias, cómo son los profesores y me enseña algo nuevo. Solas hemos sabido salir adelante, siempre cómplices, apañándonos, llorando nuestras penas y fracasos, disfrutando nuestros logros y alegrías juntas. No ha sido fácil, pero verla tan grande y convertida en una mujer empoderada me hace sentir que lo he hecho bien.

A mis 35 años siento la necesidad de ser mamá nuevamente, aunque todos me digan que estoy loca porque ya tengo mi vida hecha y puedo salir, viajar para donde se me da la gana, ver a mis amigas más enfocadas en su vida profesional. Escucho constantemente comentarios sobre cómo voy a tener hijos de padres diferentes, qué va a decir la gente, que ya no estoy en edad para ser mamá. Pero me da exactamente lo mismo. Estoy convencida de que si me la pude cuando tenía apenas 14 años, ahora que soy una mujer que ha disfrutado lo suficiente, que me siento realizada porque logré todos mis objetivos, voy a lograr esto que me falta y que anhelo. No pido casarme, no pido vivir con mi pareja, no pido una casa ni que me mantengan. Mi único deseo es ser mamá por segunda vez y disfrutar de esa maternidad desde el primer momento.

Jennifer tiene 35 y tengo una hija de 20 años.           

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