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28 enero, 2014
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La novelesca vida de Sergio Parra

Lector voraz y vendedor de libros, Sergio Parra (50), fundador y socio de la librería Metales Pesados, ha tenido una vida digna de una novela. A los 16 abandonó su apacible San Rosendo para aterrizar en el abrumador tráfico capitalino. Fue junior, vendedor y zapatero; escribió poemas incendiarios; se involucró en el underground de los 80; pasó por dos clínicas para salir del alcoholismo. Y lo consiguió. Hoy es uno de los libreros más respetados de Chile.

Por Catalina Mena / Fotografía: Alejandro Araya Producción: Álvaro Renner


Paula 1140. Sábado 1 de febrero de 2014.

Sergio Parra abre su clóset como quien exhibe una instalación rigurosamente planificada. 24 camisas blancas, “todas Arrow, clásicas”, se disponen sobre las repisas. Casi la mitad permanecen en herméticas bolsas plásticas, esperando su turno. Colgadas en sus respectivos percheros y perfectamente planchadas, se enfilan las chaquetas y también los pantalones de estricto negro. En otro compartimento se disponen 16 zapatos puntudos de charol, que se manda a hacer con un zapatero de antiguo oficio. “Cuando llegué a Santiago encontré en la calle Meiggs un aviso que decía: ‘se necesita joven sureño para aseo y mandados. Tenida formal’. Ahí me compré mi primer traje negro con camisa blanca, en la ropa usada. Pensé que si me vestía siempre igual, nadie sabría si me cambiaba o no de ropa y, además, me evitaba el trámite de pensar qué ropa ponerme”.

“No estaría sentado acá si no fuera porque he leído. Esto no es un cliché. Podría haber estado preso a los 18. Vivía en el barrio Franklin, donde mis amigos eran cogoteros. Yo también una vez cogoteé. Leer me salvó la vida. Apaciguó todo el odio y la frustración que podía haber sentido”.

Sergio Parra vive solo en un departamento de un ambiente, en la calle José Miguel de la Barra, que está repleto de libros y obras de artistas contemporáneos, como Juan Pablo Langlois, Mario Navarro y Patrick Hamilton. A pocos metros está la librería Metales Pesados, que fundó junto a su socia, Paula Barría, hace diez años. Además de jóvenes escritores y amantes de la literatura de las más diversas calañas, su librería es frecuentemente visitada por intelectuales como el crítico español Ignacio Echevarría, así como por los chilenos Claudio Bertoni, Armando Uribe, Pablo Azócar, Germán Marín y Pedro Lemebel, entre otros.

Poeta en las décadas de los 80 y los 90, activo participante del undergroud en dictadura, curtido en toda suerte de oficios –junior, vendedor, zapatero–, alcohólico autodeclarado y empeñosamente rehabilitado, hoy Sergio Parra es uno de los libreros más reconocidos de Chile. “Ahora estoy en el lugar que siempre soñé”, dice. Su afirmación resume el desenlace de un periplo accidentado y muy singular, que mezcla el desenfreno y con una férrea disciplina personal. “Desde los 16 años lavaba día por medio las camisas, las lavaba en la noche, las colgaba en el baño y las planchaba al otro día. Aunque estuviera borracho, llegaba a la pieza, me cambiaba de ropa y me afeitaba. Todavía ahora, yo los domingos me levanto, me afeito y me pongo la misma ropa y los mismos zapatos”.

¿Y cuando vas a la playa no te pones hawaianas?
No. ¡Estás loca! Jamás me he puesto unas hawaianas. Ni siquiera zapatillas. Nunca me he comprado unas zapatillas, siempre los mismos zapatos negros. Soy de hábitos. Todos saben que no me pueden molestar de 8 a 10 de la noche, porque a esa hora yo plancho mis camisas.

“Jamás me he puesto unas hawaianas. Ni siquiera zapatillas, siempre uso los mismos zapatos negros. Soy de hábitos. Todos saben que no me pueden molestar de 8 a 10 de la noche, porque a esa hora yo plancho mis camisas. Planchando pienso y planifico lo que tengo que hacer”.

¿De puro neura?
No, por disciplinado. Es el tiempo para mí. Planchando pienso, planifico cosas que tengo que hacer y me ahorro los sicoanalistas, me ahorro todo. Mi departamento lo llevo yo. Aquí no entra ninguna nana. Me hago cargo de mí mismo. Ya no me casé, ya no tuve familia.

¿Y no tienes rollo con eso?
No, ya no tengo rollo. Incluso hay gente que piensa que soy gay.

¿Y si fueras gay lo dirías?
Por supuesto. Me da lo mismo. Tengo muchos amigos gays. Pero sería un gay muy activista. Sería el primero en hacer una agrupación más extremista de homosexuales. Cuando decidí ser poeta fui extremista, llevé hasta el fin mi vida, llevé hasta el fin mi poesía. Hice fracasar a muchas mujeres que fueron mis parejas, las llevé a la ruina.

¿A la ruina económica o moral?
Es que yo quería hacer mi vida. Ninguna mujer tuvo hijos conmigo, porque no era una opción para mí. Iba a ser un fracaso, porque trabajaba, bebía. Siempre he sido un solterón extremo.

LA BELLEZA DEL DESACATO
A comienzos de los 80, y con su octavo básico rendido, Sergio Parra dejó el colegio y aterrizó en la capital. Hijo de un vendedor de ropa y de una dueña de casa, se había criado en San Rosendo, pueblo de la zona del Biobío famoso por su tradición ferroviaria que terminó abruptamente en 1979 con la crisis de los Ferrocarriles del Estado, dejando a mucha gente cesante. “En esa época todos los jóvenes emigraban y las familias elegían al mayor de los hermanos para estudiar o para ir a trabajar fuera del pueblo”, cuenta Parra. “Yo no quise estudiar, sino trabajar. Mi papá desde muy joven trabajó, entonces no era extraño”.

Por primera vez Parra pisaba Santiago. “Era como un huaso cruzando la calle. Se le cae el abrigo, se le cae el bolso, se le cae la gallina. Pero tuve mucha suerte, porque rápidamente me contrataron de junior. Y eso por ser sureño, porque el sureño es honesto”, afirma convencido. De junior estuvo hasta los 24 años. Después trabajó en muchos otros oficios menores, casi siempre como vendedor. Lo bueno de esas pegas, dice, es que le dejaban tiempo para leer, escribir, aplanar calles, conversar y beber. A las 6 de la tarde ya estaba libre y, aunque estuviera con tremenda resaca, a las 8 de la mañana figuraba impecable en su puesto de trabajo.

Fue arrancando de los Carabineros, en una protesta de 1983, cuando Parra conoció a Pedro Lemebel, amigo entrañable hasta el día de hoy, quien lo introdujo en el mundo de la literatura y del underground chileno. En esa época tuvo contacto con escritores como Jorge Tellier y Enrique Lihn y también con músicos como Charlie García y Los Prisioneros. Fue integrante activo del movimiento cultural de esos años, asiduo de espacios donde se mezclaba carrete, música, arte, poesía y performance, como el Trolley y Matucana 19, y en el que circulaban artistas como el músico Carlos Cabezas y la actriz Patricia Rivadeneira. Aunque eran tiempos marcados por la precariedad, el toque de queda y el miedo, Sergio Parra recuerda esa época con cierta nostalgia de un riesgo, una pasión y una rebeldía que hoy, asegura, está aplastada bajo la lápida del libre mercado.

¿Cuál era el espíritu que compartía la juventud de los 80?
Nos unía el desacato. Ahora la juventud ha cambiado, hay otros artefactos que los distraen. Nosotros éramos solidarios, teníamos un enemigo en común, que era la dictadura. Había ideales, acción y belleza. En esa época, estaban los bares más interesantes: el Jaque Mate, el Galindo y lugares de cine como el Normandie. Vivíamos la vida bellamente. Había una estética para vestirse, para caminar, para andar por la ciudad. Los jóvenes nos sentíamos importantes y éramos importantes.

¿Y sigues siendo ese cabro rebelde?
Sigo sintiendo, a los 50 años, que estoy más cerca del desacato. Por eso, quizás, muchos amigos se alejan de mí, porque no estoy siguiendo los patrones que se supone debería seguir a mi edad. Sigo hablando con jóvenes para que sean activos en la política. He ido a colegios y les pido que participen, que voten. Hay que votar y después opinar. Ser activo en la construcción de la propia sociedad.


“Cuando decidí ser poeta fui extremista, llevé hasta el fin mi vida, llevé hasta el fin mi poesía. Hice fracasar a muchas mujeres que fueron mis parejas, las llevé a la ruina. Siempre he sido un solterón extremo”.

Y al movimiento cultural de los ochenta, el Trolley, Matucana 19 ¿cómo lo ves ahora?
Siento que, a diferencia de lo que sucede ahora, nosotros teníamos conciencia del lugar que ocupábamos en la sociedad, astucia para actuar creativamente, pasión y compromiso en el arte. En dictadura operábamos desde la marginalidad y eso permitió un movimiento muy poderoso. Se mezclaban las ideas, las estéticas, el cuerpo, la sexualidad, la crítica política. Los intelectuales más potentes de la época, que hoy son reconocidos en todos lados –como la Diamela Eltit o la Nelly Richard– también bailaban, conversaban, terminaban en fiestas o escuchando música. Íbamos adonde la Candy Dubois, escuchábamos a Lucho Barrios, íbamos a tomar a San Camilo con los travestis, nos emborrachábamos. Fue la época más creativa, donde hubo más revistas, más teatro, más poesía, más performance. Hubo una ebullición cultural muy fuerte.
Nadie tenía prejuicios si la Patricia Rivadeneira hacía una performance, crucificada y envuelta en la bandera chilena, en el Bellas Artes.

Pero a nivel de movimiento cultural, ¿sientes que en los 80 hubo una densidad que no se ha replicado?
No se ha generado otro fenómeno que compita con eso. Ahora el arte está muy domesticado, muy obediente al mercado. Los artistas jóvenes saben más de lo que pasa en la Tate de Londres, en el MoMA de Nueva York, que en Latinoamérica. Están preocupados del mercado del arte, de la exportación y no de la propia obra. Eso es delirante. Están buscando de inmediato el éxito. Son flojos: creen que la cosa resulta instantánea y no es así.

¿Y por qué pasa eso?
Veo que en los 90 los artistas se alejaron de la política y de la marginalidad. Nadie se quería sentir marginal, todos querían ser parte de la globalización. Ese es el gran error que cometió el arte chileno y la literatura. Arrancar de la marginalidad, perder esa experiencia y, al mismo tiempo, desconectarse de la situación política. Finalmente la dictadura militar no fue sustituida por una verdadera democracia, sino por la dictadura del libre mercado que resultó mucho más aplastante y violenta.

Hablas de los ochenteros que eran realmente marginales versus los cuicos que querían sacarles canas verdes a los papás…
Lo que pasa es que en los años 80 el cuico era de derecha. Ahora el cuico no es necesariamente de derecha, pero convivíamos en ese conflicto de clases. A veces uno estaba a las 4 de la mañana en el Jaque Mate con una chica que era de Las Condes y su padre era militar. Y ella estaba súper angustiada, porque quería disimular que venía de esa familia. Pero nunca la habríamos echado de la mesa. Uno igual podía entender la tragedia de una familia dividida. El underground fue como un colegio público, donde se experimentaban la diversidad, la solidaridad y el entendimiento y convivían todos los estratos sociales. Ahora hablan de la diversidad. Hay que educar a la generación nueva para que tenga diversidad y sea tolerante con los gays, con las chicas embarazadas en el colegio. A nosotros nunca nos educaron para eso, porque lo vivíamos.

En ese tiempo dices que andabas totalmente caído al litro.
Y hasta hace poco. Dejé de beber hace tres años, a partir de una pelea muy fuerte que tuve borracho en un bar, en la que salí con una pierna quebrada. Ahí dije “No quiero hacer el ri-dículo ni transformarme en una caricatura. No quiero ser Parrita el borrachín”.

Y, por ejemplo, ¿cuánto tomabas?
Siete Jack Daniel’s, o una botella entera de whisky. Pero lo pasaba bien, hasta que la cosa se me arrancó de las manos. Tengo asumido que soy un alcohólico retirado, tal como soy un poeta retirado. Nunca voy a dejar de ser poeta ni de ser alcohólico. Las dos son enfermedades crónicas.

LA TUMBA DE CELINE
“Pélate/ tómate un vinito/ vamos al Normandie/ baila un rock en Matucana 19/ Vamos chica…”. Así hablaba Sergio Parra en su libro de poemas La manoseada (1987) que hoy sigue siendo un referente del periodo. Dos libros más le siguieron, Poemas de Paco Bazán (1993) y Mandar al diablo al infierno (1998), que también fueron muy valorados en su momento. Poesía urbana, directa y descarnada, que le sacaba la foto al momento social. “Era una forma de reconciliarme conmigo mismo, con toda la ruina de la experiencia callejera, de borrachera y peleas. En el poema uno se perdona a sí mismo”, dice.

Pero en 2003, cuando instaló la librería Metales Pesados, abandonó la escritura. “Fue una cosa física, no pude seguir escribiendo. Había cambiado mi escenario, había armado la librería, me gustaba lo que estaba haciendo, trataba de escribir y me aburría. Cumplí 40 años y sentí que no tenía nada que decir por el momento”.


“Tengo asumido que soy un alcohólico retirado, tal como soy un poeta retirado. Nunca voy a dejar de ser poeta ni de ser alcohólico. Las dos son enfermedades crónicas”.

Parrita, como le dicen todos, no solo edita libros que ninguna otra editorial publica (como ensayos críticos, poesía y novelas muy alejadas del best seller), sino que, además, es un apasionado consejero de los lectores que llegan a su boliche, donde está siempre presente. El librero conoce el rubro a cabalidad, porque se lo ha leído todo. Pero lo que convence es su pasión, porque él recomienda aquellos libros que “disparan directamente y te hacen volar la cabeza”. Le gustan autores como el francés Céline –quien en los años 30 escandalizó por su lenguaje callejero, directo y vulgar– o Raimond Carver, escritor quien vivió 50 años y que hasta los 40 fue un alcohólico empedernido. Se trata de autores que escriben desde su propia biografía, sin remilgos ni retóricas artificiosas.

¿Cómo un chico de un pueblo sureño, de clase trabajadora, adquirió una relación tan estrecha con la literatura?
Me formé como autodidacta porque leía mucho desde chico. Mi mamá también era una gran lectora. Además, la escuela de San Rosendo tenía muy buena educación pública. Éramos pobres ilustrados. Yo le he sacado el jugo a mi octavo básico.

También es cierto que los mejores escritores chilenos vienen de la clase trabajadora.
La misma Gabriela Mistral, Neruda, Nicanor Parra, Lemebel. Es gente que ha vivido en casas donde alguna vez faltó el pan y el gas. El miedo al fracaso nunca fue un problema, porque no hay nada que perder. Eso te da una libertad. Yo no respeto al intelectual que hereda todo, valorizo más a la gente que hace su propio capital, intelectual y económico.

¿A qué edad comenzaste a escribir poesía?
Llegando a Santiago tuve conciencia de la poesía y de lo que significaba para mí, en el sentido de dar cuenta del mundo que estaba percibiendo. Tuve la necesidad de comunicar mi experiencia de vida.

¿No echas de menos escribir?
Cuando uno tiene conciencia de la literatura, puede dejar de escribir porque sabe que hay otros escribiendo. No voy a rellenar.

¿Y qué piensas de los actuales poetas jóvenes?
Creo que no tienen referentes, no tienen gente a quien seguir. Nicanor Parra ya está muy viejo, en Las Cruces; Zurita está en otra historia. Yo vengo de una generación donde teníamos a siete poetas a quienes seguir. Estaban Enrique Lihn, Juan Luis Martínez, Jorge Tellier. Y esa gente se ha ido muriendo. Ahora no hay sheriffs literarios.

Más allá de los referentes, ¿cómo encuentras lo que escriben?
Los poetas se han domesticado, todos están bajo el alero del Consejo de la Cultura, becados por el Fondart. Pero la poesía se cambia en la calle y no con un Fondart ni con una beca. Se ha perdido la experiencia. Yo saqué el lenguaje de la calle, de la zapatería, de las conversaciones. Todo era más directo, no era metafórico. Hay que haber vivido la vida intensamente y escuchar ese lenguaje. Ahora los poetas no hablan de lo que está pasando, sino de su existencialismo, de su yo. Me gustaría que en los bares, en las plazas, en las escuelas se volviera a leer El aullido, de Allen Ginsberg. Es un poema que habla del alarido de una generación que quiere cambiar la sociedad, que se siente frustrada. Para mí la poesía tiene un rol social fundamental.

¿Y qué narradores te interesan?
Destaco a Alejandro Zambra, Diego Zúñiga, Matías Celedón, Nona Fernández, Lina Meruane. Hay un grupo de narradores que están trabajando muy bien. Pero también hay muchos que no saben contar una historia y recurren a un lenguaje enmarañado. Cuando uno tiene una historia, que es parte de su experiencia, la entiende y la puede contar bien. A mí no me interesa la novela inteligente, sino la novela honesta, directa, cara de raja.

Has dicho que leer te salvó la vida. ¿Cómo sucedió eso?
No estaría sentado acá si no fuera porque he leído. Esto no es un cliché. Yo podría haber estado preso a los 18. Vivía en el barrio Franklin donde mis amigos (que ahora están muertos o hacinados en una población) eran cogoteros. Yo también una vez cogoteé. Leer me salvó la vida. Apaciguó todo el odio, la rabia, la frustración que sentía. Si tenía rabia me tiraba arriba de la cama, leía y rápidamente ese sentimiento se iba diluyendo. De verdad creo que la delincuencia no va a detenerse si los niños no leen, porque no tienen cómo evadirse. Un libro te da una tranquilidad que no te da nada y te hace sentir que no eres una basura. Te crea un espacio para vivir y para morir. Yo voy a morir siendo un solterón letrado. Ya tengo pensado el guión de mi muerte.

¿Y cómo sería?
Si me dijeran que quedan seis meses, en las últimas dos horas me gustaría ir al cementerio de París y limpiar la tumba de Céline. Pasarle un trapito, para sacarle el polvo. Después sentarme en una silla al frente, inclinar la cabeza y morirme. Mi socia sabe dónde está el traje que me tienen que poner cuando me entierren. Si alguien se atreve a ponerme una camisa que no sea blanca, soy capaz de levantarme de la tumba, arrastrarlo de las mechas y llevarlo al infierno.

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