Que ni la muerte nos separe

Reportajes y Entrevistas

Que ni la muerte nos separe

Por Greta di Girolamo / Foto Familia Broschek Pizarro

Después de casi 70 años de matrimonio, Hilda Pizarro y Harald Broschek murieron juntos, solo con horas de diferencia. En la misa de despedida, los dos ataúdes, exactamente iguales, estuvieron uno al lado del otro. Los novios volvieron a encontrarse en el altar de una iglesia atiborrada en flores, despedidos con un concierto de violín de fondo.

Cuando Hilda Pizarro supo a sus 91 años que Harald Broschek había muerto, se sentó en la cama donde durmió con él más de 25 mil noches y lloró desconsoladamente. Karin Nawrath, su nieta, trató de calmarla. Le dijo que se quedara tranquila, que ella se haría cargo de todo, que él hace rato que ya no quería estar acá, que estaba sufriendo, que ahora descansaba. Hilda empinó el vaso de agua que tenía en su velador, tomó un sorbo, y lo dijo: “lo que pasa es que ahora me voy a morir yo”.

Eso fue el jueves 21 de junio a las 11:00 de la mañana. Su marido había muerto hace 5 horas. Ella moriría en 15 más.

Harald Broschek había pasado toda la noche en la clínica, donde dejó de respirar a las 6:00 de la mañana, luego de que el día anterior su presión bajara hasta casi desaparecer. Tenía 93 años y llevaba meses desganado, desde que la tendinitis que afectaba su muñeca derecha había empeorado y estaba empezando a afectar la izquierda. Aunque su oído seguía intacto, ya no podía tocar y arreglar los violines como lo había hecho por más de 75 años. Lloraba algunas noches. Incluso llegó a decir que la vida así no valía la pena.

Tocaba violín desde los siete años, y aprendió a confeccionarlos y a repararlos a los 18, observando la destreza de su padre, Roberto Broschek, uno de los primeros lutiers de Chile. Su familia había llegado desde Alemania porque a su papá lo contrataron como parte de una orquesta para musicalizar en vivo las películas mudas en distintos cines de Santiago. También era parte de la Orquesta sinfónica de Chile y el Instituto de extensión musical de la Universidad de Chile a cargo de la mantención de instrumentos, y montó un pequeño taller de lutería en la calle Serrano. Harald heredó el negocio y se convirtió en un reconocido lutier especializado en cuerdas. Siguió el contrato con la sinfónica e integró una orquesta en la estación de radio Minería. Su nombre aparece en el Diccionario Universal de Lutiers, y fue el encargado de reparar los instrumentos de reconocidos violinistas internacionales, como Uto Ughi y Pinchas Zukerman. Por eso, la tendinitis de su muñeca se había convertido en una pesadilla.

El viernes 15 de junio no se levantó de la cama. El lunes 18 no quiso comer la once que le preparó su esposa, y recibió su último sacramento de parte de un sacerdote amigo de la familia, quien entregó la mitad de una hostia a Harald y la otra mitad a Hilda. El martes 19 recibió la visita de un geriatra, quien lo mandó a hacerse exámenes de sangre. El miércoles 20 amaneció descompensado. Ese día, Hildegard, su hija menor, amarró el cinto del tensiómetro al brazo de su padre y notó que casi no marcaba la presión. Llamó a la Unidad Coronaria para que le hicieran un electrocardiograma. Supo que se podía morir.

A las 19:00 llegó una ambulancia y la doctora a cargo dijo que para ayudarlo había que llevárselo de urgencia a la clínica. Los paramédicos le inyectaron un sedante y lo envolvieron en una sábana blanca que hizo de camilla para bajarlo por las escaleras del segundo piso, donde estaba su habitación. Hilda repetía desesperada el nombre de su marido, mientras lo veía irse en la ambulancia. Nunca pensó que era para tanto, como diría más tarde.

Internaron a Harald en la unidad de pacientes críticos, donde lo conectaron a un marcapasos externo y a un respirador artificial. Los exámenes arrojaron una insuficiencia renal crónica no tratada, que le generó problemas a nivel sistémico. “Con su edad y todas las enfermedades que tiene, ya no se puede hacer nada”, sentenció el médico.

Con ese diagnóstico, a las 22:00 horas, Karin fue a buscar a Hilda para que se despidiera. Una vez en la clínica, estuvo hasta la 1:00 de la mañana acariciando, besando y abrazando a su marido, que estaba inconsciente con violines sonando de fondo. Estaban las dos hijas del matrimonio, Raymund Broschek, el único hermano de Harald, y todos los nietos. Uno de ellos, Gabriel Dawabe, recuerda que en ese momento Hilda los miró y dijo: “¿pero cómo es posible que se esté muriendo si él me dijo que nos íbamos a morir juntos?”. La familia hoy sospecha que tenían una especie de pacto, la promesa de morirse juntos.

Harald y Hilda se habían conocido en 1942, cuando ella llegó a vivir con sus padres a una de las casitas de la población de la sociedad de artesanos La Unión, en el barrio Independencia, donde vivía la familia de Harald. Probablemente se toparon en un evento social del vecindario, esos que se celebraban en el gimnasio con bolero, tango y vals. Ella tenía 19 años, él 21. Hilda solía llevar un vestido, guantes y gorro. Harald un traje con pantalones de golf, y siempre estaba bien perfumado. Ella era una mujer tímida y nunca había tenido una relación, él tenía fama de picaflor. Después de una serie de conquistas fallidas, de flores y chocolates, Hilda aceptó ser su novia. Harald, como correspondía en la época, fue a la casa de su suegro y le pidió permiso para formalizar la relación.

Pololearon por ocho años, hasta que se casaron en 1950 en la iglesia San Vicente de Paúl, rodeados de gigantescos arreglos de calas. Desde ese día, hasta el último, vivieron en una casa en El Golf, que compraron peso a peso con ayuda de la empresa donde Hilda trabajaba como secretaria. La fueron decorando de a poco. Ella era fanática de la loza y la cuchillería, él de las plantas.

En 1953, nació su primera hija, Evelyn, y un año más tarde la segunda, Hildegard. Hilda dejó su trabajo y se dedicó a la crianza y labores domésticas, mientras que Harald siguió la senda de su padre. Eran hogareños: amaban quedarse en la casa escuchando música clásica a todo volumen, viendo Sábado Gigante y cocinando juntos. Para cada cumpleaños de sus hijas, Hilda y Harald preparaban la torta hasta la madrugada. De piña, de mocka, de manzana, de merengue, de nuez. Muchas veces las niñas escuchaban un grito desde la cocina: “de nuevo se cortó la crema, ¡por la flauta!”. Entonces, Harald salía disparado a comprar más crema para continuar con la faena.

“Ella no se imaginaba la vida sin él. A mí me decía: ‘¿Qué voy a hacer ahora?’ Como que la vida no podía seguir. Era imposible”, cuenta su hija Evelyn, sentada en la terraza de la casa de sus padres.

Después de la noticia de la muerte de Harald, de ese trago de agua en la mañana, de esa frase que anticipó su muerte, Hilda se levantó como cualquier día. Tomó un té y comió una rebanada de pan, y a la 1:30 se vistió con un conjunto verde oscuro, un gorro y un abrigo café. “¿Cómo me veo?”, le preguntó a Evelyn. A las 15:00 llegó Karin, su nieta, para llevarlas al velorio. “Te ves linda”, le dijo, y le propuso que fueran juntas a la peluquería en la semana. “Claro, claro”, contestó Hilda. Antes de salir por última vez de su casa, tomó la billetera de Harald, la puso en una repisa del clóset y le anunció a Karin: “Mira, la voy a dejar aquí”.

Abuela, madre e hija, se subieron al auto rumbo a la Iglesia San Pedro. De a poco fueron llegando familiares, amigos, vecinos. Hilda, sentada, los saludó uno por uno, cumpliendo el rol de anfitriona que desempeñaba a la perfección. Una de las pocas personas con las que conversó esa jornada fue Alejandra Santelices, esposa de su sobrino. Le dijo: “Este dolor que siento ahora, espero que nunca lo sientas tú”. El resto del tiempo se mantuvo callada y no derramó ni una sola lágrima, ni siquiera cuando se acercó al ataúd y echó un último vistazo al cuerpo rígido de Harald.

A las 20:00 los asistentes se dividieron. Hilda salió del salón del velorio y fue a la iglesia junto a un grupo de personas, donde rezó las vísperas en primera fila. Cuando volvió, venía con la cabeza gacha, tocándose la frente. Se sentó al lado de Karin, cerró los ojos y le dijo: “me duele aquí, quiero ir al baño”. Su nieta la ayudó a pararse, pero Hilda se desplomó.

Evelyn, en shock, salió llorando al patio de la iglesia. Karin llamó a la Unidad Coronaria, que llegó en breve con una ambulancia. A diferencia de Harald, Hilda chequeaba su salud permanentemente y lo único que tenía era una dificultad cardiaca, razón por la cual hace años usaba un marcapasos. Lo primero que el médico pensó es que se trataba de una crisis de pánico, un cuadro siquiátrico detonado por la fuerte situación emocional que estaba viviendo. Se la llevaron en ambulancia a la clínica pero, una vez allí, el diagnóstico cambió: Hilda había tenido un derrame cerebral que desembocó en un paro cardiorespiratorio. Falleció a la 1:00 de la madrugada del 22 de junio. 20 horas después que su marido. Nadie lo podía creer.

Hildegard y su hija Ingrid Dawabe fueron a buscar ropa para vestir a Hilda. Mientras hurgueteaban el closet, se les ocurrió vestirla de blanco, como a una novia. En su cuello, Karin colgó un collar de semillas que había traído de uno de sus viajes a India. Ambas tenían el mismo. La nieta se quedó con el de su abuela, y la abuela partió con el de su nieta.

El sábado 23 de junio, 10 minutos antes de que comenzara la misa para despedir a Harald, llegó Hilda. Los ataúdes, exactamente iguales, quedaron uno al lado del otro. La novia y el novio volvían a encontrarse en el altar de una iglesia atiborrada en flores. Los novios acostados. Los novios durmientes.

Hildegard subió al púlpito y leyó el capítulo 2: 8-17 del Cantar de los Cantares:

“Empieza a hablar mi amado y me dice: ¡levántate, amada mía!

¡Levántate hermosa mía y vente!

Porque, mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido.

Aparecen las flores en la tierra.

El tiempo de las canciones ha llegado”.

“Para mí fue un regalo que Dios haya evitado que mi mamá sufriera la viudez. Permitió que se fueran juntos”, dice hoy.

Después de la misa, Hilda fue llevada a la sala del velorio y la comitiva partió al entierro de Harald. En el nicho familiar del Cementerio General, lo sepultaron con arreglos florales y música en vivo tocada por sus nietos. Al día siguiente, repitieron exactamente la misma escena para sepultar a su mujer. “Murió porque tenía que morir. Fue providencial. No podían estar separados, el amor que se tenían era tanto, que por designio divino murieron juntos”, dice su nieto Gabriel.

En la tapa de mármol del nicho donde están enterrados, se lee el nombre de ambos y sus fechas de muerte. Arriba, un ángel, un retablo de la Virgen y un montón de maceteros con flores y cactus, parte de las plantas que cultivaron en su casa y que ahora adornan la tumba que comparten.

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