La niña milagrosa de la Autopista del Sol

Reportajes y Entrevistas

La niña milagrosa de la Autopista del Sol

Por VICTORIA MISITO / FOTOS CONSTANZA MIRANDA

Hacer sonar la bocina en el kilómetro 22 de la Ruta 78 forma parte de un homenaje. Es la manera en la que los seguidores de La niña hermosa, una joven que murió el 21 de octubre de 1998 en ese lugar, manifiestan su respeto y admiración a quien, dicen, les ha cumplido múltiples favores. La animita, conocida por el enorme cerro de peluches que la acompaña, recibe a diario decenas de devotos, quienes ven ese espacio como parada obligatoria.

Cuando Astrid Soto murió, a los 18 años, pocos sabían de su existencia. El accidente ocurrió la mañana de un miércoles, mientras conducía la motocicleta que hace poco le habían regalado. Ese día por fin su moto había aparecido en El Monte después de habérsela prestado a unos vecinos de su barrio, la Población La Bandera. Astrid la había dado por desaparecida hasta que Carabineros la encontró y fue con su papá a buscarla. En el camino de regreso, él, que iba en auto, se preocupó de custodiar a su hija por detrás. Todo iba bien, hasta que le pidió que se detuviese porque su casco estaba mal puesto. Cuando Astrid se lo arregló y volvió a la pista, arrancó mal y se encontró con un camión que alcanzó a esquivarla, pero de su acoplado se desprendió una caja de herramientas que la golpeó. Murió minutos más tarde en los brazos de su padre.

Tiempo después, su familia y amigos crearon una animita con una placa y un cartel que tenía escrito ‘Mi niña hermosa’, ubicada al costado del kilómetro 22 de la Autopista del Sol. Querían visitarla y dejarle peluches, que eran sus preferidos. La imagen de una mujer de rasgos finos, piel blanca y una gran melena ondulada y colorina, se apoderó de la carretera. Y, sin buscarlo, Astrid comenzó a recibir la visita de personas que nunca la conocieron, pero que sentían una conexión especial con ella. Actualmente, esa esquina es un santuario que no deja indiferente a ninguno de los que pasan por el sector, y que recibe decenas de visitas diarias. El gigantesco cerro de peluches que crece con las horas es lo que más llama la atención, pero a Astrid le llegan todo tipo de regalos. Hay cientos de placas agradeciendo el favor el concedido, flores, cosméticos, accesorios, juguetes, figuras religiosas, bidones con agua y cascos de moto, entre otras ofrendas.

Es martes en la mañana y Adán Lagos (36) llega al lugar junto a su familia. Le cuesta caminar, por lo que usa una muleta que lo ayuda a sujetarse. “Yo le debo la vida a La niña hermosa, ella me salvó”, cuenta. Hace ocho años chocó de frente en auto, después de una fiesta. Estuvo en coma por dos meses, y un año hospitalizado en la Posta Central de Santiago. La gran mayoría de sus huesos estaban quebrados. Su mamá se lo encomendó a Astrid, luego de escuchar que concedía favores. Adán se detiene a agradecerle cada vez que pasa por ahí, y le deja peluches. Ya perdió la cuenta de todos los que le ha regalado, porque trata de saludarla todos los días. “Sé que es muy milagrosa, a mí nadie me quita eso de la cabeza. Era una persona muy especial y Dios le dio la virtud de poder ayudar a la gente. Creo totalmente en ella”.

Adán Lagos.

La animita cuenta con un pequeño galpón donde la gente cuelga sus ofrendas. Entre ellas, hay un test de embarazo envuelto en una bolsa de género rosada y una ecografía. Todo indica que alguien le pidió a La niña hermosa quedar embarazada, y se cumplió. María Baeza (61) vino junto a su marido por una razón similar. En sus manos llevan el peluche que la pareja de su hija mayor le regaló cuando eran pololos. “Nosotros venimos con una misión: queremos pedirle que mi hija y su esposo puedan tener hijos. Ellos están en un tratamiento que se termina en una semana, y elegimos traerle este perrito porque es muy importante para los dos”, dice. Hace 10 años que pasan todos los martes a visitarla, sin embargo, esta es solo la segunda vez que le piden algo. La primera fue que su hija menor pasara su examen de grado. “Mañana jura como abogado en la Corte Suprema. Encontramos simbólico venir para agradecer ese favor, y pedir otro”. María se emociona al visitar el lugar, porque los ojos de Astrid le recuerdan mucho a su hija mayor. “Siempre la he visto en ella. Cuando estoy cerca se me paran los pelos, siento muchas cosas. Me gusta venir a verla y cuidar este espacio, pero prefiero no pedirle cosas para dejarla tranquila. Siento que su alma está acá”.

María Baeza y Juan Valdivia.

La niña hermosa también es conocida como El ángel de la carretera, y son muchos los conductores, camioneros y choferes de buses que se le encomiendan para que los proteja en el camino. Sergio Badilla (38) se dedica al transporte y pasa mínimo dos veces por semana a la animita. Es parte de su rutina, y asegura que todos sus colegas hacen lo mismo. “Ella es nuestra reina. Ahora vengo del puerto en San Antonio, porque andaba viendo una carga, y pasé a dejarle una velita. Me persigno y sigo mi ruta. Es una parada rápida, pero sagrada”, cuenta. Miguel Silva (42) hace algo similar. Él es jardinero y hace 15 años que viaja una vez a la semana a Melipillla por trabajo. No existe vez que no detenga su auto para saludar a Astrid. “Yo no creo en Dios, pero sí en esto porque es más terrenal. Lo puedo ver con mis propios ojos. Siento que su alma sigue acá. Era una niña muy hermosa”, afirma. Miguel ha sido testigo de cómo ha ido creciendo la adoración por ella, y asegura que se dio de la noche de la mañana. “Antes era una cosita chiquitita, no había nada, pero misteriosamente creció. Me imagino que fue porque la gente empezó a correr la voz sobre los milagros que hacía”.

Sergio Badilla.
Miguel Silva.

Hace un día que Fania Hernández (63) fue dada de alta. Tenía un diagnóstico de hepatitis medicamentosa al hígado y después de conocer la historia de La niña hermosa, le pidió que la cuidara. Se recuperó, pero a los pocos días perdió la voz y la tuvieron que volver a internar en el hospital de San Antonio. Es la primera vez que la visita, y vino junto a su hija menor, ya que dice que gracias a ella volvió a hablar. “Estaba súper agotada por no poder expresarme. Llevaba 10 días escribiendo para poder decir algo cuando le dije a mi familia que no quería más visitas. En mi desesperación, le supliqué a la Astrid que me ayudara. Me quedé dormida pensando en ella, y a las seis de la tarde me desperté y había recuperado mi voz”, cuenta. En sus manos lleva cuatro peluches. Tres que le compró especialmente y el de un perro que tiene hace años, y que es su regalón.

Fania Hernández.

La gran mayoría de las personas que visita la animita asegura sentir aquí una energía diferente. Pese a que el lugar acumula un montón de objetos, está impecable y es muy difícil encontrar basura tirada en el suelo. Cada ofrenda está perfectamente puesta en su lugar. Karol Vilches (37) es comerciante y se dedica a la venta de ropa americana. Le reza todos los días, sin excepción, para que le vaya bien en el negocio. La mayoría de las veces lo hace desde su casa, pero hoy decidió pasar a verla junto a su hija. “Es a la única persona que le pido cosas porque doy fe de que las cumple. Hace unos días le prometí que iba a venir, ya que me ha ayudado un montón con las ventas y la salud de mis niñas. Juro que desde que la conocí, todo ha estado mejor. Como estoy apurada la pasé a saludar, pero no alcancé a traerle un peluche. Ahora estoy en deuda porque como ella nos cumple, nuestro deber es hacerlo con ella”.

Karol Vilches.

Susana Azócar (63) se emociona al verla. Desde que se construyó el santuario se detiene una vez al mes a saludar a Astrid. “Apenas pongo un pie en el lugar, se me caen las lágrimas. Es algo muy raro, totalmente automático. Me emociona mucho su historia. Yo soy de Peñaflor también, y me acuerdo perfecto el día que murió. Nunca la conocí, pero había muchos rumores sobre el atropello en el barrio. Allá todos sentimos una cercanía especial con ella. Siempre me ayuda, le he pedido mucho por mi hija, que estuvo metida en unos problemas, y nunca me ha fallado. Creo que traerle peluches es un gesto que podemos tener con ella. Le encantaban, y ahora tiene millones”.

Susana Azócar.

 

 

 

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